DESDE BARRANQUILLA - COLOMBIA

PARA TODO EL MUNDO








sábado, 21 de febrero de 2009

Jueces

Bosquejos expositivos de la Biblia

Nuevo y Antigüo Testamento

Bosquejos explicados y aplicados de forma práctica por uno de los maestros bíblicos contemporáneos más respetados

Warren W. Wiersbe

Jueces

Bosquejo sugerido de Jueces

I. Apatía (1–2)

A. Primeras victorias (1.1–26)

B. Derrotas repetidas (1.27–36)

C. Reprensión divina (2.1–5)

D. Sirven a otros dioses (2.6–23)
(resumen del libro)

II. Apostasía (3–16)

A. Otoniel (3.1–11)
(Mesopotamia)

B. Aod y Samgar (3.12–31)
(Moab)

C. Débora y Barac (4–5)
(Los cananitas)

D. Gedeón (6–8)
(Madián)

E. Abimelec, Tola y Jair (9.1–10.5)
(Hombres de Siquem)

F. Jefté (10.6–12.15)
(Amón)

G. Sansón (13–16)
(Los filisteos)

III. Anarquía (17–21)

A. Idolatría (17–18)

B. Inmoralidad (19)

C. Guerra civil (20–21)

Notas preliminares a Jueces

I. Tema

Así como Josué continúa la historia de Israel después de la muerte de Moisés (Jos 1.1), el libro de Jueces toma la historia de Israel después de la muerte de Josué (Jue 1.1). Este es un libro de derrota y desgracia, como vemos en el versículo clave (17.6). «Cada uno hacía lo que bien le parecía». El Señor ya no era más el «Rey en Israel»; las tribus se dividieron; el pueblo comenzó a mezclarse con las naciones paganas; y fue necesario que Dios castigara a su pueblo. Tenemos un resumen del libro en 2.10–19: bendición, desobediencia, castigo, arrepentimiento, liberación. Jueces es el libro de la victoria incompleta; es un libro de fracaso del pueblo de Dios al no confiar en la Palabra ni tomar posesión del poder de Él.

II. Lección espiritual

Usted recordará las tres divisiones de Josué: cruzar el río, conquista del enemigo y toma de posesión de la herencia. Josué anota cómo Israel cruzó el río y empezó a conquistar al enemigo, pero el libro concluye con «queda aún mucha tierra por poseer» (Jos 13.1; 23.1–1). «Cruzar el río» significa la muerte a uno mismo y separación del pecado; significa entrar en nuestra herencia espiritual (Ef 1.3). Pero después de haber dado este paso de fe, es fácil desmayar o hacer compromisos con el enemigo. Israel entró en la tierra, pero fracasó al no tomar posesión de toda la herencia. Primero toleró al enemigo, luego le cobró tributos (impuestos), después se mezcló con el enemigo y por último se rindió ante él. Fue sólo mediante los libertadores de Dios (los jueces) que los israelitas hallaron victoria. Qué fácil es que los cristianos «se establezcan con el pecado» y se pierdan las bendiciones de una total dedicación y una victoria completa.

III. La tierra

La tierra prometida estaba llena de muchas naciones y muchos «reyezuelos» que gobernaban en territorios pequeñísimos. Josué guió a toda la nación en grandes victorias sobre los principales enemigos; el camino se pavimentó para que cada tribu entrara por fe y tomara posesión de su herencia designada. En tanto que el libro de Josué es una historia de esfuerzos unidos, Jueces nos narra una nación dividida y ya no consagrada al Señor, que olvida el pacto hecho en el Sinaí.

IV. Los jueces

En este libro se mencionan doce jueces diferentes que Dios levantó para derrotar a un enemigo en un territorio en particular y dar reposo al pueblo. Estos jueces no fueron líderes nacionales; más bien fueron líderes locales que libraron al pueblo de varios opresores. Es posible que algunos de los períodos de opresión y descanso se superpongan. No todas las tribus participaron en cada batalla y a menudo había rivalidad entre ellas. Que Dios llamara a estas «personas comunes» como jueces y que las usara con tanto poder es otra evidencia de su gracia y poder (1 Co 1.26–31). El Espíritu de Dios vino sobre estos líderes para una tarea en particular (6.34; 11.29; 13.25), aun cuando a menudo sus vidas personales no fueron ejemplares en todo detalle. Los varios cientos de años bajo los jueces prepararon a Israel para su petición de un rey (1 S 8).

V. Las naciones que quedaron

Dios permitió que quedaran naciones paganas en la tierra por varias razones: (1) para castigar a Israel 2.3, 20–21; (2) para probar a Israel, 2.22 y 3.4; (3) para proveerle experiencia en la guerra, 3.2; y (4) para prevenir que la tierra se convierta en un desierto, Deuteronomio 7.20–24. Si Israel quería vivir con esta situación de «segunda clase», Dios le daría lo que deseaba. Él entonces usó a estas naciones para sus propósitos. Los Judíos podían haber disfrutado de victoria total; pero en lugar de eso, se conformaron con un compromiso. Los capítulos 3–16 muestran las experiencias de «sube y baja» de algunos del pueblo de Dios. Es triste, pero la nación no se sometió a Dios ni le obedeció; en lugar de eso miraban a los ayudantes humanos que les enviaba. Demasiados cristianos tienen sus «altas y sus bajas» y corren al pastor o a algún otro amigo buscando ayuda en lugar de primero acudir a solas con Dios para permitirle que examine sus corazones y les dé la ayuda que necesitan.

Jueces 1–5

I. Los fracasos de la nación (1–2)

A. Fracasaron en la conquista de la tierra (1.1–36).

Los versículos 1–18 narran las primeras victorias de Jueá y Simeón, en tanto que el resto del capítulo nos habla de sus frecuentes derrotas. Estas dos tribus pudieron apoderarse de Besec (v. 4), Jerusalén (v. 8), Hebrón (v. 10), Debir (v. 11), Sefat (v. 17), Gaza, Ascalón y Ecrón (v. 18). El pueblo de José tomó Bet-el (v. 22), pero el resto de la tribu no pudo expulsar al enemigo. Lo que empezó como una serie de victorias, dirigidas por el Señor, acabó como una serie de compromisos. Jueá no pudo expulsar a los habitantes del valle (v. 19, y véase 4.13ss); Benjamín no pudo vencer a los jebuseos (v. 21); y las otras tribus también «hicieron arreglos» con las naciones paganas (vv. 27–36). Por supuesto, fueron capaces de racionalizar sus fracasos al esclavizar a los pueblos paganos; pero esto sólo condujo a más problemas. En Josué 23–24, Josué les advirtió en contra de hacer compromisos con el enemigo, pero ahora estaban cayendo en esa misma trampa.

B. Fracasaron en la consideración de la ley (2.1–10).

Esta, por supuesto, fue la razón de sus habituales fracasos y derrotas. Dios le prometió a Josué constante victoria si la nación honraba y obedecía la Palabra (Jos 1.7–8), y Josué les repitió esa promesa a los líderes (Jos 23.5–11). Gilgal fue la escena de una gran victoria para Israel, pero ahora el Señor se mudó de Gilgal a Boquim, «el lugar del llanto», ¡enfatizando la trágica declinación de Israel de la victoria al llanto! (En cuanto a la importancia de Gilgal, véanse Jos 5.1–9; 9.6; 10.6. Gilgal era el centro de operaciones militares de Israel, el campamento de Josué. Ahora había quedado en el olvido.)

Dios le recordó al pueblo que habían desobedecido la ley al hacer pactos con las naciones paganas y unirse a sus dioses. Léase cuidadosamente en Deuteronomio 7 las instrucciones de Dios en esta cuestión de separación. La nación siguió la ley durante los años de Josué y líderes subsiguientes, pero después que estos murieron, la nación se descarrió. «Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová». (Véase v. 10.) ¡Ni siquiera llevaron sus hijos al Señor! Fracasaron en enseñarles la ley, como Dios les instruyó en Deuteronomio 6.1–15. Con cuánta frecuencia ocurre esto en las naciones, iglesias y familias. Qué fácil es que la «generación más joven» se aleje del Señor si la «generación más vieja» no es fiel en enseñarles y fijar ante ellos el mejor ejemplo de obediencia.

C. Fracasaron por no aferrarse al Señor (2.11–23).

Se olvidaron del Señor y siguieron otros dioses. La religión de los cananitas era horriblemente perversa, con prácticas demasiado obscenas como para debatir. La adoración a Baal y a Astarot (deidades masculina y femenina, v. 13) plagó a Israel a través de toda su historia. Una vez que se introdujo en sus vidas, fue difícil exterminarla. Cuando el pueblo se olvidó del Señor, Él se olvidó de ellos. Una vez tras otra «los vendió» en manos de sus enemigos. En lugar de disfrutar del «reposo» que Dios les prometió, la nación cayó y fue llevada a la esclavitud cientos de años, con sólo ocasionales períodos de «reposo» del Señor. Cada vez el juicio se volvía tan severo, que la nación al final clamaba a Dios. Él enviaba un libertador, pero nótese que Dios estaba personalmente con el juez, no con toda la nación. Es triste, pero el pueblo se volvía al Señor sólo cuando estaba en problemas; una vez que el juez desaparecía, la nación caía de nuevo en el pecado.

Estos fracasos se ven en los cristianos profesantes hoy. A veces, en lugar de vencer al enemigo, hacemos compromisos y dejamos que el enemigo nos arrastre hacia abajo. A menudo desobedecemos deliberadamente la Palabra de Dios y muchas veces fracasamos por no amar al Señor y allegarnos a Él por fe. Cuando esto ocurre, Dios debe castigarnos y nuestro único remedio es arrepentirnos y volver.

II. Las victorias de los jueces (3–5)

En el libro de Josué hay un solo líder y Dios estaba con la nación entera; pero en Jueces hay muchos líderes y Dios sólo está con estos líderes, no con la nación entera (2.18). Varios jueces menores se mencionan aquí, cuyos ministerios podemos estudiar brevemente.

A. Otoniel (3.1–11).

Los de Mesopotamia esclavizaron a Israel ocho años; entonces Dios levantó a Otoniel, yerno de Caleb, para que libertara a la nación. Su nombre significa «Dios es poderoso», e hizo honor a él. Véanse Jueces 1.9–15 y Josué 15.16–19. Debe haber complacido a la familia de Caleb tener un hombre tan valiente en sus filas. Libró a la nación y tuvieron descanso cuarenta años.

B. Aod (3.12–30).

Esta vez el Señor usó a Moab para castigar a Israel, junto con Amón y Amalec, ¡los antiguos enemigos de los Judíos! Los israelitas sirvieron dieciocho años como esclavos hasta que Aod los libertó y les dio descanso ochenta años. Dios usó el hecho de que era zurdo para engañar al enemigo, porque el rey no hubiera sabido lo que Aod sacaba de entre sus vestidos por el lado derecho (3.21). Los benjamitas al parecer estaban dotados con hombres zurdos (Jue 20.16; 1 Cr 12.2). Una vez que el rey enemigo fue asesinado, Aod pudo reunir su ejército y arrojar a los invasores.

C. Samgar (3.31).

Es probable que Samgar dirigió una victoria local contra los filisteos. No se le llama juez, aunque se le incluye entre ellos. Dios puede usar las armas más extrañas, incluso una aguijada de bueyes.

D. Débora y Barac (4–5).

La nación había caído tan bajo que ahora la juzgaba una mujer, lo cual humillaría a los hombres en esta sociedad dominada por los varones (véase Is 3.12). Durante veinte años los cananitas habían oprimido a Israel, así que Dios levantó a esta profetiza para llevarlos a la senda de la victoria. Primero ella llamó a Barac para que libertara a la nación (4.1–7), e incluso le dio el plan de batalla del Señor. Por lo general el arroyo de Cisón estaba seco, pero Dios iba a enviar una gran tempestad que lo inundaría y atraparía a los carros de hierro (véanse 4.3 y 5.20–22). A pesar de que se menciona a Barac como un hombre de fe en Hebreos 11.32, aquí le vemos como uno que tuvo que depender de Débora para la victoria. Es más, Dios usó a dos mujeres para librar a los Judíos: Débora la profetiza y Jael (vv. 18–24). Es interesante contrastar a Barac con Sansón. Ambos estuvieron asociados con mujeres, pero en un caso esto llevó a la victoria, mientras que en el otro a la derrota. Barac dirigió a diez mil hombres desde el monte Tabor, confiando en la promesa de Dios dada a su sierva, Débora. Cualesquiera que hayan sido las debilidades de Barac, Dios todavía honró su fe. En su canto de victoria (cap. 5), Débora alaba al Señor por la disposición del pueblo para luchar en la batalla (vv. 2, 9). Sin embargo, ella también menciona a algunas de las tribus que fueron demasiado cobardes como para luchar (5.16–17). La batalla se libró «junto a las aguas de Meguido» en donde el arroyo de Cisón fluía desde el monte Tabor. Sísara y su ejército pensaban que sus carros de hierro les darían la victoria, ¡pero fueron sus carros los que los llevaron a la derrota! Dios envió una gran tormenta (5.4–5 y 20–22) que convirtió la llanura en un pantano y el enemigo no pudo atacar. Israel obtuvo una gran victoria ese día, bajo la dirección de Barac y los planes de Débora.

Pero a Barac no se le concedió matar al general Sísara; esto se le dejó a otra mujer, Jael. Los ceneos eran amigos de Israel (Jue 1.16) debido a su vínculo con la familia de Moisés (Jue 4.11), pero también tenían amistad con Jabín, el rey cananeo. Es usual que un hombre de las culturas del Oriente no entre en la tienda de una mujer, pero Jael persuadió a Sísara, le hizo acomodarse y luego le mató. La «estaca» era tal vez una de madera de la tienda. Su obra la elogia el canto de Débora (5.24–27), aun cuando algunos hallan difícil comprender esta acción. Sin duda a Sísara lo hubieran matado cuando las tropas de Barac lo capturaran y él era el enemigo del Señor (5.31), no de Jael personalmente. Ella estaba ayudando a Israel a librar las batallas del Señor. Dos mujeres se regocijaron en la victoria (Débora y Jael), pero una mujer (la madre de Sísara) lloró afligida (5.28–30).

Nótese en 5.6–8 una descripción del terrible estado de la sociedad en Israel en aquel tiempo. El pueblo tenía tanto temor que se mudaron de las aldeas a las ciudades amuralladas y no era seguro que la gente viajara por las carreteras. Una declinación en la vida social y moral de la nación fue la inevitable consecuencia de la declinación espiritual de la nación.

Jueces 6–8

Hebreos 11.32 pone a Gedeón a la cabeza de la lista de los jueces. Aunque algunas veces vaciló en su fe, todavía es «un hombre de fe» que se atrevió a confiar en la Palabra de Dios. Cuando nos damos cuenta de que era un granjero, no un guerrero adiestrado, ¡vemos cuán maravillosa fue su fe! Trazaremos la carrera de Gedeón en este pasaje.

I. Gedeón el cobarde (6.1–24)

Siete años de servidumbre bajo los madianitas condujeron a Israel a su punto más bajo. En lugar de «subir sobre las alturas» (Dt 32.13) ¡se escondían en cuevas! A los israelitas ni siquiera se les permitía cosechar su propio grano, lo que explica por qué hallamos a Gedeón escondido en el lagar. El profeta de Dios (vv. 7–10) le recuerda al pueblo su incredulidad y pecado; entonces el Ángel del Señor, Cristo mismo, visitó a Gedeón para prepararle para su victoria. Recuérdese que Dios había olvidado temporalmente a su pueblo; ahora obraba por medio de individuos escogidos (2.18).

Cuando el Ángel llamó a Gedeón «varón esforzado y valiente» (v. 12), parecía mofa, sin embargo Dios sólo indicaba de antemano lo que Gedeón llegaría a ser por fe. Nos recuerda las palabras de Cristo a Pedro: «Tú eres[ … ] serás» (Jn 1.42). Pero vea la incredulidad de Gedeón, que era la causa de su cobardía, en su pregunta a Dios: «Si[ … ] por qué[ … ] en dónde[ … ] cómo[ … ] si[ … ]?» ¡Luego le pide que le dé una señal! Esto sin duda no es el lenguaje de la fe. Gedeón confesó que Dios castigó con justicia a su pueblo (v. 13), pero no podía entender cómo usaría a un pobre campesino como él para librar a la nación. Dios enfrentó su incredulidad con una serie de promesas: «Jehová está contigo»; «salvarás a Israel»; «¿no te envío yo?»; «Ciertamente yo estaré contigo» (vv. 12, 14, 16). La fe viene por el oír la Palabra de Dios (Ro 10.17). Gedeón necesitó una señal y Dios con su gracia se la concedió (vv. 19–24). Sin embargo, no es un buen ejemplo a seguir. «Jehová-shalom» significa «el Señor es nuestra paz» (vv. 23–24).

II. Gedeón el desafiador (6.25–32)

Una cosa es encontrar a Dios en el secreto del lagar, pero otra muy diferente es erguirse por el Señor en público. Esa misma noche Dios probó la dedicación de Gedeón al pedirle que derribara el altar idólatra de su padre a Baal y que edificara un altar a Jehová. Más que esto, debía sacrificar el toro de su padre (tal vez reservado para Baal) sobre el nuevo altar. El testimonio cristiano empieza en casa. Gedeón obedeció al Señor, pero mostró incredulidad al hacerlo de noche (v. 27) y al pedir a otros diez hombres que lo ayudaran. ¡Podemos imaginar el furor del vecindario cuando a la mañana siguiente descubrieron el altar destruido! ¿Mataron a Gedeón? ¡No! Antes bien Gedeón se convirtió en un líder, capaz de reunir al ejército y prepararse para luchar. Dios nunca usa a un «santo secreto» para ganar grandes batallas. Debemos salir a la luz y asumir nuestra posición, cueste lo que cueste.

III. Gedeón el conquistador (6.33–8.3)

A. Conquistó sus temores (6.33–7.14).

Un ejército de treinta y dos mil hombres acudió a su lado, pero aún dudaba de la victoria. ¡Cuánta gracia muestra Dios al ministrar a sus endebles santos! Gedeón «puso fuera su vellón» dos veces y en ambas Dios le contestó. Es muy malo, sin embargo, cuando el pueblo de Dios confía en las circunstancias para que les guíen en lugar de confiar en la clara Palabra de Dios. Gedeón no era el único con miedo; veintidós mil soldados también tenían miedo y regresaron (7.1–3; y véase Dt 20.8). Sin embargo, Dios no necesitaba los restantes diez mil, de modo que los probó y envió a la mayoría de regreso. Los trescientos que bebieron el agua de su mano (v. 6) hubieran estado en una mejor posición para enfrentar y luchar contra el enemigo en un ataque por sorpresa.

La noche de la batalla Dios vio que aún había temor en el corazón de Gedeón (vv. 9–14), así que en su gracia le dio otra señal especial para darle seguridad de que ganaría la batalla. El pan de cebada representa a Gedeón, porque la cebada era el alimento más pobre. ¡Pero Dios iba a usar a este campesino ordinario para lograr una gran victoria!

B. Conquistó a sus enemigos (7.15–25).

Nótese cómo Gedeón cita al pueblo las promesas de Dios de victoria (v. 15, nótese v. 9). Confiaba por completo en la Palabra de Dios. La victoria se obtuvo por el poder de Dios, porque las armas que tenían eran inútiles en la batalla. El Espíritu de Dios estaba ahora usando a Gedeón (6.34); véanse Zacarías 4.6 y 1 Corintios 1.26–31. Los cántaros ocultarían la luz de las teas y también harían gran ruido al romperse; y estos efectos, añadidos a los gritos y al toque de las trompetas, derrotarían sin duda al enemigo. Los cántaros, las teas y las trompetas tienen también una significación espiritual. Debemos ser cántaros limpios, rendidos a Dios para que nos use (2 Ti 2.21); debemos dejar que nuestra luz brille (Mt 5.16); y debemos «proclamar» un testimonio claro por Cristo (1 Ts 1.8).

Los pasos de la victoria de Gedeón son fáciles de trazar: tenía una promesa en la cual creer (6.12, 14, 16; 7.7–9), un altar que edificar (6.25–26), un cántaro que quebrar, una lámpara para encender y una trompeta para tocar. ¡Y Dios le dio la victoria!

C. Conquistó sus sentimientos (8.1–3).

A Efraín no se le incluyó en el ejército original (6.35), pero Manasés, la tribu hermana, participó en la batalla. Más tarde Gedeón llamó a Efraín para que capturara a dos príncipes famosos, lo cual hicieron. ¡Pero se les provocó! Qué fácil es que la carne actúe incluso cuando Dios ha dado una gran victoria. Gedeón pudo haberlos «silenciado», pero en lugar de eso practicó Proverbios 15.1: «La blanda respuesta quita la ira». Es mejor controlar nuestros sentimientos que conquistar una ciudad (Pr 16.32); y si Gedeón hubiera ofendido a sus hermanos, nunca hubiera podido ganarlos de nuevo (Pr 18.19). Los líderes piadosos deben saber cómo controlar sus sentimientos.

IV. Gedeón el acomodadizo (8.4–35)

Gedeón y sus trescientos hombres perseguían a los dos reyes de Madián, pero los de Sucot y Peniel no les ayudaron. Su actitud provocó a Gedeón y prometió vengarse. Esto parece haber sido el principio de su reincidencia, porque no cabe duda que Dios habría castigado a estos rebeldes a su manera (Ro 12.19). El ejército tomó al de Madián por sorpresa cuando los reyes se sentían confiados (8.11), y cuando Gedeón venía de regreso, castigó a los hombres de Sucot y Peniel con espinos y abrojos (8.16–17). Luego mató a los dos reyes que mataron a los hermanos de Gedeón.

Después de obtener una gran victoria, siempre debemos precavernos de la tentación a pecar, porque Satanás nos ataca solapadamente cuando menos lo esperamos. La nación le pidió a Gedeón que fuera su rey y estableciera una dinastía; pero él lo rehusó. «¡Jehová señoreará sobre vosotros!» Sin embargo, Gedeón aprovechó la oportunidad para pedir «una cosa menor»: todos sus zarcillos y adornos. Esto parecía un obsequio apropiado para un gran libertador, pero téngase presente que estos objetos de oro estaban asociados a la adoración idolátrica. Los ornamentos mencionados en el versículo 21 en realidad son «lunetas»; estos artículos se relacionaban a la adoración de la luna. Léase en Génesis 35.1–4 la asociación entre los zarcillos y la idolatría.

Gedeón hizo un «efod» (o imagen) idólatra con las setenta libras de oro que recogió. Lo que los madianitas no pudieron hacer mediante la espada, Satanás lo consiguió con zarcillos. Es triste ver que el hombre que derribó el altar de Baal, ahora crea un ídolo por su cuenta. Es triste, pero la nación entera se olvidó de Dios y adoró al nuevo dios (v. 27). Cuando Gedeón murió, la nación volvió de inmediato a adorar a Baal (v. 33).

La historia subsiguiente de la familia de Gedeón no es nada estimulante. Tuvo muchos hijos e hijas con sus «muchas esposas» (v. 30), pero un hombre llamado Abimelec (v. 31; Jue 9.1–6), hijo de la concubina de Gedeón, los mató a todos (a excepción de Jotam). Todavía más, antes de que mataran a la familia de Gedeón, la nación no los trató con amabilidad (v. 35). Cuán pronto los corazones pecadores de los seres humanos se olvidan tanto del Señor (v. 34) como de las personas que les han servido fielmente.

Jueces 13–16

Pocos relatos en la Biblia son tan trágicos como este. Aquí tenemos a un hombre al cual Dios le dio veinte años para empezar a vencer al enemigo y, sin embargo, al final el enemigo lo venció a él. La historia de Sansón es una ilustración de la advertencia de Pablo en 1 Corintios 9.27, porque Sansón fue un náufrago. Hebreos 11.32 lo cita por su fe en la Palabra de Dios, pero aparte de esto, muy poco se puede decir a su favor. «El que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Co 10.12). Nótese los pasos que condujeron al pecado y trágico fin de Sansón.

I. Menospreció su herencia (13)

Sansón nació en un hogar piadoso, de padres que creían en la oración. Fue el don especial de Dios para ellos y para la nación. Tenía un padre que oraba: «[que] nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer» (v. 8; y véase v. 12). Sus padres temían a Dios y trataron de infundir el mismo temor en su hijo. Trajeron ofrendas a Dios y se atrevieron a creer en sus maravillosas promesas.

Dios le dio a Sansón una investidura especial del Espíritu Santo que le hizo vencedor. Dios llamó a Sansón a ser un nazareo («separado»), completamente sometido al Señor. De acuerdo a Números 6 un nazareo nunca debía beber licor ni tocar un cadáver; y la señal de su dedicación sería su cabello sin cortar.

¡Toda esta maravillosa herencia menospreció Sansón ya adulto! En lugar de ponerse en las manos de Dios para realizar la tarea dada por Dios, decidió vivir como le placía. Qué trágico es cuando Dios le da a un joven una maravillosa herencia y una gran oportunidad y la toma a la ligera.

II. Desafió a sus padres (14.1–4)

Una evidencia de la declinación espiritual puede verse en la manera en que se llevaba con sus seres queridos. Es cierto que «Sansón descendió» (14.1) tanto espiritual como geográficamente. En lugar de quedarse dentro de las fronteras de Israel, entró en territorio enemigo y se enamoró de una mujer pagana. Sabía las leyes de separación que Dios les dio a los judíos, pero decidió ignorarlas (véanse Éx 34.16; Dt 7.3; y 2 Co 6.14–18; también Gn 24.1–4). Nótese que les dijo a sus padres; no les preguntó. Y cuando ellos le recordaron la ley de Dios, los despreció. «Tomadme esta por mujer», insistió él, «porque ella me agrada». No le importó que su deseo le desagradó a sus padres. Nótese que en este caso Dios en su misericordia iba a anular su pecado y usarlo para debilitar a los filisteos (v. 4). Los jóvenes cristianos necesitan detenerse y considerar con cuidado cuándo menosprecian a padres piadosos que conocen la Palabra de Dios.

III. Contaminó su cuerpo (14.5–20)

En aquellos días los padres arreglaban el matrimonio y había varios meses entre el compromiso y la boda. Cuando Sansón se encontró con el león, Dios le dio el poder para vencerlo aun cuando Sansón no estaba andando completamente en la voluntad de Dios. Cuando regresó algunos meses más tarde para completar el matrimonio, encontró miel en el cadáver del león. Números 6.6–9 nos dice que un nazareo nunca debía tocar un cadáver, ¡pero Sansón a propósito se contaminó debido a la miel! Cuántos cristianos hoy se contaminan sólo para disfrutar de un poco de miel en el cadáver de un león: tal vez un libro popular, una película o una amistad cuestionable. Triste es decirlo, ¡pero Sansón pasó el pecado a sus padres y entonces lo convirtió en un juego para entretener a sus amigos! Como nazareo y como judío no tenía derecho a participar en una boda filistea mundana. El matrimonio nunca se completó, pero las semillas del pecado quedaron plantadas en su corazón.

IV. Desdeñó la advertencia de Dios (15)

Este es un capítulo de lo que al parecer son victorias y sin embargo concluye con el «hombre fuerte» completamente exhausto por falta de agua. Quemó los campos de los filisteos, pero se volvió y quemó la casa de la mujer que amaba (15.6 con 14.15). Sansón vengó su muerte, mas su gente se volvió en su contra y le entregó al enemigo (vv. 11–13). Dios le libró, pero entonces le advirtió mostrándole cuán débil era. Hallamos sólo dos oraciones de Sansón: aquí, por agua (vv. 18–20), y en 16.28, por fuerza para destruir a los filisteos. Sus padres fueron personas de oración, pero Sansón no siguió su ejemplo. Dios le advirtió aquí, pero él no quiso prestar atención.

V. Deliberadamente jugó con el pecado (16)

Sansón ya se había metido en problemas con una mujer, pero ahora lo intentó de nuevo, esta vez adentrándose más en el territorio enemigo de Gaza. Dios otra vez lo amonesta al permitir que el enemigo casi lo atrape, pero Sansón todavía rehusó arrepentirse. Fue entonces que Dalila entró en su vida y lo condujo a su caída. El valle de Sorec estaba cerca de su casa, pero el corazón de Sansón estaba ya lejos de Dios.

Nos asombra ver a este nazareo durmiendo sobre las rodillas de una mujer perversa, pero esto es lo que ocurre cuando la gente decide seguir su propio camino y rechazar el consejo de sus seres queridos y del Señor. Tres veces Dalila sedujo a Sansón, y tres veces él le mintió. En todas el enemigo le atacó, de modo que debería haberse dado cuenta de que corría peligro. Pero, léase Proverbios 7.21–27 para ver por qué Sansón se sometió. ¡Dormía cuando debía estar despierto! Recuérdese la advertencia que Cristo le dio a Pedro en Mateo 26.40–41. Nótese que cada mentira que Sansón dijo en realidad le llevó más cerca de la verdad. ¡Cuán peligroso es jugar con el pecado!

El resto de la historia muestra el trágico fin del creyente que no le permite a Dios controlar su vida. A partir del versículo 20 Sansón no hace sino perder. Pierde su cabello, el símbolo de su consagración nazarea; porque esa dedicación la había abandonado desde mucho antes. Luego pierde su fuerza, pero lo ignora hasta que cae preso. ¡Qué inútil es que el siervo de Dios trate de servir al Señor cuando está fuera de su voluntad! Lo siguiente que Sansón pierde es la luz, porque los filisteos le sacaron los ojos. Pierde su libertad, porque le ataron con grillos de bronce. Pierde su utilidad para el Señor, porque acaba moliendo trigo en lugar de librar las batallas de Dios. Alguien ha dicho que el versículo 21 es un cuadro de los resultados del pecado que ciegan, atan y trituran. ¡Y todo eso empezó cuando Sansón menospreció las bendiciones y a sus padres.

Sansón también perdió su testimonio, porque fue el hazmerreir de los filisteos. A su dios Dagón, como pez, no al Dios de Israel, se le dio toda la gloria. Es evidente que Sansón se arrepintió de su pecado, porque Dios le dio una oportunidad más de actuar por fe. Su cabello comenzó a crecer y Sansón le pidió a Dios fuerza para ganar una victoria más sobre el enemigo. Dios contestó su oración, pero Sansón derrotando a otros perdió también su vida. Como Saúl, Sansón fue eliminado; cometió pecado de muerte y Dios le eliminó de la escena (véanse 1 Co 11.30–31; 1 Jn 5.16–17). Sus seres queridos reclamaron su cuerpo y lo sepultaron «entre Zora y Estaol», el mismo sitio donde comenzó su ministerio (13.25).

Sansón ilustra a la gente que tiene poder para conquistar a otros, pero no pueden dominarse a sí mismos. Quemó los campos filisteos, pero no pudo controlar el fuego de su lujuria. Mató un león, pero no pudo matar las pasiones de la carne. Podía fácilmente hacer pedazos las cadenas que los hombres le ponían encima, pero las cadenas del pecado poco a poco crecieron con fuerza en su alma. En lugar de guiar a la nación, prefirió trabajar por su cuenta y como resultado no dejó ninguna victoria permanente detrás de sí. Se le recuerda por lo que destruyó, no por lo que edificó. Le faltaba disciplina y dirección; sin esto, su fuerza no podía alcanzar gran cosa. No logró dominar los impulsos que surgieron a inicios de su carrera y que veinte años después lo mataron.

Les tocó a Samuel y a David, años más tarde, derrotar finalmente a los filisteos. Samuel con una oración consiguió más que Sansón en veinte años de lucha (véase 1 S 7.9–14).