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PARA TODO EL MUNDO








domingo, 22 de febrero de 2009

Hechos

Bosquejos expositivos de la Biblia

Nuevo y Antigüo Testamento

Bosquejos explicados y aplicados de forma práctica por uno de los maestros bíblicos contemporáneos más respetados

Warren W. Wiersbe

Hechos

Bosquejo sugerido de Hechos

I. El ministerio de Pedro: Misión a Israel (1–12)

A. Pedro y los judíos (1–7)

1. Preparación para el Pentecostés (1)

2. El primer mensaje de Pedro (2)

3. El segundo mensaje de Pedro (3)

4. La primera persecución (4)

5. La segunda persecución (5)

6. El rechazo final de Israel: Matan a Esteban (6–7)

B. Pedro y los samaritanos (8)

C. La conversión de Saulo (9)

D. Pedro y los gentiles (10–11)

E. Arresto y liberación de Pedro (12)

II. El ministerio de Pablo: Misión a judíos y gentiles (13–28)

A. Primer viaje misionero de Pablo (13–14)

B. Pablo defiende el evangelio (15)

C. Segundo viaje misionero de Pablo (16.1–18.22)

D. Tercer viaje misionero de Pablo (18.23–21.17)

E. Arresto de Pablo y viaje a Roma (21.18–28.31)

Hechos abarca un tiempo de transición cuando Israel se retira de la escena y la Iglesia sale a primera fila. El programa profético de Dios bosquejado en el AT da lugar a un nuevo programa, el misterio de la Iglesia. Fue principalmente a través de Pablo que Dios reveló su nuevo programa (véase Ef 3).

Notas preliminares a Hechos

I. Escritor

Lucas, el médico amado, es el autor de Hechos. El «primer tratado» (Hch 1.1) es el Evangelio de Lucas (véase Lc 1.1–4). Lucas era un médico (Col 4.14) que se unió al grupo de Pablo en Troas (Hch 16.8–10; nótese el cambio del «descendieron [ellos]» al «procuramos [nosotros]») y viajó con el misionero a Filipos. Es evidente que se quedó en Filipos y no se unió a Pablo sino cuando este regresó de su tercer viaje (20.6). Por lo general se cree que Lucas fue un gentil.

II. Tema

Es de vital importancia que comprendamos el mensaje básico del libro de Hechos, y para hacerlo debemos examinarlo en sentido general para captar su mensaje. Es este libro vemos el mensaje del reino y la puesta a un lado de la situación de Israel; también presenciamos la expansión de la Iglesia y el mensaje de la gracia de Dios. En los capítulos 1–7 definitivamente estamos en terreno judío. Si tenemos presente que Hechos es en realidad una continuación de Lucas y reflexionamos en Lucas 24.46ss, veremos por qué los discípulos empezaron en Jerusalén: Cristo les ordenó que se quedaran allí hasta que viniera el Espíritu. Su ministerio debía empezar en Jerusalén: «al judío primeramente» (Ro 1.16). Incluso, cuando llegamos a Hechos 8.1, hallamos a los apóstoles que con valor permanecen en Jerusalén, mientras que los demás huyen. No desobedecían al Señor, sino seguían sus órdenes. Las siguientes son unas pocas de las muchas evidencias en Hechos 1–7 de que el ministerio de los apóstoles en este tiempo fue a los judíos y todavía era el mensaje del reino:

(1) Los discípulos esperaban el establecimiento del reino (1.6) y Cristo no los reprendió por su petición. Él les prometió que se sentarían en doce tronos (Mt 19.28).

(2) Era necesario que eligieran al doceavo apóstol (1.22) para que tomara el lugar de Judas, de manera que la promesa de Cristo pudiera cumplirse. No se suponía que Pablo fuera ese nuevo apóstol, por cuanto su ministerio fue principalmente a los gentiles. Su ministerio tenía que ver con un cuerpo: la Iglesia.

(3) Pedro predicó a los hombres de Judá, Jerusalén e Israel en su mensaje en Pentecostés (2.14, 22). No habló a los gentiles. Ante todo, fue un mensaje judío, para una congregación judía, en una festividad religiosa judía.

(4) La profecía de Joel (Hch 2.16ss) se relaciona en primer lugar a Israel, no a la Iglesia.

(5) Pedro describió la cruz como instrumento de crimen, no como el remedio de la gracia de Dios para el pecado (2.22–23). Compare esto con el mensaje de Pablo en 2 Corintios 5.

(6) El tema de Pedro en Pentecostés es la resurrección. Cristo prometió darle a Israel una señal, la del profeta Jonás, que es la muerte, sepultura y resurrección (Mt 12.38ss). De esta señal predicó Pedro. Dios estaba ahora dándole a Israel otra oportunidad para que aceptaran al Mesías y fueran salvos.

(7) Los apóstoles y los primeros convertidos adoraban en el templo (2.46ss; 3.1ss) y mantuvieron contacto con el ministerio del templo hasta que los expulsaron.

(8) Pedro dijo que los días de la bendición que estaban experimentando en Hechos habían sido profetizados por los profetas del AT (3.21, 24). Pero la Iglesia era un misterio que Dios tenía escondido y no lo dio a conocer a plenitud sino hasta el ministerio de Pablo (léase con cuidado Ef 3). Los profetas hablaban del reino judío, no de la Iglesia. Confundir estas dos cosas crea problemas.

(9) Jerusalén era el centro de la bendición; todo el mundo llegaba allá (5.16). Era definitivamente terreno del reino; véase Isaías 66.5ss.

(10) Pedro sin rodeos le dijo al concilio que el mensaje era de arrepentimiento para Israel (5.31).

(11) En el capítulo 7, Esteban repasó la historia de Israel y mostró cómo la nación había rechazado la verdad a través de los años. No hace falta mucho esfuerzo para ver que en los primeros siete capítulos de Hechos el interés está en la nación judía y que el mensaje tiene que ver en primer lugar al reino, no a la Iglesia. Es importante que comprendamos el porqué.

Hay tres asesinatos en la historia de Israel que marcan su rechazo a la voluntad de Dios. Juan el Bautista vino predicando el reino (Mt 3.1ss) y los judíos permitieron su asesinato. De esta manera rechazaron al Padre que le envió. Luego vino Jesús, predicando el mismo mensaje (Mt 4.12–17), y le crucificaron. De este modo, rechazaron a Dios el Hijo. En la cruz Jesús oró por los judíos: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23.34). Esta oración hizo posible una tercera oferta del reino mediante los apóstoles, registrada en los primeros siete capítulos de Hechos. ¿Cuál fue el resultado? ¡Los líderes religiosos asesinaron a Esteban! Este fue el pecado de resistir al Espíritu Santo (Hch 7.51), el «pecado imperdonable» de que Cristo habló en Mateo 12.31, 32. La muerte de Esteban marca el cierre de la oferta de Dios del reino a los judíos.

En los capítulos 8–12 tenemos una transición. En el capítulo 8 el evangelio va de los judíos a los samaritanos. En el capítulo 9 Pablo se convierte de una manera inusual y milagrosa, y Dios prepara al apóstol para su ministerio a la Iglesia. En el capítulo 10 el evangelio va a los gentiles y Pedro defiende esta nueva partida en el capítulo 11. En el capítulo 12 vemos a Pedro por última vez como líder entre los creyentes. En el capítulo 13 es Pablo el que asume el liderazgo, aquí y por todo el resto del libro.

III. La Iglesia en Hechos

Si los primeros siete capítulos describen un mensaje que se ofrecía a los judíos, entonces, ¿dónde encaja la Iglesia, el cuerpo de Cristo? La respuesta: la Iglesia empezó en Pentecostés, pero Dios no la reveló a plenitud sino hasta más tarde, principalmente a través de los escritos de Pablo. Cristo prometió edificar su Iglesia (Mt 16.18); pero casi en el mismo instante le dio a Pedro «las llaves del reino de los cielos» (Mt 16.19). Pedro usó estas «llaves» para abrir la puerta de la fe a los judíos en Pentecostés (Hch 2), a los samaritanos (cap. 8) y a los gentiles (cap. 10). En otras palabras, hay una transición en estos primeros siete capítulos de Hechos, con Israel y el reino saliendo de la escena, y entrando la Iglesia y el evangelio de la gracia de Dios.

Cristo les prometió a los apóstoles un bautismo del Espíritu (Hch 1.5) y esto sucedió en Pentecostés (Hch 2; véase 1 Co 12.13) y en la casa de Cornelio (Hch 10.45; véase 11.15–17). Estos dos sucesos incluyeron tanto a judíos como a gentiles, y así se formó el cuerpo de Cristo. Los apóstoles no sabían si Israel recibiría o no su oferta del reino (1.6, 7), pero Cristo sí lo sabía. De esta manera la Iglesia estaba a punto de hacerse cargo del propósito de Dios debido al fracaso de Israel.

Es fácil ver que a medida que la acción de la Iglesia empieza a llenar las páginas de Hechos, Israel se vuelve menos y menos significativa en el programa de Dios sobre la tierra. En el capítulo final (28.17ss) Pablo pronunció el juicio de Dios sobre la nación. Como explica Romanos 9–11 Dios dejó a un lado a Israel hasta que «la plenitud de los gentiles» (Ro 11.25) pudiera ser una realidad mediante el ministerio de la Iglesia. Debe reconocerse este énfasis del reino que se halla en los primeros siete capítulos de Hechos; de otra manera uno pudiera aplicar ciertas prácticas que en realidad no se ajustan a la iglesia de hoy. Por ejemplo, algunos cristianos bien intencionados quieren «regresar a Pentecostés» en busca de su ideal espiritual; pero a la luz del análisis que acabamos de hacer, Pentecostés (un festival judío) incluyó señales para los judíos que no necesariamente tienen relevancia para la iglesia de hoy. El «comunismo cristiano» de Hechos 4.31ss no es para nosotros hoy. Fue una evidencia temporal de la obra de gracia del Espíritu, un cuadro de la bendición del reino que vendrá. Por supuesto, los principios espirituales dados en estos capítulos se aplican a los creyentes de todas las edades; pero debemos tener cuidado de no mezclar la verdad del reino del AT con la verdad de la Iglesia, y así confundir el mensaje y el ministerio.

IV. El Espíritu Santo en Hechos

A este libro se le pudiera bien llamar «Los Hechos del Espíritu Santo». Es importante notar el progreso en la experiencia de los creyentes según el libro avanza de terreno judío al terreno de la Iglesia.

Hechos 2.38: Pedro les dice a los judíos que se arrepientan, que crean y sean bautizados para recibir al Espíritu.

Hechos 8.14–15: Pedro ora por los samaritanos para que reciban el Espíritu, les impone las manos y reciben el don del Espíritu.

Hechos 10.44: ¡El Espíritu Santo viene sobre los gentiles cuando creen, y Pedro sólo puede asombrarse! Hechos 10.44 es el patrón de Dios para hoy: oír la Palabra, creer, recibir el Espíritu y después bautizarse como evidencia de la fe.

V. El bautismo en Hechos

Cuando Pedro estaba ofreciendo el reino a los judíos, el bautismo era esencial para que recibieran el Espíritu Santo (Hch 2.38). El bautismo en el nombre del Mesías rechazado los identificaría con Él y los separaría de los demás judíos, a quienes Pedro llama «esta perversa generación» (2.40). Pero el bautismo de los samaritanos no les concedió el Espíritu (8.12–17). Tuvieron que llamar a Pedro y a Juan, dos judíos, quienes oraron por los nuevos creyentes y les impusieron las manos; y entonces recibieron el Espíritu. Así fue el segundo uso que Pedro hizo de «las llaves del reino». Pero el modelo del bautismo para esta edad se halla en Hechos 10.44–48: estos creyentes fueron bautizados después que recibieron el don del Espíritu.

Hechos 1

I. Un nuevo libro (1.1–2)

El «primer tratado» a que se refiere es el Evangelio de Lucas (véase Lc 1.1–4), donde Lucas relató la historia de lo que Jesús empezó a hacer y a enseñar mientras estaba en la tierra. Hechos retoma la narración, relatando lo que Él continuó haciendo y enseñando a través de la Iglesia en la tierra. El Evangelio de Lucas relata el ministerio de Cristo en la tierra en un cuerpo físico, en tanto que Hechos relata su ministerio desde el cielo a través de su cuerpo espiritual, la Iglesia. Por ejemplo, en 1.24 los creyentes le piden al Cristo ascendido que les muestre a qué hombre deben elegir como apóstol. En 2.47 es el Señor el que añade creyentes a la asamblea. En 13.1–3 es Cristo, mediante su Espíritu, quien envía a los primeros misioneros; y en 14.27 Pablo y Bernabé relatan lo que Dios hizo a través de ellos.

Todo cristiano necesita salir del Evangelio de Lucas y entrar en Hechos. Saber acerca del nacimiento, vida, muerte y resurrección de Cristo es suficiente para la salvación, pero no para el servicio lleno del poder del Espíritu. Debemos identificarnos con Él como nuestro Señor ascendido y permitirle que obre a través de nosotros en el mundo. La Iglesia no es simplemente una organización involucrada en el trabajo religioso; es un organismo divino, el cuerpo de Cristo sobre la tierra, a través del cual su vida y poder deben operar. Él murió por el mundo perdido; nosotros debemos dar nuestra vida para traer a ese mundo a Cristo.

II. Una nueva experiencia (1.3–8)

Cristo ministró a los apóstoles durante los cuarenta días que estuvo en esta tierra después de su resurrección. Se debe leer Lucas 24.36ss en conexión con estos versículos. En ambos lugares Cristo instruyó a los apóstoles a que se quedaran en Jerusalén y esperaran la venida del Espíritu. Debían empezar su ministerio en Jerusalén.

Juan el Bautista anunció este bautismo del Espíritu (Mt 3.11; Mc 1.8; Lc 3.16; Jn 1.33). Nótese que Cristo no dijo nada respecto a un bautismo con fuego, porque ese bautismo se refiere al juicio. La venida del Espíritu uniría a todos los creyentes en un cuerpo, que se conocería como la Iglesia (véase 1 Co 12.13). El Espíritu también les daría a los creyentes poder para ser testigos a los perdidos. Finalmente, el Espíritu capacitaría a los creyentes para hablar en lenguas y hacer otras obras milagrosas para despertar a los judíos. (Véase 1 Co 1.22: los judíos exigen señal.) Hay en realidad dos referencias de este bautismo del Espíritu en Hechos: en el capítulo 2, cuando Él bautizó a judíos; y en el capítulo 10 (véase Hch 11.16) cuando vino sobre creyentes gentiles. De acuerdo a Efesios 2.11ss, el cuerpo de Cristo está compuesto por judíos y gentiles, todos bautizados en este cuerpo espiritual. Es incorrecto orar por un bautismo del Espíritu; podemos pedirle a Dios que nos llene (Ef 5.18), o que nos dé poder para un servicio especial (Hch 10.38), pero no debemos orar por su bautismo.

¿Era correcto que los apóstoles le preguntaran a Cristo acerca del reino? (vv. 6–8). Sí. En Mateo 22.1–10 Cristo prometió darle a la nación de Israel otra oportunidad para recibirle a Él y su reino. En Mateo 19.28 Cristo prometió que los apóstoles se sentarían en doce tronos (véase Lc 22.28–30). En Mateo 12.31–45 Cristo afirmó que Israel tendría otra oportunidad para ser salva, incluso después de haber pecado contra el Hijo, y prometió darles una señal para alentarles. Fue la señal de Jonás: la muerte, sepultura y resurrección. Los apóstoles sabían que su ministerio empezaría con Israel (véanse las notas introductorias); ahora querían saber lo que Israel haría. ¿Aceptaría el mensaje o lo rechazaría? Cristo no les dijo si lo haría o no. Si les hubiera dicho a los apóstoles que Israel despreciaría las buenas nuevas, no hubieran podido dar al pueblo una oferta sincera; su ministerio hubiera sido falso. Lo que les dijo fue que debían ser testigos, empezando en Jerusalén y con el andar del tiempo llegar a todo el mundo.

III. Una nueva seguridad (1.9–11)

No confunda las promesas del v. 11 con las del Rapto de la Iglesia dadas mediante Pablo en 1 Tesalonicenses 4. Los ángeles aquí están prometiendo que Cristo volverá al Monte de los Olivos, visiblemente y en gloria. Lucas 21.27 y Zacarías 14.4 dan la misma promesa. Si Israel hubiera aceptado el mensaje de los apóstoles, Cristo hubiera regresado al Monte de los Olivos (véase Hch 3.19–21) y establecido su reino. Los misioneros judíos hubieran esparcido su evangelio hasta los fines de la tierra, e Israel hubiera sido el centro de la bendición para toda la humanidad, según se promete en Isaías 35.1–6 y 65.19–23.

IV. Un nuevo apóstol (1.12–25)

¿Estuvo bien que los apóstoles seleccionaran este nuevo hombre? ¡Por supuesto! Debían tener doce hombres para sentarse en los doce tronos prometidos (Mt 19.28; Lc 22.28–30) si Israel se arrepentía y recibía el reino. Su decisión se basó en la Palabra de Dios (Sal 109.8; 69.25) y en la continua oración (Hch 1.14, 24). El seleccionado, Matías, fue ratificado por Dios puesto que junto a los otros recibió la plenitud del Espíritu el día de Pentecostés.

Nótese que Pedro se hizo cargo de la reunión. Este es quizás otro uso de sus poderes de «atar y desatar» que Cristo le dio en Mateo 16.19. El cielo les dirigió y ratificó su decisión después que la tomaron.

Pablo no podía ser el doceavo apóstol. Por un lado, no llenaba los requisitos que aparecen en los versículos 21–22; y además, su ministerio especial tenía que ver con la Iglesia, no con el reino.

Ahora todo estaba listo para la venida del Espíritu. Sólo era cuestión de tiempo y mientras los creyentes esperaban el día de Pentecostés, pasaban sus horas en oración y comunión en el aposento alto.

Hechos 2

El día de Pentecostés tenía lugar cincuenta días después de la Fiesta de las Primicias. (La palabra «pentecostés» significa «cincuentavo».) Esta fiesta se describe en Levítico 23.15–21. Así como la Pascua es un cuadro de la muerte de Cristo (1 Co 5.7) y las Primicias uno de su resurrección (1 Co 15.20–23), Pentecostés es un cuadro de la venida del Espíritu Santo (1 Co 12.13). Las hogazas de panes con levadura se presentaban ese día, un cuadro de la Iglesia compuesta de judíos y gentiles. (En 1 Co 10.17 la Iglesia se describe como un pan.) La levadura en el pan habla del pecado que todavía hay en la Iglesia. Hay dos referencias al bautismo del Espíritu en Hechos: sobre los judíos en Hechos 2, y sobre los gentiles en Hechos 10. Los dos panes presentados en Pentecostés eran sombra anticipada de estos acontecimientos.

I. Los milagros (2.1–13)

Los creyentes estaban esperando y orando conforme Cristo les había ordenado (Lc 24.49), y en el tiempo apropiado el Espíritu descendió. Cuando lo hizo, los bautizó en un cuerpo espiritual en Cristo (véanse Hch 1.4–5; 1 Co 12.13), y les llenó con poder para testificar (Hch 2.4). El sonido de un viento recio nos recuerda a Juan 3.8 y de la profecía de Ezequiel sobre los huesos secos (Ez 37). Las lenguas de fuego simbolizaban el poder divino que hablaría por Dios. No confunda estas lenguas de fuego con el bautismo de fuego al que hace alusión Mateo 3.11. El bautismo de fuego que se menciona allí se refiere al tiempo de la tribulación de Israel. Puesto que todo creyente es bautizado por el Espíritu (1 Co 12.13), no es correcto orar por un bautismo del Espíritu Santo y fuego.

Los creyentes hablaron en lenguas. No predicaron en lenguas, sino que más bien alabaron a Dios en idiomas que no sabían naturalmente (véase Hch 2.11). Es evidente que estaban en el aposento alto cuando descendió el Espíritu (2.2), pero deben haber salido a los atrios del templo donde se reunió una gran multitud. El propósito del don de lenguas fue impresionar a los judíos con el milagro que se estaba realizando. En 10.46 los gentiles hablaron en lenguas como prueba a los apóstoles de que habían recibido el Espíritu; y en 19.6 los efesios seguidores de Juan el Bautista hablaron en lenguas por la misma razón.

II. El mensaje (2.14–41)

A. Introducción (vv. 14–21).

Pedro respondió primero a la acusación de que los hombres estaban borrachos. Ningún judío comería o bebería nada antes de las nueve de la mañana en el sabat o en un día de fiesta, y era entonces la hora tercera del día, o sea las nueve de la mañana. Nótese que en todo este sermón Pedro se dirige sólo a los judíos (vv. 14, 22, 29, 36). Pentecostés era una fiesta judía y no había gentiles participando. En este sermón Pedro se dirigió a la nación judía y le demostró que su Mesías se había levantado de los muertos. En los versículos 16–21 Pedro hizo referencia a Joel 2.28–32 (lea ese pasaje con todo cuidado). No dijo que esto era un cumplimiento de la profecía, porque las palabras de Joel no se van a cumplir sino hasta el fin de la tribulación, cuando Cristo vuelva a la tierra. Pedro sí dijo que este era el mismo Espíritu del que se habla en Joel. Los versículos 17 y 18 se cumplieron en Pentecostés, no así los versículos 19–21, y no se cumplirán sino hasta el fin de los tiempos. Entre los versículos 18 y 19 se desarrolla la era de la Iglesia.

B. La explicación (vv. 22–36).

Pedro ahora demuestra a los judíos que Jesucristo estaba vivo. Usó cinco argumentos muy convincentes:

(1) La persona y vida de Cristo exigían que Él se levantara de los muertos (vv. 22–24). Véase Juan 10.17–18. ¡El que resucitó a otros no podía quedarse muerto!

(2) El Salmo 16.8–11 predecía la resurrección (vv. 25–31).

(3) Los apóstoles mismos eran testigos y habían visto al Cristo resucitado (v. 32).

(4) La venida del Espíritu es prueba de que Jesús vive (v. 33).

(5) El Salmo 110.1 prometía su resurrección (vv. 33–35). Tenga presente que Pedro no está predicando el evangelio de la cruz como nosotros lo hacemos hoy en día. Estaba acusando a Israel de un gran crimen (v. 23), y le advertía que había rechazado y crucificado a su Mesías (v. 36). Pedro estaba dándole a Israel una oportunidad más de recibir a Cristo. Habían matado a Juan el Bautista y a Jesús, pero ahora Dios les daba otra oportunidad. La resurrección de Cristo fue la «señal de Jonás» prometida, que demostraba que Él era el Mesías (Mt 12.38–40).

C. La aplicación (vv. 37–40).

Los hombres quedaron culpables y le pidieron consejo a Pedro. Este les dijo que se arrepintieran, que creyeran y que se bautizaran; así se identificarían con Jesús como el Cristo. Este es el mismo mensaje que predicaron Juan el Bautista (Mc 1.4) y Jesús (Mt 4.17). Hacer que el bautismo sea esencial para la salvación y para recibir el Espíritu es negar la experiencia de los gentiles en Hechos 10.44–48, que es el modelo de Dios para hoy. (Véanse las notas introductorias a Hechos.) Los judíos en Hechos 2 recibieron el Espíritu cuando se arrepintieron y bautizaron; los samaritanos en Hechos 8 recibieron el Espíritu mediante la imposición de manos de los apóstoles; pero los creyentes de hoy reciben el Espíritu cuando creen, como sucedió con los gentiles en Hechos 10. No hay salvación en las aguas del bautismo, porque la salvación es por la fe en Jesús.

Pedro afirmó que la promesa del Espíritu no era sólo para los judíos presentes en Jerusalén, sino también para los esparcidos por todo el mundo (v. 39; véase Dn 9.7). Este versículo no puede referirse a los gentiles, porque estos no recibieron ninguna promesa (Ef 2.11, 12).

III. La multitud (2.42–47)

Nótese que los creyentes permanecieron en el templo y dieron su testimonio y adoración. El Espíritu les dio unidad de corazón y de mente, y añadía creyentes cada día a la Iglesia. Estos versículos son una hermosa descripción de lo que será la vida durante la edad del reino. Aun cuando la Iglesia (como nosotros la conocemos) existía entonces sólo en la mente de Dios, su plena revelación no fue efectiva sino hasta más tarde por Pablo. Hechos 2 es un mensaje para el pueblo judío, de modo que no lea en estos versículos verdades que sólo se revelaron posteriormente. La iglesia de hoy no se reúne en el templo judío, ni se le pide que practique el comunismo. La oferta del reino estaba aún abierta y continuaría estándolo hasta los sucesos de Hechos 7, cuando los líderes de la nación resistieron al Espíritu una vez más y mataron a Esteban.

Hechos 3

I. Poder (3.1–11)

El hecho de que Pedro y Juan todavía asistían al templo y observaban las costumbres judías es evidencia de que estos primeros siete capítulos de Hechos tienen un énfasis judío. Ningún cristiano hoy que comprende Gálatas y Hebreos participaría de las prácticas del AT.

El cojo es una vívida ilustración del pecador perdido pues: (1) nació cojo, y todos nacemos pecadores; (2) no podía andar, y ningún pecador puede andar de manera que agrade a Dios; (3) estaba fuera del templo, y los pecadores están fuera del templo de Dios, la Iglesia; (4) mendigaba, porque los pecadores son mendigos buscando satisfacción.

Pedro realizó este milagro, no sólo para aliviar la invalidez del hombre y salvar su alma, sino también para probar a los judíos que el Espíritu Santo había venido con las bendiciones prometidas. Isaías 35.6 promete a los judíos que Israel disfrutaría de tales milagros cuando recibieran a su Mesías. La conducta del hombre después del milagro muestra cómo debe actuar cada cristiano: entró en el templo en comunión con los siervos de Dios y alabó a Dios. Su andar era nuevo y diferente, y no huyó de la persecución. Era tal su testimonio que los oficiales no tenían explicación para lo que había ocurrido.

II. Predicación (3.12–26)

Pedro usó esta curación como una oportunidad para presentar a Cristo y ofrecer perdón a la nación. Nótese que se dirige a los «varones israelitas», como lo hizo en 2.14 y 22. Les predicó a Cristo y les acusó de negar a su Mesías. Justo unas pocas semanas antes Pedro mismo había negado a Cristo tres veces. Sin embargo, debido a que confesó su pecado y arregló las cuentas con el Señor (Jn 21), pudo olvidar su fracaso. (Léase Ro 8.32–34.)

El versículo 17 es de mucha importancia, porque Pedro allí afirmó que la ignorancia de Israel le hizo cometer este crimen terrible. La ignorancia no es excusa, pero sí afecta la pena que se impone. Por eso es que Jesús oró: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23.34). Dios estaba ahora dando a Israel una oportunidad más para recibir a su Mesías. Pedro prometió, en los versículo 19–20, que si la nación se arrepentía y recibía al Señor, Él borraría sus pecados (Is 43.25; 44.22–23), enviaría a Cristo y daría «tiempos de refrigerio». Estos «tiempos» se describen en Jeremías 23.5; Miqueas 4.3; Isaías 11.2–9; 35.1–6; y 65.19–23. Pedro no describe aquí la salvación individual tanto como la bendición que vendría a la nación si se arrepentían y creían. Por supuesto, la salvación nacional dependía de la fe personal.

El cielo recibiría y retendría a Cristo hasta que Israel se arrepintiera, y entonces vendrían los «tiempos de la restauración». Esto se refiere al reino que Cristo establecerá cuando Israel se vuelva a Él y crea. En el versículo 21 Pedro afirma que de este hecho hablaron los profetas, lo cual prueba que no se refería a la Iglesia. El «misterio» de la Iglesia no se les reveló a los profetas del AT. Los profetas hablaron del futuro reino de Israel, y ese reino se hubiera establecido si los gobernantes y el pueblo hubieran creído el mensaje de Pedro y se hubieran arrepentido.

¿Qué en cuanto a los gentiles? Pedro lo respondió en el versículo 25. Los judíos eran hijos de Abraham y del pacto de Dios, y Él guardaría su promesa a Abraham y bendeciría a los gentiles mediante Israel. «En tu simiente [la de Abraham] serán benditas todas las familias [los gentiles] de la tierra» (véanse Gn 12.3; 22.18). El programa de Dios en el AT era bendecir a los gentiles mediante el Israel restaurado, y Pedro y los demás apóstoles judíos lo sabían. Se dieron cuenta de que Dios prometió bendecir a los gentiles cuando Israel fuera establecido en su reino. Es por eso que los apóstoles no pudieron comprender por qué Pablo se marchó a los gentiles después que Israel fue desechado. No se dieron cuenta entonces del «programa de misterio» que Dios reveló a través de Pablo, de que mediante la caída de Israel los gentiles serían salvos (véase Ro 11.11, 12). Este programa fue un «misterio» oculto en los días del AT, pero revelado a través de Pablo (léase Ef 3). Cuando la nación mató a Esteban y cometió el «pecado imperdonable» contra el Espíritu Santo, el programa profético de Dios para los judíos se detuvo. A partir de ese día Israel fue puesto a un lado y la Iglesia pasó al escenario central.

¿Cómo respondió la nación a la invitación? Mucha de la gente común creyó y se salvó, pero los gobernantes hicieron arrestar a los apóstoles. Los saduceos, por supuesto, no creían en la resurrección, y rechazaron el mensaje de Pedro de que Cristo había resucitado de entre los muertos. Los fariseos detestaban a Jesús porque los había condenado (Mt 23). Comenzó la persecución que Cristo prometió a los apóstoles en Juan 15.18–16.4, como lo veremos en el próximo capítulo.

Hechos 4

I. El arresto (4.1–4)

Este es el principio de la persecución de la Iglesia. Los saduceos no creían en la resurrección de los muertos y se opusieron a la predicación de Pedro. Los sacerdotes, por supuesto, no querían que los acusaran de la crucifixión de Cristo. Los líderes de Israel ni siquiera se dieron cuenta de que el mensaje de Pedro ¡era lo único que podía salvar a la nación! Si hubieran admitido su pecado y recibido a Cristo, Él hubiera derramado las promesas que los profetas habían proclamado siglos antes.

II. El juicio (4.5–22)

La corte que se reunió aquí, compuesta ante todo por familiares del sumo sacerdote, se había corrompido con el correr de los años. Esta fue una reunión oficial del sanedrín, el supremo concilio judío. Algunos de estos mismos hombres habían ayudado en el «juicio» de Cristo no muchas semanas antes. Es más, su pregunta en el versículo 7 nos recuerda del juicio de Jesús (léase de nuevo Mt 26.57ss). Jesús había prometido a los discípulos que el mundo los trataría de la misma manera que le había tratado a Él (Jn 15.17ss). Nótese también que en Mateo 21.23–44 estos mismos líderes habían cuestionado a Cristo respecto a su autoridad.

El Espíritu Santo dirigió la respuesta de Pedro, en cumplimiento a la promesa que se halla en Lucas 21.12–15 y Mateo 10.20. Los creyentes de hoy nunca deben reclamar esta promesa como una excusa para descuidar el estudio y la preparación para la enseñanza o predicación. Si hemos sido fieles en otras ocasiones, el Espíritu Santo nos ayuda en esas horas de emergencia cuando la preparación es imposible. Pedro intrépidamente afirmó que Jesucristo, el crucificado y ahora vivo Señor, realizó el milagro por medio de sus apóstoles. ¡Cómo deben haber temblado esos judíos al verse cara a cara con su crimen! Sin embargo, de nada sirvió, porque sus corazones estaban encallecidos.

El versículo 11 identifica a Cristo como la Piedra y a los líderes judíos como los edificadores. Esto es una cita del Salmo 118.22, 23. Cristo mismo usó este pasaje al debatir con esos líderes (Mt 21.43). Los judíos rechazaron a Cristo como la Piedra escogida sobre la cual se establecería el reino; esa Piedra desechada llegó a ser la Piedra angular de la Iglesia (Ef 2.20). Nótese que Pedro afirmó sin rodeos que Israel había rechazado a Cristo. Sin embargo, en el versículo 12 les invitó a creer en Él y ser salvos. En tanto que es cierto que este versículo se aplica a todos los pecadores en cualquier época, tenía un significado especial para la nación en los días de Pedro. Si los líderes se hubieran arrepentido y recibido a Cristo, Él hubiera salvado a la nación de la terrible tragedia que vino pocos años después, cuando Roma destruyó el templo y la ciudad.

En los versículos 13–17 el «jurado» se retiró a deliberar el caso. Quedaron impresionados por la intrepidez de los apóstoles. Esto era significativo, puesto que Pedro había negado al Señor con miedo apenas unas semanas antes. La frase «sin letras y del vulgo» significa que los apóstoles no habían recibido instrucción en las escuelas oficiales de los rabíes. Sin embargo, sabían mucho más acerca de las Escrituras que los mismos líderes religiosos. Los líderes también se dieron cuenta de que estos hombres «habían estado con Jesús» (v. 13) en el jardín y durante su última semana en Jerusalén antes de su muerte. Pero enfrentaban un problema aún más grande: ¿cómo podían explicar la curación del mendigo? No podían negar el milagro, de modo que decidieron silenciar a los mensajeros.

Los apóstoles no aceptaron este veredicto, porque su lealtad a Cristo significaba más que cualquier protección del gobierno. Los jueces finalmente tuvieron que dejarlos ir. La audacia de los discípulos, el poder de la Palabra y el testimonio del mendigo sanado fueron un «caso» demasiado bueno y los jueces no encontraron ninguna respuesta.

III. La victoria (4.23–37)

Los verdaderos cristianos siempre regresan «a los suyos». (Léase 1 Jn 2.19.) La Iglesia no se lamentó debido a que la persecución había empezado; antes bien, ¡los creyentes se regocijaron y oraron! Nótese que en los versículos 25 y 26 hacen referencia al Salmo 2, que es un salmo mesiánico, hablando acerca del día cuando Cristo volverá para regir con poder. Los cristianos de hoy deben imitar a los primeros cristianos en cuanto a la oración, porque ligaron su oración a la Palabra de Dios (Jn 15.7).

Oraron por intrepidez y Dios les contestó llenándoles con el Espíritu. Este no fue un «segundo Pentecostés», porque el Espíritu vino para llenar con poder y no para bautizar a los creyentes. El Espíritu Santo también les dio una maravillosa unidad, al punto de que vendían sus bienes y los compartían con los que tenían necesidad. Este «comunismo cristiano» fue otra prueba de la presencia del Espíritu, un ejemplo de lo que ocurrirá en la edad del reino cuando todas las naciones tengan el Espíritu y un amor desinteresado las unas por las otras. Este «comunismo» no tiene ninguna relación con el comunismo marxista. Por favor, nótese que este compartir de bienes fue algo temporal y no se le exige a la Iglesia de Cristo hoy. Aun cuando los cristianos de hoy deben tener el mismo espíritu de amor, no se espera que vendan sus bienes y formen una comunidad separada. En 11.27–30 los cristianos en Antioquía tuvieron que auxiliar a los creyentes de Jerusalén. (Véanse también Ro 15.26; 1 Co 16.1–3; 2 Co 8.1–4; 9.2.) Cuando Israel rechazó el mensaje esta obra de gracia del Espíritu gradualmente desapareció. El modelo de ofrendar de la iglesia del NT se halla en 2 Corintios 8–9, 1 Timoteo 5.8 y 2 Tesalonicenses 3.7–13.

«Denuedo» parece ser clave en todo este capítulo. Véase cómo los primeros creyentes recibieron este valor: fueron llenos con el Espíritu (vv. 8, 31), oraron (v. 29) y confiaron en la Palabra de Dios (vv. 25–28). Usted y yo podemos tener ese denuedo para andar y testificar si nos alimentamos de la Palabra, oramos y nos rendimos al Espíritu. Podemos tener denuedo en la tierra debido a que Cristo nos lo da en el cielo (Heb 4.16; 10.19).

Hechos 5

Satanás todavía está atacando a los creyentes, y al hacerlo usa un plan doble: engaño desde adentro y persecución desde afuera. Satanás es mentiroso y homicida, y en este capítulo lo vemos operando en ambas esferas.

I. Oposición desde adentro (5.1–16)

Aquí vemos a Satanás operando como la serpiente, usando a los creyentes desde adentro de la iglesia para estorbar la obra del Señor.

A. El engaño (vv. 1–2).

Ananías y Safira querían tener la reputación de ser más espirituales de lo que realmente eran. Sintieron celo cuando los demás trajeron sus donaciones (4.34–37) y quisieron el mismo reconocimiento. Por favor, tenga presente que su pecado no fue robar dinero de Dios, debido a que Pedro afirma en el versículo 4 que de ellos dependía el uso que iban a darle al dinero. Su pecado fue la hipocresía, tratando de aparecer más espirituales de lo que en realidad eran.

B. El descubrimiento (vv. 3–4).

Pedro era un hombre con discernimiento dado por el Espíritu. Aquí le vemos ejerciendo el poder de «atar y desatar» que Cristo le había dado (Mt 16.19). El pecado siempre se descubre de una manera u otra. Esta pareja no mencionó nada abiertamente, pero el pecado terrible estaba en sus corazones. Mintieron al Espíritu de Dios, quien con toda gracia estaba obrando en los corazones de los creyentes, guiándoles a vender sus posesiones y compartirlas con otros.

C. Las muertes (vv. 5–11).

Este no fue un caso de «disciplina eclesiástica» puesto que Dios lidió con los pecadores directamente. Las dos muertes ilustran la clase de juicio que Cristo hará durante el reino (véanse Jer 23.5; Ap 19.15). A diferencia de la disciplina de la iglesia local, donde el pastor y los miembros al investigar algún asunto dan la oportunidad de arrepentimiento y perdón y procuran restaurar a los que yerran, este fue un caso definitivo de juicio divino. Es interesante comparar este capítulo con Josué 7, donde el codicioso Acán trató de esconderle a Dios su pecado y fue apedreado. Gran temor cayó sobre la Iglesia (Hch 5.11) cuando la gente vio la mano de Dios obrando.

D. El testimonio (vv. 12–16).

La iglesia estaba ahora unánime y la alababan y, por consiguiente, se multiplicó. Esto siempre ha ocurrido cuando se purga el pecado. Satanás trabaja desde adentro de la iglesia y trata de dividirla, que caiga en desgracia y destruirla; pero si permitimos que el Espíritu obre, detectaremos la operación del diablo y evitaremos problemas en la iglesia. No es la iglesia que da la bienvenida a todo el mundo la que tiene el mejor testimonio, porque la gente tenía miedo de unirse a la iglesia allí en Jerusalén (v. 13). Una iglesia local debe tener normas y permitir que el Espíritu guíe. Nótese que Pedro es el hombre clave en este período de la historia de la Iglesia; incluso de su sombra se pensaba que producía sanidad.

Satanás todavía se opone desde adentro a la obra de la Iglesia. Pablo les advirtió a los ancianos que los lobos vendrían desde afuera para atacar al rebaño, pero también que se levantarían hombres «de vosotros mismos» para hacer daño a la Iglesia (Hch 20.29, 30). El peligro más grande que la Iglesia enfrenta hoy no es tanto la oposición de afuera, sino el pecado adentro. Por eso es tan importante buscar la dirección de Dios al recibir nuevos miembros y disciplinar a los que se descarrían.

II. Oposición de afuera (5.17–34)

Los líderes judíos (instigados por los saduceos incrédulos) se llenaron de celos (v. 17) por el éxito y la popularidad de los apóstoles. Tal vez en esta oportunidad encarcelaron al grupo apostólico entero, y lo más probable es que fuera en la prisión pública y no en alguna sección especial. Un ángel del Señor (este puede haber sido el mismo Cristo) los libró y así la gracia de Dios le dio a la nación otra oportunidad de oír el mensaje de salvación. Nótese que los hombres fueron directamente al templo, porque allí era donde podían encontrar a la gente que necesitaba su mensaje. ¡Imagínese la sorpresa de los líderes cuando descubrieron que sus prisioneros se habían esfumado! Tenga en mente que la liberación no siempre es el plan de Dios; Él permitió la liberación de Pedro, pero que Jacobo muriera (Hch 12) debido a que cada hecho fue para su gloria.

Los líderes rehusaron pronunciar el nombre de Jesús (v. 38). «La sangre de ese hombre» (v. 28) nos recuerda lo que dijo la nación en Mateo 27.25. La nación judía no se limpiará sino hasta que vean a su Mesías y purguen su pecado (Zac 12.9–13.1).

Pedro y los apóstoles no se darían por vencidos. De nuevo anunciaron que Dios salvaría a Israel si los líderes se arrepentían (Hch 5.31). Si los líderes se volvían de su pecado, la gente seguiría su ejemplo (véase Jn 7.48). La Palabra, como una espada (Heb 4.12), penetró en sus corazones y quisieron matar a los apóstoles, ¡exactamente como mataron a Jesús!

Gamaliel entonces dio su consejo al concilio: sean neutrales y averigüen si Dios está o no en el asunto. Esto parece ser un consejo sabio, pero en realidad no lo era. Nadie puede ser neutral con Cristo. Posponer una decisión es arriesgarse al desastre. Dios dio toda evidencia mediante señales y milagros de que estaba obrando y no había razón para posponer la decisión. Es interesante notar que Gamaliel era un fariseo y no parte del grupo de los saduceos que habían encabezado el arresto. También es el gran rabí judío que enseñó al apóstol Pablo (Hch 22.3). ¡Su discípulo tomó una mejor decisión que la que él hizo!

A los apóstoles los azotaron (véase Dt 25.2, 3) y dejaron en libertad, pero ¡se fueron gozosos, no derrotados! Consideraron un privilegio sufrir por Cristo (véase Flp 1.27–30). Nótese que el ministerio de la Iglesia continuó: (1) diariamente, (2) en público, y (3) en hogares privados, a medida que los apóstoles predicaban y enseñaban de Jesucristo. Este debe ser el ministerio de la iglesia hoy.

Hechos 6

Ahora encontramos un segundo problema dentro de la iglesia. En el capítulo 5 fue el engaño en los corazones de Ananías y Safira; aquí es una queja en las filas de creyentes.

I. Una dificultad de familia (6.1–7)

En cierto sentido, ¡la queja era una evidencia de bendición! La asamblea había crecido tan rápidamente que los apóstoles no podían manejar la distribución diaria de alimento, y como resultado estaban descuidando a algunas de las grecojudías. Es estimulante trazar el crecimiento de la iglesia: Creyeron tres mil (2.41); luego se añadían cada día creyentes (2.47); más tarde creció con cinco mil hombres (4.4); luego este número se multiplicó (6.1); y después el número volvió a multiplicarse grandemente (6.7).

¿Cuál fue el secreto de este crecimiento asombroso? Léase la respuesta en 5.41–42: los líderes estaban dispuestos a pagar el precio de servir a Cristo, y la gente vivía su fe diariamente. Hechos 5.42 es un buen modelo a seguir: (1) servicio cristiano diario; (2) servicio en la casa de Dios; (3) servicio de casa en casa; (4) trabajo de cada miembro; (5) servicio continuo; (6) enseñanza y predicación de la Palabra; (7) exaltando a Jesucristo. Los pastores y dirigentes piadosos solos no pueden hacer que una iglesia crezca; todos los miembros deben hacer su parte.

El problema de los alimentos se resolvió al poner primero lo primero. Los apóstoles sabían que su ministerio principal era la oración y la Palabra de Dios. Si las iglesias locales permitieran que sus pastores obedezcan Hechos 6.4, verían un aumento en poder espiritual y numérico. La oración y la Palabra van juntas (Jn 15.7; Pr 28.9). Samuel ministraba de esta manera (véase 1 S 12.23); y también lo hacía Cristo (Mc 1.35–39) y Pablo (Col 1.9, 10). En Hechos 1, mediante la oración y la Palabra los apóstoles hallaron la voluntad de Dios. Efesios 6.17–18 afirma que la oración y la Palabra vencerán al diablo. Segunda de Corintios 9.9–15 indica que el ministerio de la oración y de la Palabra proveerán los recursos financieros que una iglesia necesita. La oración y la Palabra edificarán siempre a una iglesia (Hch 20.32–36).

A estos siete hombres no se les llamó en realidad «diáconos», aunque la palabra «distribución» en 6.1 es en griego diakonía y es la misma que se traduce «diácono» en el resto de la Biblia. La palabra simplemente significa «sirviente»; y en 6.2 se traduce «servir» y en 6.4 como «ministerio». Nótese que la iglesia hizo la elección, en tanto que los apóstoles hicieron el nombramiento efectivo. Los apóstoles también, guiados por el Espíritu, fijaron los requisitos, los cuales los creyentes gozosamente aceptaron. Este es un cuadro de unidad y armonía entre los líderes espirituales y los miembros del rebaño. Es posible que de este primer nombramiento se haya desarrollado el oficio de diácono (1 Ti 3.8ss). La tarea principal de los diáconos era atender las necesidades materiales y así aliviar a los apóstoles para que se dedicaran a su ministerio espiritual. Hoy, el diácono asiste al pastor en la consejería y el servicio, ayudándole a lograr que se haga el mayor trabajo posible. Cuando los diáconos (o cualquier otro dirigente de la iglesia) encadena al pastor y le hace un «mandadero» santificado, o se considera «su jefe», Dios no puede bendecir.

Nótese que los hombres seleccionados (v. 5) ¡tenían nombres griegos! Esto muestra el amor de los primeros creyentes; en honor, se preferían los unos a los otros (Ro 12.10). Felipe más tarde llegaría a ser un evangelista (8.5, 26; 21.8). Cualquier oficial de la iglesia debe ser un evangelista. Observe cómo Dios bendijo al pueblo cuando enfrentaron el problema con sinceridad y lo resolvieron (v. 7).

II. Diácono fiel (6.8–15)

El nombre Esteban significa «corona de victoria», y ciertamente se ganó una corona al ser fiel hasta la muerte (Ap 2.10). De acuerdo con el versículo 3 Esteban tenía buena reputación entre los creyentes, estaba lleno del Espíritu y tenía sabiduría práctica. ¡Qué combinación para cualquier cristiano! Tenía un testimonio doble: Sus palabras (v. 10) y sus obras (v. 8).

Había centenares de sinagogas en Jerusalén, muchas de ellas establecidas por judíos de otras tierras. La sinagoga de los libertos estaba formada por judíos romanos que descendían de esclavos hebreos que se les había dado la libertad. Es interesante notar que Esteban testificó donde había judíos de Cilicia, porque Pablo procedía de aquel lugar (21.39), y bien puede haberse enfrentado a Esteban en el debate allí en la sinagoga.

El enemigo siempre está trabajando, y antes de que pasara mucho tiempo Esteban fue arrestado. Le acusaron de blasfemar contra Moisés y la ley, y de decir que el templo sería destruido; esto tal vez puede ser una referencia a las palabras de Cristo en Juan 2.19–21. Los judíos trataron a Esteban de la misma manera que lo hicieron con Cristo: contrataron testigos falsos, hicieron acusaciones dudosas y no le dieron el beneficio de un juicio justo. (Véase Mc 14.58, 64.) Dios testificó de la fe de Esteban mediante la gloria que irradiaba de su rostro (2 Co 3.18).

En el próximo capítulo consideraremos el gran discurso de Esteban que muestra el fracaso de Israel a través de los siglos. El capítulo 7 es un punto crucial en Hechos, al rechazar Israel finalmente a Jesucristo y perseguir a la Iglesia. Después de este acontecimiento el mensaje salió de Jerusalén y fue a los gentiles.

Hechos 7

Este capítulo registra el discurso más largo del libro de Hechos, así como el punto decisivo de la historia espiritual de Israel. Registra el tercer homicidio importante de la nación (Juan el Bautista, Cristo y ahora Esteban) y su final rechazo del mensaje de salvación. En su discurso Esteban repasó la historia de Israel y destacó que la nación siempre rechazó a los líderes escogidos por Dios cuando aparecieron por primera vez, pero los recibieron la segunda vez. Tanto Moisés como José fueron ejemplos de este patrón (7.13, 35). Asimismo Israel trató a Cristo: Juan el Bautista y los apóstoles lo presentaron a la nación, pero esta lo rechazó; sin embargo, Israel recibirá a Cristo cuando aparezca por segunda vez.

I. El pacto de Dios con Abraham (7.1–8)

El pacto con Abraham está registrado en Génesis 13.14–18, así como en Génesis 15 y 17. Incluye la posesión por parte de la simiente de Abraham de la tierra prometida, y la promesa de la multiplicación de sus descendientes en los años venideros. El sello de este pacto fue la circuncisión. Este pacto con Abraham fue el fundamento de la nación judía. Dios no hizo este pacto con los gentiles, ni tampoco se aplica a la Iglesia. «Espiritualizar» estas promesas y aplicarlas a la Iglesia es entender mal y tergiversar las Escrituras. Dios les prometió a los judíos una tierra y un reino; debido a su desobediencia perdieron la posesión de la tierra y no recibieron su reino. Este pacto con Abraham todavía sigue vigente, sin embargo, y se cumplirá cuando Cristo retorne para establecer su reino en la tierra.

II. Israel rechaza a José (7.9–16)

José tiene una semejanza maravillosa a Cristo en muchas maneras: (1) su padre lo amaba (Gn 37.3; Mt 3.17); (2) sus hermanos lo aborrecían (Gn 37.4–8; Jn 15.25); (3) sus hermanos lo envidiaban (Gn 37.11; Mc 15.10); (4) lo vendieron por el precio de un esclavo (Gn 37.28; Mt 26.15); (5) lo humillaron como sirviente (Gn 39.1ss; Flp 2.5ss); (6) lo acusaron falsamente (Gn 39.16–18; Mt 26.59, 60); (7) lo exaltaron y honraron (Gn 41.14ss; Flp 2.9–10); (8) sus hermanos no lo reconocieron la primera vez (Gn 42.8; Hch 3.17); (9) se reveló a sí mismo la segunda vez (Gn 45.1ss; Hch 7.13; Zac 12.10); (10) aunque rechazado por sus hermanos, tomó una esposa gentil (Gn 41.45; Hch 15.6–18).

El argumento de Esteban aquí es que los judíos habían tratado a Cristo de la manera que los patriarcas trataron a José, pero no enfocó esta acusación sino hasta el final. Así como José sufrió para salvar a su pueblo, Cristo sufrió para salvar a Israel y a toda la humanidad; sin embargo, los judíos no lo recibieron.

III. Israel rechaza a Moisés (7.7–41)

Así como José, Moisés tiene una asombrosa similitud con Cristo: (1) fue perseguido y casi lo matan cuando era niño (Éx 1.22; 4.19; Mt 2.13–20); (2) rechazó el mundo para salvar a su pueblo (Heb 11.24–26; Mt 4.8–10; 2 Co 8.9); (3) la primera vez que trató de ayudar a Israel lo rechazaron (Éx 2.11–14; Is 53.3); (4) se hizo pastor (Éx 3.1; Jn 10); (5) tomó esposa gentil durante el rechazo que experimentó (Éx 2.21); (6) sus hermanos lo recibieron la segunda vez (Éx 4.29–31; Hch 7.5); (7) libró a su pueblo de la esclavitud mediante la sangre del cordero (Éx 12; 1 P 2.24). Moisés fue un profeta (Dt 18.15–19; Hch 3.22), sacerdote (Sal 99.6) y rey (Dt 33.4–5).

Se hace necesario un comentario acerca del versículo 38, en el cual a Israel se le llama «la congregación en el desierto». La palabra «congregación» es eklesía en griego, que significa «una asamblea convocada» y no sugiere que Israel haya sido una «iglesia» en el AT. En el AT no hallamos profecías respecto a la Iglesia. Israel (un pueblo terrenal) no estaba en la misma relación con Dios en el AT, como los creyentes (un pueblo celestial) lo estaban en el NT.

Aunque Israel tenía un líder piadoso y Dios mismo en su presencia (v. 38), sin embargo ¡se rebelaron y rechazaron la voluntad de Dios! «En sus corazones se volvieron a Egipto» (v. 39). Se volvieron a la idolatría y Dios los desechó. ¿No habían hecho lo mismo mientras Cristo estaba con ellos en la tierra? Moisés realizó milagros, suplió para sus necesidades en el desierto y les dio la Palabra de Dios; Cristo también había realizado obras poderosas, alimentado a la gente y les había dado la Palabra de Dios... ¡y sin embargo se alejaron!

IV. Israel rechaza a los profetas (7.42–50)

En estos versículos Esteban se refiere a Amós 5.25–27 e Isaías 66.1–2. Los judíos pensaban que debido a que tenían su templo, estaban seguros contra cualquier daño y que Dios tenía que bendecirlos. Todos los profetas advirtieron que el templo no les aseguraría la bendición si su corazón no estaba bien con Dios. ¿Cómo puede Dios, quien llena el cielo y la tierra, estar confinado a un templo hecho de manos? La vida religiosa de Israel era puro formulismo; tenían las formas externas de la religión, pero sus corazones no estaban bien con Dios. Rechazaron la voz de los profetas, incluso persiguiéndolos y matándolos (véase Mt 23.29–39); y cuando el Profeta (Cristo) apareció (v. 37), ¡rechazaron sus Palabras y le crucificaron!

V. El juicio de Israel se sella (7.51–60)

Israel había cometido dos asesinatos y estaba a punto de cometer el tercero. Al permitir que mataran a Juan el Bautista, rechazaron al Padre que había enviado a Juan para preparar el camino a Cristo. Cuando crucificaron a Cristo, rechazaron al Hijo. Ahora, al matar a Esteban, estaban llegando al «pecado imperdonable» final (Mt 12.31, 32) de resistir al Espíritu Santo. Dios hubiera perdonado a la nación por la manera en que trataron a su Hijo, pero no podría perdonar a los judíos una vez que resistieran al Espíritu que testificaba con tanto poder acerca de su Hijo. Dios había dado toda evidencia a la nación de que Cristo era su Mesías, pero prefirieron endurecer su cerviz y corazón (Hch 7.51). ¡Qué semejanza con los pecadores de hoy!

Esteban usó la Palabra y esta «espada del Espíritu» (Ef 6.17; Heb 4.12) perforó con convicción sus corazones. A punto de ser apedreado, Esteban levantó sus ojos al cielo y vio la gloria de Dios. «Icabod[...] ¡Traspasada es la gloria de Israel!» (1 S 4.19–22) podía decirse ahora de la nación de Israel; pero Esteban vio la gloria en Cristo, donde la vemos hoy (2 Co 4.1ss). Versículos tales como el Salmo 110.1, Marcos 16.19 y Hebreos 1.3 y 10.12 indican que Cristo «se sentó» debido a que su obra estaba terminada; pero el versículo 55 señala que Él estaba de pie. Algunos han sugerido que se puso de pie para recibir a su mártir, Esteban, al llegar a la gloria. Otros piensan que Cristo se puso de pie como testigo, la postura usual de los testigos en la corte judía que testifican del mensaje y ministerio de su siervo. Otro hecho que queremos notar es que la muerte de Esteban cerró la oferta del Rey de los judíos y fue el punto decisivo en Hechos, porque ahora la Iglesia, como el cuerpo de Cristo, empieza a asumir importancia principal; y es para la Iglesia que Cristo tiene su ministerio a la diestra de Dios. Tal vez se debe tener presente Lucas 22.69; no cabe duda de que los líderes judíos recordarían el testimonio de Cristo.

La oración de Esteban muestra su amor por su pueblo y nos recuerda la intercesión de Cristo en la cruz. Tal vez Esteban pensó, viendo a Cristo de pie, que Él iba a traer juicio sobre la nación por su continuo pecado (véase Sal 7.6), y así oró por gracia y para que se pospusiera la ira. «Durmió» es un hermoso cuadro de lo que la muerte significa para el creyente.

El juicio de Israel quedó sellado; en los próximos capítulos veremos el evangelio de la gracia (no el mensaje del reino) pasando de los judíos a los samaritanos y luego a los gentiles.

Hechos 8

Los capítulos 1–7 han descrito el «período de prueba», durante el cual se ofreció el reino a Israel por tercera vez. Los capítulos 8–12 describen el «período de transición», durante el cual ocurren los siguientes cambios:

(1) El centro de actividad pasa de Jerusalén a Antioquía.

(2) El mensaje va de los judíos a los samaritanos y luego a los gentiles.

(3) Las actividades de Pedro tienen menos importancia y Pablo llega a ser el líder.

(4) El comunismo de la «economía del reino» se reemplaza por la actividad de la Iglesia. La Iglesia existía desde el Pentecostés, pero ahora se revela su significación y lugar en el programa de Dios mediante el ministerio de gracia que Pablo lleva a cabo.

(5) Se reemplaza el evangelio del reino por el evangelio de la gracia de Dios. Si el eunuco etíope fue negro (como algunos lo dicen), en los capítulos 8–10 se tiene tres conversiones destacadas que se colocan paralelamente a los tres hijos de Noé en Génesis 10.18. El etíope sería descendiente de Cam; Pablo, un judío, de Sem; y Cornelio, un gentil, de Jafet. Así tenemos un cuadro del evangelio yendo a toda la humanidad.

I. Felipe el evangelista (8.1–25)

Satanás de nuevo atacó como león tratando de devorar a los creyentes. Pablo era el líder principal en esta gran persecución, y con posterioridad lo admitió varias veces (Hch 26.10, 11; 22.4–5, 18–20; 1 Ti 1.13; 1 Co 15.9; Gl 1.13). Nótese que Pablo definitivamente afirmó que perseguía a la Iglesia de Dios, lo cual prueba que la Iglesia ya existía antes de su conversión, si bien su lugar en el plan de Dios todavía no se había revelado. Algunos enseñan que Dios tenía que enviar la persecución para obligar a los apóstoles a dejar Jerusalén y cumplir su comisión, pero esto es completamente errado. Para empezar, los apóstoles no salieron de la ciudad, sino que con valentía se quedaron para dar su mensaje a los líderes judíos y testificar a los perdidos. Los apóstoles esperaban, contra toda esperanza, que Israel se arrepintiera y se salvara. Podían tener este ministerio sólo en Jerusalén. El mandamiento que Cristo les dio fue que se quedaran allí; sería Pablo el que llevaría el evangelio «hasta lo último de la tierra».

La persecución es una oportunidad para el servicio, y Felipe se menciona aquí como un ejemplo de evangelista (Ef 4.11). Llamado al diaconado (6.5), como Esteban antes que él, Felipe descubrió dones espirituales adicionales y llegó a ser un poderoso evangelista. Llevó el evangelio a Samaria, así como Cristo lo hizo en Juan 4; de esta manera vemos por vez primera en Hechos, que sale de territorio judío el ministerio de la Palabra. La persecución tan solo abrió las puertas para que se ganaran almas; lo que empezó como una «gran persecución» (v. 1) se convirtió en «gran gozo» (v. 8).

Lo que Satanás no pudo conseguir mediante la destrucción, aquí trata de hacerlo mediante el engaño; el león se convierte en serpiente (Jn 8.44). Simón el mago hizo profesión de fe en Cristo y hasta se bautizó; pero acontecimientos subsecuentes demostraron que su corazón nunca cambió. Su «fe» era como la descrita en Juan 2.23–25. Es evidente que Simón nunca se salvó: (1) Pedro dijo: «Tu dinero perezca contigo» (v. 20); (2) también dijo: «no tienes tú parte [comunión] ni suerte en este asunto» (v. 21); (3) el versículo 23 indica que Simón estaba en prisión de iniquidad. Simón fue una falsificación satánica, un «hijo del diablo». Dondequiera que se siembra la semilla verdadera (cristianos, véase Mt 13.36–40), Satanás siembra falsificaciones.

Pedro hizo su primer uso de «las llaves del reino» en Pentecostés cuando abrió la puerta de la fe a los judíos; las usa por segunda vez cuando imparte el Espíritu a los samaritanos. Hasta ahora la gente tenía que bautizarse para recibir el Espíritu; pero ahora el don se da mediante la imposición de manos (véase el caso de Pablo en 9.17). Los que enseñan que el mandamiento de Pedro en 2.38 es la exigencia de Dios para hoy tienen serias dificultades para explicar cómo estos creyentes samaritanos recibieron el Espíritu varios días después de su bautizo. Cuando llegamos a Hechos 10, que concierne a los gentiles, tenemos la orden de Dios para hoy: oír la Palabra, creer, recibir el Espíritu, ser bautizados.

II. Felipe el obrero personal (8.26–40)

Cualquier cristiano puede disfrutar de un despertamiento tal como el que Dios dio en Samaria, ¡pero no todo el mundo dejaría tal reunión para conducir un alma a Cristo! Felipe obedeció al Señor y halló a un etíope, indudablemente un prosélito de la fe judía, un hombre que era un alto funcionario en su tierra. Vemos en este acontecimiento los factores necesarios para la obra personal eficaz y para ganar almas con eficiencia.

A. El varón de Dios.

Felipe fue obediente al Espíritu yendo hacia donde Dios le conducía. Conocía a Cristo como su Salvador personal. El método de Dios para ganar a otros no usa la maquinaria denominacional, las atracciones mundanas o promoción de alto calibre. Dios usa personas, hombres y mujeres entregados que obedecen al Espíritu. Felipe era la clase de evangelista que estaba dispuesto a dejar la reunión pública con sus emociones, para ayudar a un alma a hallar la paz en un lugar donde sólo Dios podía ver.

B. El Espíritu de Dios.

El Espíritu Santo es el Señor de la mies y a través de Él tenemos poder para testificar (Hch 1.8). El Espíritu le abrió el camino a Felipe para que se acercara al hombre; abrió las Escrituras al pecador que buscaba; y abrió el corazón del pecador al Salvador. Una persona no puede salvarse si no entiende lo que hace y sólo el Espíritu puede enseñar al pecador las verdades del evangelio. Cuando el Espíritu junta a un siervo preparado con un pecador contrito, habrá cosecha.

C. La Palabra de Dios.

«La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Dios», dice Romanos 10.17. Isaías 53 fue el capítulo que Felipe usó (vv. 32–33), ese hermoso cuadro del Cordero de Dios; Felipe comenzó a predicar de Cristo a partir de ese capítulo. Comenzó donde el hombre estaba y le llevó a través de las Escrituras explicando quién era Jesús y lo que había hecho. No puede haber conversión real aparte de la Palabra de Dios. Considere las siguientes porciones de la Escritura: Juan 5.24; Efesios 1.12–14; 1 Tesalonicenses 2.1–6; 2 Tesalonicenses 3.1; 2 Timoteo 4.1–5; y Tito 1.3. El testimonio personal que finalmente lleva fruto es el que planta la semilla de la Palabra y exalta a Jesucristo.

El etíope demostró su fe al bautizarse, en obediencia a la Palabra de Dios. Felipe fue llevado para ministrar en alguna otra parte; ¡pero el tesorero se fue por su camino regocijándose! Cuando Felipe predicó a Cristo en la ciudad, hubo gran gozo (v. 8), y cuando presentó a Cristo en el desierto, envió al nuevo creyente por su camino regocijándose. El gozo es una de las evidencias de la verdadera conversión. Véanse Lucas 15.5–7, 9–10, 23–24, 32.

Hechos 9

La conversión de Pablo es el punto decisivo en los tratos de Dios con Israel. Su programa total para la evangelización del mundo dependía de este hombre nada común. Si hemos de trazar bien la Palabra de verdad, debemos tener presente que Pedro y Pablo en el libro de los Hechos representan dos ministerios diferentes. Nótese los siguientes contrastes:

Pedro

Pablo

1. Uno de los doce apóstoles

1. Llamado aparte de los doce

2. Centrado en Jerusalén

2. Centrado en Antioquía

3. Ministró principalmente a Israel

3. Ministró a los gentiles

4. Llamado por Cristo en la tierra

4. Llamado por Cristo desde el cielo

5. Vio la gloria de Cristo en la tierra

5. Vio la gloria de Cristo en el cielo

Demasiados cristianos confunden estos dos ministerios y así convierten a la iglesia local en una mezcolanza de «verdad del reino» y «verdad de la iglesia». Pablo es el portavoz de Dios a la iglesia local; incluso Pedro lo admite (2 P 3.15, 16). Seguir las prácticas de Hechos 1–7 e ignorar así las instrucciones de Dios a la Iglesia por medio de Pablo es desobedecer la Palabra. Incluso Pedro no comprendía plenamente el nuevo programa de Dios que se reveló mediante Pablo y tuvo que recibir instrucción adicional (véase Gl 2).

I. Pablo y el Señor (9.1–9)

La conversión de Pablo fue toda por pura gracia; Dios repentinamente le interrumpió en su misión asesina y por gracia le transformó en una nueva persona. Así como la Iglesia es un cuerpo compuesto de judíos y gentiles, Pablo fue un hombre tanto con relaciones judías como gentiles. Era judío de nacimiento, pero gentil por su ciudadanía. Fue el siervo escogido de Dios (v. 15) para anunciar el mensaje de la Iglesia, este «misterio» que Dios había guardado en secreto por las edades pasadas. Estando asociado tanto con judíos como con gentiles, preparado tanto en las Escrituras del AT como en las filosofías griegas y las leyes romanas, Pablo era el hombre ideal para dar este nuevo mensaje de que en Cristo no hay diferencia entre judío y gentil.

Su experiencia de conversión puede resumirse en estas afirmaciones: (1) Vio una luz; (2) Oyó una voz; (3) Obedeció un llamado. Todo pecador está en las tinieblas hasta que la luz del evangelio brilla en él. Pablo oyó la voz del Señor mediante la Palabra de Dios, a pesar de que oyó a Cristo hablar audiblemente. (Los hombres que estaban con él oyeron ruidos, no así las palabras.) ¡Cómo humilló Cristo a Pablo! «Cayó», no sólo su cuerpo, sino también su corazón; porque a menos que caigamos en humildad no podemos ser salvos. El versículo 4 es otra prueba de que el cuerpo de Cristo ya existía; de otra manera, ¿cómo podía Pablo perseguir a Cristo? Cuando puso sus manos sobre los creyentes, las puso sobre los miembros de su cuerpo y esto afectó a la Cabeza del cuerpo, Cristo.

II. Pablo y Ananías (9.10–19)

Pablo había visto en visión que Ananías le visitaría, porque cuando Dios obra, lo hace en ambos extremos de la línea. Dios calmó los temores de Ananías mediante su promesa de que Pablo tendría un ministerio especial entre los gentiles, y ¡cómo deben haber chocado esas palabras a este fiel creyente judío! (Véase Hch 22.12–13.) El ministerio de Pablo fue en primer lugar a los gentiles; véase Hechos 13.46, 47; 18.6; 22.21. El hecho de que Pablo ya había sido salvado cuando Ananías llegó se ve en el saludo de Ananías: «Hermano Saulo». Algunos malentienden la experiencia bautismal de Pablo que se registra en Hechos 22.16: «Levántate y bautízate, y lava tus pecados». Los tiempos de los verbos en el griego son importantes aquí: «Habiéndote levantado, sé bautizado y lava tus pecados, habiendo previamente invocado su nombre» (traducción de Wuest, en inglés). Cuando los pecadores invocan el nombre de Dios, son salvados (Hch 2.21; 9.14). Hechos 10 lo ilustra: los pecadores oyen la Palabra, creen en Jesucristo, reciben el Espíritu y entonces son bautizados.

III. Pablo y los judíos (9.20–31)

Se dan dos evidencias de la conversión de Pablo: oró (v. 11) y predicó (v. 20). Hablar a Dios a favor de los hombres y a los hombres por Dios son buenas pruebas de la conversión. Pablo empezó donde estaba y predicó lo que sabía; otra buena costumbre para que la sigan los nuevos cristianos. Su conversión sucedió probablemente en el año 37 d.C. Pasó tiempo en Damasco predicando y luego fue a Arabia (Gl 1.15–18), regresando a Damasco «pasados muchos días» (Hch 9.23). Al parecer esto abarcó un período de tres años, durante los cuales Pablo estaba siendo enseñado respecto a las verdades de Dios respecto al «misterio de la iglesia». Cuando regresó a Damasco, los judíos lo atacaron y tuvo que salir por una ventana y de noche (2 Co 11.32–33; Hch 9.23–26).

Esto nos lleva del año 37 d.C. al año 39 d.C., en el cual Pablo fue a Jerusalén y donde encontró a los apóstoles (Hch 9.26–29; 22.15–21; Gl 1.17–20). Los apóstoles temían a Pablo y fue Bernabé («hijo de consolación», Hch 4.36) el que lo introdujo al grupo. Es importante el hecho de que Pablo fue un extraño (y hasta un enemigo) para los apóstoles: esto prueba que recibió el mensaje de la gracia del mismo Cristo y no de los hombres. (Véase Gl 1.15–18.) Dios tomó toda precaución para mantener separados los ministerios de Pablo y los doce apóstoles. Qué tragedia que la gente lo confunda hoy. Pablo se quedó con Pedro quince días (Gl 1.18), pero no vio a ninguno de los demás apóstoles (Gl 1.19). Visitó, eso sí, a Jacobo, el hermano del Señor (Gl 1.19), quien más tarde ocupó el lugar de Pedro como líder espiritual en Jerusalén (Hch 15). Pablo quería ministrar a los judíos en Jerusalén, pero Dios le ordenó que saliera de la ciudad (Hch 22.17–21). El programa del reino de Dios en Jerusalén estaba ahora cerrado y Pablo tenía un ministerio que cumplir entre los gentiles.

La persecución adicional hizo necesario que Pablo saliera, de modo que regresó a su hogar en Tarso. Gálatas 1.21 sugiere que Pablo predicó en esa región y Hechos 15.23 indica que había iglesias en esa área. Es posible que durante su estadía de cuatro o cinco años Pablo predicó el evangelio de la gracia de Dios y estableció iglesias gentiles. Cuando el centro del ministerio pasó de Jerusalén a Antioquía (una ciudad gentil), Bernabé fue y buscó a Pablo y le trajo de regreso para que ministrara con él (véase Hch 11.19–30).

IV. Pedro y los santos (9.32–43)

¿Por qué Lucas habla de Pedro en este punto? La respuesta tal vez tenga que ver con la ciudad que menciona: Jope (vv. 36, 43). Esta ciudad nos recuerda inmediatamente al profeta Jonás, quien descendió a Jope para huir a Tarsis (Jon 1.1–3). Dios llamó a Jonás para que llevara su mensaje a los gentiles; y Dios estaba a punto de llamar a Pedro para hacer lo mismo (Hch 10). Pedro vivía en Jope con Simón, un curtidor, lo que sugiere que Pedro estaba abandonando algunos de sus prejuicios judíos, por cuanto curtir era «inmundo» en tanto y en cuanto a los judíos atañía. Pedro estaba a punto de descubrir que nada de lo que Dios ha santificado es inmundo.

Hechos 10

Este capítulo es uno de los más importantes en Hechos, porque registra cómo se abre la puerta de la fe a los gentiles. Pedro había usado «las llaves del reino» para abrir la puerta de la fe a los judíos (Hch 2) y a los samaritanos (8.14ss), y ahora completaría su ministerio especial al abrir la puerta a los gentiles (véase 15.6–11). También debe leerse 11.1–18 para ver el cuadro que Pedro tenía de este acontecimiento tan significativo.

Notamos en Hechos 8 que cuando Dios quiere realizar una obra, llama a un hombre de Dios, le da poder con su Espíritu y lo capacita para que predique su Palabra. En este capítulo se ve en operación este mismo programa.

I. Preparación por el Espíritu de Dios (10.1–22)

A. El Espíritu prepara a Cornelio (vv. 1–8).

Cesarea era una ciudad romana, la capital romana de Palestina. Cornelio era un hombre temeroso de Dios que no conocía la verdad del evangelio. Era devoto, honesto, generoso y sincero; pero no era salvo. ¡Es posible ser muy religioso y todavía estar perdido! Si no fuera porque Dios en su gracia le habló a Cornelio, este nunca se hubiera convertido en creyente. Aquí vemos un cumplimiento de la promesa de Cristo registrada en Juan 7.17: «El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá» la verdad. Un ángel le habló y le dijo que enviara a buscar a Pedro. ¿Por qué el ángel no le dio el mensaje a Cornelio? Porque Dios no les ha dado a los ángeles el ministerio de hablar del evangelio a los pecadores. ¡Qué privilegio tenemos al contarles el evangelio a las almas perdidas! Es un privilegio que los ángeles no pueden tener. Pedro estaba a cincuenta kilómetros de Jope, pero Cornelio, con obediencia militar, llamó a dos de sus criados y un guardia, y los envió en esta importante misión. El Espíritu estaba guiando esta actividad (vv. 19–20).

B. El Espíritu prepara a Pedro (vv. 9–22).

Dondequiera que Dios obra, lo hace «en ambos extremos de la línea». Él nos prepara para lo que Él nos está preparando. Pedro vio todo tipo de animal, tanto limpio como inmundo (ceremonialmente hablando, cf. Lv 11) y se le ordenó que matara y comiera. Su «Señor, no» nos recuerda Mateo 16.22, donde le dijo a Cristo que no fuera a la cruz. Cualquiera que le dice «Señor», no puede decirle «no». Si Él es realmente el Señor, debemos obedecerle. Mientras Pedro meditaba en esta visión, la cual ocurrió tres veces, el Espíritu le habló directamente y le dijo: «Levántate, y ve», Pedro no fue a los gentiles porque entendió la visión, sino porque el Espíritu mismo se lo dijo (véase 11.11–16). Más adelante comprendería el significado de la visión, de que Dios había, por medio de la cruz, derribado toda división entre judíos y gentiles.

II. Obediencia del hombre de Dios (10.23–33)

Tenga presente que hasta este momento los apóstoles no les han predicado a los gentiles. Incluso, los samaritanos (cap. 8) eran «mestizos» de judíos, que reverenciaban la Ley Mosaica. Pedro no fue a los gentiles en obediencia a la Gran Comisión (aunque lo estaba), sino porque el Espíritu distintivamente le había ordenado que fuera. Es más, cuando llegó a la casa de Cornelio, preguntó: «¿Por qué causa me habéis hecho venir?» (v. 29). Y cuando predicó, Dios tuvo que interrumpirle para lograr su propósito (v. 44; 11.15–16). Como los otros apóstoles, Pedro todavía se aferraba a su perspectiva judía y sabía que los gentiles no podían ser alcanzados mientras que los judíos no hubieran aceptado a su Mesías y Él hubiera establecido su reino. Pero ahora Pedro iba a aprender que Dios estaba introduciendo un nuevo programa: la Iglesia. Por favor, no dé por sentado que Pedro comprendía todo acerca de este nuevo programa; por cierto que Pablo posteriormente tuvo que reprenderlo por su inconsistencia (véase Gl 2). Durante este período de transición (Hch 8–12) vemos a Pedro desaparecer de la escena y con él el mensaje del reino para Israel.

III. La predicación de la Palabra de Dios (10.34–48)

Un predicador y una congregación preparados forman un equipo maravilloso. Léase Hebreos 11.6 en conexión con el versículo 35 de este capítulo. Pedro no dice que todos los que «hacen bien» serán salvos. Empezó con el mensaje de Cristo a Israel, que dio inicio con el ministerio de Juan el Bautista. Indicó que Cornelio y sus amigos sabían ya el mensaje respecto a los milagros de Cristo, su muerte y su resurrección, y que esos acontecimientos se relacionaban en especial a Israel. En el versículo 42 dijo: «Y nos mandó [a los testigos judíos] que predicásemos al pueblo» (es decir, a los judíos), que fue lo que los apóstoles hicieron hasta ese momento. Lo que Pedro había dicho era simplemente que Cristo vino a salvar a la nación de Israel, pero que ahora caía en cuenta de que para Dios no hay diferencia entre judíos y gentiles. En el versículo 43 señaló la verdad clave cuando dijo «que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados».

En este punto el Espíritu interrumpió a Pedro y realizó un milagro en los corazones de estos gentiles. ¡Creyeron en la Palabra! Y cuando creyeron, el Espíritu se derramó sobre ellos y eso lo muestra que hablaron en lenguas. (Véase Gl 3.2.) Los judíos que estaban con Pedro se quedaron asombrados de que Dios hubiera salvado a los gentiles sin primero hacerles prosélitos judíos. Guiado por el Espíritu, Pedro ordenó que fueran bautizados; y Pedro y sus amigos se quedaron y comieron con estos nuevos creyentes (11.3).

Repase una vez más en Hechos la relación entre el Espíritu y el bautismo. En Hechos 2 los judíos creyeron y tuvieron que bautizarse para recibir el Espíritu. En Hechos 8 los samaritanos creyeron y fueron bautizados, pero recibieron el Espíritu por la imposición de manos de los apóstoles. Pero aquí en Hechos 10 estamos en el verdadero «terreno de la iglesia», porque estos gentiles oyeron la Palabra, creyeron, recibieron el Espíritu y después fueron bautizados. Los acontecimientos de Hechos 2.38 y 8.14–17 no son el modelo para la iglesia de hoy. Se debe leer Efesios 1.13, 14 con todo cuidado. La venida del Espíritu fue realmente un bautismo, según lo explicó Pedro en Hechos 11.15, 16. En Hechos se usa la palabra «bautismo» nada más que dos veces en relación al Espíritu: en Hechos 2, cuando el Espíritu vino sobre los creyentes judíos y en Hechos 10 cuando vino sobre los creyentes gentiles. Esto cumple lo que Pablo describe en 1 Corintios 12.13: «Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos». Este «un cuerpo» es la Iglesia (Ef 2.11–22). Es más, en Hechos 11.15 Pedro afirmó que el bautismo en la casa de Cornelio fue idéntico al de Pentecostés. Hoy, cuando los pecadores aceptan a Cristo, el Espíritu viene a sus cuerpos y son bautizados en el cuerpo de Cristo.

Como veremos en Hechos 11 y 15 la conversión de los gentiles creó un gran problema a los creyentes judíos, no porque fueran culpables de prejuicios, sino porque no comprendieron «el misterio» de la Iglesia (Ef 3).

Pensaban que los gentiles podían salvarse sólo mediante el ascenso de Israel como reino; pero Dios reveló por medio de Pablo que los gentiles se salvaron por la caída de Israel (Ro 11.11–25). El mensaje del reino que los profetas dieron (Hch 3.18–26) fue reemplazado por el mensaje de la gracia de Dios revelado en su plenitud por medio de Pablo (13.38–43). Israel fue echado a un lado y no será prominente en el programa de Dios en la tierra sino hasta después del Arrebatamiento de la Iglesia. (Léase con cuidado 15.13–18.) Mezclar la verdad del reino y la verdad de la Iglesia es confundir la Palabra de Dios y obstaculizar la obra de Dios.

La comisión de la Iglesia para hoy se halla en Mateo 28.19–20. Debemos hacer discípulos, lo que exige evangelización; debemos bautizar, lo que implica compañerismo en una asamblea local; y debemos enseñar la Palabra, la cual usa el Espíritu para convencer al perdido. Ocupémonos en sembrar la semilla de la Palabra, regándola con nuestras oraciones y lágrimas (Sal 126.5, 6; Hch 20.19) y esperando pacientemente la cosecha.

Hechos 11

Es este capítulo aprendemos la relación entre los creyentes de Jerusalén (una iglesia judía) y los nuevos discípulos gentiles. Tenga presente que el problema de la iglesia de Jerusalén no es el prejuicio, sino más bien una mala comprensión de los propósitos de Dios. Entender el programa de Dios del AT era el de un reino terrenal que sería bendición para los gentiles a través del reinado del Mesías de Israel. Pero la nación rechazó a Cristo y su reino; ¿quería decir esto que los gentiles no podían salvarse? ¿Deben primero convertirse en prosélitos judíos? La experiencia de Pedro en Cesarea (cap. 10) y la revelación del «misterio de la iglesia» de Pablo (Ef 3) ayudó a contestar estas preguntas. Ambas experiencias demostraron que tanto judíos como gentiles estaban condenados ante Dios y podían salvarse únicamente mediante la fe en Jesucristo.

II. La iglesia de Jerusalén acepta a los gentiles (11.1–18)

Los fieles judíos discutían con Pedro debido a que había tenido compañerismo y hasta comido con gentiles. Mientras el plan del reino de Dios se esté aún ofreciendo a los judíos, las acciones de Pedro estaban mal. El mensaje de Dios era «al judío primeramente» (Hch 1–7). Cristo había ordenado a los discípulos que empezaran en Jerusalén (Lc 24.47; Hch 1.8) y cuando Jerusalén creyera, la nación recibiría al Mesías y el reino sería establecido (Hch 3.25–26). Pedro no fue a la casa de Cornelio porque entendiera el nuevo programa de Dios, sino porque el Espíritu Santo se lo ordenó personalmente (11.12). Estos creyentes judíos que criticaron a Pedro lo hicieron no porque odiaran a los gentiles, sino porque querían ser fieles a la voluntad revelada de Dios.

Cuando Pedro les contó cómo el Espíritu le había guiado y sellado su ministerio al venir sobre los creyentes gentiles, los cristianos judíos se regocijaron y glorificaron a Dios. Nótese que Pedro demostró que lo que hizo fue la voluntad de Dios señalando: (1) su experiencia personal (vv. 5–11), (2) la dirección del Espíritu (v. 12), y (3) la Palabra de Dios (v. 16). Estos tres elementos esenciales son siempre necesarios para hacer la voluntad de Dios; el testimonio personal, la dirección del Espíritu en nuestros corazones y la clara enseñanza de la Palabra de Dios.

II. La iglesia de Jerusalén anima a los gentiles (11.19–26)

Ahora el evangelio va a un nuevo territorio gentil, Antioquía, una ciudad clave de Siria. (No confunda a esta ciudad con Antioquía de Pisidia, que se menciona en Hechos 13.14. Busque estas dos ciudades en los mapas de su Biblia.) La persecución que se describe en 8.1ss había esparcido cristianos hasta puntos tan distantes como Antioquía, aproximadamente a quinientos kilómetros al norte de Jerusalén. Fieles a su comisión, habían predicado sólo a los judíos (esto fue antes de los acontecimientos del capítulo 10, por supuesto); pero algunos discípulos empezaron a predicarles a los gentiles. La palabra «griegos» en 11.20 no es la misma que en 6.1, donde significa «judíos helenistas». En realidad, aquí la palabra quiere decir «griegos», o sea, gentiles. Muchos gentiles llegaron a conocer a Cristo como su Salvador y la iglesia de Jerusalén envió a Bernabé a investigar la situación. Pero su misión no fue parecida a la de Pedro y Juan en 8.14–17, porque estos creyentes ya habían recibido el Espíritu y experimentado la gracia de Dios. En el versículo 23 vemos por primera vez la palabra «gracia» usada en Hechos con referencia a la salvación. (Hch 4.33 se refiere a la gracia de Dios ayudando a los creyentes.) La gracia llegaría a convertirse en el gran mensaje de Pablo en los años subsiguientes. Nótese que estos gentiles fueron salvos por gracia (v. 23), por fe (v. 21). Esto es lo que enseña Efesios 2.8, 9.

Bernabé se regocijó al hallar a esta asamblea de gentiles y les exhortó a que continuaran en su fe. Entonces hizo algo extraño: dejó la iglesia y se fue a buscar a Pablo. ¿Por qué lo hizo? Porque Bernabé, lleno del Espíritu, sabía que Dios le había dado a Pablo una comisión de predicar el evangelio a los gentiles (Hch 9.15, 27). La importancia de Pedro iba disminuyendo, como el programa del reino de Dios, y Bernabé sabía que Pablo debía ser el próximo líder, predicando el mensaje de la gracia de Dios. Por un año entero Pablo y Bernabé enseñaron a los gentiles la Palabra de Dios. De esta iglesia salieron hacia su primer viaje misionero. La iglesia de Antioquía cobró mayor importancia que la de Jerusalén cuando Pablo reemplazó a Pedro como el apóstol especial de Dios que trajo la revelación del misterio de la Iglesia.

III. La iglesia de Jerusalén recibe ayuda de los gentiles (11.27–30)

Estos «profetas» (v. 27) eran cristianos que ministraban en las iglesias locales y revelaban la Palabra de Dios. El que hayan venido de Jerusalén a Antioquía indica que había un íntimo compañerismo entre estas dos iglesias. «Todo el mundo» en el versículo 28 puede que signifique todo el mundo romano o toda la tierra (Judea). De inmediato, los creyentes gentiles enviaron ayuda material a los creyentes de Judea como expresión de amor cristiano.

Esta hambruna es importante, porque si leemos Hechos 2.44, 45 y 4.31–35, vemos que se estaba produciendo un cambio vital en la iglesia de Jerusalén. En 2–7 la iglesia de Jerusalén no tenía ninguna necesidad; en 11.27–30 leemos que las mismas personas estaban en necesidad de ayuda externa. ¿Qué había ocurrido? El «programa del reino» con sus bendiciones especiales había concluido. Mientras el reino se le ofrecía a los judíos, el Espíritu confería bendiciones especiales a los creyentes y no había entre ellos ningún necesitado (4.34). Pero cuando el reino fue finalmente rechazado con el apedreamiento de Esteban, se suspendieron estas inusuales bendiciones, dejando a los creyentes judíos en necesidad. Varias veces en la Palabra leemos de una ayuda especial enviada a «los santos pobres en Jerusalén» (Ro 15.26; 1 Co 16.1ss; 2 Co 8–9).

El modelo de dar que se registra en Hechos 2.44, 45 y 4.31–35 no se aplica a la iglesia local hoy, aun cuando el espíritu manifestado es sin dudas algo que debe desearse. Nótese que los creyentes de Antioquía no tenían «todas las cosas en común», sino que dieron contribuciones personales de acuerdo a sus posibilidades (11.29; véase 2 Co 9.7). Pablo nos instruye a proveer para los nuestros (1 Ti 5.8), advirtiendo que si no lo hacemos, somos peores que los incrédulos. El modelo de Dios para dar es que cada creyente dé los diezmos y las ofrendas al Señor, empezando en la iglesia local. Bernabé y Saulo (Pablo) fueron escogidos para llevar a Jerusalén la ofrenda. Posteriormente, regresaron a Antioquía trayendo consigo a Juan Marcos (12.25).

En el capítulo 12 veremos el cierre del ministerio especial de Pedro y el capítulo 13 introduce el ministerio del apóstol Pablo. Estos capítulos concluyen el período de transición cuando el mensaje del reino fue reemplazado por el evangelio de la gracia de Dios. Jerusalén fue reemplazada por Antioquía de Siria como el centro del ministerio, y Pedro fue reemplazado por Pablo como líder de la obra de Dios.

Hechos 12

Aquí leemos una de las últimas referencias al ministerio de Pedro entre los primeros cristianos. En el capítulo 13 Pablo asume el escenario central y ya no encontramos de nuevo a Pedro sino cuando da su testimonio (respaldando a Pablo) en el capítulo 15. Aquí, en el capítulo 12, vemos varios poderes diferentes obrando.

I. El poder de Satanás (12.1–4)

Herodes Agripa, nieto de Herodes el Grande, era, como sus antecesores, un homicida. Los Herodes eran edomitas, descendientes de Esaú. En cierto sentido vemos a Esaú persiguiendo de nuevo a Jacob, porque «Jacobo» es simplemente otra forma del mismo nombre Jacob. Esta persecución es un cuadro del tiempo de tribulación que los judíos soportarán en los últimos días. Léase de nuevo Mateo 20.20–23, en donde a Jacobo y a Juan se les promete un bautismo de sufrimiento. Jacobo fue el primero de los apóstoles sacrificado y Juan, quien vivió una larga vida, soportó gran sufrimiento (Ap 1.9). Cristo les había prometido a los apóstoles que sufrirían persecución. Lo mismo ocurrirá con todos los que procuren hacer la voluntad de Dios.

Es interesante notar que los apóstoles no reemplazaron a Jacobo, como hicieron con Judas en el capítulo 1. Debido a que se había rechazado el reino prometido, los apóstoles no «se sentarían en doce tronos» en ese reino (Mt 19.28). Este es otro indicio de que se había revelado un nuevo plan. Hay una lección práctica aquí: cuando Satanás quiere estorbar la obra de la Iglesia, persigue a Pedro y a Jacobo. Acosa a los mejores cristianos y procura obstaculizar su obra. ¿Somos la clase de cristianos que Satanás quiere atacar? Es significativo que Pedro fue librado, en tanto que se permitió que Jacobo muriera. Dios tiene un propósito único para cada uno de los suyos.

II. El poder de la oración (12.5–19)

La palabra «pascua» en el versículo 4 se refiere a esa festividad. La ceremonia duraba ocho días, después de la cual Herodes prometió matar a Pedro para complacer a los judíos. Por motivos de seguridad, asignó a cuatro grupos, de cuatro guardias cada uno, para que lo vigilaran. Dos guardias estaban siempre a su lado y dos en la puerta de la celda. «Pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él» (v. 5). ¡Cómo emocionan esas palabras al creyente! Cuando Satanás hace lo peor, los cristianos pueden volverse a Dios en oración y saber que Él obrará.

¿Cómo podía Pedro tener tanta paz cuando sabía que le quedaba tan solo un corto tiempo de vida? Es cierto que la oración de la iglesia le ayudó, pero la promesa de Cristo en Juan 21.18–19 debe haberle sostenido. Pedro sabía que no moriría sino hasta que fuera viejo y que esa muerte no sería a espada (como en el caso de Jacobo, v. 2), sino por crucifixión. La fe en la Palabra de Dios le dio paz. Si tan solo confiáramos en las promesas de Cristo, tendríamos la misma paz en medio de la tribulación.

El ángel libró a Pedro, pero nótese que no hizo por el apóstol lo que él mismo podía hacer. El ángel le libró de las cadenas y le condujo fuera de la cárcel, pero le dijo a Pedro que se calzara sus zapatos, que se vistiera y que le siguiera. Cuando Pedro estuvo seguro fuera, el ángel le dejó que tomara su propia decisión. Podemos esperar que Dios haga lo imposible si obedecemos y hacemos lo posible.

No debemos subestimar el poder de una iglesia que ora. Oraban con fervor (v. 5), con claridad y valentía. A pesar de su incredulidad, cuando Pedro apareció, Dios honró sus oraciones y fue glorificado. Cuando Rode oyó que llamaban a la puerta, contestó por fe; porque de acuerdo a todo lo que sabía, ¡podría haber habido allá afuera una compañía de los soldados de Herodes, listos para arrestarlos!

El Jacobo mencionado en el versículo 17 es el hermano de Cristo, quien, al parecer, llegó a ser el anciano principal en la asamblea de Jerusalén (véase el cap. 15). No lo confunda con el hijo de Alfeo, o el Jacobo que mató Herodes. Véanse también Hechos 21.18 y Gálatas 1.19 y 2.9. La partida de Pedro sigue siendo un misterio: se fue «a otro lugar» (v. 17) y no sabemos cuál era. Salió de la escena (aunque siguió predicando, por supuesto) para dar lugar a Pablo y su mensaje de la Iglesia.

III. El poder de la ira de Dios (12.20–23)

La relación entre las ciudades costeras de Tiro y Sidón y Galilea provenía desde los días de Salomón (1 R 5.9ss). Herodes, como el anticristo que aparecerá un día, se exaltó a sí mismo y tomó el lugar de Dios. La gente adoraba a Herodes y le honraba estrictamente por ganancia personal y un día el mundo recibirá y adorará al anticristo para que lo alimente y proteja. Dios le hirió con una muerte terrible. Nótese que el ángel que «golpeó» a Pedro en el versículo 7 trajo salvación; pero cuando hirió a Herodes trajo condenación. Dios aborrece el orgullo y no permitirá que nadie tome su gloria. Léase Daniel 11.36 y 2 Tesalonicenses 2.3–8 para ver cómo Herodes tipifica el hombre de pecado que vendrá, el anticristo.

IV. El poder de la mano de Dios (12.24–25)

¡Qué contraste! El gran Herodes fue comido de gusanos, «pero la palabra del Señor crecía y se multiplicaba» (v. 24). Cuando Satanás ataca como homicida (cuando mató a Jacobo, por ejemplo) o como mentiroso (vv. 20–23), la Palabra de Dios puede vencer y dar victoria. Jacobo estaba muerto, pero la obra de Dios seguía adelante, porque vemos a Pablo, Bernabé y su ayudante, Marcos, de regreso a Antioquía después de su ministerio a los santos pobres en Jerusalén (véase 11.27–30). Marcos tenía una casa piadosa, porque fue en la casa de su madre que los creyentes se habían reunido para orar (12.12). Era primo de Bernabé (Col 4.10) y más tarde fue la causa de contención entre Pablo y Bernabé. Escribió el Evangelio de Marcos y con el tiempo se ganó la aprobación de Pablo (2 Ti 4.11), a pesar de que le había fallado en sus años tempranos (13.13).

No nos dejemos nunca asustar por las estridentes voces de los líderes del mundo de Satanás. Su día viene. La Palabra de Dios nunca fallará y es nuestra responsabilidad predicar y enseñar la Palabra hasta que Cristo vuelva.

Hechos 13

Ahora empezamos la tercera y final sección de Hechos, «el período del triunfo» (caps. 13–28), durante el cual el evangelio de la gracia de Dios se predicó al mundo romano y se establecieron las iglesias locales mediante el ministerio de Pablo y de otros. Presenciamos, como si así fuera, un nuevo principio de un nuevo ministerio desde un nuevo centro espiritual: Antioquía de Siria. Leemos del primer viaje misionero de Pablo y su primer sermón. Escuchamos por primera vez en Hechos la maravillosa palabra «justificados» (13.39).

I. En Antioquía: llamados por el Espíritu (13.1–3)

Téngase en cuenta que el centro de operación de la iglesia se ha movido de Jerusalén y de los judíos a Antioquía y a los gentiles (Hch 11.19–30). No confunda Antioquía de Siria, la «iglesia madre» de Pablo, con Antioquía de Pisidia (13.14–52). Nótese que mientras los siervos de Dios ministraban en esta iglesia local, Dios llamó a dos de ellos (el primero y el último nombre de la lista del versículo 1; y pronto el último llegaría a ser el primero) a un ministerio mundial. Los siervos fieles en su iglesia local son los que Dios usa en otras partes.

«Profetas» (v. 1) significa profetas del NT (Ef 4.11). Estos hombres hablaban por Dios y el Espíritu los guiaba directamente. Ahora que tenemos la Palabra escrita de Dios no tenemos profetas en la Iglesia. Algunos sugieren que Simón fue el hombre que cargó la cruz de Cristo (Mc 15.21) y también el padre de Alejandro y de Rufo. Manaén era «hermano adoptivo» del Herodes que mató a Juan el Bautista. No muchas personas de la nobleza son llamadas, pero gracias a Dios, ¡algunos en efecto hallan a Cristo!

Los versículos 1–3 describen el programa del NT para enviar misioneros: (1) Dios llama a los que escoge; (2) la iglesia certifica este llamado; (3) la iglesia y el Espíritu envían a los misioneros, respaldándolos con oración y sostenimiento financiero. Es correcto que los misioneros informen a sus iglesias (14.26–28). Tampoco es antibíblico que las iglesias locales se unan y organicen agencias para enviar misioneros.

II. En Chipre: oposición del diablo (13.4–12)

En la parábola de la cizaña (Mt 13.24–30, 36–43) Cristo prometió que dondequiera que se planten hijos de Dios, Satanás plantará falsificaciones. Esto fue lo que ocurrió en la primera parada de los misioneros. Satanás vino en la persona de un judío apóstata, un falso profeta, un hijo del diablo (v. 10). En el poder del Espíritu Pablo hirió con ceguera al engañador. ¿No es esto parecido a la nación de Israel, ahora herida con ceguera? Véase Romanos 11.25. Nótese que aquí «Saulo» usa su nombre más conocido: «Pablo», que significa «pequeño».

III. En Perge: deserción de Marcos (13.13)

Nótese que ya no es «Bernabé y Saulo» (v. 2), sino «Pablo y sus compañeros». No estamos seguros de por qué Marcos dejó al grupo, pero Pablo consideró su acción una deserción (véase 15.38). ¿Fue debido a que Pablo había llegado a ser prominente y el primo Bernabé ya no era el líder? ¿Fue por las situaciones peligrosas que se vislumbraban? ¿Fue porque el joven echaba de menos su hogar? Cualesquiera que fueran las razones, su acción posteriormente haría que los dos misioneros se separaran, aunque más tarde Pablo perdonó y recibió a Marcos (2 Ti 4.11). ¡Qué maravilloso es que Dios nos dé otra oportunidad! Más de un siervo de Dios ha fallado al principio de su ministerio, para sólo más tarde tener éxito.

IV. En Antioquía de Pisidia: recibidos por los gentiles (13.14–52)

¿Por qué Pablo iba a la sinagoga judía cuando su misión especial era a los gentiles? Por varias razones: (1) sabía que en la sinagoga los judíos le oirían y este era el lugar lógico para empezar; (2) tenía una carga especial por su pueblo (Ro 9.1–3; 10.1); (3) quería que su nación oyera la Palabra de Dios y así quedara sin excusa.

En este sermón afirmó que Cristo vino «al judío primeramente» (vv. 23–27, 46), pero se cuidó de asegurar que la salvación es para «todo aquel que cree» (v. 39). En los versículos 17–22 Pablo mostró cómo el AT fue una preparación para Cristo. En los versículos 23–27 bosquejó la vida y muerte de Cristo, probando su resurrección y destacando que Israel («los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes» (v. 27), rechazaron a su Mesías. Los versículos 38–41 dan una conclusión personal del mensaje, mostrando que la salvación no era por medio de la obediencia a la ley, sino mediante la fe en Cristo. La advertencia en los versículos 40–41 viene de Habacuc 1.5. La «obra» a que se refiere aquí es el programa de Dios para salvar a los gentiles. ¡Qué increíble debe haber parecido esto a los judíos! Cuando el profeta Habacuc dijo estas palabras, el gobernador gentil Nabucodonosor estaba subiendo en poder e invadiría nación tras nación. Pablo usó estas palabras para advertir a los judíos que, si no creían y recibían el evangelio, perecerían al igual que el Israel incrédulo de días pasados. Predicaba el evangelio de la gracia de Dios (v. 43), el mensaje que debemos proclamar hoy.

¿Cuáles fueron los resultados? Algunos judíos y gentiles prosélitos creyeron de inmediato. Es obvio que esta gente religiosa, entendidas en las Escrituras, sería la mejor preparada para recibir el mensaje. La siguiente semana la ciudad entera se congregó. Esto quiere decir que los creyentes gentiles habían esparcido la Palabra entre sus amigos, de modo que la mayoría de la congregación ese día de reposo era gentil. Esto provocó a celos a los judíos y estorbaron el ministerio de Pablo, de modo que él los dejó y se volvió a su ministerio entre los gentiles. En el versículo 46 explicó su acción; de acuerdo al programa de Dios delineado en el AT era necesario que la Palabra fuera primero a los judíos, pero ahora que estos habían demostrado (como sus hermanos en Jerusalén) que no eran dignos, el mensaje iría a los gentiles. Pablo citó Isaías 49.6, donde Dios dice que Cristo (el «te he puesto» no se refiere a Pablo) era Luz para los gentiles. Véase también Lucas 2.29–32.

No «diluya» la frase del versículo 48 que indica que algunos «estaban ordenados para vida eterna». La palabra griega realmente significa «matriculados», y tiene la idea de nombres escritos en un libro. En tanto que la salvación es por gracia, por la fe, hay también la obra misteriosa de Dios por la cual somos «escogidos en Cristo» (Ef 1.4). No sabemos quiénes son los elegidos de Dios, de modo que ofrecemos el evangelio a todos y tenemos la confianza de que el Espíritu obrará.

Por supuesto, donde la semilla está llevando fruto, Satanás viene para oponerse; y nótese que puede usar a la «gente religiosa» para hacer su obra. El cristianismo verdadero no persigue a nadie, pero la gente religiosa ha perseguido y asesinado en el nombre de Cristo. (Véanse en 2 Timoteo 3.11 los comentarios de Pablo acerca de la persecución.) La oposición no detuvo a Pablo y sus asociados; llenos de gozo y del Espíritu Santo continuaron ministrando la Palabra.

Hechos 14

Este capítulo registra la conclusión del primer viaje misionero de Pablo. Tal vez quiera ver un mapa y trazar usted mismo el curso.

I. Los misioneros sufren por Cristo (14.1–20)

Dondequiera que se predique el evangelio y algunos crean, habrá división y disturbios. Véanse Juan 7.43; 9.16; 10.19 y Lucas 12.49–53. Incluso hoy muchos cristianos sufren en su mismo hogar debido a seres queridos que rechazan a Cristo. Pero la oposición no detuvo a Pablo y a Bernabé; en vez de eso, se quedaron en la ciudad y continuaron predicando. Dios honró su fe al darles señales y prodigios. Estos milagros probaban que Pablo era un apóstol de Dios (2 Co 12.12) y causarían efecto en los judíos (véase 1 Co 1.22) y gentiles (Ro 15.18, 19). Cuando los hombres descubrieron un complot para apedrearlos, salieron y se fueron a Listra y a Derbe, y allí predicaron la Palabra. Véase Mateo 10.23.

En Listra Pablo pudo realizar un gran milagro al sanar a un cojo muy conocido. Es interesante comparar los ministerios de Pedro y Pablo en este punto: ambos curaron a un cojo (3.1–8; 14.8–12); ambos lidiaron con impostores satánicos (8.18–24; 13.4–12); a ambos lo liberaron milagrosamente de la cárcel (12.5–10; 16.25–29); ambos resucitaron muertos (9.40; 20.12); ambos realizaron milagros especiales (5.15, 16; 28.8).

Este milagro lo aceptaron los ciudadanos paganos como prueba de que Pablo y Bernabé eran sus dioses que habían descendido a la tierra; a Bernabé llamaban «Júpiter» (o Zeus, el dios principal) y a Pablo «Mercurio» (o Hermes, el mensajero de los dioses). El sacerdote local de Júpiter estuvo listo para ofrecer sacrificios cuando los misioneros públicamente les detuvieron. Pablo aprovechó la situación para predicar la Palabra a la multitud. Nótese que no usó las Escrituras del AT como lo hacía en los cultos de las sinagogas, sino que razonó con estos gentiles sobre la base de las obras de Dios en la creación. Compare este sermón (que se resume aquí en los versículos 15–17) con el mensaje de Pablo en Atenas (17.16–34) y sus declaraciones en Romanos 1.20ss. Las obras de Dios en la naturaleza dejan a los paganos «sin excusa».

El mensaje de Pablo fue rechazado y la gente le apedreó y le dejó por muerto. Nos preguntamos si Pablo recordaba el día cuando dirigió a los judíos para que apedrearan a Esteban. «Una vez fui apedreado», escribiría más tarde (2 Co 11.25); y en Gálatas 6.17 menciona las «marcas» que llevaba en su cuerpo debido a sus sufrimientos por Cristo. Algunos creen que Pablo en realidad murió y que por un milagro resucitó de los muertos, y sugieren que su experiencia en «el tercer cielo» ocurrió en esta ocasión (2 Co 12.1–4). Años más tarde Pablo le recordaría a Timoteo de estos sufrimiento (2 Ti 3.11). Es probable que Timoteo se haya convertido en este momento (véase Hch 14.6 con 16.1).

II. Los misioneros confirman las iglesias (14.21–24)

La evangelización no es suficiente; se debe estimular y enseñar la Palabra. Es por eso que Pablo establecía iglesias locales dondequiera que Dios le guió. La iglesia local es el lugar donde el creyente debe recibir una dieta confiable de alimento espiritual, hallar compañerismo cristiano y descubrir oportunidades para el servicio. Agradecemos a Dios por las muchas excelentes organizaciones y programas evangelizadores que están hoy ganando almas, pero ninguno puede reemplazar a la iglesia local.

Con valentía, los misioneros regresaron a las mismas ciudades donde sus vidas habían estado en peligro. No es de asombrarse de que posteriormente tuvieron la reputación de ser hombres que habían «expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (15.26). Pablo y Bernabé no pensaban en ellos mismos, sino en los nuevos cristianos que necesitaban ayuda y dirección espiritual. En este momento estaban sólo a doscientos cincuenta kilómetros del hogar de Pablo en Tarso y quizás a él le hubiera encantado visitar de nuevo su hogar; sin embargo, puso a un lado sus deseos para servir al Señor. También, en el viaje de regreso a Antioquía, pasaron por alto a Chipre, que era el hogar de Bernabé.

Pablo y Bernabé designaron ancianos en las iglesias. La palabra griega que se traduce «constituyeron» (v. 23) tiene un significado doble: significa tanto «designar» como «elegir por voto popular». Es evidente que los apóstoles seleccionaron a los mejores candidatos (véanse las cualidades en 1 Ti 3; Tit 1.5ss) y luego la iglesia entera votó según el Espíritu les guió. De esta manera debe ser el gobierno de la iglesia. Nada hay en la Biblia acerca de una jerarquía entre los líderes de la iglesia. Si usted compara Tito 1.5, 7 y Hechos 20.17, 28, verá que los términos «obispo» y «anciano» se refieren al mismo oficio, el de pastor. Pablo no ordenó a los ancianos sino en el viaje de regreso a las iglesias, como para dar la oportunidad de probar a los hombres. «No impongas con ligereza las manos a ninguno», advirtió (1 Ti 5.22).

III. Los misioneros informan a la iglesia madre (14.25–28).

En tanto que las juntas y denominaciones pueden ayudar en los aspectos técnicos y legales para enviar misioneros, la responsabilidad final recae sobre la iglesia local. Por eso Pablo y Bernabé informaron a los creyentes de Antioquía, desde donde los enviaron a «la obra» (véanse 13.2; 14.26; 15.38). ¡Qué bendición debe haber sido esa reunión, al informar estos primeros misioneros lo que Dios había hecho! Recuérdese que Hechos registra lo que Jesús «continuó haciendo y enseñando» después que regresó al cielo (1.2), de modo que la obra era realmente suya.

Al repasar este primer viaje misionero se puede ver los principios básicos que Pablo siguió al procurar llevar el evangelio al mundo. El Espíritu dirigía a Pablo en la obra, y es importante que sigamos estos mismos principios hoy.

A. Trabajó en ciudades clave.

En la mayoría de los lugares donde Pablo trabajó eran ciudades importantes de varias provincias. Pablo no se quedó en algún rincón aislado; atacó los grandes centros de población. Allí fue donde empezó su evangelización estratégica. Luego sus convertidos alcanzaron las ciudades más pequeñas del área.

B. Estableció iglesias locales.

Su ministerio no fue un espectáculo del hombre orquesta, ni tampoco tuvo una sede central desde donde decirles a otros lo que debían hacer. Ganó almas para Cristo y luego las organizó en iglesias locales que tenían sus propios líderes. Por supuesto, esto significaba enseñar a la gente la Palabra y edificarlos en la fe. Hoy tenemos muchos «ministerios de respaldo» que son vitales (escuelas, hospitales, radio, programas de televisión, etc.), pero todos deben ayudar a ganar a los perdidos y edificar las iglesias.

C. Enseñó a los creyentes cómo hacer el trabajo.

Pablo sabía que los misioneros debían al final hacerse innecesarios. Debían preparar a los nuevos convertidos para que desarrollaran su ministerio. Después de todo, cien personas en una iglesia local pueden hacer cien veces el trabajo que cualquier misionero puede hacer, y conocen y hablan el lenguaje y la cultura de su gente. Diez años más tarde, escribiendo a los romanos (Ro 15.19, 23), Pablo pudo decir ¡que el área entera había sido evangelizada! ¿Cómo lo hizo? Ganó a otros, estableció iglesias y preparó a los cristianos en cómo hacer el trabajo. Véase otro ejemplo en 1 Tesalonicenses 1–2.

Nuestro propósito es evangelizar, lo que simplemente significa dar a tanta gente como sea posible por lo menos una oportunidad de oír el evangelio. Sabemos que no todos se salvarán, pero debemos darle a todos al menos una oportunidad de oír de Cristo y la cruz. Pablo evangelizó al mundo romano sin imprenta, sin estación de radio o televisión, sin aviones y sin ninguno de los artefactos modernos de los que disponemos. ¡Cuánto más debemos ser capaces de lograr en este día de maravillas científicas! «Al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá» (Lc 12.48).

Hechos 15

I. La disensión en Antioquía (15.1,2)

Dondequiera que la obra de Dios progresa, Satanás empieza a oponérsele y usualmente trabaja por medio de mentiras. Muchas iglesias hoy en día son ineficaces debido a que creen «mentiras religiosas» en lugar de creer la Palabra de Dios. Ciertos fariseos de la iglesia de Jerusalén (vv. 5, 24) habían llegado a Antioquía y les habían dicho a los creyentes gentiles que sus salvación no era válida a menos que se circuncidaran y obedecieran la Ley de Moisés. Sin duda, ¡Pablo nunca predicó tal cosa! (véase 13.38–40). Pablo y Bernabé disputaron con ellos, y se decidió llevar la cuestión a los apóstoles y ancianos de Jerusalén. Esta fue una decisión puramente voluntaria y de ninguna manera indica que se haya querido indicar que una «jerarquía denominacional» gobierne los asuntos de la iglesia local. En realidad Dios le ordenó a Pablo expresamente que fuera a Jerusalén; véase Gálatas 2.1, 2: «subí según revelación» (Gl 2.2), lo que en sentido literal significa «subí en obediencia a, o guiado por, una revelación divina». Dios quería que Pablo dejara establecido de una vez por todas el lugar de los gentiles en su programa.

Era fácil para estos creyentes judíos confundirse con el programa de Dios. Conocían la enseñanza del AT de que los gentiles se salvarían únicamente mediante Israel. Los únicos gentiles salvos que la iglesia de Jerusalén había visto fueron los que Pedro, y no Pablo, ganó, y esto fue un acto especial de Dios (Hch 11.18). Las noticias viajaban con lentitud en esos días, y no sabían todo lo que Dios había hecho a través de Pablo y Bernabé en su viaje misionero. Estos hombres eran sinceros, pero estaban sinceramente equivocados. Como Pablo explica en Gálatas 2.6ss, predicaban el «evangelio», pero era un evangelio incompleto. Creían en la muerte y resurrección de Cristo, pero no habían progresado lo suficiente como para ver el programa de Dios para los gentiles por medio del apóstol Pablo.

II. La deliberación en Jerusalén (15.3–21)

Al parecer hubieron por lo menos cuatro reuniones diferentes en esta conferencia estratégica: (1) una reunión pública durante la cual la iglesia dio la bienvenida a Pablo y a sus acompañantes (v. 4); (2) una privada entre Pablo y los líderes clave (Gl 2.2); (3) una segunda reunión pública en la cual el poderoso partido judío presentó su caso (Hch 15.5; Gl 2.3–5); y (4) el concilio propiamente en el cual se tomaron las decisiones (Hch 15.6ss). Léase con cuidado Gálatas 1–2, puesto que anota el informe de Pablo sobre el asunto.

El debate continuó y no hubo ningún progreso a la vista sino hasta cuando Pedro se levantó y pronunció su discurso. Es interesante notar que lo último que hace en Hechos es secundar a Pablo y su ministerio, tanto como lo hacen sus últimas palabras escritas (2 P 3.15, 16). Pedro repasó los tratos de Dios con él en relación a los gentiles (Hch 10–11), haciendo hincapié en que Dios los había aceptado al darles el mismo Espíritu que a los judíos en Pentecostés. Fueron salvos por fe (v. 9) y gracia (v. 11). Nótese lo que dice en el versículo 11: «Por la gracia del Señor Jesús seremos salvos [nosotros, los judíos], de igual modo que ellos». No es: «ellos deberían ser salvos de igual modo que nosotros», sino lo inverso. ¡No sólo que la ley no se aplicaba a los gentiles, sino que ya ni era aplicable a los judíos! «Por gracia, por fe» es el mensaje, y no «obedezcan a Moisés y circuncídense».

Pablo y sus acompañantes fueron los siguientes testigos y sus informes de la obra de Dios entre los gentiles silenció por completo a la oposición. Luego Jacobo tomó la palabra y dio la decisión final. Este Jacobo es el hermano del Señor que había llegado a sustituir a Pedro como líder de la iglesia de Jerusalén. Sus palabras en los versículos 14–21 deben entenderse si la iglesia ha de desarrollar el programa de Dios en esta edad. ¿Qué está haciendo Dios hoy? Está tomando de los gentiles para formar un pueblo para su nombre. Judío y gentil se hallan al mismo nivel como los pecadores delante de Dios, y el programa «al judío primeramente» ya no se aplica.

Pero, ¿qué de las promesas a los judíos tocantes al reino? Jacobo contestó esto en los versículos 15–17, citando de Amós 9.11, 12. Nótese que Jacobo no dijo que el llamamiento de los gentiles es un cumplimiento de la profecía de Amós, porque no se profetiza de la Iglesia en ninguna parte del AT. Jacobo dijo que las palabras de Amós concuerdan con este nuevo programa; después de todo, cuando la plenitud de los gentiles sea salva, Cristo volverá y edificará de nuevo la casa de David («tabernáculo» significa «casa» o «familia», 2 S 7.25–29) y establecerá el reino. Léanse Romanos 9.29–33 y 11.1–36 para ver la explicación de Pablo de este nuevo programa. Romanos 11.25 es clave: «Ha acontecido a Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles». Cuando se salve el número completo de gentiles, la Iglesia será arrebatada, siguiendo luego un tiempo de tribulación por siete años, durante los cuales Israel será purgada. Finalmente, Cristo volverá a la tierra para restaurar el trono de David.

III. La delegación a los gentiles (15.22–35)

El concilio estuvo de acuerdo con esta decisión y escribió cartas al respecto a las iglesias gentiles, enviándolas con Pablo y sus acompañantes. Estas admoniciones no fueron dogmas oficiales impuestos por un cuerpo superior; fueron sugerencias sabias que hombres espirituales habían recibido según les guió el Espíritu Santo. Compárese los versículos 25 y 28. Estas prohibiciones no eran otra «ley», sino más bien admoniciones que ayudarían a los cristianos gentiles en su relación con los judíos, tanto salvos como no salvos. Compárese el versículo 29 con Génesis 9.1–5.

Era correcto que Pablo y sus acompañantes fueran los portadores de este informe a su iglesia madre. Después de todo, ¿no los había usado Dios para abrir la puerta de la fe a los gentiles? ¿No habían arriesgado sus vidas por causa del evangelio? Cuando regresaron, se reunieron con toda la iglesia y hubo mucho regocijo por la decisión del concilio.

La tragedia es que la decisión del concilio de Jerusalén muy rara vez se le hace caso hoy en día. Demasiadas iglesias todavía están siguiendo el énfasis de la primera parte de Hechos, procurando «traer el reino». Otros tratan de «mezclar a Pedro y a Pablo» mediante extrañas combinaciones de la ley y la gracia, de Israel y la Iglesia. Es tiempo de que empecemos a escuchar al mensajero escogido para los gentiles, el profeta especial de Dios para la Iglesia, el apóstol Pablo. Hay una maldición pronunciada sobre cualquiera que no predique el evangelio de la gracia de Dios (Gl 1.6–9) y esto no se aplica nada más que a los intérpretes «modernistas» del evangelio. Se aplica también a las iglesias donde la Palabra de Dios no se expone correctamente y donde la verdad del reino se mezcla con la verdad de la Iglesia.

IV. La disputa entre Pablo y Bernabé (15.36–41)

Es triste cuando los cristianos están de acuerdo en doctrina (v. 12), pero no personalmente. Puesto que era pariente de Marcos, Bernabé tenía la obligación de ayudar al joven; pero Pablo pensaba que Marcos era un fracaso. Tal vez ambos hombres fueron demasiado severos, porque más tarde Pablo aceptó a Marcos (2 Ti 4.11) y Dios lo usó para escribir el segundo Evangelio. Mientras que Pablo y Bernabé ministraban en Antioquía, Pedro había venido y debatido con Pablo otra vez respecto a los gentiles. Léase Gálatas 2.11–21 y note que incluso Bernabé fue «arrastrado» por la hipocresía judía. Esta puede haber sido otra razón por la cual Pablo escogió a Silas al empezar su segundo viaje misionero, porque Silas había sido un servidor fiel (véase 15.22, 32). Las diferencias entre los siervos de Dios no estorban su obra. «Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo» (1 Co 12.5).

Hechos 16

I. Nuevos ayudantes (16.1–5)

Usted debe leer 15.36–41 para ver cómo Bernabé y Pablo dieron por terminada su sociedad misionera y seleccionaron nuevos acompañantes. Según Pablo, Juan Marcos había fallado; pero Bernabé, siendo pariente de Marcos, estaba dispuesto a darle al joven otra oportunidad. Lamentamos las diferencias entre creyentes, pero estamos agradecidos de que Dios puede anular aun los errores de los hombres para la gloria de Él.

Silas había sido un hombre clave en la asamblea de Jerusalén (15.22) y era un profeta (15.32). Había participado con Pablo en el ministerio en Antioquía, de modo que no eran extraños el uno para el otro. Timoteo, que tomó el lugar de Juan Marcos, era un joven que recibió la salvación cuando Pablo visitó a Listra en su primer viaje misionero (14.6–22). Timoteo presenció los sufrimientos de Pablo en Listra (2 Ti 3.10, 11) y demostró ser digno del servicio cristiano. Pablo quería mucho a Timoteo; Pablo le llamó «mi hijo en la fe» (1 Ti 1.2). Si los cristianos de más edad y maduros no «adoptan» a los jóvenes creyentes, ¿quién ocupará las filas cuando Dios llame al cielo a los «veteranos»? Véase en 2 Timoteo 2.1–2 las instrucciones de Pablo sobre este asunto. A Timoteo lo criaron una madre y abuela piadosas (2 Ti 1.5; 3.15). Los profetas de la Iglesia, con visión espiritual, predecían grandes cosas para este joven (1 Ti 1.18; 4.14). Filipenses 2.19–23 indica con cuánta fidelidad sirvió Timoteo a Pablo en Filipos.

La circuncisión de Timoteo no tenía nada que ver con su salvación (Gl 2.1–4). Este no fue un acto de desobediencia al concilio (Hch 15.1ss). Se hizo, más bien, para eliminar un tropezadero entre los judíos a los que Pablo y Timoteo ministrarían (1 Co 9.20). Siendo hijo de padre gentil y madre judía, Timoteo no tenía que circuncidarse; pero como hijo de Dios no quería hacer nada que sirviera de tropiezo a los judíos.

II. Nuevas oportunidades (16.6–12)

Vea en su mapa los lugares mencionados en los versículos 6–8. Pablo y su grupo ministraron la Palabra en esas ciudades, pero el Espíritu no les permitió que fueran hacia el este, a Bitinia. «Asia», en el versículo 6, no significa el continente que nosotros conocemos hoy; más bien era el área que hoy llamamos Asia Menor. Sin embargo, si Pablo hubiera ido hacia el oriente, a Bitinia, y continuado en esa dirección, esa zona hubiera recibido el evangelio antes que Europa. Nótese que Pablo ministró en esas áreas (1 P 1.1).

Pablo era sensible a la dirección del Espíritu. Hechos es verdaderamente los «Hechos del Espíritu Santo», puesto que Él estaba obrando en la vida de los apóstoles. Dios le dio a Pablo una visión en la cual le instruyó a cruzar el mar Egeo e ir a Macedonia. Algunos piensan que Lucas (el autor de Hechos) fue el hombre que vio en la visión, debido a que en el versículo 10 dice «procuramos» en lugar de referirse a «ellos». En cualquier caso, el doctor Lucas se les unió en Troas. Véase también 20.6, 7.

III. Nuevos cristianos (16.13–40)

Filipos era una colonia romana, nombrada así en honor a Felipe de Macedonia, quien conquistó esa área en el siglo cuatro a.C. Las colonias romanas eran en realidad «Romas en pequeño», ciudades que seguían las leyes y costumbres romanas; y la indicación es que no había muchos judíos en el área, porque no tenían sinagoga. En su ministerio aquí en Filipos Pablo encontró tres clases diferentes de pecadores y los vio ganados para Cristo:

A. Una mujer religiosa con corazón abierto (vv. 13–15).

Pablo inició su ministerio en Europa ¡asistiendo a una reunión de oración de mujeres! Lidia era una comerciante acomodada que se había convertido de la idolatría pagana y adoraba al Dios de Israel. Dios no sólo abrió las puertas para que Pablo viniera a Europa, sino que también abrió el corazón de Lidia y ella fue salvada. Lidia contó el mensaje a los demás de su familia y ellos también fueron salvados. El hecho de que Pablo hizo bautizar a estos nuevos convertidos gentiles es evidencia de que estaba cumpliendo la comisión de Mateo 28.19, 20. El término «familia» (v. 15) implica que los familiares (y los esclavos), quienes comprendieron la Palabra, creyeron, se salvaron y después se bautizaron. No hay evidencia de que se bautizaran niños, ni aquí ni en ningún otro lugar de Hechos.

B. Una muchacha esclava con corazón poseído (vv. 16–18).

Pablo y sus compañeros se quedaron en la casa de Lidia y fueron a las reuniones de oración con ella. Satanás siempre está disponible para oponerse a la obra del Señor y en este casó usó una muchacha esclava. Nótese que sus palabras parecían amigables para los apóstoles, como si promoviera la obra del Señor. Satanás vino como ángel de luz, usando elogios (2 Co 11.13–15); pero Cristo nunca necesita su ayuda para promover el evangelio. Este testimonio era un obstáculo, no una ayuda; y Pablo lo detuvo. En la próxima sección vemos cómo Satanás la serpiente se convierte en Satanás el león, echando a los apóstoles en la cárcel.

C. Un hombre de duro corazón (vv. 19–40).

No hace falta mucha imaginación para ver que este carcelero romano era un oficial típico encallecido, que no tenía ninguna simpatía por el hombre ni interés en Cristo. Aun cuando a Pablo y Silas los humillaron y azotaron, el carcelero aumentó sus sufrimientos al echarlos en el calabozo de más adentro y al ponerles sus pies en el cepo. Luego se fue a atender sus asuntos y finalmente se retiró a dormir por la noche.

Pero «de noche su cántico estará conmigo» (Sal 42.8; cf. 77.6) y Pablo y Silas ¡alababan a Dios en lugar de quejarse! ¡Qué testimonio fue esa reunión! A medianoche Dios obró y sacudió la cárcel de modo que todos los prisioneros quedaron libres. Si un carcelero romano perdía un prisionero significaba que le quitaban su vida; de modo que no sorprende que el carcelero, al despertarse, trató de suicidarse. Este es Satanás el homicida obrando de nuevo; porque si Pablo no hubiera clamado y detenido al carcelero, este hubiera muerto y se hubiera ido al infierno. Pero según ocurrió, el amor de Pablo y la gracia de Dios tocaron el corazón del hombre y él se convirtió.

Es en este pasaje que se refuta la llamada «salvación de familia». Los hijos no pueden salvarse simplemente porque sus padres lo son, ni tampoco se debe bautizar niños que no han creído en Cristo. La promesa de salvación fue para toda la casa (familia) del carcelero (v. 31); toda la familia oyó la predicación (v. 32); y toda la familia se bautizó (v. 33); pero ¡debido a que toda la familia creyó! (v. 34). Por más que echemos a volar la imaginación no se puede concebir que los infantes comprendieron la Palabra y creyeron. El carcelero demostró que se había convertido verdaderamente al lavarles las heridas a los discípulos y darles de comer en su casa. Cuando un hombre le abre el corazón a Cristo, se abre también su hogar.

Algunos cristianos se quedan perplejos por las acciones de Pablo en los versículos 35–40. ¿Por qué humilló a los funcionarios romanos al exigir que arreglaran abiertamente el caso? Pablo simplemente estaba haciendo uso de su ciudadanía romana y de sus derechos legales para dar el respeto apropiado al evangelio y a la nueva iglesia que se acababa de establecer. Si Pablo hubiera dejado en silencio la ciudad, sus habitantes hubieran pensado que había sido culpable; y esto hubiera estorbado el trabajo de la iglesia. No; no es incorrecto que los cristianos usen sus derechos legales, en tanto y en cuanto promueve la causa de Cristo. Esta disculpa oficial y solución abierta del caso (porque a Pablo se le había despojado de sus derechos legales) le dio dignidad al evangelio y a la iglesia. La iglesia de Filipos siempre fue una favorita de Pablo, como se puede ver al leer su carta a los Filipenses. El núcleo de esa iglesia estaba constituido por una mujer acomodada, una muchacha esclava y un carcelero romano. Pero tal es la gracia de Dios: Cristo toma lo débil del mundo y confunde a lo fuerte.

Hechos 17

Al continuar viajando con Pablo en su segundo viaje misionero le vemos en tres diferentes ciudades y vemos tres reacciones diferentes al evangelio.

I. Tesalónica: se oponen a la Palabra (17.1–9)

Tesalónica era una ciudad de mucho movimiento, situada en la carretera principal a Roma. Había muchos judíos en la ciudad, de modo que Pablo empezó (según su costumbre) en la sinagoga, discutiendo con ellos tres semanas. Les abrió las Escrituras, lo cual es el deber de todo el que predica o enseña la Palabra. (Véase Lc 24.32.) Algunos judíos creyeron; una multitud de griegos (judíos prosélitos) creyeron; y muchas de las mujeres líderes. Pero, como siempre es el caso, Satanás se opuso mediante los incrédulos.

Los judíos usaron «la chusma» del mercado para oponerse a Pablo. Los apóstoles se habían alojado con un tal Jasón, de modo que fue en casa de este que la chusma concentró sus ataques. Si es el mismo Jasón que se menciona en Romanos 16.21, era pariente de Pablo, lo cual explicaría su hospitalidad y la razón para el ataque. Nótese que la falsa acusación de la multitud es paralela a la que se hizo contra Cristo en Lucas 23.2. Si usted lee 1 y 2 Tesalonicenses (Pablo las escribió desde Corinto poco tiempo después) verá cuánta doctrina le dio Pablo a esa gente en pocas semanas. Les habló del reino venidero de Cristo, el levantamiento del hombre de pecado y muchas otras cuestiones importantes. Nunca debemos pensar que los nuevos creyentes son muy inmaduros como para recibir todo el consejo de Dios. El ministerio de Pablo debe haber sido muy eficaz, porque el enemigo ¡le acusó de haber trastornado al mundo!

II. Berea: reciben la Palabra (17.10–14)

Esa noche Pablo, Silas y Timoteo (v. 14) salieron para Berea, a sesenta kilómetros de distancia. Dejaban atrás una iglesia local que continuó testificando de Cristo. Es más, Pablo les felicitó por esparcir tan eficazmente el evangelio (1 Ts 1.6–10). Este es el verdadero modelo del NT: hacer convertidos, enseñarles (1 Ts 2) y desafiarles a que ganen a otros.

Berea estaba junto a un camino secundario, pero fue el lugar a donde Dios quiso que los misioneros fueran. ¡Qué refrescante debe haber sido encontrar judíos como los de Berea! Dios sabía que Pablo y sus compañeros necesitaban estímulo y refrigerio, y ellos lo encontraron en Berea. Hoy debemos seguir el ejemplo de los bereanos: (1) recibieron la Palabra; (2) fueron solícitos, preparados para la Palabra; (3) escudriñaron las Escrituras y sometieron a prueba lo que el predicador decía; (4) estudiaron diariamente la Palabra. Nótese el «así que» del versículo 12. Cuando la gente tiene la actitud de que se habla en el versículo 11, no puede hacer otra cosa sino creer en la Palabra. Esta es la actitud que siempre debemos tener.

Mientras que los cristianos tesalonicenses estaban ocupados esparciendo el evangelio, Satanás lo estaba provocando problemas; y envió unos cuantos de sus propios «misioneros» a Berea. ¡Cómo detesta Satanás la simple predicación de la Palabra! Pablo salió hacia Atenas, dejando a Silas y a Timoteo para que fortalecieran a los hermanos. Los dos hombres no fueron a Atenas para ministrar con él, según estaba planeado, sino que se le unieron más tarde en Corinto (18.5). La salida de Pablo en esta ocasión no fue por cobardía. Silas y Timoteo podían enseñar en la iglesia mientras que Pablo llevaba el mensaje a otras partes.

III. Atenas: se mofan de la Palabra (17.15–34)

Pablo llegó a Atenas como un turista ¡y se convirtió en un ganador de almas! Esta famosa ciudad era un centro de la religión y la cultura, pero todo lo que Pablo pudo ver fue pecado y superstición; un escritor antiguo dijo que era más fácil encontrar un dios en Atenas que a un hombre. Pablo discutía con los judíos en la sinagoga, pero tuvo muy poco o ningún éxito. Entonces, siguió el modelo de los maestros griegos y llevó su mensaje a la plaza pública (ágora) donde los hombres se reunían para discutir filosofía o transar negocios.

Dos filosofías principales controlaban la Atenas de ese tiempo. Los estoicos eran materialistas y casi fatalistas en su pensar. Su sistema se cimentaba en el orgullo y la independencia personal. La naturaleza era su dios y creían que toda la naturaleza avanzaba gradualmente hacia un gran clímax. Pudiéramos decir que eran panteístas. Los epicúreos deseaban placer y su filosofía se basaba en la experiencia, no en la razón. Eran casi ateos. Aquí tenemos dos extremos en filosofía y Pablo los enfrentó a ambos con el evangelio de Cristo. Los atenienses se burlaron de él, dijeron que era un «palabrero». Pensaron que estaba predicando dos nuevos dioses cuando habló de «Jesús y de la resurrección». («Resurrección» en griego es anastasia, y tal vez ellos tomaron esto como si fuera un nombre propio.) Los griegos le llevaron al Areópago, su corte oficial, también llamada la Colina de Marte. Allí Pablo predicó un gran sermón.

Empezó diplomáticamente diciendo: «En todo observo que sois muy religiosos». Llamó su atención a un altar dedicado «AL DIOS NO CONOCIDO», y usó este objeto para predicarles al Dios verdadero, acerca del cual ignoraban. Presentó en su sermón cuatro grandes verdades respecto a Dios:

A. Él es el Creador (vv. 24–25).

Los griegos creían diferentes teorías acerca de la creación e incluso se inclinaban a cierta forma de evolución. Pablo afirmó sin rodeos que Dios creó todo y no vivía en templos hechos por hombres. Dios da la vida a todo; en realidad el hombre no puede darle nada a Él.

B. Él es el Gobernante (vv. 26–29).

Fija los límites de las naciones. Por medio de su gobierno sobre las naciones procura que los hombres le busquen y le hallen. Pablo incluso citó a un escritor griego (v. 28) para mostrar que Dios es el que sustenta la vida. Esto no quiere decir que el poeta griego haya sido inspirado, sino más bien que su afirmación concuerda con la verdad divina. De nuevo Pablo con diplomacia destaca que sus templos e imágenes eran insensatez e ignorancia. ¡Necesitamos este recordatorio hoy!

C. Él es el Salvador (v. 30).

Pablo barre con la cultura griega llamándola «los tiempos de esta ignorancia». Los griegos no pudieron hallar a Dios a pesar de toda su sabiduría y cultura (véase 1 Co 1.18ss). Dios ha ordenado a los hombres en todas partes que se arrepientan; y si se arrepienten y creen, Él los perdonará.

D. Él es el Juez (v. 31).

Dios ha determinado un día de juicio y el Juez será su Hijo, Jesucristo. Dios lo demostró al levantarle de entre los muertos. Si confiamos en Cristo hoy, Él nos salvará; si le rechazamos, mañana Él nos juzgará.

Las reacciones de los oyentes fueron mixtas. Algunos se burlaron (esta es con frecuencia la actitud de la cultura y filosofía paganas); otros dejaron el asunto para más tarde; ¡pero algunos creyeron!

Este capítulo presenta tres actitudes diferentes hacia el evangelio, y encontramos estas actitudes en el mundo hoy. Algunas personas se oponen abiertamente a la Palabra; otros se mofan, burlan o posponen la toma de alguna decisión; y algunos reciben la Palabra y creen. Pablo persistió en seguir como siervo fiel y también debemos hacerlo nosotros «porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos» (Gl 6.9).

Hechos 18

De Atenas Pablo se dirigió a Corinto, una de las ciudades más grandes de esa época. Era famosa por varias razones: Su alfarería y artesanía en bronce; sus grandes eventos deportivos que se comparaban con los juegos olímpicos; y su inmoralidad y perversidad. De una cuidad de cultura refinada, como Atenas, Pablo llevó el evangelio a la perversa ciudad de Corinto, ¡y por la gracia de Dios estableció allí una iglesia!

I. Pablo halla nuevos amigos (18.1–3)

Se acostumbraba que los padres judíos enseñaran a sus hijos un oficio, incluso si estos iban a ser rabíes. El oficio de Pablo era hacer tiendas, habilidad que usó lucrativamente para sostener su ministerio en Corinto (véase 1 Co 9.15). Fue por medio de su oficio que se encontró con una pareja cristiana, con la cual vivió y ministró mientras establecía la iglesia en Corinto. ¡Cómo se debe haber regocijado Pablo al tener compañerismo con estos santos! Pablo no tenía su propio hogar y sus viajes hacían difícil que tuviera compañerismo por mucho tiempo en algún lugar. Más tarde, Priscila y Aquila fueron con él a Éfeso, donde instruyeron a Apolos (vv. 18, 24–28). Tenían un grupo cristiano en su casa de Éfeso (1 Co 16.19), pero posteriormente Pablo los saludó en Roma (Ro 16.3). Ellos nos son buenos ejemplos de cristianos que abrieron sus corazones y sus hogares para servir al Señor.

En los versículos 24–28 hallamos a Aquila y Priscila explicando el evangelio de gracia al orador visitante, Apolos. Él conocía solamente el bautismo de Juan, lo que quiere decir que nunca había aprendido del bautismo del Espíritu y la fundación de la Iglesia. En lugar de abochornarlo en público, Priscila y Aquila le llevaron a casa y le enseñaron la Palabra. Apolos nos demuestra que es posible tener elocuencia, celo, sinceridad ¡y sin embargo estar equivocado! Dios guió a Apolos a Corinto y allí le dio un poderoso ministerio (véanse 1 Co 3.6; 16.12).

Pudiéramos añadir una palabra respecto al empleo de Pablo en Corinto. Él mismo reconoció que su costumbre de ganarse su sustento era algo único. El modelo escriturario es que «los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Co 9.14). En su trabajo misionero pionero Pablo deliberadamente sufragó sus gastos para que ninguno le acusara de «predicar por dinero». Léase en 1 Corintios 9 su clara explicación.

II. Pablo funda una nueva iglesia (18.4–17)

Pablo empezó en la sinagoga, pero el testimonio duró tan solo poco tiempo; entonces se volvió a los gentiles. (Véase 13.46.) Por ese mismo tiempo salió de la casa de Priscila y Aquila, y se fue a la de un gentil llamado Justo, que era un prosélito judío y cuya casa estaba cerca de la sinagoga. Es evidente que Pablo no quería crear dificultades a sus anfitriones judíos, ahora que se había dedicado a predicar a los gentiles. Pero el versículo 8 nos dice que el principal de la sinagoga había creído, ¡lo mismo que muchos de los corintios! Nótese la secuencia en el versículo 8: oír, creer, ser bautizado. Este es el modelo para hoy. En 1 Corintios 1.14–17 Pablo nos informa que él mismo bautizó a algunos en Corinto (1 Co 1.11–17), lo cual prueba que el bautismo en agua es una orden para esta edad.

Es muy probable que Silas y Timoteo (v. 5) eran los que más bautizaban, puesto que la misión principal de Pablo era evangelizar. Dios le dio una promesa especial de éxito y él permaneció dieciocho meses en la ciudad. Un cambio en los líderes políticos provocó nueva oposición, pero Pablo todavía se quedó (v. 18) para predicar y enseñar. Nótese que hay un nuevo principal en la sinagoga, Sóstenes (v. 17, véase v. 8). Parece que la salvación de Crispo hizo necesario que los judíos eligieran un nuevo dirigente; pero si el Sóstenes del versículo 17 es el mismo que se menciona en 1 Corintios 1.1, ¡también él se convirtió! Nótese que los que se bautizaron eran creyentes (v. 8); esta lista excluye infantes.

III. Pablo termina su segundo viaje (18.18–22)

El voto que se menciona en el versículo 18 presenta un problema, y tal vez no podamos contestar todas las preguntas que plantea. Tal vez se trate del voto nazareo puesto que incluía dejarse crecer el cabello (Nm 6). El pelo se cortaba al finalizar el período del voto y Pablo lo hizo en Cencrea, el puerto marítimo de Corinto. Si Pablo ofreció los sacrificios exigidos cuando llegó a Jerusalén, no lo sabemos, porque se guarda silencio.

Es posible que este voto lo hiciera después que Dios lo libró a él y a sus compañeros durante el levantamiento descrito en los versículos 12–17. Este voto quizás fue en acción de gracias a Dios, puesto que tales votos eran puramente voluntarios. Para los judíos Pablo se hizo como un judío (véase 1 Co 9.19–23), no por compromiso, sino por cortesía. Sin dudas, Pablo sabía que no había méritos en tales votos, ni tampoco necesariamente sentaba un ejemplo para los creyentes de hoy. Entendía con claridad el significado de la gracia de Dios y no estaba retrocediendo al legalismo de las prácticas ceremoniales. Es evidente que finalizar este voto en Jerusalén era algo de suma importancia para él, tanto así que no se quedó en Éfeso a pesar de que los judíos se lo pidieron.

Pablo regresó a Antioquía e informó a la iglesia. También saludó a los hermanos de Jerusalén. Después de un tiempo (tal vez varios meses), volvió a visitar las iglesias para confirmarlas en la fe. Si usted repasa Gálatas verá por qué: los maestros «judaizantes» habían invadido estas jóvenes iglesias y estaban enseñando a los nuevos convertidos que debían obedecer la Ley de Moisés. Pablo se sintió responsable de las iglesias y por eso viajó de nuevo para enseñarles la Palabra y confirmarlas en la fe. Lucas registra este tercer viaje en Hechos 19.1–21.16. La mayoría de la narración trata de su gran ministerio por tres años en Éfeso.

Hechos 19

Este capítulo relata el maravilloso ministerio de Pablo en Éfeso y narra sus contactos con tres grupos de personas.

I. Pablo y doce discípulos ignorantes (19.1–12)

Es muy probable que estos doce hombres se convirtieron con Apolos antes de que este comprendiera a plenitud el evangelio (18.24–28). Todo lo que este elocuente predicador conocía era la enseñanza de Juan el Bautista; y después que Priscila y Aquila le instruyeron, evidentemente no pudo impartir este nuevo conocimiento a sus convertidos puesto que Éfeso era una ciudad muy grande. Cuando Pablo encontró a estos doce hombres, detectó algo que faltaba en sus vidas espirituales.

La pregunta de Pablo (v. 2) fue: «¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?» Basar en este versículo una doctrina de una «segunda bendición» es errado. El Espíritu entra en nuestras vidas cuando creemos en Cristo, no después (Ef 1.13, 14). Los hombres replicaron: «Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo». Sabían que existía un Espíritu Santo, por supuesto, debido a que Juan el Bautista había prometido un futuro bautismo del Espíritu (Mt 3.11). Lo que no sabían era que este bautismo ya había ocurrido en Pentecostés (Hch 1.5; 2.4) y en el hogar del gentil Cornelio (10.44–45; 11.15–16).

A continuación Pablo les preguntó respecto a su bautismo. Nótese que da por sentado que se habían bautizado, otra indicación de que el bautismo en agua es lo que se espera y lo aceptado para los cristianos. ¿Por qué Pablo les preguntó respecto a su bautismo cuando la cuestión real era la presencia del Espíritu en sus vidas? En Hechos hay una relación definitiva entre el bautismo en agua y el Espíritu Santo. Puesto que Apolos había sido su instructor, el único bautismo que conocían era el de Juan. Pero el bautismo de Juan ya no era válido. En otras palabras, estos doce hombres no eran salvos: creyeron un mensaje pasado («Cristo viene») y recibieron un bautismo pasado (el de arrepentimiento). Eran sinceros, como lo fue Apolos, pero estaban sinceramente equivocados.

Supóngase que le hubieran contestado a Pablo: «Fuimos bautizados en el día de Pentecostés después de oír a Pedro». Entonces deberían haber recibido el Espíritu, puesto que en Hechos 2.38 el Espíritu fue prometido a todos los que se arrepintieran y fueran bautizados. Si no hubieran recibido el Espíritu, sería evidente que no habían creído realmente. O supóngase que hubieran replicado: «Fuimos bautizados en Samaria» (Hch 8). Entonces deberían haber recibido el Espíritu mediante la imposición de manos (8.17; 9.17). O supóngase que hubieran dicho: «Estuvimos en la casa de Cornelio y oímos a Pedro predicar». Entonces hubieran recibido el Espíritu inmediatamente al creer (10.44–45) y hubieran sido bautizados en agua. Cuando le dijeron que los bautizaron con el bautismo de Juan, Pablo supo enseguida que no eran salvos. Creyeron un mensaje que ya no era válido, puesto que Cristo vino, murió y regresó al cielo.

Por supuesto, Lucas no registra todo lo que Pablo les dijo. Pero ellos creyeron en el mensaje del evangelio (que Cristo ya había venido y muerto) y fueron bautizados con el bautismo cristiano. Recibieron el Espíritu mediante la imposición de manos de Pablo y su evidencia fue que hablaron en lenguas. Esta es la última vez en Hechos que se menciona el hablar en lenguas como muestra de recibir el Espíritu. Estos doce hombres llegaron a ser el núcleo de la iglesia en Éfeso. Debido a que Dios se apartó del orden usual y les concedió el Espíritu por la imposición de manos fue prueba de que Pablo era igual a los demás apóstoles y, por consiguiente, el siervo de Dios para establecer la Iglesia. Este acontecimiento entero destaca varias verdades: (1) los pecadores deben creer en el mensaje correcto antes de que se salven; (2) el bautismo es importante, pero la clase de bautismo que se describe en Hechos 2.38 no es lo que Dios quería para la iglesia de hoy; (3) un cristiano puede guiar a otros sólo a donde él mismo ha ido; (4) Pablo fue el mensajero de Dios y tenía igual posición con los otros apóstoles.

II. Pablo y siete impostores judíos (19.8–20)

Pablo pasó tres años en Éfeso (20.31): tres meses en la sinagoga, dos años enseñando en salones alquilados de la escuela de Tiranno y casi nueve meses en varios lugares (19.8–19, 22). Toda Asia oyó la Palabra, porque Pablo enseñaba a los creyentes a llevarle a otros la Palabra. Dios certificó el ministerio de Pablo con milagros extraordinarios, un indicio de que tales actividades no son normales para el ministerio hoy. El uso y venta actual de «pañuelos y lienzos de oración» es contrario a las Escrituras. Siete judíos trataron de imitar el poder de Pablo (Satanás es el gran imitador), pero les salió el tiro por la culata y los demonios los hicieron huir desnudos y heridos. Este hecho contribuyó a que el evangelio se difundiera y muchos que habían sido encantadores y magos (farsantes que aducían espiritualismo y otras prácticas satánicas) trajeron sus libros y los quemaron. Éfeso era una ciudad notoria por sus artes mágicas y Satanás estaba detrás de todo el programa. Es maravilloso ver el evangelio penetrando en las fortalezas de Satanás.

III. Pablo y los plateros (19.21–41)

Cuando Satanás no pudo lograr estorbar el evangelio mediante los discípulos ignorantes o los impostores judíos, casi tiene éxito con los comerciantes y mercaderes de la ciudad. Éfeso se enorgullecía de tener la custodia de la imagen de la diosa Diana, que se suponía había caído del cielo. Dondequiera que se halla superstición, con frecuencia se halla la exhibición y venta de tales artículos religiosos. ¿Recuerda la venta de sacrificios en el templo judío? La verdadera predicación del evangelio siempre choca de frente con las artimañas supersticiosas destinadas a hacer dinero y Éfeso no era la excepción. El gremio (o sindicato) de plateros pretendió que su preocupación era la religión de la ciudad, ¡pero su inquietud real era la pérdida de su negocio! El evangelio había trastornado la ciudad de tal manera que la gente estaba alejándose de los ídolos y convirtiéndose al Dios verdadero y esto estaba afectando las ventas «religiosas». Se informa que durante el avivamiento de Gales docenas de cantinas quebraron por falta de clientes.

Los plateros usaron la religión para exacerbar a la gente y el resultado fue una turba. La ciudad entera se llenó de confusión (v. 29), lo cual prueba que la situación nació del diablo, porque Dios no es Dios de confusión (1 Co 14.33). Los ciudadanos se precipitaron al inmenso teatro al aire libre, en el que cabían al menos veinticinco mil personas sentadas. Sabiamente los amigos de Pablo le impidieron que se presentara, porque es más que probable que las autoridades le arrestaran o que la chusma le linchara. El secretario del pueblo tranquilizó a la multitud, advirtiéndoles que estaban en peligro de quebrantar la ley, y los envió a todos a casa.

Satanás estaba ansioso de prevenir el establecimiento de una fuerte iglesia en Éfeso. Esta ciudad había sido una de sus fortalezas por años, con su superstición, idolatría y prácticas de magia. La actividad demoníaca había prevalecido en Éfeso, pero ahora el Espíritu de Dios estaba obrando. ¿Qué tal si Pablo no hubiera detectado la superficialidad de la profesión de fe de aquellos doce hombres, o hubiera tratado de edificar una iglesia local basada en el testimonio de ellos? ¡La obra hubiera fracasado! ¿Qué tal si esos judíos hubieran sido capaces de falsificar los milagros de Pablo? ¿Qué tal si la chusma se hubiera apoderado de Pablo y de sus compañeros y los hubiera arrestado o linchado? ¿Tendríamos la maravillosa epístola a los Efesios? Satanás no quería una iglesia en Éfeso y sin embargo Dios estableció una allí; y una lectura de la carta a los Efesios prueba que fue tal vez la iglesia más espiritual que Pablo jamás fundó. Esta maravillosa epístola bosqueja la verdad de la iglesia en forma clara y el diablo no quería esto.

Satanás todavía estorba la obra del Señor de estas tres maneras: falsos creyentes con una experiencia espiritual inadecuada, falsificadores y oposición abierta. Pero podemos vencer al adversario si confiamos en Dios, dependemos del poder del Espíritu y predicamos la Palabra de Dios.

Notas adicionales a Hechos 19.1–7

Hay una serie de preguntas que deben contestarse respecto a este difícil pasaje.

A. ¿Fueron salvos estos doce hombres?

Toda parece indicar que no lo fueron. En la Biblia la palabra «discípulo» no siempre significa «cristiano». Pablo dio por sentado que habían creído algún mensaje (v. 2), pero la cuestión básica era que no había sido el correcto. La gente de todas las épocas se han salvado por fe en la Palabra revelada de Dios; pero esta Palabra no siempre fue el claro evangelio de la gracia que predicamos hoy. Adán se salvó al creer en la promesa de Dios de una simiente venidera. Noé, al creer en la Palabra de Dios acerca del juicio venidero. Abraham recibió la salvación al creer que Dios podría hacerle una gran nación. ¡Nadie en esta era de gracia se salvaría creyendo en estas promesas! Nuestra salvación viene cuando confiamos en Cristo y creemos en el evangelio. Estos doce hombres oyeron el mensaje de Juan el Bautista a través de Apolos, unos treinta años después que concluyera el ministerio de Juan. El Calvario y la resurrección habían intervenido; el mensaje y el bautismo de Juan ya no eran válidos. El ministerio de Juan se enfocaba hacia Cristo y ahora Él ya había muerto y resucitado. El ministerio de Juan había concluido. «Simple fe» es todo lo que los pecadores necesitan para ser salvos, pero deben creer en el mensaje correcto.

B. ¿Ignoraban el Espíritu Santo?

Estos hombres ciertamente sabían que había un Espíritu Santo puesto que el mismo Juan lo prometió. Lo que no sabían era que el Espíritu ya había venido e iniciado una nueva era de gracia. Estos hombres recibieron el mensaje de Apolos, cuyo conocimiento espiritual era escaso. Es posible que Apolos se convirtió al confiar en el mensaje de Juan antes del Calvario y Pentecostés, porque no leemos en Hechos 18.24–28 que lo hayan bautizado de nuevo. Ninguno de los discípulos de nuestro Señor fueron bautizados de nuevo después de Pentecostés, puesto que su fe y bautismo se produjeron en el momento apropiado. Apolos no sabía que el Espíritu había venido y por eso no pudo enseñárselo a sus convertidos.

C. ¿Por qué Pablo bautizó de nuevo a estos hombres?

La respuesta parece ser que el bautismo es un mandamiento para esta era y es parte de la comisión de Cristo a la Iglesia, según Mateo 28.19, 20. Nótese que Pablo, en su pregunta del versículo 3, dio por sentado que estos hombres experimentaron alguna clase de bautismo. Si el bautismo no fuera para esta era, Pablo nunca hubiera hecho la pregunta y con toda seguridad no habría bautizado a estos hombres. A dondequiera que Pablo fue con el evangelio de la gracia de Dios, obedeció las instrucciones de Cristo dadas en Mateo 28: evangelizó, bautizó a los creyentes, los organizó en asambleas locales y les enseñó la Palabra. Esto no significa que Pablo personalmente bautizara, porque su comisión especial como apóstol fue predicar el evangelio (1 Co 1.17). Hoy son pocos, si acaso, los evangelistas que bautizan; pero esto no significa que el bautismo no sea para este tiempo. Es más, el NT indica que Pablo bautizó como mínimo a veinte personas: Crispo, Gayo, la familia de Estéfanas (por lo menos dos personas y quizás más; 1 Co 1.14–16), los doce discípulos en Hechos 19.1–7, Lidia y su familia (al menos dos personas; Hch 16.15) y el carcelero y su familia (un mínimo de dos personas; Hch 16.30–33). Los hechos claros prueban que Pablo en efecto practicó el bautismo y lo consideraba importante, pues él mismo bautizó más de veinte personas. Pablo fue el mensajero especial de Dios a la Iglesia y si el bautismo no fuera para esta era, él lo hubiera sabido.

D. ¿Por qué estos hombres no recibieron el Espíritu Santo cuando creyeron?

El modelo en Hechos es como sigue: (1) Hechos 1–7: los judíos recibieron el Espíritu al creer y bautizarse (véase 2.38); (2) Hechos 8–9: los samaritanos y Pablo recibieron el Espíritu por la imposición de manos (véanse 8.17; 9.17); (3) Hechos 10: los gentiles recibieron el Espíritu cuando creyeron en Cristo (véase 10.44–48). Este es el modelo de Dios para hoy: oír la Palabra, creer, recibir el bautismo del Espíritu, recibir el bautismo en agua.

Cuando consideramos la situación total en Éfeso podemos entender mejor por qué Dios se apartó de su programa normal e impartió el Espíritu a estos doce hombres por la imposición de manos de Pablo. Éfeso se convertiría en un gran centro de evangelización, alcanzando con el evangelio a las provincias circunvecinas. El hecho de que Pablo pasara tres años allí indica la importancia de la ciudad. Era el centro de adoración al diablo y de actividades diabólicas, y Satanás hizo todo lo que pudo para impedir el establecimiento de una iglesia. La iglesia de Éfeso era ante todo gentil. Pablo era judío y era importante que estableciera su autoridad apostólica desde el principio. Dios le dio a Pablo el privilegio de impartir el Espíritu a estos hombres, probando así su autoridad como mensajero de Dios y su igualdad con Pedro, Juan y los demás apóstoles.

Tenga presente que dondequiera que Dios desarrolla su programa y establece un nuevo centro, pone su sello de aprobación sobre el ministerio con milagros extraordinarios. Cuando el evangelio pasó de Jerusalén a Samaria fue acompañado de milagros de confirmación, lenguas y la imposición de manos (Hch 8.5–17). Nótese que en Samaria Satanás trató de impedir la obra mediante un mago. En Hechos 9, cuando Pablo fue ganado para Cristo, hubo una luz del cielo, una voz y la imposición de manos. En Hechos 10, cuando el evangelio llegó a los gentiles, hablaron en lenguas y glorificaron a Dios. Ahora, el evangelio pasa a la gran ciudad de Éfeso, una ciudad controlada por Satanás, y de nuevo Dios testifica en favor de su obra y sus obreros al darles «milagros extraordinarios» (véase 19.11). Satanás resistió con milagros y obreros falsificados, pero el Espíritu demostró que eran falsos.

La impartición del Espíritu mediante la imposición de manos probó la autoridad de los apóstoles. No hay apóstoles hoy en día, puesto que no hay nadie vivo que haya visto al Cristo resucitado (1.21–26; 1 Co 9.1). Esto significa que la imposición de manos ya no es el programa de Dios, porque si lo fuera, Él hubiera provisto personas que lo realizaran. Dios usó a Pablo de esta manera para darle las credenciales necesarias para fundar y guiar a la iglesia de Éfeso.

Es importante tener presente el papel que Apolos desempeñó en esta controversia. Este capaz predicador fue de Éfeso a Corinto (19.1) y llegó a ser parte de una división de la iglesia que incluyó sus partidarios y los de Pedro y Pablo (véanse 1 Co 1 y 3). Pablo fundó la iglesia en Corinto y colocó su fundamento, luego vino Apolos para edificar sobre ese fundamento. Pronto la iglesia se dividió en tres grupos: uno que seguía a Pablo, el fundador; otro que seguía a Apolos, el constructor; y un tercer grupo que quería seguir «al verdadero liderazgo apostólico», ¡de modo que escogieron a Pedro! Estos líderes no causaron ni estimularon estas divisiones, pero de todas maneras resultó así, y en parte se motivó porque la iglesia rehusó aceptar la comisión apostólica de Pablo (1 Co 9.1ss). Ahora transfiera esta situación a Éfeso. Aquí tenemos doce hombres, convertidos por Apolos y el núcleo de la iglesia allí. Imagínese que Dios les hubiera concedido el Espíritu cuando creyeron (cómo en Hechos 10). Ellos siempre hubieran mirado a Apolos como su líder, no a Pablo; el ministerio en Éfeso se hubiera dividido desde el mismo comienzo. Fue Apolos quien les había enseñado y bautizado, y siempre hubieran cuestionado el liderazgo de Pablo.

No, Dios usó a Pablo para darles a estos hombres un nuevo y fresco comienzo; y de estos doce hombres edificó una gran iglesia en Éfeso. Si no hubiera trabajado de esta manera, tal vez no hubiéramos tenido la magnífica epístola a los Efesios, con sus gloriosas verdades de la Cabeza y el Cuerpo. ¡Satanás se hubiera anotado otra victoria!

El bautismo de Juan fue uno de esperanza anticipada de la venida del Espíritu; el bautismo en agua hoy simboliza la realización de este bautismo del Espíritu en nuestra vida, debido a la obra que Jesucristo consumó en la cruz.

Hechos 20

I. Pablo y la iglesia local (20.1–12)

Poco tiempo después del motín descrito en el capítulo 19 Pablo salió de Éfeso y emprendió su camino hacia Macedonia, justo como lo había planeado (19.21). En Troas esperaba encontrar a Tito y recibir informes de primera mano respecto a la situación en Corinto. Había enviado a Tito allá para que procurara corregir algunos problemas (2 Co 7.13–15; 12.17, 18). Cuando este no llegó, Pablo avanzó a Macedonia, visitando las iglesias; allí encontró a su colaborador (2 Co 2.12, 13). El informe de Corinto le animó. Pasó tres meses en Grecia, es probable que la mayor parte del tiempo fue en Corinto. Allí escribió el libro de Romanos. La misma oposición judía que antes se había revelado en Corinto (Hch 18.12) apareció ahora de nuevo (20.3), de modo que Pablo salió hacia Macedonia en lugar de dirigirse a Siria. Varios cristianos lo acompañaron, representantes de las iglesias que estaban contribuyendo a la ofrenda de auxilio que estaban recogiendo para Jerusalén. Lucas se unió al grupo en Filipos (nótese el «nosotros» en el v. 6) y todos se quedaron en Troas siete días.

Es aquí que vemos a Pablo en el medio ambiente de una iglesia local. Los creyentes estaban acostumbrados a reunirse el domingo, el primer día de la semana. Pablo tal vez se quedó siete días sólo para estar con la iglesia en Troas. Se afanaba por llegar a Jerusalén y sin embargo puso el día del Señor primero. Él es un buen ejemplo para que todos sigamos. Es probable que Lucas describe en los versículos 7–8 una reunión nocturna de los creyentes, puesto que quizás Pablo no hubiera predicado todo el día. ¡Qué gozo debe haber sido oír al gran apóstol de los gentiles exponer la Palabra de Dios! Sin embargo, hubo un hombre que se quedó dormido, se cayó y fue dado por muerto. Las «muchas lámparas», o antorchas (v. 8) habrían llenado el aire con humo y elevado la temperatura del salón, condiciones ideales para quedarse dormido. Lucas el médico informó que el hombre estaba muerto; Pablo, con fe en el poder de Dios, anunció que había vida en Él y le resucitó de los muertos. Pablo luego habló (no predicó, v. 11) largamente con los creyentes, posiblemente después de que el culto concluyera, y luego se embarcó al siguiente día.

¿Hay algún significado espiritual detrás de este milagro? Eutico (que significa «afortunado») no había hecho nada que mereciera la ayuda de Dios; sin embargo, debido a la gracia de Dios se le restauró a la vida. Había caído (todos hemos caído en Adán) y estaba muerto (todos estamos muertos en pecado); y se le dio vida solamente por gracia.

II. Pablo y los pastores locales (20.13–38)

Pablo decidió caminar los treinta y cinco kilómetros que separaban a Troas de Asón. Tal vez estaba buscando la dirección del Señor respecto a su visita a Jerusalén. En tanto que le encantaba la comunión con otros santos (v. 4), sabía que debía estar a solas con Dios y buscar su propósito. El ejercicio además fue bueno para su cuerpo. En Mileto pidió que fueran por los ancianos de la iglesia de Éfeso. Téngase presente que el NT enseña que las iglesias deben tener varios pastores y esto sería especialmente cierto en una tan grande como la de Éfeso. A estos líderes se les llama ancianos o sobreveedores («obispos», v. 28). La plática de Pablo a los pastores efesios revela cómo ministraba a la iglesia local. Nótese que hay tres discursos especiales de Pablo en Hechos: (1) a los judíos, en 13.16–41; (2) a los gentiles, en 17.22–34; y (3) a la iglesia de Éfeso, en 20.17ss.

A. El ministerio anterior de Pablo (vv. 18–21).

Pablo no hizo nada en secreto; todos conocían su mensaje y sus métodos. Servía al Señor, no al hombre. Fue un líder humilde, no un orgulloso dictador (véase la admonición de Pedro en 1 P 5). Sabía lo que es regar con lágrimas la semilla de la Palabra (vv. 19, 31). Pablo predicaba el consejo de Dios públicamente y de casa en casa. Predicaba a toda persona y exaltaba a Jesucristo. Este es el modelo que debe seguir el pastor de hoy.

B. La carga presente de Pablo (vv. 22–24).

Pablo estaba ligado en espíritu (no el Espíritu Santo) para ir a Jerusalén. Hay serias dudas si Pablo estaba en la voluntad directa de Dios en este asunto. Él admite en el versículo 23 que el Espíritu Santo le había dicho, de una ciudad a otra (quizás por medio de profetas locales en las iglesias) que sufriría en Jerusalén. En 21.4 y 10–14 se le advirtió expresamente que no fuera a Jerusalén. Años antes, después de su conversión, Cristo le había instruido que su testimonio no se iba a oír en Jerusalén (22.18ss); y sin embargo el amor de Pablo por su pueblo le empujó a ignorar estas advertencias y determinarse a ir a Jerusalén. Si no estaba en la voluntad directa de Dios, sí lo estaba en la voluntad permisiva de Dios, al quitar esta carga que Pablo sentía y le llevó a Roma como prisionero (véase 23.11). Nótese en el versículo 24 cómo Pablo describió su ministerio: «para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios».

C. Advertencia de Pablo del peligro futuro (vv. 25–35).

Pablo no se preocupaba de sí mismo, sino de la iglesia y su futuro. Le advirtió a los pastores que se cuidaran primero ellos. Si fracasaban en su comportamiento espiritual personal, toda la iglesia sufriría. Más adelante Pablo repitió esta advertencia a Timoteo (1 Ti 4.16). Luego les advirtió que pastorearan la iglesia. Como sobreveedores eran responsables de guiar al rebaño, alimentarlo y protegerlo de ataques espirituales. Qué preciosa es la Iglesia para Cristo; la compró con su propia sangre. Pablo advirtió respecto a dos peligros: (1) lobos que atacan al rebaño desde afuera, (v. 29); y (2) maestros perversos que se levantan desde adentro del rebaño (v. 30). Ambos han ocurrido en la historia de la Iglesia.

Pablo se puso como ejemplo para que los pastores sigan. Los encomendó a Dios (esto es oración) y a la Palabra (esto es la predicación y la enseñanza), porque «la oración y la Palabra» edificarán la iglesia local (véase Hch 6.4). Les advirtió que no fueran codiciosos. Pablo trabajaba con sus propias manos, pero destacó que esta norma no necesariamente se aplica al pastor local; véase 1 Corintios 9. Sin dudas, la actitud desprendida que mostraba es digna de imitar por todos los siervos de Dios. Les recordó una bienaventuranza que Cristo dio y que nunca se registró en los Evangelios: «Mas bienaventurado es dar que recibir». Los siervos de Cristo deben procurar ministrar a otros antes que otros los ministren a ellos.

D. La bendición final de Pablo (vv. 36–38).

¡Qué escena más conmovedora es esta! Pablo y sus compañeros de rodillas mientras el gran apóstol oraba con ellos y por ellos. Lloraban porque sabían que nunca más volverían a verle personalmente. Cuando hay un lazo de amor entre los siervos de Dios y su pueblo, ¡cuánta bendición envía Dios! Pablo los dejó y se encaminó a Jerusalén. Iba con las contribuciones para los judíos y en su corazón llevaba un ardiente deseo de testificar a su pueblo una vez más. Pablo el predicador se convertiría en Jerusalén en «Pablo, prisionero de Jesucristo».

Hechos 21

I. El viaje a Jerusalén (21.1–6)

Trace este viaje en su mapa. «Avistar» en el versículo 3 significa que tenían a Chipre a la vista. Pablo y sus compañeros se quedaron en Tiro mientras descargaban la nave y esto les permitió tener compañerismo con los creyentes allí. De nuevo el Espíritu le advierte a Pablo del problema en Jerusalén. Parece que Dios no quería que Pablo fuera allí, pero de todas maneras intervino en los planes de Pablo para Su gloria. ¡Qué hermosa escena tenemos en el versículo 5, al reunirse la «familia de la iglesia» en la playa para un tiempo de oración! Qué triste ver a los niños en la iglesia mientras sus padres se quedan en casa, o los esposos adorando mientras las esposas y los hijos están en algún otro lugar. Compare este versículo con 20.36–38.

El grupo se quedó un día en Tolemaida y luego fueron a la casa de Felipe en Cesarea. Felipe comenzó como diácono (6.5), llegó a ser evangelista (8.4ss) y ahora se había establecido en Cesarea con su familia, indudablemente muy ocupado ganando almas. Sus cuatro hijas solteras tenían el don de profecía (véase 2.17). Dios da dones espirituales a las mujeres y sus ministerios son importantes en la iglesia, pero no deben tomar el liderazgo espiritual sobre los hombres (véanse 1 Co 11.5; 14.33–40; 1 Ti 2.9–15). Cuando Dios tuvo un mensaje para darle a Pablo, usó el ministerio de Agabo y no el de ninguna de las hijas de Felipe. Este mismo profeta fue el que predijo la hambruna (Hch 11.27–30).

De una manera dramática Agabo le advirtió a Pablo que no fuera a Jerusalén. Pero Pablo estaba «ligado en espíritu» (20.22) y dispuesto a que lo ataran y sacrificaran por Cristo. «¡Estoy listo!», fue sin duda el lema de Pablo. Listo para predicar el evangelio en todas partes (Ro 1.15); para morir por Cristo en cualquier momento (Hch 21.13); para ser ofrecido y encontrarse con el Señor (2 Ti 4.6).

«Preparativos» en el versículo 15 se refiere al equipaje.

II. El compromiso con los judíos (21.17–26)

Es fácil dar por sentado que todo lo que los apóstoles hicieron estaba bien, aun cuando nos damos cuenta de que tenían pasiones como nosotros. En tanto que es cierto que las cartas de Pablo son inspiradas por Dios y se debe confiar en ellas, sus acciones no siempre fueron de acuerdo a la voluntad de Dios. Ya hemos cuestionado su sabiduría respecto a su viaje a Jerusalén (si bien su corazón y motivo eran correctos); ahora parece evidente, después de llegar allí, que cometió otra equivocación.

Pablo se reunió con Jacobo y los ancianos, e informó las bendiciones de Dios entre los gentiles. Pablo glorificó a Dios por: «las cosas que Dios había hecho» (v. 19). Pero Jacobo, como hemos visto, era el líder de la iglesia de Jerusalén y con toda seguridad interesado en guardar las tradiciones judías en la vida de la iglesia. Nótese en el versículo 20 que había miles de creyentes judíos que todavía practicaban los mandamientos mosaicos. Esto debe haber sido más fácil en Jerusalén que en ninguna otra parte, puesto que el templo con todas sus ceremonias estaba a mano. Tenemos aquí una confusión entre la ley y la gracia, el reino y la Iglesia, una confusión que todavía subsiste. Jacobo y los ancianos pensaron que Pablo debería probarles a estos judíos celosos que en realidad no estaba enseñando en contra de la Ley de Moisés.

Era un mal compromiso, pero Pablo cayó en él. Ya había escrito las cartas a los Romanos y a los Gálatas, que probaban que nadie se puede salvar o santificar por guardar la ley, y mostraban que el cristiano es libre de la Ley de Moisés. Ahora negaba toda esa verdad inspirada, con una «componenda religiosa» destinada a transar un compromiso con los judíos. Pablo fue junto a cuatro hombres que tenían la obligación de cumplir sus votos y ofrecer los sacrificios, toda esta ceremonia duraba siete días (v. 27). Es evidente que se trataba de un voto nazareo, puesto que incluía el raparse la cabeza (Nm. 11; véanse las propias acciones de Pablo en Hch 18.18). ¿Dio resultados la artimaña? ¡No! ¡Lo que obtuvo Pablo fue su arresto! Sucedió exactamente lo que Dios le fue advirtiendo en cada ciudad.

Si Pablo hizo o no lo correcto, no nos toca a nosotros decirlo con confianza. Esto sabemos: Dios usó todo el episodio para poner a Pablo en manos de los romanos y no de los judíos, porque estaba más seguro con los romanos. Dios usó a los romanos para proteger a Pablo y llevarle a Roma, donde Dios tenía un trabajo especial para que hiciera.

III. El arresto en el templo (21.27–40)

Algunos de los judíos del extranjero que conocían a Pablo le habían visto acompañado de Trófimo, un gentil efesio; y cuando vieron a Pablo en el templo, dieron por sentado que había llevado a su amigo gentil al área prohibida. Era falso, pero Satanás es un mentiroso y padre de mentiras. Precisamente lo que Jacobo estaba tratando de impedir ocurrió de todos modos. La fe es confiar en Dios sin artimañas y el creyente que anda por fe no tiene que recurrir a planes y ardides para influir o complacer a otros.

A Pablo lo hubieran llevado fuera de la ciudad y apedreado, si no hubiera sido porque el capitán de la guardia del templo corrió a la escena y lo rescató. Entonces se cumplió la profecía que tanto le anunciaron: Ataron a Pablo con dos cadenas (v. 33; también v. 11). Nótese la confusión de la multitud judía, no muy diferente a la gentil en Éfeso (19.32). Satanás es el autor de confusión.

El guardia pensó que Pablo era un notorio egipcio que anteriormente había causado problemas, pero Pablo usó de nuevo su ciudadanía romana para protegerse. Dios ha instituido el gobierno para nuestra protección (Ro 13), y es correcto usar la ley para el avance del evangelio. De pie en las gradas Pablo hizo señal a la multitud; y cuando le oyeron hablar en hebreo, se calmaron.

Aunque no queremos ser culpables de juzgar al gran apóstol, debemos admitir que tal parece que cometió dos errores: fue a Jerusalén a pesar de que se le advirtió lo que ocurriría y se comprometió con los líderes de la iglesia a ayudar a los hombres en sus sacrificios en el templo. Una equivocación fue práctica, la otra doctrinal. Entendemos, por supuesto, que el corazón de Pablo estaban tan lleno de amor y preocupación por sus hermanos en la carne, que hubiera pagado cualquier precio con tal de darles el evangelio; pero desde el mismo principio Dios le advirtió que no testificara en Jerusalén (22.17–21). Antioquía y Éfeso eran los grandes centros de la Iglesia, no Jerusalén.

La mezcla de la ley y la gracia en las iglesias ha dado lugar a un falso evangelio de salvación y obras. La epístola de Pablo a los Romanos fue la que hace siglos cambió a Martín Lutero y rompió las cadenas de la superstición, y la explicación sobre Gálatas de Lutero fue la que, a su vez, trajo libertad donde hubo esclavitud. A través de la historia ha habido grupos fieles a la verdad de la Palabra de Dios y han rendido sus vidas por Cristo. Ojalá nunca mezclemos la ley y la gracia; ojalá nunca comprometamos la verdad del evangelio.

Hechos 22

I. La defensa de Pablo (22.1–21)

Este es el segundo relato en Hechos de la conversión de Pablo (véanse caps. 9 y 26). Al hablar en hebreo, Pablo contribuyó a calmar y despertar el interés de los judíos.

A. La primera táctica de Pablo (vv. 1–5).

Pablo era un judío con valiosa ciudadanía romana. En el versículo 28 afirmó que lo era «de nacimiento», lo que indica que su padre había sido igualmente ciudadano romano. Su primera educación a los pies del gran rabí Gamaliel fue la mejor (véase 5.34ss). Léase en Filipenses 3 otro cuadro de Pablo el fariseo. Nadie podía negar que el joven Pablo era celoso por la Ley de Moisés, incluso hasta el punto de perseguir a los cristianos. ¡Qué paradoja que Pablo deba decir en el versículo 5 que su plan era traer a los cristianos «presos a Jerusalén» cuando él mismo estaba allí prisionero!

B. La asombrosa conversión de Pablo (vv. 6–16).

Cuando la luz del cielo estaba en su mayor esplendor (al mediodía), las tinieblas satánicas del corazón de Pablo estaban en su mayor densidad, porque había salido para arrestar a todos los cristianos que pudiera hallar. Pero Dios, en su gracia, derribó a Pablo con una gran luz del cielo. El pecador está en tinieblas hasta que la luz de Dios brilla en él (2 Co 4). Pablo vio y oyó al Cristo glorificado, confió en Él y fue salvado. Nótese cómo Pablo llama a Ananías «varón piadoso según la ley», declaración que debió impresionar a sus antagonistas. Algunos de los judíos de la ciudad tal vez conocían a Ananías y esto debería haber obrado a su favor. Ananías declaró que Pablo tenía una comisión especial de Dios para ser testigo de Cristo.

C. La comisión especial de Pablo (vv. 17–21).

Pablo tuvo una reunión especial con el Señor mientras oraba en el templo (véase Hch 9.26). Es interesante comparar esta experiencia con la visión de Pedro que se registra en el capítulo 10, cuando Dios le preparó para que fuera a los gentiles. Pedro tenía hambre física, mientras que el «hambre» del corazón de Pablo era ganar a su nación para Cristo. Pero Cristo claramente le dijo que saliera de Jerusalén (v. 18). La súplica del apóstol no cambió la orden divina: Pablo tenía que ir a los gentiles. Por un lado, los judíos no recibirían su testimonio de todas maneras; y podrían arrestarlo y apedrearlo, terminando así su ministerio demasiado pronto. Los judíos escucharon con atención la narración de Pablo hasta que pronunció esa detestable palabra «gentiles» (v. 21). Pablo pudiera haber usado otra palabra, pero entonces no hubiera sido fiel al citar lo que el Señor le había dicho. Véase Efesios 3.1–13.

II. La respuesta de la nación (22.22–30)

La predicción de Cristo se hizo realidad: la nación no recibió el testimonio de Pablo. En lugar de eso ¡estalló un motín! El capitán ordenó que llevaran a Pablo al castillo cercano y le examinaran con azotes. Pero Pablo usó de nuevo sus derechos como ciudadano romano para protegerse a sí mismo y su ministerio. Era contra la ley tratar de esa manera a un ciudadano romano (16.35–40) y Pablo aprovechó estos privilegios legales. El tribuno había comprado su ciudadanía y parecía estar orgulloso de ello, mientras que Pablo anunció que lo era «de nacimiento». Esto quería decir que su padre fue un ciudadano romano reconocido.

El capitán le quitó las cadenas y mantuvo a Pablo en la prisión hasta que el concilio judío pudiera reunirse al día siguiente (suceso que se analiza en el capítulo 23).

En este punto es bueno repasar la historia de Israel en el libro de los Hechos. La nación ya había participado en tres asesinatos: Juan el Bautista, Cristo y Esteban. Hubiera cometido un cuarto si Dios no libra a Pablo mediante la intervención de la guardia romana. Pablo aún recordaba vívidamente la muerte de Esteban (v. 20) y quería de alguna manera expiar su parte en este crimen nacional. Pero Israel había sido ya puesta a un lado; Cristo le había prohibido a Pablo que testificara en Jerusalén (v. 18) porque su período de prueba ya había pasado.

Los capítulos restantes de Hechos describen a Pablo el prisionero, sus juicios ante los judíos, su apelación a César. Cómo se hubieran escrito estos capítulos si Pablo no hubiera ido a Jerusalén, no lo sabemos. Pero Dios anuló las equivocaciones de su siervo y las usó para su gloria y para el bien de la Iglesia. Mientras Pablo estuvo prisionero en Roma, escribió las cartas a los Efesios, Filipenses, Colosenses y Filemón, mensajes llenos con la verdad de la Iglesia que desesperadamente se necesitan hoy.

Hechos 23

I. Pablo y el concilio (23.1–11)

Al siguiente día la guardia trajo a Pablo a la reunión oficial del concilio judío. Este grupo juzgó a Pedro y a Juan (4.5ss), a los doce apóstoles (5.21ss) y a Esteban (6.12ss). También juzgó a Cristo.

En la reunión Pablo se sintió como en casa, habiendo sido él mismo un fariseo activo. Inmediatamente habló en su defensa, afirmando que su vida pública había sido sin tacha y su conciencia clara. Esto enfureció al sumo sacerdote, Ananías, quien ordenó a uno de los hombres que estaban cerca de Pablo que le golpeara en la boca. Cristo sufrió un tratamiento similar (Jn 18.22). Hay división respecto a la respuesta de Pablo en el versículo 3. Algunos dicen que estaba actuando en apresuramiento carnal al condenar al sumo sacerdote; otros opinan que Pablo tenía justificación para sus palabras puesto que golpearlo era ilegal y el sumo sacerdote era un hombre perverso. La historia nos dice que Ananías fue uno de los peores sumos sacerdotes que jamás tuvo la nación. Robaba el dinero de otros sacerdotes e incluso usaba toda artimaña política para aumentar su poder, y finalmente fue asesinado. «Pared blanqueada» (v. 3) tal vez se refiera a Ezequiel 13.10ss, donde se compara a los gobernantes hipócritas de la tierra con una pared pintada de blanco, pero incapaz de mantenerse en pie.

¿Sabía Pablo quién era el sumo sacerdote? Algunos opinan que Pablo tenía problemas visuales (Gl 4.13–15) y que eso tal vez le impidió reconocerlo. Esta no fue una reunión formal del concilio, puesto que el capitán romano fue el que convocó la reunión de judíos, y por tanto el sumo sacerdote a lo mejor no vestía sus atuendos usuales o quizás no estaba sentado en su lugar acostumbrado. Pablo citó Éxodo 22.28 tal vez con ironía y quería decir con esto que el sumo sacerdote no era en realidad el gobernante de la nación.

Pablo usó entonces una táctica «política», tratando de dividir al concilio y colocó a los estrictos fariseos en contra de los liberales saduceos. Es difícil creer que el gran apóstol a los gentiles, el ministro de la gracia de Dios, clamara: «¡Soy fariseo!» Más tarde llamaría «basura» a su estilo de vida fariseo (Flp 3.1–11). Afirmó que la cuestión real era la esperanza de la resurrección, sabiendo que los saduceos no creían tal doctrina. Esperaba, sin duda, poder probar la resurrección de Cristo; pero la discusión que se suscitó puso en peligro su vida y el tribuno romano tuvo que rescatarlo de nuevo. Parecía que todo estaba perdido, pero esa noche el Señor, con toda gracia, estuvo al lado de Pablo y le animó. ¡Sabía que iría a Roma!

II. Pablo y los conspiradores (23.12–22)

¡No cabe duda de que Jerusalén estaba lejos de Dios como para que más de cuarenta hombres pudieran conspirar en nombre de la religión para matar a un judío piadoso! ¡Incluso los principales sacerdotes y ancianos fueron parte del crimen! Pero Dios estaba en control, e iba a llevar a su mensajero a Roma a pesar de la oposición de los hombres y Satanás. Ya sea que la venida de Pablo a Jerusalén estuviera o no de acuerdo a la voluntad revelada de Dios, el Señor de todas maneras en su gracia desvió y estimuló a su siervo. ¡Cuánto nos alienta este incidente al tomar decisiones en el ministerio!

No sabemos nada en relación a la hermana y al sobrino de Pablo. No estamos seguros de que hayan sido creyentes. Pero Dios los usó para frustrar la conspiración y alejar a Pablo de la peligrosa Jerusalén. Por cierto, debemos admirar la honestidad e integridad del capitán romano. Podía haber ridiculizado el mensaje del muchacho, o dado oídos a las mentiras de los judíos; pero en lugar de eso cumplió fielmente su responsabilidad. A menudo los siervos de Dios reciben ayuda y protección de incrédulos honestos y fieles. A Pablo ahora lo entregaron en manos de los gentiles, como lo fue su Señor en Jerusalén años antes.

III. Pablo y el capitán (23.23–35)

El nombre del tribuno era Claudio Lisias. En su carta a Félix, le contó cómo rescató a Pablo de manos de los judíos debido a que el apóstol era ciudadano romano. Además, indicó que la cuestión era en cuanto a la ley judía y no a la romana, y que opinaba que Pablo no merecía ni arresto ni muerte. Pero para mantener a Pablo a salvo, Claudio le enviaba a Félix para que se le juzgara.

¡Qué procesión fue esta! ¡Aquellos cuarenta judíos deben haber estado terriblemente hambrientos hasta que rompieron su juramento! Pero a Pablo lo llevaron con seguridad a Cesarea, donde enfrentaría a sus acusadores judíos ante Félix, el gobernador.

Podemos ver la manera en que Dios usó a Pablo como su gran misionero a los gentiles. Su ciudadanía romana le daba la protección de las leyes y el ejército romano, por un lado, y también le daba la oportunidad de testificar a los gentiles. ¡Qué maravilloso es que Dios prepara de antemano a sus siervos, incluso vigilando su lugar de nacimiento y ciudadanía!

Es interesante notar que en varias ocasiones de crisis el Señor le apareció a Pablo para sustentarlo. Durante los ataques judíos en Corinto Cristo le aseguró que estaba con él y que le daría muchos convertidos (18.9–11). En la nave, rumbo a Roma, cuando estalló la tormenta, Cristo le aseguró que no lo había olvidado (27.21–25). Nos preguntamos si Pablo se apoyaba firmemente en el Salmo 23.4: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo».

Hechos 24

I. Una acusación falsa (24.1–9)

La próxima audiencia de Pablo fue ante Félix, el gobernador. Félix era esposo de Drusila (v. 24), su tercera esposa. Ella era la más joven de las hijas de Herodes Agripa I y todavía no tenía ni veinte años.

Era costumbre que los acusadores presentaran argumentos en su oratoria y trataran de adular al juez. Tértulo era tal abogado orador y sus palabras acerca de Félix suenan vacías y falsas. Los «cinco días» que señalan en el versículo 1 se refiere al tiempo que transcurrió desde el arresto de Pablo. El resumen de las actividades de Pablo sería algo similar al siguiente: Día 1: llega a Jerusalén, 21.17. Día 2: visitó a Jacobo, 21.18. Día 3: visitó el templo, 21.26. Días 4, 5 y 6: cumple en el templo el voto hecho. Día 7: es arrestado en el templo, 21.27. Día 8: ante el concilio, 22.30–23.10. Día 9: complot de los judíos y viaje de Pablo a Cesarea, 23.12–31. Día 10: lo presentan ante Félix, 23.32–35. Días 11 y 12: espera en Cesarea. Día 13: audiencia ante Félix. Nótese que hay cinco días (8 al 12) entre el arresto y el juicio de Pablo.

Hubo tres acusaciones de los judíos contra Pablo: (1) una personal: «hemos hallado que este hombre es una plaga»; (2) una política: «promotor de sediciones»; y (3) una religiosa: «cabecilla de la secta de los nazarenos». Compárese el juicio de Cristo y las acusaciones que se hicieron en su contra (Lc 23.22). Por supuesto, ¡no tenían ninguna prueba de estos asuntos! Consideraban a Pablo una «plaga» (v. 5) mientras que generaciones de cristianos lo veían como el gran apóstol de Dios a los gentiles. Los incrédulos hoy no se dan cuenta que sus «hostigantes amigos cristianos» son en realidad sus mejores amigos. El rico en Lucas 16.19–31 le suplicó desde el infierno a Abraham ¡que enviara a Lázaro a visitar a sus hermanos y les testificara!

El argumento político también era falso. Pablo nunca trató de cambiar la política de los hombres, sino que predicaba el señorío de Cristo. Esto entraba en conflicto con la exigencia del César de que la gente le adorara como dios. «¡No tenemos más rey que César!» fue lo que los judíos gritaron ante Pilato (Jn 19.8–15). Estos hombres consideraban a la fe cristiana una secta, un grupo de personas ajenas a la verdadera fe judía. Miles de judíos habían creído en Cristo, pero todavía participaban en la adoración en el templo, de modo que se les miraba como una secta dentro de Israel y no una nueva religión. El término «nazareno» era de menosprecio: «¿De Nazaret puede salir algo de bueno?», preguntó Natanael (Jn 1.46).

¡Tértulo inclusive mintió respecto al valiente soldado Lisias! Nótese como «suavizó» la historia del motín en el templo (v. 6), ¡pero exageró lo que hizo Lisias! (v. 7). Los hombres que se oponen a la verdad no se detendrán ante nada para distorsionar la verdad o promover una mentira. Dios usó a Lisias para rescatar a Pablo y los judíos lo detestaban por eso. Los hombres pretenden obedecer la ley, pero estos hijos del diablo (Jn 8.44) ¡eran homicidas y mentirosos!

II. Una respuesta fiel (24.10–21)

Los cristianos tienen el derecho a usar la ley (establecida por Dios) para protegerse a sí mismos y al evangelio. Nótese que Pablo no dependió de la lisonja; véase 1 Tesalonicenses 2.1–6. Esperó hasta que el gobernador le dio permiso para que hablara, entonces tranquila y sinceramente contó su historia.

Félix había sido gobernador por seis o siete años, lo que era suficiente para considerarse «muchos años» (v. 10), ¡según los registros de esos días! Pablo respondió a las acusaciones con hechos. Sólo doce días antes (recuérdese el resumen cronológico dado anteriormente) había llegado a Jerusalén para adorar. ¡De ninguna manera podía haber organizado una revuelta en tan corto tiempo! Los acusadores no tenían testigos para probar que él hubiera causado problemas o que siquiera hubiera levantado la voz en el templo. Entonces el apóstol empleó la corte como púlpito para dar testimonio de su fe en Cristo. «Confieso, que según el Camino que ellos llaman herejía». Así pasó a afirmar que esta «herejía» era en realidad el cumplimiento de la fe judía. Pablo creía en la ley y en los profetas, esto es, las Escrituras completas del AT. Creía (como los fariseos) que habría una resurrección de los muertos. Cada día intentaba tener «una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres» (v. 16).

¿Era Pablo antijudío? ¡Cómo podía serlo cuando llevaba una ofrenda de amor a su nación para ayudarles en su tiempo de aflicción! Los «muchos años» del versículo 17 deben haber sido tres o cuatro años. Pablo visitó Jerusalén en cinco ocasiones diferentes: estos acontecimientos se registran en Hechos 9.26 (39 d.C.); 11.27–30 (45 d.C.); 15 (50 d.C.); 18.22 (53 d.C.); y 21.17 (58 d.C.). Habían pasado cinco años desde su última visita a Jerusalén. Los acusadores no podían probar con testigos que hubiera causado ningún problema; es más, ellos fueron los que empezaron el disturbio en el templo (21.27ss).

III. Una actitud insensata (24.22–27)

Félix tenían cierto entendimiento del «Camino» (la fe cristiana), pero rehusó tomar ninguna decisión. La pospuso con la excusa de que el tribuno debía comparecer primero. El gobernador fue amable con Pablo al concederle alguna libertad y acceso a sus amigos.

Félix celebró otro juicio, esta vez con su joven esposa Drusila presente. A pesar de lo joven que era, ya estaba viviendo en pecado, sin mucha diferencia a la familia de Herodes de la cual procedía. Es probable que estaba encantada con toda la pompa y ostentación de ser esposa del gobernador, ¡hasta que Pablo empezó a predicar la Palabra! Pablo se puso de pie ante ellos y habló, no a su favor, ¡sino respecto a la salvación de ellos! Tenía un argumento triple por el cual debían aceptar a Cristo: (1) rectitud o justicia: ellos debían hacer algo respecto al pecado pasado; (2) temperancia (dominio propio): debían vencer las tentaciones de hoy; (3) el juicio venidero: debían prepararse para este juicio.

El mensaje fue tan poderoso que Félix tembló. Pero el gobernador tuvo una actitud insensata, a pesar de que Dios le había hablado al corazón: pospuso su decisión por Cristo y usó a Pablo como un instrumento político con esperanza de recibir dinero de él. Pablo había admitido que había estado llevando ofrendas a los judíos (v. 17) y tal vez Félix pensó que el apóstol conseguiría su libertad mediante soborno. Tratando de congraciarse con los judíos, Félix dejó preso a Pablo dos años más antes que Porcio Festo le sucediera en el cargo.

No podemos sino admirar a Pablo mientras enfrentaba las falsas acusaciones de hombres perversos. Qué ejemplo para nosotros hoy en día. Pablo enfrentó los hechos con sinceridad y exigió que se presentara la verdad. Su preocupación era la salvación de los hombres, no la seguridad de su vida. Dios le había prometido que testificaría ante los gentiles y ante reyes (9.15), y esta experiencia era un cumplimiento de tal promesa.

Muchos pecadores hoy en día son como Tértulo, aduladores que se niegan a enfrentar la verdad. Otros son como Félix, que oyen la verdad y la entienden, e incluso se sienten culpables, pero rehúsan obedecer. Hay otros más como Drusila; oyó la Palabra y vio a su esposo profundamente conmovido, sin embargo, nada se dice de su decisión. Sin duda, sus pecados de juventud ya habían endurecido su corazón. Los historiadores nos dicen que murió a los veintiún años de edad, durante la erupción del monte Vesubio.

Hechos 25

I. Pablo apela a César (25.1–12)

Han transcurrido ya dos años desde los acontecimientos del capítulo 24. Lucas no registró las actividades de Pablo en Cesarea puesto que su propósito era explicar cómo Pablo finalmente fue de Jerusalén a Roma. Festo, el nuevo gobernador, era un hombre más honorable que no estuvo dispuesto a darle a Pablo un juicio falso (véase v. 16). En una visita de estado a Jerusalén, Festo encontró una «multitud de los judíos» (v. 24), que insistían que hiciera algo respecto a Pablo. Incluso el sumo sacerdote y los principales funcionarios mintieron con respecto a Pablo, pidiéndole a Festo que trajera al prisionero a Jerusalén para ser juzgado. Querían intentar de nuevo matar a Pablo en el camino (véase 23.12ss). Dios guió a Festo a rechazar la sugerencia de los judíos y de esta manera protegió a su siervo. El hombre propone, pero Dios dispone. Debemos admirar a este gobernador pagano por su honestidad y equidad.

Después de una visita de diez días, Festo regresó a Cesarea y celebró otro juicio a Pablo. De nuevo los judíos vinieron con sus quejas, las cuales no podían probar. ¡Con cuánta paciencia esperó Pablo a que Dios cumpliera su promesa de llevarle a Roma! Como José en la prisión egipcia, Pablo fue sometido a prueba mientras esperaba que la Palabra se cumpliera (Sal 105.17–20).

Ahora, el político que había en Festo afloró y le preguntó a Pablo si quería ir a Jerusalén para ser juzgado. Como Félix, quería complacer a los judíos y causar una buena impresión como nuevo gobernador (24.27). Pero Pablo se aferró a la promesa de Cristo de que iría a Roma. Años antes le había dicho que no se quedara en Jerusalén (22.17–18). Dios había anulado soberanamente las decisiones de Pablo y este se cuidó ahora de mantenerse lejos de Jerusalén. De nuevo, de esta manera Dios le protegió y llevó a Roma para sus años finales de ministerio. <%-3>Todo ciudadano romano tenía el derecho<%-2> a apelar al <%-3>César y que se le celebrara<%-2> juicio <%-3>en Roma y este fue el derecho que Pablo usó.<%0>

II. Pablo deja perplejo a Festo (25.13–22)

El nuevo gobernador tenía ahora un problema real en sus manos. Pablo era un prisionero notable y su juicio incluía a los líderes judíos y a su nación. Si Festo hacía lo correcto y dejaba en libertad a Pablo, se ganaría la ira de los judíos y como nuevo gobernador necesitaba desesperadamente la buena voluntad de ellos. Parecía que su problema quedaría resuelto con la venida de Agripa y Berenice, dos avezados gobernantes y políticos. Agripa era el hijo de Agripa de Hechos 12 y Berenice era la hermana mayor de Drusila, la esposa de Félix. La dinastía herodiana se había casado entre parientes y vivieron en pecado por muchos años.

Festo no le presentó a Agripa inmediatamente el caso de Pablo, sino que esperó el tiempo oportuno. Explicó la situación a su huésped como si el problema fuera mucho para él y como que pedía ayuda experimentada. No cabe duda de que este método apeló al orgullo de Agripa. Festo dijo que todo el caso era «ciertas cuestiones acerca de su religión» (v. 19). El inconverso no tiene comprensión de las cosas espirituales y ve poca diferencia entre una religión y otra. Festo también reconoció que Jesús estaba involucrado en el caso: Pablo decía que estaba vivo, pero los judíos decían que estaba muerto.

Entonces Festo dio la razón real por la cual quería que Agripa oyera a Pablo: el gobernador tenía que enviar a Pablo al César, ¡pero no tenía ninguna acusación real contra él! Véase el versículo 27.

III. Pablo enfrenta a la realeza (25.23–27)

Con gran pompa y ceremonia el séquito real se reunió en el tribunal al día siguiente. El mundo no tiene nada en sí mismo que satisfaga, de modo que necesita del «deseo de los ojos y el orgullo de la vida» (1 Jn 2.15–17) para darle algo de felicidad. El cristiano no necesita ninguna de estas cosas. Es más, los creyentes se sienten incómodos en presencia de tal pompa y ostentación.

Nótese cómo Festo presenta a Pablo: «¡Aquí tenéis a este hombre!» (v. 24). Sin embargo, Pablo era la más noble de todas las personas presentes en la reunión. Era el apóstol de Jesucristo, embajador en cadenas, ¡rey y sacerdote de Jesucristo! Los cristianos nunca deben sentir que el mundo tiene más que ellos; ¡Cristo nos ha enriquecido y nos ha dado un llamamiento celestial y una esperanza de gloria!

El juicio de Pablo fue similar al de Cristo en el sentido de que toda la gente que participó reconocía que no era digno de muerte y que debía dejarse en libertad. El tribuno Lisias admitió que ningún delito tenía (23.29); Festo aquí admitió que Pablo no había hecho nada digno de muerte (25.25); y hasta Agripa estuvo de acuerdo con este veredicto (26.31). «¿Cómo puedo enviar un prisionero a César si no tengo ningún crimen de qué acusarlo?», preguntó Festo y entonces Agripa le dio permiso a Pablo para hablar.

Hechos 26

I. La explicación personal de Pablo (26.1–23)

Las manos de Pablo estaban atadas (v. 29) de modo que al estirarlas deben haber sido un sermón en sí mismas. Aquí estaba el gran apóstol, encadenado a causa de su fidelidad a Cristo. En Filipenses 1.13 dice que sus cadenas eran «en Cristo» y una bendición antes que una carga. Nótese la manera cortés en que Pablo se dirige al rey. Podía no respetar al hombre, pero sí el oficio. Véase Romanos 13 y 1 Pedro 2.13–17. Agripa era «experto» en cuestiones relacionadas con los judíos, de modo que Pablo pensó que tendría una audiencia justa e inteligente. La defensa y explicación personal de Pablo pueden resumirse en algunas frases clave:

A. «Viví fariseo» (vv. 4–11).

Véanse en 22.3ss, 9.1ss y Filipenses 3 información adicional de los primeros años de Pablo. Tan famoso fue Pablo como joven rabí que podía decir que «todos los judíos» en Jerusalén conocían su vida. Sin embargo, en Filipenses 3 Pablo dijo que consideraba toda esta posición y prestigio como basura en comparación con conocer a Cristo y vivir por Él. En los versículos 6–8 mencionó de nuevo la cuestión de la resurrección. (Véase 23.6–10.) Dios había prometido a la nación un reino y gloria. En 13.27–37, Pablo explicó que las promesas hechas a David se cumplieron mediante la resurrección de Cristo de entre los muertos. Si Israel hubiera recibido a Cristo (en Hch 1–7), hubiera recibido su reino. Pero los judíos estaban seguros de que Cristo estaba muerto (25.19); Pablo afirmó que la resurrección de Cristo es lo que da esperanza a Israel. Pablo pasó a describir sus días como perseguidor y homicida, llevando el relato hasta el día de su conversión.

B. «Vi una luz» (vv. 12–13).

Nadie había experimentado jamás el tipo de conversión maravillosa de Pablo. Mientras ejecutaba sus planes asesinos, Pablo vio brillar en el cielo la gloria de Dios. Ciertamente había estado en tinieblas espirituales hasta entonces (véase 2 Co 4.1–6), pero ahora el Hijo de Dios se le había revelado. Véase 1 Timoteo 1.12ss.

C. «Oí una voz» (vv. 14–18)

La Palabra de Dios es lo que convence y convierte el alma. Pablo pasó toda su vida oyendo las «voces de los profetas; pero ese día oyó la voz del Hijo de Dios». Véase Juan 5.21–25, donde se describe este milagro de resurrección espiritual. Nótese que Pablo estaba persiguiendo a Cristo y no simplemente a su pueblo. Como miembros de su Cuerpo, los creyentes participaban de sus sufrimientos y Él en los de ellos. «Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (v. 14), le dijo Cristo, refiriéndose a la vara que los granjeros usan para aguijonear al ganado. Jesús estaba comparando a Pablo ¡con un animal obstinado que no quería obedecer! ¿Qué «aguijones» estaba usando Dios para traer a Pablo a Cristo? La muerte de Esteban desde luego fue uno, porque Pablo nunca lo olvidó (22.17–20). La conducta piadosa de los santos que perseguía debe haberle tocado el corazón. De seguro las Escrituras del AT le hablaron al corazón con nueva convicción. Dios usó diferentes cosas para traer a Pablo al arrepentimiento, así como lo hace con los pecadores hoy.

Pablo llamó a Jesús «Señor» y entonces el Salvador le reveló su nombre. Véase Romanos 10.9, 10. Lea con cuidado la comisión de Cristo a Pablo, notando su ministerio especial a los gentiles y compare los otros relatos en Hechos de la conversión de Pablo. ¡El versículo 18 es una hermosa descripción de la salvación!

D. «No fui rebelde!» (vv. 19–21).

Pablo vio la luz, abrió su corazón a Cristo y entonces de inmediato empezó a testificar a otros. Obedecer a Dios significa sufrir la ira de los hombres, pero Pablo fue fiel.

E. «Persevero hasta el día de hoy» (vv. 22–23).

Por cierto, esta frase resume la vida de Pablo y la de cualquier pecador que confía en Cristo y procura servirle. Pablo fue fiel y perseveró. La fidelidad a Cristo es una evidencia de la verdadera salvación.

II. La apasionada exhortación de Pablo (26.24–32)

Pablo llegó hasta la palabra «gentiles» y Festo le interrumpió, exactamente como lo hicieron los judíos en el templo (22.21). Festo acusó a Pablo de estar loco, así como acusaron a Cristo sus amigos y parientes (Mc 3.20–21, 31–35). Festo atribuyó la «locura» de Pablo a su mucha erudición, lo cual muestra que Pablo era un hombre brillante y gran estudiante. Dios nunca desacredita el estudio, a menos que este desacredite su Palabra.

El apóstol «arrinconó» a Agripa e ignoró a Festo. Pablo sabía que Agripa era experto en estos asuntos, que leía y creía en los profetas, y que conocía los acontecimientos referentes a Cristo. Mientras más luz tiene una persona, más responsable es al tomar una decisión. Nótese que es posible tener fe y quedarse corto en cuanto a la salvación. Agripa creía en los profetas, pero su fe no le salvó.

La respuesta de Agripa se ha interpretado de diferentes maneras. Algunos dicen que estaba en realidad bajo convicción y que casi se salva. Nuestro himno de invitación «¿Te sientes casi resuelto ya?» se basa en esta idea. Pero el significado literal del versículo 28 es: «¿Con tan poquito vas a persuadirme a ser cristiano?» No hay evidencia de convicción aquí y Agripa usó la palabra «cristiano» como un término de menosprecio. La idea detrás de esta respuesta es: «¡Se necesita mucho más que esto para hacer de un judío como yo uno de esos detestables cristianos!»

Pero Pablo usó esta acotación como la base para un apasionado llamado en el versículo 29, suplicando a la asamblea real que confiara en Jesucristo. Triste es decirlo, pero hay dos clases de personas: «casi cristianos» y «cristianos completos». Agripa era un «casi cristiano»; comprendió la Palabra, oyó la verdad, pero rehusó hacer algo al respecto. Su intelecto recibió instrucción, sus emociones fueron tocadas, pero su voluntad permaneció inmóvil.

Este intercambio cerró el juicio. El rey y su séquito salió del recinto con Festo y sostuvo una reunión en privado, en la cual todos concordaron en que Pablo era inocente. Las palabras de Agripa en el versículo 32 son una crítica a la petición de Pablo por un juicio romano. Miraba la situación a través de los ojos de un inconverso y no se daba cuenta del peso que sentía el apóstol en su corazón por ir a Roma. Este juicio era el medio de Dios para llevarlo allá. Los judíos hubieran matado a Pablo, pero los romanos contribuyeron a que este cumpliera la voluntad de Dios.

Hechos 27

Asegúrese de consultar con sus mapas mientras lee este relato del viaje y naufragio de Pablo. En 2 Corintios 11.25, escrito unos tres años antes, Pablo mencionó que había sufrido tres naufragios; de modo que el que se describe en este capítulo sería el cuarto. Pablo estaba dispuesto a correr cualquier riesgo con tal de llevar el evangelio al mundo perdido. ¿Lo estamos nosotros?

I. El viaje hasta Buenos Puertos (27.1–8)

A Pablo lo acompañaban Lucas (nótese las secciones «nosotros») y Aristarco (véase 19.29; 20.4; también Flm 24 y Col 4.10). ¡Qué reconfortante debe haber sido para Pablo tener a estos hombres a su lado! El centurión, Julio, fue amable con Pablo, porque «cuando los caminos del hombres son agradables a Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él» (Pr 16.7). Por lo general, la Biblia presenta a los centuriones como hombres amables e inteligentes. Julio le permitió a Pablo visitar a la iglesia reunida en Sidón, lo cual refrescó al apóstol física y espiritualmente. En Mira cambiaron de embarcación.

Desde el mismo comienzo, el viaje no fue nada alentador. «Los vientos eran contrarios» (v. 4) y avanzaron «navegando muchos días despacio» (v. 7). Por último, la nave arribó a Buenos Puertos.

II. Pablo advierte del peligro (27.9–14)

Era octubre. «El ayuno» a que se refiere el versículo 9 era el Día de la Expiación. Los meses que seguían al inicio del otoño eran peligrosos para navegar, así que se discutió si la nave debía o no continuar hacia Roma. Pablo, bajo la dirección de Dios, les advirtió que sería desastroso, pero el centurión no lo quiso escuchar. Había por lo menos cinco factores que contribuyeron a la decisión equivocada del centurión:

A. Impaciencia.

Había pasado mucho tiempo (v. 9). Por lo general, siempre que nos impacientamos nos precipitamos y desobedecemos la voluntad de Dios. No debemos ser como el caballo que se adelanta, ni como la mula que se retrasa (Sal 32.9), sino como la oveja obediente que sigue al pastor.

B. Consejo experto.

El centurión oyó al piloto y al dueño de la nave y no al mensajero de Dios. El centurión tenía fe, ¡pero su fe estaba en las personas equivocadas! La sabiduría de Dios es mucho mejor que la de los hombres. La persona que conoce la Palabra de Dios sabe más que los «expertos» (Sal 119.97–104). En tanto que el conocimiento es importante, también necesitamos sabiduría (Stg 1.5).

C. Incomodidad.

«Siendo incómodo el puerto para invernar» (v. 12), el centurión no podía aceptar que tuvieran que quedarse por tres meses en un lugar como ese.

D. La regla de la mayoría.

Se sometió a votación (v. 12) ¡y Pablo perdió la votación! En la Biblia usualmente la mayoría está equivocada; sin embargo, hoy en día la excusa común es: «¡Todo el mundo lo hace!»

E. Circunstancias favorables.

«Soplando una brisa del sur» (v. 13), les pareció que era el viento que necesitaban y que demostraba cuán equivocado estaba Pablo. Debemos ser precavidos ante las «grandes oportunidades» o las «circunstancias ideales» que parecen contradecir la Palabra de Dios.

Cada uno de los factores indicados pueden obrar en los cristianos de hoy. Debemos tener cuidado para obedecer la Palabra de Dios por fe, aun cuando las circunstancias parecen demostrar que estamos equivocados.

III. La tempestad (27.15–26)

El tibio viento del sur se convirtió en una terrible tempestad, como es común que ocurra cuando desobedecemos la Palabra de Dios. «Euroclidón» es en parte griego y en parte latín, y es una palabra que significa «viento del este y viento del norte». Nótese que Lucas usa «nosotros» en esta sección, indicando que toda la tripulación y los prisioneros estaban afanados tratando de salvar la nave. Primero, subieron a bordo un pequeño bote que la nave llevaba a rastras (v. 16). Luego, pusieron sogas o cabos alrededor de la nave para que no se desbaratara (v. 17). La siguiente acción fue arriar parte de las velas, dejando sólo la suficiente como para mantener el rumbo (v. 17b). Al día siguiente empezaron a aligerar la nave, echando por la borda una porción del cargamento (v. 18); y al tercer día (v. 19) arrojaron incluso los «aparejos» (la palabra griega significa «mobiliario»). ¡Todo fue necesario porque la gente no creyó a la Palabra de Dios!

Al comparar el versículo 27 con el 19 vemos que los «muchos días» del versículo 20 fueron once. ¡No había luz ni esperanza! ¡Qué cuadro de las almas perdidas de hoy, echadas de aquí para allá en la tormenta de la desobediencia y el pecado, sin Dios, sin esperanza! (Véase Sal 107.23–31.) Pablo entonces se puso de pie y se hizo cargo de la situación, recordándoles a los hombres que su aprieto era el resultado de no haber escuchado la advertencia de Dios. Pero Pablo tenía no sólo un reproche; sino también un mensaje de esperanza de Dios (Hch 23.11). Dios le había prometido a Pablo que ministraría en Roma y él creía en Su Palabra. Es la fe en la Palabra de Dios lo que nos da esperanza y seguridad en las tormentas de la vida. Dios también le había dicho a Pablo que la nave naufragaría en cierta isla, pero que todos los pasajeros y la tripulación llegarían a salvo a tierra.

IV. El naufragio (27.27–44)

Tres días más tarde, a medianoche, las palabras de Pablo se hicieron realidad. Los marineros oyeron el rompiente y supieron que estaban acercándose a tierra. Echaron la sonda varias veces y comprobaron que en efecto las aguas eran cada vez menos profundas y que estaban cerca de tierra. Ahora surgió un nuevo temor: ¿Sería lanzado el barco contra las rocas y todos morirían? Como una medida de seguridad echaron cuatro anclas, sólo para más tarde cortarlas (v. 40). Algunos de los marineros trataron de escapar en el bote que habían recogido anteriormente (v. 16), pero Pablo detectó el complot y los detuvo. Nótese que Pablo dice en el versículo 31 «vosotros no podéis salvaros», mas no dijo «nosotros» como si pensara en sí mismo y sus amigos.

Por primera vez en dos semanas la luz empezó a aparecer y Pablo animó a los hombres a que comieran algo. Los efectos de la tormenta, la necesidad de vigilancia constante, la falta de alimento debido a la acción de aligerar la nave y tal vez el deseo de ayunar para complacer a sus dioses les había impedido comer. Sin vergüenza, Pablo dio gracias delante de 275 personas (v. 37) y dio ejemplo comiendo.

Al rayar el día vieron una ensenada de una isla, cortaron las cuatro anclas e izando la vela enfilaron derecho hacia allí. La parte frontal de la nave encalló en el lodo, mientras que las olas batían la proa. Satanás estaba de nuevo obrando cuando los soldados planearon matar a todos los prisioneros (incluyendo a Pablo), pero el centurión creyó a Pablo esta vez y dijo a todos a bordo que trataran de llegar a tierra como mejor pudieran. La última afirmación (v. 44) vindica la verdad de la promesa de Dios en los versículos 22 y 34: «todos se salvaron saliendo a tierra». Estaban en la isla de Malta.

Dios libró a 276 por causa de un hombre: el apóstol Pablo. ¡Qué preciosos son para Él sus santos! Dios estuvo dispuesto a librar a Sodoma y a Gomorra si hubiera hallado diez personas justas (Gn 18) y no envió su ira hasta que Lot y su familia escaparon con seguridad. Dios retiene su juicio sobre este mundo impío debido a que la Iglesia todavía está en el mundo; pero cuando seamos arrebatados, sus juicios caerán (2 Ts 2). Satanás trató de impedir que Pablo llegara a Roma, pero la Palabra de Dios prevaleció: «Ninguna palabra de todas sus promesas[...] ha fallado» (1 R 8.56).

Hechos 28

I. El ministerio en Malta (28.1–10)

Para los griegos un «natural» era cualquiera que no hablaba griego. El grupo se quedó tres meses (v. 11) en Malta y los nativos los trataron con amabilidad. Podemos imaginarnos cuánto frío tenían y cuán empapados estaban los prisioneros cuando llegaron a tierra. A pesar de que Pablo era ahora el líder y salvador del grupo, sin embargo, ayudó a recoger ramas secas para la fogata. (Véase 20.34–35.) Satanás la serpiente le atacó, pero Dios le protegió. (Véase Mc 16.18.) La reacción de los nativos fue exactamente lo opuesto a la de los de Listra (14.11–19). ¡Tenga cuidado en confiar en las opiniones de la multitud!

El principal de la isla era Publio, quien permitió que Pablo y sus acompañantes de quedaran con él tres días. Pablo sanó al padre del hombre y luego curó a muchos de los nativos enfermos. Dios le permitió a Pablo que realizara estos milagros para ganar la confianza de gente que, a su vez, ayudaron a Pablo y al grupo cuando salieron para Roma tres meses más tarde (v. 10). Parece ser que el don de milagros y sanidad desapareció gradualmente durante el ministerio de Pablo. Dios le dio a Pablo «milagros extraordinarios» en Éfeso (cap. 19) para testificar a los gentiles; y aquí en Malta, le dio el poder de sanar. Sin embargo, cuando escribió desde Roma, dos años más tarde, informó que Epafrodito había estado enfermo y casi se muere (Flp 2.25–30); y en 2 Timoteo 4.20 indicó que había tenido que dejar a Trófimo enfermo en Mileto.

II. El viaje a Roma (28.11–16)

El grupo permaneció en Malta durante noviembre, diciembre y enero; entonces, tomando una nave que transportaba grano y que había invernado en Malta, se dirigieron a Roma. «Cástor y Pólux» eran los «santos patrones» de la navegación, y con frecuencia se tallaban sus imágenes en las naves. Tenemos otro «viento sur» en 28.13, muy diferente al «viento sur» de 27.13. En Puteoli Pablo tuvo compañerismo con los creyentes por una semana, tal vez mientras la nave se detenía por asuntos de negocios.

Cuando corrió la voz de que Pablo había llegado a Roma (Puteoli era el principal puerto de Roma), los creyentes hicieron arreglos para verle. Puesto que Pablo permaneció en Puteoli por una semana, hubo tiempo suficiente para que se llevaran mensajes entre las iglesias. ¡Qué maravilloso es ser parte del compañerismo del evangelio y hallar dondequiera que vamos «hermanos» en Cristo! El «Foro de Apio» era literalmente «el mercado de Apio», y se refiere a un pueblo como a sesenta kilómetros de Roma, sobre la famosa Vía Apia. Aquí Pablo recibió una delegación de creyentes; luego, quince kilómetros más adelante, otro grupo le recibió en las Tres Tabernas. (Esta palabra latina que se traduce «taberna» no significa lo mismo que la palabra castellana hoy en día. Una «taberna» romana era cualquier clase de tienda o almacén.) A Pablo le alentó ver a esos creyentes, a quienes había escrito su epístola a los Romanos unos tres años antes.

«Cuando llegamos a Roma» (v. 16). Qué simple la manera en que Lucas describe la llegada de Pablo a la ciudad que había anhelado por tantos años visitar. No hay descripción aquí de la belleza de la ciudad, por cuanto Pablo no estaba allí como turista, sino como embajador. Véase Romanos 1.11–13.

III. Presentación a los judíos romanos (28.17–22)

Como en otras ciudades, Pablo quería empezar con los de su nación y tratar de ganarlos para Cristo. Véase en Romanos 9.1, 2 y 10.1 el peso que sentía. Empezó afirmando su inocencia y les dijo la razón real para reunirlos. «La esperanza de Israel» en el versículo 20 se refiere a la resurrección de Cristo y los versículos 5.31; 23.6; 24.14–15; y 26.6–8 tienen temas similares. Véase también 13.27–37 y las notas respecto a 26.6. La resurrección probó que Cristo era el Mesías y todas las bendiciones de Israel descansaban en Él. Nótese, sin embargo, que Pablo no le ofreció a Israel el reino, sino que más bien predicó el reino de Dios, lo que quiere decir el evangelio de la gracia de Dios (véase v. 31).

Los líderes judíos romanos no habían oído ninguna acusación contra Pablo, pero sí los comentarios que se hacían en contra de la «secta» de los cristianos. En Hechos se mencionan tres sectas: los saduceos (5.17), los fariseos (15.5), y los cristianos (24.5; 28.22). Los judíos señalaron un día para reunirse de nuevo con Pablo y discutir sobre la Palabra.

IV. Los judíos rechazan el evangelio (28.23–31)

Pablo no estaba en la cárcel, sino más bien en su casa alquilada, encadenado a un soldado romano, pero con libertad para recibir visitantes. Cuando los líderes judíos llegaron, Pablo les explicó las Escrituras del AT y les presentó a Jesús como el Cristo. Compárese el versículo 23 con Lucas 24.13–35, donde Cristo usó a Moisés y a los profetas para abrir los corazones de los dos hombres desalentados. Sin embargo, hay un contraste en los resultados: los discípulos de Emaús creyeron la Palabra y se convirtieron en misioneros, en tanto que los judíos romanos en su mayoría rechazaron la Palabra y no quisieron creer. La frase «desde la mañana hasta la tarde» (v. 23) describe muy bien la historia de Israel: de la luz de la revelación de Dios a las tinieblas de la incredulidad (2 Co 4).

Por favor, tenga presente que Pablo no le ofreció a estos hombres el reino. Había escrito la epístola a los Romanos tres años antes, explicando en los capítulos 9–11 que Israel había sido puesto a un lado. La Iglesia ahora ocuparía el programa de Dios para la edad venidera.

Por quinta vez en la historia de Israel se cumplía la profecía de Isaías. Más de setecientos años antes Dios le había dicho a Isaías que Israel rechazaría su Palabra y se negaría a oír su mensaje. Cuando acusaron a Cristo de confabulación con Satanás (Mt 12), nuestro Señor citó la misma profecía al darles las parábolas del reino (Mt 13.14–15). Al concluir su ministerio, Jesús habló de nuevo de esta profecía (Jn 12.37–41). Pablo la citó en Romanos 11.8; y ahora la usa por última vez. Dios había estado hablándole a su pueblo por más de setecientos años. ¡Qué paciencia! El versículo 28 no quiere decir que por primera vez Pablo se fue a los gentiles. Simplemente significa que, ahora que se le había dado la oportunidad a Israel en Roma y la había rechazado, Pablo se volvía a los gentiles. Tenía las manos limpias de su sangre; les dio la oportunidad de la salvación. Este fue el modelo que Pablo siguió desde el mismo comienzo (Hch 13.44–49).

Pablo permaneció prisionero por dos años, predicando y enseñando libremente la Palabra. Fue durante este tiempo que escribió las cartas a los Efesios, Filipenses, Colosenses y Filemón. La gente a menudo se imagina a Pablo encadenado a la pared de una mazmorra, cuando en realidad disfrutaba de gran libertad. Su primer período en Roma duró desde el año 61 al 63 d.C.; luego lo pusieron en libertad alrededor de tres años, durante los cuales escribió su primera carta a Timoteo y otra a Tito. Tal vez en este tiempo fue cuando visitó Filipos, Colosas y varias de las otras iglesias de Asia. Quizás también realizó su proyectado viaje a España (Ro 15.24, 28). En el año 66 d.C. lo arrestaron de nuevo y esta vez su situación no fue fácil. Al leer 2 Timoteo, escrita en ese tiempo, vemos la soledad y el sufrimiento que soportó. A fines del año 66 d.C., o a principios del 67, sufrió el martirio habiendo terminado su carrera y guardado la fe.