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miércoles, 28 de enero de 2009

CONOSCA A LOS PROFETAS MAYOYES por Ralph Earle, Th. D.

CONOZCA LOS PROFETAS

MAYORES

por

Ralph Earle, Th. D.

Catedrático Emérito de Literatura Bíblica

Seminario Teológico Nazareno

Casa Nazarena de Publicaciones

2923 Troost Avenue, Kansas City, Missouri 64109 U.S.A.


Esta obra apareció en inglés con el título de Meet The Major Prophets. Fue traducida por Ismael E. Amaya bajo los auspicios del Departamento de Publicaciones Internacionales.

Edición corregida, 1982

Tercera impresión, 1985

Printed in U.S.A. Impreso en E.U.A.

9/82


PREFACIO

Este libro es complemento de Conozca los Profetas Menores. La aceptación generosa otorgada a la obra anterior, ha estimulado en el autor la creencia de que hay un deseo creciente por el estudio de la Biblia, cuan­do éste se presenta no como un tomo de muerte, sino como un libro de vida.

Los capítulos sobre Isaías son más grandes que los de los otros tres profetas. La mayoría de los estudiantes de la Biblia estará de acuerdo en dar un mayor énfa­sis al “príncipe de los profetas.” El mensaje de Isaías es más comprensivo y tiene un significado más contem­poráneo.

Nadie leerá cuidadosamente los mensajes de estos cuatro Profetas Mayores sin sentir su estrecha pertenen­cia a los tiempos modernos. Aunque fueron escritos en tiempos del Antiguo Testamento, están repletos de ac­tualidad. El hombre, hoy como siempre, necesita oír el sonido en su alma, que diga: “Así ha dicho Jehová.”

—RALPH EARLE


Contenido

Capítulo

CAPITULO UNO

El Príncipe de los Profetas

CAPITULO DOS

El Profeta de Consuelo

CAPITULO TRES

El Profeta Llorón

CAPITULO CUATRO

El Profeta del Castigo

CAPITULO CINCO

El Profeta Cautivo

CAPITULO SEIS

El Profeta Apocalíptico


CAPITULO UNO

EL PRINCIPE DE LOS PROFETAS

Isaías 1—39

Nombre: Significa “Jehová salva.”

Ciudad Natal: Jerusalén.

Fecha de su Ministerio: Aproximadamente entre 740 y 700 A.C.

Lugar de su Ministerio: El Reino del Sur o Judá.

División del Libro:

I. Profecías Concernientes a Judá y Jerusalén (capítulos 1—12).

II. Sentencias en Contra de las Naciones Extran­jeras (capítulos 13—23).

III. Mensajes de Salvación (capítulos 24—27).

IV. Advertencia en Contra de la Alianza con Egip­to (capítulos 28—35).

V. Historia del Tiempo de Ezequías (capítulos 36—39).

VI. El Mensaje de Consuelo (capítulos 40—66).

Versículos para memorizar: 9:6; 26:3; 32:17; 41:10, 13; 53:5; 55:6-7.

I. PROFECIAS CONCERNIENTES A JUDA Y JERUSALEN (capítulos 1—12)

A. EL TITULO (1:1)

Al igual que otros libros proféticos del Antiguo Tes­tamento, el primer versículo de Isaías nos da el título del libro. Por tanto, la profecía propiamente dicha, co­mienza con el versículo dos.

El encabezado nos indica el lugar que el libro ocu­pa en la cronología de la historia. Isaías profetizó “en días de Uzzías, Jotham, Achaz y Ezequías, reyes de Ju­dá.” El primer versículo del libro de Oseas menciona los mismos cuatro reyes, pero agrega el nombre de Je­roboam II de Israel, siendo que Oseas profetizó en el Reino del Norte. El ministerio de Isaías fue en el Reino del Sur—Judá; por eso sólo menciona los reyes de ese reino. Las fechas serían alrededor de los años 740-700 A.C.

Parece que Isaías fue un ciudadano de Jerusalén y consejero de sus reyes. Fue tanto un estadista como un profeta.

B. EL PREFACIO (1:2-31)

El primer capítulo de Isaías debe ser considerado como un prefacio al libro, escrito después del resto del mismo, como generalmente se escriben los prefacios. Es­to se deduce por el carácter general y comprensivo del capítulo, y también porque el primer versículo del capítulo dos dice: “Lo que vio Isaías, hijo de Amoz, to­cante a Judá y a Jerusalén.” Estas palabras parecen in­dicar el principio del cuerpo principal del libro.

El tono de este prefacio es de un castigo severo. En el versículo cuatro el profeta señala a su país como “gente pecadora, pueblo cargado de maldad.” En este versículo se encuentra la frase clave sobresaliente de Isaías, el “Santo de Israel,” que se encuentra como vein­ticinco veces en el libro. Sin duda que hay una relación entre esta frase típica y la visión que el profeta tuvo de la santidad de Dios. Para él, Jehová era sobre todas las cosas, “el Santo de Israel.”

La triste condición moral de la nación se describe en el versículo seis como la de una persona enferma, cu­bierta con llagas podridas de pies a cabeza. Esto se de­be a la rebelión del pueblo en contra de Dios.

En el versículo nueve se hace mención de un énfa­sis importante de Isaías—el “remanente.” No importa qué tan perversa fuera la nación, siempre habría unos pocos fieles.

En los versículos 10-15, Isaías hace que su trompeta suene la misma nota de su contemporáneo Amós—que la justicia es más importante que el ritual. Dios dice que está harto de ver a la gente traer sus sacrificios y hollar sus atrios. El ritualismo, cuando no está respal­dado por la justicia, es rebelión en contra del “Santo de Israel.”

Entonces Dios dice a Judá: “Lavad, limpiaos;... de­jad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien” (vrs. 16-17). Y luego viene esa gran invitación de la Deidad a la humanidad: “Venid luego, dirá Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos: si fueren rojos co­mo el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (v. 18).

C. LAS TRES JERUSALENES (capítulos 2—4)

1. La Jerusalén Gloriosa (2:2-5). Isaías nos dice “lo que él vio... tocante... a Jerusalén” (2: 1). La prime­ra visión es la vislumbre de una gloria futura. “En lo postrero de los tiempos” Jerusalén será la capital de las naciones, y todos los pueblos correrán a ella para ado­rar. La palabra del Señor saldrá de Jerusalén, y la gue­rra será sobrepujada por la paz. Todo esto se cumplió parcialmente en la Crucifixión, Resurrección y Pente­costés en Jerusalén, y en la predicación del Evangelio que comenzó allí. Pero para su cumplimiento completo debe esperarse la segunda venida de Cristo.

2. La Jerusalén Sucia (2: 6—4: 1). La mayor par­te de estos tres capítulos describe el pecado de Jerusa­lén y el castigo subsecuente. Aparentemente las cosas re­flejaban mucha prosperidad. La tierra estaba “llena de plata y oro” y también “llena de caballos” (v. 7). Pero también estaba “llena de ídolos” (v. 8). La prosperi­dad y la idolatría a menudo van juntas.

En el capítulo dos, versículo doce, encontramos otra frase clave de Isaías y otros profetas—“el día de Jehová.” Será un día de castigo sobre la gente por su soberbia.

Siempre hay el eterno contraste entre el justo y el impío. “Decid al justo que le irá bien: porque comerá de los frutos de sus manos. ¡Ay del impío! mal le irá: porque según las obras de sus manos le será pagado” (3:10-11).

La descripción que el profeta hace de las mujeres de Judá en aquel tiempo (3:16-23), tiene por desgracia mucha actualidad. La humildad y la sinceridad siguen siendo las virtudes cardinales del reino de los cielos.

3. Jerusalén la Piadosa (4:2-6). Un remanente re­dimido, lavado de sus pecados, será llamado santo. Dios mismo habitará en medio de esta Jerusalén gloriosa.

D. LA VIÑA DEL SEÑOR (capítulo 5)

1. La Viña del Señor (vrs. 1-7). Esta hermosa pa­rábola es un cuadro del cuidado amoroso de Dios en proteger, preparar y plantar su viña; El “habíala cerca­do, y despedregádola, y plantádola de vides escogidas” (v. 2). También edificó una torre para que los ladro­nes no se acercaran, e hizo un molino para trabajar las uvas. Pero cuando buscó fruto, sólo encontró uvas silvestres.

La viña se identifica como “la casa de Israel” y las vides plantadas en ella son “los hombres de Judá” (v. 7). Por cuanto la viña no produjo buen fruto, será destrui­da (vrs. 5-6).

2. Uvas Silvestres (vrs. 8-23). Aquí se enumeran seis clases de uvas silvestres, cada una de ella antece­dida por un “¡ay!” La primera es avaricia insaciable (vrs. 8-10). “¡Ay de los que juntan casa con casa, y alle­gan heredad a heredad hasta acabar el término! ¿Habi­taréis vosotros solos en medio de la tierra?” ¡Qué fi­gura patética de los que se pasan la vida adquiriendo propiedades y amasando fortunas, sólo para dejarlo to­do en la muerte! No hay una tragedia más tonta que ésta.

La segunda clase de uvas silvestres se identifica como la embriaguez (vrs. 11-17). Con toda nuestra edu­cación y hazañas vanidosas, estamos convirtiéndonos rá­pidamente en un mundo de alcohólicos, como Judá lo era en los días de Isaías.

El tercer “¡ay!” se pronuncia en contra del desafío a Dios (vrs. 18-19). La gente lleva el pecado como en carretas y luego desafían al Santo de Israel a que apre­sure su castigo. Pero esa obra de juicio vendrá más pronto de lo que ellos desean.

La cuarta uva silvestre es confusión moral (v. 20): “ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno ma­lo.” Esto todavía se hace en nuestros días.

El quinto mal es la soberbia (v. 21). Las personas eran “sabias en sus ojos.”

El sexto “¡ay!” repite la acusación de la embria­guez (vrs. 22-23), con su resultante injusticia en los negocios.

3. Las Consecuencias (vrs. 24-30). Toda esta con­dición de pecado resultará en castigo, que será como fuego que devora la madera y como llama que consume la paja. Esto es porque “desecharon la ley de Jehová de los ejércitos, y abominaron la palabra del santo de Israel” (v. 24). “Por esta causa se encendió el furor de Jehová contra su pueblo, y extendió contra él su mano” (v. 25).

E. LA VISION DE ISAIAS (capítulo 6)

Fue en el año en que murió el rey Uzzías. Ese rey grande y piadoso había levantado la nación de Judá a su nivel más elevado de prosperidad desde los días de David y Salomón. Durante los cincuenta y dos años de su ilustre reinado, conquistó a los filisteos en la costa occidental y a los árabes en los desiertos del este. Los ammonitas del otro lado del Jordán se sometieron tra­yendo regalos, y el nombre de Uzzías se hizo famoso desde Egipto hasta el Eufrates.

Al mismo tiempo fortificó la capital, Jerusalén. Edi­ficó torres de observación sobre las esquinas de sus ma­cizas murallas y también sobre las puertas. Algunos de sus “expertos” inventaron catapultas que pudieran arrojar grandes piedras desde las murallas sobre cual­quiera que quisiera tomar la ciudad. Estos fueron los precursores de los cañones del siglo XIX. Otras cata­pultas antepasadas de las ametralladoras modernas, arro­jaban flechas. La pequeña Judá estaba en su apogeo de poder y prosperidad.

Isaías, el joven profeta-patriota, se sentía orgullo­so de su pueblo. Quería estar al frente del desfile cuan­do el reino marchara hacia su edad de oro. El futuro es­taba adornado de promesas.

Pero de repente todo se arruinó. En un momento de soberbia y voluntad propia el rey decidió ofrecer in­cienso en el altar de oro del lugar santo. Esto era pre­rrogativa del sacerdocio. Ochenta sacerdotes entraron al templo para impedir que el monarca hiciera tremen­da locura.

El furor de Uzzías se desató en contra de ellos. ¿Quién se atreve a desafiar al rey? Por un momento se olvidó de que estaba desafiando al Rey de reyes.

De repente vio que los sacerdotes se volvieron de él con horror. La terrible marca de la lepra se veía cla­ramente en su frente. Uzzías era un hombre castigado por Dios. Aterrado, huyó del lugar santo para ir a vi­vir una vida solitaria en un leprosario por el resto de sus días. Sus conquistas llegaron a su fin porque él no pudo conquistarse a sí mismo. Había olvidado que la su­misión a la voluntad de Dios es la victoria más grande que un hombre puede ganar.

El corazón del pobre profeta se llenó de quebranto. Pero quizá él haya orado así: “Oh Dios, tú sanaste a María de su lepra, cuando murmuró en contra de Moi­sés en el desierto. ¿No te agradaría sanar al rey y res­taurarlo al trono otra vez?” Toda esperanza se desva­neció cuando un día el temido mensaje vino: “El rey está muriendo.”

1. Su Dios Santo. En esa hora triste Isaías hizo lo único que puede hacer el hombre mortal. Fue al tem­plo y se postró delante del Señor. Mientras estaba oran­do, levantó sus ojos humedecidos por las lágrimas, tuvo una visión, y ¡qué visión! Parecía como que miraba el trono de Judá, ahora vacío, perdiéndose de vista, y su corazón se hundió juntamente con él. Pero súbitamente, vio otro trono levantándose sobre el horizonte. Y este no estaba vacío. En él estaba sentado el Rey de reyes y Señor de señores. El joven profeta aprendió aquel día que aunque los reinos terrenales pueden tambalear y los tronos caer, el eterno reino de Dios permanece se­guro. En el centro del universo está sentado el Rey To­dopoderoso, supremo, sereno, tranquilo en la confianza de su infinito poder para enderezar todos los errores y restaurar todas las ruinas causadas por el hombre.

Pero Isaías no sólo vio “al Señor sentado sobre un trono alto y sublime.” Alrededor del trono había serafi­nes. Estas criaturas santas, hechas para habitar en la presencia de la Deidad, cubrían sus rostros y sus pies con reverencia delante del Santo de Israel.

La necesidad más grande que hay en el mundo hoy día, es de la renovación del sentido de lo sagrado de la vida. El pecado se tiene como un chiste. La santidad se menosprecia con mofa. Es necesario encarar al hombre con Dios.

El profeta no solamente vio; él oyó. A través del espacio infinito, se oyó el eco de los serafines: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria.” Pero ¡cuán pocos son los que tienen ojos para ver, oídos para oír, y corazones para sentir la gloria de Dios—brillando en una hermosa puesta de sol, abriéndose en la hermosura y la fragancia de una rosa, sonando en el cántico de los pájaros, palpitando en las pulsaciones de una nueva vida en la primavera. ¡Cuánto pierde el hombre en su desenfrenada carrera!

Isaías no sólo vio y oyó; él sintió. Los quiciales de las puertas del templo comenzaron a temblar como si el Todopoderoso las estuviera sacudiendo. El umbral debajo de sus pies también tembló.

2. Su Yo Pecaminoso. ¿Cuál fue el efecto de todo esto? ¡Temblores de terremotos en el alma del profeta! Fue conmovido hasta lo más profundo de su ser por la santidad de Dios. Toda su auto-suficiencia y su auto-satisfacción fueron conmovidas y hechas pedazos.

La noticia de la muerte del rey hizo que los casti­llos que Isaías se había edificado en el aire se vinieran abajo, cayendo los pedazos sobre su cabeza hasta que todas las ruinas quedaran a su alrededor. Pero ahora algo de mayor significado había tenido lugar. Su auto-complacencia interior había sido deshecha por el po­deroso impacto de lo divino.

En realidad, nosotros nunca nos vemos a nosotros mismos sino hasta que vemos a Dios. La visión de la santidad de Dios dio al profeta una revelación de su propio pecado. El clamó en desesperación: “¡Ay de mí! que soy muerto.” El hebreo dice: “Que soy cortado.” Vio una abertura entre Dios y su alma que no podía cerrar; en su imaginación vio un inmenso cañón que él no podía cruzar, un abismo hondo y ancho que no po­día atravesar. El pecado siempre hace separación.

3. El Remedio Divino. Isaías no sólo vio la santi­dad de Dios y su propio pecado; él también vio el re­medio. De repente un serafín voló hacia donde él esta­ba. Con un carbón encendido tomado del altar simbó­licamente con tenazas, tocó los labios del profeta y dijo: “He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu cul­pa, y limpio tu pecado.” La limpieza había venido en respuesta al clamor del profeta.

Toda verdadera visión es una experiencia trans­formadora. No podemos ver a Dios y seguir siendo los mismos. Podemos mirarnos a nosotros mismos y quedar satisfechos. Parece que la mayor parte de la gente lo hace así, porque hace muy poco por mejorar. Podemos mirar a otros y quedarnos satisfechos con la compara­ción. Pero nunca podemos mirar a Dios y sentirnos có­modos. Su santidad absoluta nos hace caer sobre nuestras rodillas con una súplica por su gracia.

Nadie puede mirar a Cristo y sentirse satisfecho. Su perfección será siempre un desafío a nuestras imperfec­ciones. La visión de El en toda su belleza siempre crea­rá en nuestros corazones un descontento divino.

Algunos han interpretado esta visión de Isaías—re­gistrada en el capítulo seis—como su llamado inicial al ministerio profético, aunque escrito después del capítulo cinco. Pero puede ser que en este momento el profeta haya recibido una experiencia más profunda con Dios que enriqueció y amplió su ministerio grandemente.

F. LA PERPLEJIDAD POLITICA (capítulos 7—12)

1. Achaz y Asiria (cap. 7). En el año 734 A.C. el reino del Norte de Israel y su vecino hacia el norte, Siria, fueron amenazados por el creciente poderío de Asiria, la que estaba procurando conquistar todo el oeste de Asia. Sintiendo la necesidad de una alianza fuerte en contra de Asiria, Peca, el rey de Israel, y Re­zín, el rey de Siria, evidentemente pidieron a Achaz, el rey de Judá, que se uniera a ellos. Cuando éste rehusó —prefiriendo aliarse a Asiria—Peca y Rezín decidie­ron atacarlo (v. 1; véase II Reyes 16:5).

Precisamente en este momento, el profeta Isaías to­mó cartas en el asunto. El sabía que Achaz estaba pen­sando pedir ayuda a Asiria. Tomando a su hijo, quien tenía el nombre simbólico de Sear-jasub, “un remanen­te retornará” (v. 3), fue al encuentro del joven rey. Su mensaje fue: “Guarda, y repósate” (v. 4). Traducido en términos de la situación, esto quería decir, “¡No ha­gas alianza con pueblos extranjeros!” El profeta le dijo que no temiera de esos “dos cabos de tizón,” los reyes de Israel y Siria. Su furia pronto se acabaría y serían consumidos por Asiria. Todo lo que Achaz tenía que hacer era confiar en Dios y dejar que El arreglara to­do el negocio.

Debe notarse también que Siria se menciona por su capital, Damasco, lo mismo que Israel se menciona por Samaria, su capital.

Al Reino del Norte también a veces se le llama Efraín a causa de su tribu más importante, en cuyo territorio estaba Samaria.

Los reyes de Israel y Siria estaban amenazando in­vadir a Judá, deponer a Achaz, y poner en su trono a Tabeel (v. 6), quien colaboraría con ellos. Pero Dios aseguró a Achaz que esto no sucedería (v. 7). Luego le lanzó un desafío con esta advertencia: “Si vosotros no creyereis, de cierto no permaneceréis.” Todavía es ver­dad que la fe en Dios es la única base estable de segu­ridad, ya sea individual o nacional.

Entonces se ordenó a Achaz que pidiera una señal de que Dios iba a hacer esto (v. 11). Pero el rey ya había hecho la decisión de desobedecer a Dios y seguir adelan­te con la alianza con Asiria. Así que caprichosamente rehusó pedir una señal (v. 12), para evitar ser puesto en aprietos por su cumplimiento. Entonces Dios le dio una señal: “He aquí que la virgen concebirá, y parirá un hijo, y llamará su nombre Emmanuel” (v. 14). Es obvio que Isaías 7:14 podría ser una señal para Achaz solamente si se cumpliera en su día. Antes de que el hijo creciera hasta una edad de responsabilidad, Siria e Israel habrían perdido ambos sus reyes a quienes Achaz tanto temía. Esto pasó cuando Asiria tomó a Damasco en el año 732 A.C., y a Samaria en el 722 A.C.

La profecía también tiene un significado que va a través de siete siglos más adelante hasta el nacimiento virginal de Jesús. Una de las características de las pro­fecías mesiánicas del Antiguo Testamento es que tienen un cumplimiento inmediato y parcial en el tiempo del profeta, y luego un cumplimiento distante y completo en la venida de Cristo. Este cumplimiento se registra en las palabras de Mateo: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que fue dicho por el Señor, por el profeta que dijo: He aquí la virgen concebirá y parirá un hijo, y llamarás su nombre Emmanuel, que declarado, es: Con nosotros Dios” (Mateo 1: 22-23).

Puesto que Achaz rehusó obedecer, Dios le advir­tió que Asiria vendría y “raerá” (v. 20) a Judá. Este era el precio de la desobediencia.

2. La Insensatez de las Alianzas Extranjeras (8:1—9:7). Al profeta se le ordenó tomar un rollo—proba­blemente de papiro—y con una pluma escribir acerca de su hijo Maher-salal-hash-baz—”la fuerza de Damasco y los despojos de Samaria.” Este nombre simbólico sig­nificaba la rápida invasión de Siria e Israel por Asiria. Esto sucedería antes de que el niño aprendiera a ha­blar (v. 4).

El pueblo estaba desechando “las aguas de Siloé, que corren mansamente” (v. 6), probablemente una re­ferencia a las aguas tranquilas del estanque de Siloé (Juan 9:7) —y en su lugar querían hacer alianza con Asiria. Entonces Dios les advirtió que Asiria vendría como impetuoso río desbordado, inundando toda la tie­rra (v. 7). La ironía de todo esto fue que cuando Asiria, por invitación de Achaz conquistó Siria e Israel, conti­nuó adelante e invadió a Judá como un castigo. Achaz recibió más de lo que había pedido.

Isaías era tanto un estadista como un profeta, y sabía muy bien que las alianzas con países extranjeros terminan en guerra. La única salvación para la nación yacía en una confianza serena en Dios. El pueblo decía con temor nervioso, “¡conjuración!” (v. 12). Pero el consejo del profeta era: “A Jehová de los ejércitos, a él santificad: sea él vuestro temor, y él sea vuestro miedo” (v. 13). Si ellos hubieran temido a Dios en lugar de temer a las naciones extranjeras, hubieran permane­cido seguros.

El profeta sabía muy bien que su nombre y los nombres de sus hijos eran simbólicos para que fueran “por señales y prodigios en Israel, de parte de Jehová de los ejércitos” (v. 18). Isaías era el hombre clave en ese tiempo en Judá, pero los reyes rehusaron recono­cerle como tal.

Esta sección se cierra con otra gran profecía me­siánica. No hay descripción más hermosa de Cristo en el Antiguo Testamento que la que encontramos en Isaías 9: 6—“Porque un niño nos es nacido”—el Bebé de Be­lén—“hijo nos es dado”—el Hijo de Dios sin pecado, dado como un Sacrificio por nuestros pecados—“y el principado sobre su hombro”— la administración de nues­tras vidas puesta sobre los hombros anchos y grandes de su infinita y eterna potencia—“y llamaráse su nom­bre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” ¿Qué más podría haber inspirado el majestuoso oratorio de Handel, El Mesías?

3. La Ira Acumulada (9:8—10:4). Aquí tenemos un poderoso poema de cuatro estrofas, cada una de ellas terminando con el trágico refrán: “Ni con todo eso ha cesado su furor, antes todavía su mano extendida” (9:12, 17, 21; 10: 4). En la primera estrofa (9: 8-12), se se­ñala a la gente por su actitud arrogante, y la predicción es que Israel será devorado por los sirios en el norte y los filisteos en el sur. La segunda estrofa (9: 13-17), describe la actitud no arrepentida de la gente, y amenaza con la destrucción en la batalla. La tercera (9: 18-21), predice confusión y anarquía: “Manasés a Efraín, y Efraín a Manasés, y entrambos contra Judá.” Con las nubes de las amenazas de guerras de parte de las nacio­nes extranjeras, pesando sobre sus cabezas, las tribus todavía se pelearían entre sí. La cuarta estrofa (10:1-4), describe la despiadada crueldad de los ricos al oprimir a los pobres, acumulando propiedades injustamente, sien­do que todo se perdería pronto en la cautividad. ¡Qué insensatos somos los mortales! Y, no obstante, muchos siguen haciendo lo mismo en la presencia misma del tormento eterno.

4. El Instrumento de Dios Para el Castigo (10:5-34). La clave de esta sección la encontramos en el primer versículo: “Oh Assur, vara y bastón de mi fu­ror: en su mano he puesto mi ira.” Asiria es el instru­mento de Dios para castigar a una “nación hipócrita.” ¡Qué terrible es que Judá sea llamada “el pueblo de mi ira”! (v. 6).

Pero Asiria es inconsciente de que está siendo usa­da por Dios (v. 7). Ha destruido (v. 10) naciones más grandes que Judá (Jerusalén) e Israel (Samaria). Una vez que el Señor haya usado a Asiria para castigar a su pueblo, El a su vez le castigará a ella por su arrogan­te crueldad (vrs. 12-15).

El versículo once nos indica claramente que esta profecía se pronunció después de la caída de Samaria en el año 722 ó 721 A.C. Asiria decía: “Como hice a Sa­maria y a sus ídolos, ¿no haré así también a Jerusalén y a sus ídolos?” La conquista de Samaria, marcando la caída del Reino del Norte de Israel, sucedió casi exacta­mente a la mitad del ministerio de Isaías (740-700 A.C.).

La doctrina del “remanente” se subraya enfática­mente en los versículos 20, 21 y 22. Una de las contri­buciones más importantes de Isaías es que un remanente retornará después de la destrucción de la nación.

5. El Retorno de la Cautividad (cap. 11—12). Esta sección comienza con otra hermosa profecía mesiánica: “Y saldrá una vara del tronco de Isaí y un vástago re­toñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.” El Mesías debe ser “del tronco de Isaí;” quiere decir, “el hijo de David.” Teniendo como base este pasaje y otros más, los escribas del tiempo de Cristo enseñaban esto (véase Marcos 13:35).

Las dos características principales del reino del Mesías serían justicia (11: 4-5) y paz (11: 10). En lo to­cante a Israel, sería un remanente que retornaría de Egipto y del este (11: 11-12). La eterna disputa entre Judá y Efraín—que condujo a la división del reino bajo Roboam y Jeroboam (I Reyes 12) —al fin será curada (11:13), y las naciones circunvecinas se some­terán a su gobierno (11: 14). No se revela exactamente cuándo y cómo se cumplirá el pasaje de 11: 15-16.

El capítulo 12 es un hermoso himno de acción de gracias que será cantado por el remanente redimido a su regreso de la cautividad. Nos recuerda a uno de los himnos de Moisés después del cruce del Mar Rojo (Éxodo 15).

II. SENTENCIAS EN CONTRA DE LAS NACIONES EXTRANJERAS (capítulos 13—23)

A. BABILONIA (13:1—14:23)

La prominente frase profética, “el día de Jehová,” aparece aquí otra vez (13:6-13). Es un día de “asola­miento del Todopoderoso” (v. 6), “para tornar la tie­rra en soledad” (v. 9). Esto va de acuerdo con todas las descripciones del día de Jehová.

Se indica que los conquistadores de Babilonia son los Medos (13:17). Ellos tomaron la ciudad en el año 538 A.C. y el imperio Medo-Persa sucedió al babilónico.

La descripción de la desolación de Babilonia (11:19-22) se ha cumplido literalmente. Por más de dos mil años ha permanecido en ruinas, como Sodoma y Go­morra (v. 19) lo han estado por muchos siglos más.

A menudo en el libro de Isaías hay breves predic­ciones de la restauración de Israel. Una de ellas se en­cuentra aquí (14:1-3).

Luego viene una “parábola”— mejor dicho, “una canción burlesca”—en contra del rey de Babilonia (14:4-23). En ella se incluye uno de los pasajes más notables del libro (vrs. 12-15), el lenguaje del cual parece ir más allá del rey de Babilonia hasta el gran opresor de la humanidad, Satanás. La tradición afirma que en el principio, Satanás era un hermoso ángel llamado Lu­cifer, o “estrella del día.” Fueron su orgullo y su volun­tad propia los que causaron su caída. Es interesante no­tar que los verbos en primera persona, se usan cinco veces en dos versículos (13-14) —subiré, ensalzaré, sentaré, subiré y seré. Esta es la verdadera naturaleza del pecado. Es rebelión en contra de Dios. Parece que el pecado tiene su origen en la voluntad propia, y cierta­mente encuentra su expresión principal en esa actitud. El pecado hace que el hombre desee usurpar el lugar de autoridad en su vida que sólo Dios debe tener.

B. ASIRIA (14:24-27)

Esta nación era la principal amenaza a la paz del Asia occidental. Ahora Dios declara su destrucción, la que tuvo lugar con la caída de Nínive en el año 612 A.C.

C. FILISTEA (14:28-32)

Esta sentencia tiene que ver con “Palestina” (v. 29). Hoy es comúnmente aceptado que el nombre moderno de Palestina deriva de los filisteos, quienes ocuparon la parte del sur de la llanura costera de Judá. Finalmente dieron su nombre a todo el país.

Esta “carga” está fechada “en el año que murió el rey Achaz” (v. 28). Eso fue alrededor del año 727 A.C., el año en que Tiglatpilneser III, rey de Asiria, murió. Los filisteos se estaban regocijando porque la vara que les había azotado tanto había sido quebrada. Pero el profeta les advierte que “de la raíz de la culebra sal­drá basilisco, y su fruto, ceraste volador” (v. 29). Tiglat­pilneser III (“la serpiente”), sería sucedido por Salma­nasar IV (“culebra”), y por Sargón II (“serpiente vo­ladora”), cada cual más cruel que su predecesor. Las crónicas de las cortes de estos reyes, descubiertas y des­cifradas recientemente, han confirmado abundantemen­te esta predicción.

El versículo 32 sugiere que cuando el “humo” de la venida de Asiria apareció en el “aquilón” (norte) (v. 31), algunos mensajeros habían venido de las ciudades filisteas, buscando una alianza con Judá para protec­ción mutua en contra de los ejércitos invasores. Pero la respuesta de Jerusalén fue: “Jehová fundó a Sión, y a ella se acogerán los afligidos de su pueblo.” Des­afortunadamente para Judá esta política sabia no se sostuvo más tarde.

D. MOAB (capítulos 15—16)

En el año 734 A.C., el rey de Asiria, Tiglat-pilneser había invadido Galilea y Jordania, amenazando así a Moab hacia el sur. La honda aflicción de este país se de­ja ver en los sentimientos de compasión del profeta por causa de su inminente caída (15: 5; 16: 9, 11).

La sección se cierra con una breve sentencia (16:13-14), evidentemente pronunciada más tarde que la otra, en la cual Isaías predice de una manera definitiva la caída de Moab “dentro de tres años.” Esto ocurrió alrededor del año 711 A.C.

E. DAMASCO (capítulo 17)

Esta sentencia incluye en su contenido al Reino del Norte, o Israel (véase vrs. 3-5). Es una advertencia de que los dos aliados, Siria e Israel, serán desolados. Es­to tuvo lugar, por lo menos en parte, en el año 734 A.C.

Sin embargo, la profecía se cierra con una predic­ción de que el destructor mismo será destruido, y esto súbitamente (v. 14). Esta sería la suerte que correría Asiria.

F. EGIPTO Y ETIOPIA (capítulos 18—20)

En el primer período de Isaías, estas dos naciones eran gobernadas por el mismo rey. Por tanto, las tres sentencias que se encuentran en estos tres capítulos se consideran juntas.

1. Etiopía (cap. 18). Cuando Asiria tomó a Da­masco (732 A.C.) y a Samaria (722 A.C.), la gente de Etiopía se alarmó con la posibilidad de una invasión del norte. Así que enviaron embajadores en todas direccio­nes (v. 2) para pedir ayuda. Pero “Isaías ordena a los embajadores volver a su país para que observen silen­ciosamente cómo Jehová detendría el intento de Asiria de subyugar a Judá.”

2. Egipto (cap. 19). Este capítulo se divide muy naturalmente en dos partes: una advertencia de la des­trucción venidera (vrs. 1-17) y una promesa de restau­ración futura (vrs. 18-25). Se profetiza que Egipto, en medio de su dificultad, se volverá al Señor y le adorará. El capítulo se cierra con la maravillosa predicción de que Egipto, Asiria e Israel, se unirán en la adoración del Señor. Sin duda que algunos aspectos de esta pro­fecía todavía tienen que cumplirse.

3. Egipto y Etiopía (cap. 20). En el año en que la ciudad filistea de Asdod fue capturada por Thartán (co­mandante en jefe) de Sargón, rey de Asiria, Isaías recibió de Dios la orden de caminar descalzo y medio des­nudo. (Entre los semitas se consideraba una desgracia exponer el cuerpo humano entre el cuello y los tobillos). Por espacio de tres años el profeta se presentó en pú­blico vestido como un cautivo, un símbolo patente de la vergüenza de Egipto y Etiopía. Los pueblos de estas dos naciones serían llevados como prisioneros en desgracia por los asirios. Esto tuvo lugar en la conquista de Egip­to en el año 711 A.C.

G. EL DESIERTO DE LA MAR (21: 1-10)

Se acepta generalmente que esta sentencia se re­fiere a Babilonia. Las palabras “Ha caído, ha caído Ba­bilonia,” se repiten en Apocalipsis 14:8 y 18:2. Se su­giere que los elamitas y los medos serían los que de­pondrían el poderoso imperio babilónico.

H. EDOM (21:11-12)

Estos dos versículos son valiosos especialmente por su apelación evangelística. En medio de las tinieblas de la última parte del siglo octavo A.C., la gente pregun­tó al profeta, puesto como un atalaya sobre el muro: “¿Qué de la noche?” La repetición de la pregunta reve­la la urgencia y el temor. El profeta de Dios debería dar hoy la misma respuesta que se da aquí: “La mañana vie­ne, y después la noche.” Para cada persona la eterni­dad será un día que nunca verá la oscuridad, o las completas “tinieblas de afuera” de una noche que nun­ca tendrá un amanecer. Para la gente de Edom (“Seir”) el futuro estaría mezclado con esperanza y temor.

I. ARABIA (21: 13-17)

Robinson explica este breve oráculo como. “una súplica cordial a los temanitas para que den pan y agua a las caravanas de Dedanim, las que habían sido des­viadas por causa de las guerras, de sus rutas normales de viaje.” El versículo 14 debe traducirse como una pe­tición y no como una declaración.

J. EL VALLE DE LA VISION (capítulo 22)

Estrictamente hablando, esta sentencia no era para una nación extranjera, sino en contra de Judá mismo. Quizá la razón de que se halle aquí es que incluía a las alianzas extranjeras, uno de los pecados habituales de Judá en esta época.

El tiempo fue la invasión de Judá por Sargón en el año 711 A.C. (Robinson), o la destrucción de Jeru­salén en el año 711 A.C. (C. A. Smith). En cualquiera de los dos casos, la ciudad estuvo en verdadero peligro. Mientras que el corazón del profeta estaba destrozado por la tristeza (vrs. 4-5), la gente estaba de fiesta en lugar de estar ayunando (vrs. 12-13). Dios reveló a Isaías que este pecado nunca sería perdonado (v. 14). En vez de orar a Dios para recibir ayuda, los habitantes de Jerusalén fortificaban sus defensas materiales (vrs. 8-11).

En la segunda mitad del capítulo se compara a dos personajes. Sebna, el tesorero (vrs. 15-19), había for­mado su propio medio ambiente, pero sería llevado al cautiverio. Quizá fuera un extranjero, de descendencia siria, quien pertenecía al grupo partidario de los egip­cios. Su posición se daría a Eliacín, (vrs. 20-25). Este último sería puesto como un clavo en lugar firme (v. 23), una expresión semita típica. Pero desafortunada­mente, el trataría de colgar a toda su familia en ese cla­vo (v. 24) —favoreciendo a sus parientes injustamente— así que el clavo eventualmente cedería bajo el peso (v. 25). A menudo el poder y las posiciones importantes, arruinan a hombres buenos.

K. TIRO (capítulo 23)

Tiro era una de las grandes ciudades comerciales de los tiempos antiguos. Los barcos salían de sus mue­lles a todas partes del Mediterráneo, y algunos aun se aventuraban a navegar por la costa occidental del Áfri­ca. Pero este orgullo altanero sería derribado, y su ex­tenso comercio llegaría a su fin. Es interesante notar que se predijo que este período de eclipse duraría se­tenta años (vrs. 15, 17) como el de Judá. Luego su pros­peridad anterior volvería (vrs. 17-18).

III. MENSAJES DE SALVACION (capítulos 24—27)

A. ADVERTENCIA DE JUICIO (capítulo 24)

La cautividad que se aproxima se ve claramente en la visión del profeta: “Del todo será vaciada la tierra, y enteramente saqueada” (v. 3). Sin embargo, quedará un remanente fiel semejante al rebusco de las viñas y los olivos (v. 13). Pero las cosas estarán en una con­fusión tal que “temblará la tierra vacilando como un borracho” (v. 20).

B. GOZO DE LOS REDIMIDOS (CAPÍTULO 25)

Este capítulo es un himno de alabanza a Dios por su liberación. Quizá represente la acción de gracias de los judíos por la liberación de la amenaza asiria, o posible­mente vislumbre el retorno futuro de la cautividad ba­bilónica. Notablemente bellos son los versículos 4, 8, y 9.

C. LA ALABANZA DE JUDA (capítulo 26)

El nombre Judá significa “alabanza.” Por tanto, es adecuado entonar un himno de alabanza en tierra de Judá (v. 11).

Una de las muchas expresiones hermosas de Isaías la encontramos en el versículo tres: “Tú le guardarás en completa paz, cuyo pensamiento en ti persevera; por­que en ti se ha confiado.” En nuestros días turbulentos como en los de Isaías—la fe es siempre el fundamen­to de la paz.

El capítulo termina con una exhortación (vrs. 20-21) al pueblo de Dios para que se refugie en El hasta que la tormenta pase.

D. OTRO CANTICO SOBRE UNA VIÑA (capítulo 27)

La mayoría de los profetas antiguos usaron mu­cho el lenguaje simbólico. En el primer versículo de este capítulo Isaías menciona la serpiente rolliza (Asi­ria), la serpiente retuerta (Babilonia), y el dragón del mar (Egipto). Estos tres poderes que habían destruido muchas naciones y que habían amenazado la seguridad de Judá, serían destruidos.

En este cántico sobre la viña (véase cap. 5), se ha­ce la predicción de que, aunque temporalmente daña­do, “echará raíces, florecerá y echará renuevos Israel” (v. 6). Pero antes de eso vendría el castigo y la destruc­ción, la purgación de los pecados de Judá (vrs. 9-11).

IV. ADVERTENCIA EN CONTRA DE LA ALIANZA CON EGIPTO (capítulos 28—35)

A. SEIS AYES (capítulos 28—33)

Esta sección contiene seis ayes, los cuales se consi­deran relacionados con la invasión de Senaquerib en el año 701 A.C. Sin embargo, los primeros seis versículos del capítulo 28 describen a los ebrios de Efraín. Lue­go la escena parece pasar a Jerusalén.

1. Ay de los Políticos y Sacerdotes Ebrios (cap. 28). Las cosas estaban muy mal cuando Isaías tenía que decir que “el sacerdote y el profeta erraron con la si­dra, fueron trastornados del vino” (v. 7). Luego lanza una acusación sobre los políticos burlones—“varones burladores, que estáis enseñoreados sobre este pueblo que está en Jerusalén” (v. 14) —quienes dicen que han hecho un convenio con la muerte (v. 15). Reprende su cinismo petulante advirtiéndoles que el juicio viene de seguro (v. 17). Frente a su burla él da esta promesa: “He aquí yo fundo en Sión una piedra, piedra de for­taleza, de esquina, de precio, de cimiento estable: el que creyere, no se apresure” (v. 16). En el Nuevo Testa­mento (Mateo 21:42; Hechos 4: 11), se indica que esta piedra es Cristo.

2. Ay de Jerusalén (29: 1-14). Ariel significa “león de Dios,” y aparentemente se usa como un nombre para Jerusalén. Aquí estaba el centro de la adoración a Je­hová. Pero esta era la evaluación de Dios de los adora­dores: “Este pueblo se me acerca, y con sus labios me honra, mas su corazón alejó de mí” (v. 13).

3. Ay de Aquellos que Esconden de Dios sus Pen­samientos (29:15-24). Se pronuncia un ay sobre aque­llos que dicen: “¿Quién nos ve, y quién nos conoce?” Ellos olvidan que Dios ve y sabe todo lo que ellos ha­cen. Probablemente la referencia sea a sus planes se­cretos de hacer una alianza con Egipto y rebelarse en contra de Siria.

4. Ay de los que se Vuelven a Egipto (cap. 30). Rehusando el consejo de Dios, los líderes de Judá van a Egipto para buscar ayuda (vrs. 1-2). Pero la ayuda egip­cia será en vano (v. 7). El mensaje de Dios es: “su for­taleza sería quedarse quietos,” esto es, confiar tranquila­mente en Dios en vez de hacer alianzas extranjeras. A aquellos que corrieron a Egipto el Señor les dice: “En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza” (v. 15). Pero ellos re­husaron: “Y no quisisteis.”

Luego viene esta hermosa promesa de la dirección divina: “Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él” (v. 21). Si el pueblo se abstuviera de hacer una alianza con Egipto, y pusiera su confianza completamente en Dios, El des­truiría los asirios con su palabra (v. 31).

5. Ay de los que Confían en Egipto (caps. 31—32). Como notamos anteriormente, Isaías era un destacado estadista tanto como un inspirado profeta. El veía clara­mente la fatuidad de ir a Egipto en busca de ayuda. Esa nación sería pronto conquistada por Asiria. El estar en­vueltos en una alianza con Egipto resultaría solamente en doble castigo a manos de los asirios. Así que clamó: “¡Ay de los que descienden a Egipto por ayuda, y con­fían en caballos; y su confianza ponen en carros... y no miran al Santo de Israel!” (31: 1; véase 30: 2).

Dios era una defensa mucho más grande para Judá que lo que podrían serlo los caballos y los carros de Egipto. En una de sus muchas y hermosas promesas, Isaías dice: “Como las aves que vuelan, así amparará Jehová de los ejércitos a Jerusalén, amparando, libran­do, pasando, y salvando” (31:15). ¿Qué más podía pe­dir Judá?

El profeta predijo que los israelitas quitarían sus ídolos (31:7). Luego Dios vencería y haría retroceder a los asirios con su poder (31:8).

De nuevo encontramos otro de los grandes pasajes mesiánicos de Isaías: “He aquí que en justicia reinará un rey... Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como acogida contra el turbión” (32: 1-2).

Una de las características de Isaías es su poderosa y clara condenación de las mujeres de Judá (32:9-12; véase 3:16-24). Siempre es verdad que como la mujer, así la nación. Las mujeres pueden hacer más para ele­var o destruir un país, que los hombres. El profeta no ve esperanza “hasta que sobre nosotros sea derramado el espíritu de lo alto” (32: 15).

El sector partidario de Egipto estaba constantemente urgiendo una alianza militar con aquel país. Pero el con­sejo consistente de Isaías, juntamente con las promesas, cierra esta sección. El dice: “Y el efecto de la justicia será paz; y la labor de justicia, reposo y seguridad para siempre. Y mi pueblo habitará en morada de paz; y en habitaciones seguras, y en recreo de reposo” (32: 17:18). Lo único que debía preocupar al pueblo era practicar la justicia; entonces Dios les protegería.

6. Ay de los Ladrones (cap. 33). Los asirios ha­bían estado destruyendo naciones a izquierda y derecha. Ahora ellos serían destruidos.

El profeta dice al pueblo: “Y reinarán en tus tiem­pos la sabiduría y la ciencia” (v. 6). Ellos tenían que olvidar a Egipto, tomar su consejo y confiar en Dios. Su juez no era Egipto, sino Dios. El era su Legislador y Rey—“él... nos salvará” (v. 22).

B. AMENAZA Y PROMESA (capítulos 34—35)

George L. Robinson escribe: “Lo más sorprenden­te de estas profecías es la constante alternación de ame­nazas y promesas.” Esto está bien ilustrado por los dos capítulos de esta sección: el primero es principalmente una advertencia de castigo, mientras que el segundo es uno de los pasajes más hermosos de promesas del An­tiguo Testamento—un capítulo que sería bueno me­morizar.

1. Castigo sobre Edom (cap. 34). Edom—llamado también Idumea—había sido un enemigo empedernido de Israel (véase Abdías). Dios se refiere a la nación como “el pueblo de mi anatema” (v. 5). El castigo y la desolación sobrevendrán sobre aquellos que han per­seguido a los israelitas en su camino a Canaán.

2. Un Poema de Promesa (cap. 35). Este es uno de los muchos y hermosos pasajes devocionales de Isa­ías. Fuera de los Salmos no hay un libro más rico en el Antiguo Testamento en el cual el cristiano pueda me­ditar. Aquellos que aman su Biblia a menudo la abren en Isaías para buscar consuelo y fuerzas espirituales. Este capítulo es un himno de alabanza que requiere poco comentario. Lo recomendamos al lector.

V. LA HISTORIA DE LOS TIEMPOS DE EZEQUIAS (capítulos 36—39)

Generalmente se sostiene que los capítulos 38 y 39 cronológicamente preceden a los capítulos 36 y 37. El or­den quizá se deba a que la historia de la invasión de Asiria (701 A.C.) relatada en los capítulos 36 y 37, encaja en una forma más natural con los capítulos 1—35, por tanto, la mención de la enfermedad de Ezequías en el capítulo 38 (714 A.C.), y de la embajada babilónica en el capí­tulo 39 (712 A.C.), une en forma más lógica los eventos siguientes. Estos cuatro capítulos forman una transición entre la primera parte de Isaías (caps. 1—35) y la se­gunda (caps. 40—66). Comprenden un interludio his­tórico entre ambos.

Esta sección se repite casi al pie de la letra en II Reyes 18:13—20:19. Fue una gran liberación que Dios hizo por su pueblo, la que era digna de relatarse dos veces.

A. LA INVASION DE SENAQUERIB (capítulos 36—37)

1. El Sitio de Jerusalén (36: 1—37: 8). En el año 701 A.C. —difícil de identificar con “el año catorce del rey Ezequías” (36: 1) —Senaquerib invadió a Judá y tomó muchas de sus ciudades. Según los anales sirios, tomó cuarenta y seis ciudades.

Deteniéndose en Lachis, Senaquerib envió a Rab­saces —literalmente, “jefe de los oficiales”—hasta Je­rusalén con un gran ejército (36:2). Este inteligente re­presentante de su monarca trató primero de intimidar a la ciudad para que se rindiera. Deteniéndose cerca de las murallas, envió un arrogante mensaje a Ezequías, a quien no quiso honrar con el título de “rey.” En lugar de eso, dijo: “El gran rey, el rey de Asiria, dice así” (36: 4). Pero esto sería contrarrestado más tarde por las palabras de Isaías: “Jehová Dios de Israel, dice así” (37:21). Era un duelo entre Dios y Senaquerib.

Rabsaces justamente reprendió a Judá por confiar en el “bordón de caña frágil, en Egipto” (36: 6). Pero cuando se mofó de ellos por confiar en Jehová (v. 7), se pasó de la cuenta. La censura y el sarcasmo de sus pa­labras se ven en su manera de preguntar si ellos podrían proveer 2,000 cautivos para montar sus caballos (v. 8).

Cuando los representantes de Ezequías pidieron a Rabsaces que hablara en aramaico (“siriaco”) en vez de en hebreo (“el lenguaje de los judíos”), para no asus­tar a la gente que escuchaba por sobre el muro, el ofi­cial asirio contestó con vulgar sarcasmo. El honor de un Dios santo estaba en peligro cuando Rabsaces anunció al pueblo de Dios sus amenazas a voz en cuello (36:13-21).

Cuando su mensaje fue llevado a Ezequías, el rey rasgó sus vestidos como una señal de mucha tristeza, se vistió de saco, y fue al templo (37:1). Envió un mensaje a Isaías, pidiéndole que orara (vrs. 2-4). El profeta man­dó decir al rey que no temiera las amenazas de los asi­rios, porque cierto rumor haría volver al enemigo a su patria otra vez (vrs. 6-8).

2. La Carta Amenazadora (37:9-38). Aunque los asirios tuvieron que levantar el sitio para enfrentar los ejércitos de Etiopía, enviaron cartas de amenaza a Eze­quías. El rey la llevó al templo y “la extendió delante del Señor” (v. 14). Como contestación a su oración, Dios le aseguró que Jerusalén sería perdonada (vrs. 21-35). Aquella noche, “el ángel del Señor” hirió a 185,000 sol­dados asirios, y el peligro terminó.

B. LA ENFERMEDAD Y EL ERROR DE EZEQUIAS (capítulos 38—39)

1. La Enfermedad y la Sanidad (cap. 38). Isaías hizo saber al rey que moriría a causa de su grave enfer­medad. Pero Ezequías oró y Dios le extendió su vida por quince años más. Ezequías expresó su gratitud en un himno de acción de gracias (vrs. 9-20). El método de la curación se describe como una cataplasma de higos (v. 21).

2. La Embajada de Babilonia (cap. 39). Merodach­baladán, rey de Babilonia, envió cartas y un regalo a Ezequías, felicitándole por su recuperación. Obrando con poca cordura, el rey de Judá mostró a los babilonios to­das sus riquezas y tesoros de oro y plata. Isaías le advir­tió que los babilonios volverían un día para tomar todas las riquezas que ellos habían visto y para llevar a sus descendientes al cautiverio.

Para Estudio Adicional

1. Compare la personalidad de los cuatro reyes mencionados en Isaías 1:1 (vea II Crónicas

26-32).

2. ¿Dónde y cuándo profetizó Isaías?

3. ¿Cuál es el énfasis principal de los capítulos 1—5?

4. Describa la visión del capítulo 6 y discuta su significado.

5. ¿Cuál era la relación entre Asiria, Siria, Israel y Judá?

6. ¿En contra de qué naciones extranjeras se dirigieron las sentencias de Isaías?

7. ¿Con cuáles otras dos naciones advirtió Isaías que no se aliara Israel?

8. Haga un sumario de la historia de los tiempos de Ezequías.


CAPITULO DOS

EL PROFETA DE CONSUELO

(Isaías 40—66)

El cambio de tono que notamos comenzando con el primer versículo del capítulo 40 es muy marcado. Mien­tras que el énfasis principal de los primeros treinta y nueve capítulos es el juicio y el castigo, la nota sobresa­liente de los capítulos 40 a 66 es el consuelo y las promesas.

En los últimos años se ha venido aceptando la idea de que esta segunda parte no fue escrita por el Isaías del octavo siglo A.C., sino por un segundo Isaías de mediados del siglo sexto A.C. Se sostiene que el punto de vista que se despliega aquí es el de la última parte de la cautividad babilónica, cuando el pueblo de Israel comenzaba a pen­sar en volver a su propia patria. Especialmente se sostie­ne que nadie en el octavo siglo hubiera podido predecir por nombre la venida de Ciro (44:28; 45:1) para permi­tir a los judíos volver a Palestina.

La solución de todo el asunto reside en si uno pue­de creer en una inspiración sobrenatural o no, porque esta es la única forma en que se puede explicar este fe­nómeno. Este breve estudio no nos permite una conside­ración más detallada sobre el asunto. Sin embargo, uno puede alentarse por el hecho de que un distinguido eru­dito del Antiguo Testamento, George L. Robinson, des­pués de una vida de estudio de Isaías, escribió en la edi­ción revisada (1938) de su breve pero excelente El Li­bro de Isaías (en inglés), estas palabras: “A menudo, a través de los años, mis amigos me han preguntado, ‘¿Cree usted todavía en la unidad de Isaías?’ e invaria­blemente he contestado con toda franqueza: ‘Estoy más convencido que nunca.’”

Uno de los argumentos sobre el cual Robinson pone mucho énfasis, es que el nombre divino, “el Santo de Israel”— que se encuentra veinticinco veces en Isaías y solamente seis veces en el resto del Antiguo Testa­mento— aparece más o menos en la misma proporción en las dos partes: doce veces en los capítulos 1—39 y trece veces en los capítulos 40—66. Y dice: “La presencia de este nombre divino en todas las diferentes porciones del libro es de más valor para identificar a Isaías como el autor de estas profecías que si su nombre se hubiera escrito al principio de cada capítulo.”

I. LA INSENSATEZ DE LA IDOLATRIA (capítulos 40—48)

A. EL DIOS INCOMPARABLE DE ISRAEL (cap. 40)

El capítulo cuarenta de Isaías es uno de los discur­sos más elocuentes en toda la literatura. Se dice que Edmund Burke, uno de los oradores más distinguidos que Inglaterra haya tenido, acostumbraba leer el libro de Isaías antes de ir al parlamento.

1. Consolaos (vrs. 1-11). Las palabras iniciales de este capítulo nos dan la clave de la segunda parte del libro. Después de las advertencias y amenazas, Dios ha­bla con una seguridad consoladora.

El versículo tercero se cita en cada uno de los cua­tro Evangelios, en relación con el ministerio de Juan el Bautista. En el versículo cuatro, se explica cómo alguien puede preparar el camino del Señor: alzando los valles, cortando los montes y los collados, enderezando las cur­vas y allanando lo áspero. Esta es la fórmula divina de cuatro puntos para un avivamiento. Cuando la segui­mos, la promesa es nuestra: “Y manifestaráse la gloria de Jehová, y toda carne juntamente lo verá” (v. 5). Eso es un verdadero

avivamiento.

El cuidado cariñoso de Dios por los suyos se ex­presa en una forma hermosa en el versículo 11: “Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo cogerá los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suave­mente las paridas.”

2. El Dios Incomparable de Israel (vrs. 12-31). La grandeza de Dios se describe en términos de omnipoten­cia (v. 12), omnisciencia (vrs. 13-14), y trascendencia (vrs. 15-17). Luego viene la clave de esta sección: “¿A qué pues haréis semejante a Dios, o qué imagen le com­pondréis?” (v. 18). Esto se repite en el versículo 25: “¿A qué pues me haréis semejante, o seré asimilado? dice el Santo.” El marcado contraste entre el verdadero Dios y los ídolos muertos (vrs. 19-24) se presenta de una manera muy clara. El capítulo se cierra con una admonición combinada con promesa: “Mas los que es­peran en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán sus alas como águilas; correrán, y no se cansarán; cami­narán, y no se fatigarán” (v. 31).

B. EL PODER DE LA PREDICCION (capítulo 41)

Parece que el segundo versículo de este capítulo se refiere a Ciro. Es una anticipación de la profecía más específica en 44: 28—45: 13.

Dos de las promesas más preciosas de la Palabra de Dios aparecen en este capítulo, en los versículos 10 y 13: “No temas, que yo soy contigo; no desmayes, que yo soy tu Dios que te esfuerzo: siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia. Porque yo Jehová soy tu Dios, que te ase de tu mano derecha, y te dice: No temas, yo te ayudé.”

La prueba suprema de que Jehová sólo es el ver­dadero Dios consiste en su poder para predecir el fu­turo. Vez tras vez se lanza el desafío a los dioses falsos de las naciones paganas a que prueben su deidad predi­ciendo el futuro. Esto empieza en el versículo 22—”anúnciennos lo que ha de venir”—y continúa en el versículo 23: “Dadnos nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses.” Sólo el Dios de Israel sabe el futuro.

C. EL SIERVO DEL SEÑOR (capítulo 42)

Después de haber anunciado a Israel la sobera­nía de Jehová en el capítulo 40, y a los paganos en el capítulo 41, Isaías proclama el programa misionero de Dios para evangelizar a las naciones. Esta nota, que es prominente en los capítulos 40—66, ha hecho que la gen­te se refiera a veces al libro como “El Evangelio Según Isaías.”

1. El Primer Cántico Sobre el Siervo (vrs. 1-9). Este párrafo es el primero de cuatro “cánticos sobre el Siervo” en Isaías. El segundo es 49: 1-13, el tercero 50:4-11, el cuarto 52: 13—53: 12.

Mientras que “el Siervo del Señor” es el tema prin­cipal de la próxima sección (capítulos 49—57), apare­ce ya como un tema prominente en esta sección. La primera mención se encuentra en 41:8-9. Allí se identifica a Israel como “mi siervo.” En la mayoría de los pa­sajes que se refieren al siervo en los capítulos 40—48, el énfasis se pone sobre la nación de Israel como si fuera el siervo del Señor. Esa es la interpretación general de los judíos hasta el día de hoy.

Sin embargo, en “el cántico sobre el Siervo” hay más evidencias para identificar al siervo como un indi­viduo. La Iglesia Cristiana admite ambas interpretacio­nes: en un sentido limitado a la nación de Israel, y en un sentido más completo, al Mesías de Israel.

El lenguaje de este primer cántico sobre el siervo es prominentemente personal. Se habla de “él.” El Espíritu de Dios morará en él (v. 1). Será tierno y manso (v. 2), como ciertamente lo fue Cristo.

Además de la ternura del siervo, se pone énfasis en su misión mundial (vrs. 1, 4, 6). Su ministerio se des­cribe abriendo los ojos a los ciegos y liberando a los presos de la cárcel (v. 7). El cántico termina con la nota de predicción del futuro.

2. Un Mosaico (vrs. 10-25). Como a menudo su­cede en los libros proféticos, el resto de este capítulo se refiere a varios asuntos cuya relación es difícil de per­cibir. Aquí encontramos alabanza (vrs. 10-12), juicio (vrs. 13-15), promesa (v. 16), reprensión por los ído­los (v. 17), otra referencia al siervo del Señor (v. 18), y el castigo de los pecados de Israel (vrs. 22-25).

D. REDENCION (capítulo 43)

Israel pertenecía a Dios tanto por creación como por redención (v. 1). El segundo versículo parece describir los sufrimientos de Judá en la cautividad babilónica.

El énfasis de Isaías sobre el monoteísmo resalta cla­ramente a través de todo el capítulo. Jehová dice: “An­tes de mí no fue formado Dios, ni lo será después de mí” (v. 10). Y en cuanto a la redención agrega: “Yo, yo, Jehová; y fuera de mí no hay quien salve” (v. 11).

Otra nota de redención aparece en el versículo 25: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados.”

Otra vez en este capítulo, como en 42:9, el Señor dice que hará “cosa nueva” (v. 19). Esto puede refe­rirse al retorno del exilio.

E. LO ABSURDO DE LA IDOLATRIA (capítulo 44)

El ataque más duro en contra de la adoración de las imágenes—entre muchas otras en esta sección—la encontramos en este capítulo (vrs. 9-20). Después de declarar “fuera de mí no hay Dios” (v. 6), y más ade­lante, “no hay Dios sino yo. No hay fuerte: no conozco ninguno” (v. 8), Dios procede, por medio de su profe­ta a mostrar la insensatez de la idolatría. Un hombre corta un árbol. Una parte de él lo usa como combustible para calentarse Y cocinar, y con el resto hace un dios y se arrodilla ante él y lo adora. ¡Qué insensatez!

En los versículos 21-23, tenemos un pasaje glorioso de redención. El versículo 22 se asemeja mucho a 43:25. Este es el Evangelio Según Isaías. La redención trae perdón de los pecados.

F. CIRO, SIERVO DE DIOS (capítulo 45)

1. El Ungido de Dios (44: 28—45: 4). Ciro será el “pastor” de Dios para ordenar la reedificación de Je­rusalén y su templo (44:28). Pero lo más sorprendente es que Ciro es llamado el “ungido” de Dios (el término hebreo que significa “mesías”). El sería como un me­sías para los judíos, liberándolos de la cautividad y res­taurándolos a su tierra. Dios le había llamado y le había dado su nombre, aunque Ciro mismo no conocía a Dios (v. 4).

2. No Hay Otro Dios (vrs. 5-25). La frase mono­teísta se repite aquí con marcado énfasis: “Yo Jehová, y ninguno más hay: no hay Dios fuera de mí” (v. 5); “Yo soy Jehová y ninguno más que yo” (vrs. 6, 18); “Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador: ninguno otro fuera de mí” (v. 21). Este Dios único es también el único Salvador: “Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra: porque yo soy Dios, y no hay más” (v. 22). Es difícil pensar cómo el monoteísmo po­dría ser expresado en una forma más clara. Jehová no es solamente el único Dios verdadero de Israel; El es el único Dios que existe. Los dioses de las naciones son solamente criaturas de sus pensamientos.

G. LA CAIDA DE BABILONIA (capítulos 46—47)

1. El Derrocamiento de su Religión (cap. 46). Bel era el Dios principal de la religión babilónica; Nebo era el intérprete de los dioses. Pero el peso inerte de sus imágenes, era una carga penosa para las bestias que los llevaban (v. 1). Estos dioses no tenían poder, por el contrario, eran inútiles, y fueron llevados al cautiverio (v. 2). En contraste a ellos, Jehová lleva a su pueblo (vrs. 3-4), desde la cuna hasta el sepulcro.

Una vez más Dios lanza el desafío: “¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que sea semejante?” (v. 5). Lo absurdo de la idolatría es sub­rayada una vez más (vrs. 6-7). Vez tras vez se hace re­saltar la nota monoteísta: “porque yo soy Dios, y no hay más Dios, y nada hay a mí semejante” (v. 9). Su deidad se muestra, como se repite a menudo en esta sección, por el hecho de que El es capaz de anunciar “lo por venir desde el principio” (v. 10).

2. El Derrocamiento de la Ciudad (cap. 47). La vergüenza de la triste caída de Babilonia se describe vívidamente (vrs. 1-5). Ella ha tratado al pueblo de Dios con una crueldad criminal (v. 6). Ahora su des­trucción ha venido, y ninguno de sus dioses falsos le puede ayudar (vrs. 12-14).

H. UN SUMARIO (capítulo 48)

Los énfasis recurrentes de esta sección (caps. 40— 48) se resumen aquí en conclusión. Jehová es el único que puede predecir el futuro (vrs. 3-8). Los ídolos no pueden hacerlo (v. 5). Israel ha sido puesto en el horno de la aflicción para ser refinado (v. 10). Dios es el Creador (v. 13). El pueblo saldría de Babilonia para que todo el mundo supiera que Dios había redimido a su gente (v. 20).

De nuevo notamos una preciosa promesa en el ver­sículo 17: “Así ha dicho Jehová, Redentor tuyo, el San­to de Israel Yo Jehová Dios tuyo, que te enseña pro­vechosamente que te encamino por el camino que andas.”

II. EL SIERVO DEL SEÑOR (capítulos 49—57)

Ya en la sección previa el profeta ha mencionado al siervo del Señor por lo menos una docena de veces. Pero ahora viene a ser el tema dominante. Tres de los cuatro “cánticos sobre el siervo” se encuentran en esta sección.

A. SALVACION (capítulo 49)

1. El Segundo Cántico Sobre el Siervo (vrs. 1-13). Al principio el siervo parece ser identificado como Is­rael (v. 3). Pero luego se le presenta como el siervo de Dios “para levantar las tribus de Jacob, y para que res­taures los asolamientos de Israel... por luz de las gen­tes, para que seas mi salud hasta lo postrero de la tie­rra” (v. 6). Por tanto, el siervo se diferencia de la na­ción que él va a restaurar. Algunos han interpretado al siervo como el remanente fiel en Israel. Pero de una forma clara, el cumplimiento más elevado de este len­guaje puede encontrarse solamente en Cristo.

2. La Restauración de Israel (vrs. 14-26). La pers­pectiva universal es más prominente en Isaías que en cualquier otro profeta del Antiguo Testamento. El re­sultado de la restauración de Israel será que “conocerá toda carne que yo Jehová soy Salvador tuyo, y Redentor tuyo, el Fuerte de Jacob” (v. 26).

B. EL SIERVO SUFRIENTE (capítulo 50)

1. Vendidos por sus Propios Pecados (vrs. 1-3). Jehová recuerda al pueblo que es su propio pecado lo que les causó ser vendidos a la esclavitud (v. 1). El podría haberles salvado, pero ellos no escucharon (v. 2).

2. El Tercer Cántico Sobre el Siervo (vrs. 4-11). Aquí predomina la nota personal. Se nos da una vislumbre anticipada del Siervo Sufriente descrito más ampliamente en el capítulo cincuenta y tres. Hablando en la primera persona, el Siervo se describe a sí mismo de la siguiente manera: “Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban el cabello: no es­condí mi rostro de las injurias y esputos” (v. 6). Sola­mente en Cristo encontró cumplimiento todo esto.

C. ESCUCHA Y DESPIERTATE (51:1—52:12)

1. Escucha (51: 1-8). Tres veces en estos ocho ver­sículos, Dios, por medio de su profeta, pide a su pueblo que escuche (vrs. 1, 4, 7). La primera vez les dice que recuerden su origen. Así como El bendijo a Abraham, les bendecirá a ellos. La segunda vez les pide que re­conozcan su ley. La tercera vez les exhorta a que no teman los reproches de los hombres.

2. Despiértate (51:9—52: 12). Tres veces el pro­feta clama: “Despiértate, despiértate” (51:9, 17; 52:1). La primera es un llamado a Dios para que despierte en favor de su pueblo. Como respuesta a este llamado vie­ne la promesa de redención y restauración: “Cierto, tor­narán los redimidos de Jehová, volverán a Sión can­tando, y gozo perpetuo será sobre sus cabezas: posee­rán gozo y alegría, y el dolor y el gemido huirán (51:11).

En la segunda oportunidad es un llamado a Jeru­salén para que despierte y se levante, porque su castigo terminará en bendición. El tercer llamado también es a Jerusalén. Debe despertar y ponerse sus hermosos vestidos, porque ya no será oprimida (52:1). A menudo en estos capítulos Dios consuela a su pueblo.

D. EL CUARTO CANTICO SOBRE EL SIERVO (52:13—53:12)

El capítulo cincuenta y tres de Isaías debería comen­zar con 52:13, donde “mi siervo” es presentado. Esta sec­ción generalmente se considera como el punto culminante de la profecía hebrea. Robinson dice: “Los pensamientos más profundos en la revelación del Antiguo Testamento se encuentran en esta sección... Ocupan el primer lu­gar en la profecía mesiánica.”

Era el capítulo cincuenta y tres de Isaías que el eu­nuco etíope iba leyendo en su carro cuando Felipe se le acercó para hablarle (Hechos 8:32). El evangelista le pudo mostrar que las palabras se referían a Cristo, como el Siervo Sufriente del Señor. Ningún otro pasaje pre­senta este aspecto tan claramente.

Las palabras del versículo tres han captado la imagi­nación de los hombres en todas partes: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores experi­mentado en quebranto.” Se dice que cuando Handel al­canzó este punto en la composición de El Mesías se le en­contró llorando con su rostro sobre la mesa. Ninguna per­sona seria puede leer estas palabras sagradas sin con­moverse.

Pero el versículo cuatro hace una aclaración muy importante: Sus sufrimientos no fueron por El mismo, sino por nosotros. “Ciertamente llevó él nuestras enfer­medades, y sufrió nuestros dolores.”

Este aspecto vicario se lleva aún más adelante en el versículo quinto, donde se subrayan el propósito y el re­sultado de su sufrimiento: “Mas él herido fue por nues­tras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.”

Luego viene el pasaje que toca la sensibilidad del corazón de cada pecador penitente: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su ca­mino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nos­otros” (v. 6). ¡No nos extraña que a este capítulo se le llame el Evangelio Según Isaías!

La sumisión mansa de Cristo frente al sumo sacer­dote y Pilato se prefiguran en el versículo 7. Su muerte

vicaria es descrita una vez más en el versículo 8.

Su muerte no es solamente vicaria, sino también efi­caz: “Cuando hubiere puesto su vida por expiación del trabajo de su alma verá y será saciado; con su cono­cimiento justificará mi siervo justo a muchos, y él llevará las iniquidades de ellos” (vrs. 10-11). El Padre estaría satisfecho con el sacrificio de su Hijo y lo aceptaría por la justificación de muchos.

El cántico cierra con la nota de redención: “Fue contado con los perversos, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.”

E. LA RESTAURACION POR MEDIO DE LA REDENCION (capítulo 54)

La redención es un asunto costoso. Incluye sacri­ficio y sufrimiento (cap. 53). Pero acarrea bendición y gozo. La atmósfera del capítulo 54 es la de cautivos redi­midos cantando y gozándose.

El versículo segundo es un desafío constante para cada cristiano: “Ensancha el sitio de tu cabaña, y las cor­tinas de tus tiendas sean extendidas; no seas escasa; alar­ga tus cuerdas, y fortifica tus estacas.” Dios quiere que continuemos ensanchando nuestras vidas continuamen­te, tanto interiormente en una experiencia espiritual, co­mo exteriormente en servicio efectivo. Pero uno no debe extender sus cuerdas a menos de que fortifique sus es­tacas. Mientras más grande sea la tienda y largas las cuer­das, más firmemente deben enterrarse las estacas en la tierra, o de lo contrario la tienda se vendrá abajo. Esto es lo que ha pasado a algunos obreros cristianos. Tomemos la figura de los rascacielos modernos: para ir más alto uno debe ir primero más profundo. La estabilidad de la estructura depende de la fortaleza del cimiento.

Una fase del evangelismo de Isaías se ve en su énfa­sis en lo universal. El tenía una visión más amplia que cualquier otro escritor del Antiguo Testamento. La sal­vación es para los gentiles tanto como para los judíos. “Tu simiente heredará gentes (gentiles)” (v. 3). “Dios de toda la tierra será llamado” (v. 5).

F. LA INVITACION DEL EVANGELIO (capítulo 55)

El capítulo cincuenta y cinco de Isaías contiene una de las anticipaciones más hermosas de la predicación evan­gelística de esta era que se encuentre en el Antiguo Tes­tamento. La salvación es gratis (v. 1). “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (v. 6). Estas palabras son tan significativas hoy día como lo fueron hace dos mil años. Lo mismo es el versículo siguiente: “Deje el impío su camino, y el hom­bre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.”

Las palabras del versículo once han consolado a los predicadores veces sin fin: “Así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.”

¿Y quién no se ha conmovido con los últimos dos versículos? Solamente citaremos el versículo 12: “Por­que con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vos­otros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso.” Este es un capítulo que todo cristiano debe­ría memorizar.

G. JUICIO Y JUSTICIA (capítulos 56—57)

1. La Importancia del Día de Reposo (56: 1-8). Una bendición especial se pronuncia sobre aquellos que guar­dan el día de reposo y no lo quebrantan (v. 2). El que­brantamiento del día de descanso es uno de los pecados más vergonzosos en el mundo hoy día. El verdadero cris­tiano dará un testimonio fiel al rehusar comprar en el día domingo en los muchos negocios que ahora perma­necen abiertos. Mientras más fácil sea quebrantar el día del Señor, más grande será la tentación. Este es un pun­to en el cual nosotros debemos ser diferentes, no indi­ferentes.

Aquellos que guarden el día del Señor debidamente, estarán gozosos en la casa de oración, y las ofrendas que traigan serán aceptas al Señor (v. 7). Uno no puede emplear la tarde del domingo en asuntos seculares—para no mencionar placeres mundanos—y esperar ser bende­cido en la iglesia. El versículo termina con la nota uni­versal otra vez: “Mi casa, casa de oración será llamada de todos los pueblos.”

2. Atalayas Ciegos y Perros Mudos (56: 9—57:2). En el Israel de aquel entonces, como a menudo sucede hoy día, los pastores del rebaño de Dios eran como ata­layas ciegos y perros mudos. Codiciaban las ganancias personales, en vez de cuidar a las ovejas.

3. Otra Vez la Idolatría (57:3-21). Una de las cau­sas principales de la cautividad babilónica fue la idolatría de los israelitas. En ese horno de aflicción ellos fueron purgados de su amor por los ídolos, así que desde entonces no han caído en ese mal, aunque antes de eso lo habían he­cho frecuentemente desde los días del éxodo. Por tan­to, el punto de vista del capítulo 57 es pre-exílico.

La gente de Judá había caído en las clases de idola­tría más aborrecida, sacrificando sus propios niños en los altares de los dioses falsos (v. 5). Eso todavía se practica espiritualmente hoy día por aquellos que sacrifican sus hijos a Mammón y los placeres.

Sin embargo, incrustada en este antecedente tan ne­gro, hay una joya brillante: “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el que­brantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (v. 15). El prerrequisito absoluto para el compañerismo con Dios es la humildad.

Esta sección del libro, como la anterior, termina con la expresión “No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos.”

III. LA GLORIA FUTURA DEL PUEBLO DE DIOS (capítulos 58—66)

El sufrimiento siempre precede a la gloria. Isaías so­bresalió por cierto entre los profetas que “profetizaron de la gracia que había de venir a vosotros, han inquirido y diligentemente buscado, escudriñando cuándo y en qué punto de tiempo significaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual prenunciaba las aflicciones que habían de venir a Cristo, y las glorias después de ellas” (I Pedro 1:10-11). Así que esta sección de la gloria fu­tura sigue a la del Siervo Sufriente del Señor. Todavía es cierto que el verdadero cristiano debe, como su Señor, experimentar primero el sufrimiento antes de que pueda gozar la gloria.

A. EL AYUNO Y LA OBSERVANCIA DEL DIA DE REPOSO (capítulo 58)

1. El Ayuno (vrs. 1-12). El pueblo observaba la re­ligión exteriormente, pero sus corazones estaban lejos de Dios. Ayunaban, pero lo hacían sólo en una forma legalis­ta (vrs. 3-4). Como acertadamente se ha observado, la Biblia no dice “Orad y trabajad,” sino “Ayunad y Orad.” El único valor espiritual que hay en el ayuno consiste en la actitud del intenso deseo y sacrificio desinteresado que representa y produce. No hay beneficio en el ayuno si empleamos el tiempo como siempre en el trabajo y los placeres. Tiene valor sólo como un medio para la oración concentrada e ininterrumpida. El ayuno no es una mani­pulación mecánica de la Deidad para obtener los resulta­dos que nosotros deseamos. Eso es magia, no verdadera religión. Nosotros no forzamos a Dios con nuestro ayu­no, sino que podemos entonces rogarle con más humildad y vehemencia.

Se indica que el verdadero ayuno (vrs. 5-7) consis­te de una actitud adecuada de amabilidad, justicia, gene­rosidad y atención propia al compañerismo de familia— “no te escondas de tu carne.” A veces es más fácil huir de la vida a la seclusión que enfrentarse a ella con un verdadero espíritu de amor semejante al de Cristo.

El verdadero ayuno producirá luz, no oscuridad (vrs. 8-12). Acarreará gozo y buena salud (v. 8). Traerá los resultados deseados: seguridad de que Dios oye nues­tra oración (v. 9). El producto más importante de la ora­ción, la dirección divina, se nos garantiza: “Y Jehová te pastoreará siempre.”

2. La Observancia del Día de Reposo (vrs. 13-14). El día del Señor no es para trabajar o divertirse, sino pa­ra descansar y adorar. El verdadero cristiano no leerá literatura secular, ni escuchará o tendrá diversiones seculares en el domingo. Hay tantos libros buenos y es­pirituales para leer y tantas oportunidades para el ser­vicio cristiano hacia otros, que no hay excusa para bus­car nuestros propios “caminos” en el domingo.

B. EL PECADO Y LA SALVACION (capítulo 59)

1. El Pecado (vrs. 1-8). Los dos primeros versículos proclaman el principio importante de que la falta de sal­vación no se debe a la falta de poder de Dios—“no se ha acortado la mano de Jehová para salvar”—ni tampoco por falta de deseo—“ni se ha agravado su oído para oír”— sino más bien por causa del pecado del hombre—“Vues­tras iniquidades han hecho división entre vosotros y vues­tro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar su rostro de vosotros.” El pecado es lo único que separa al hom­bre de Dios.

La profundidad del pecado se describe en términos muy vívidos en los versículos 3-8. Los últimos dos ver­sículos se citan en Romanos 3:15-17 en una figura del hombre natural, apartado de Dios.

2. Confesión (vrs. 9-15). Consciente de sus peca­dos, Israel los confiesa a Dios. La confesión es siempre el camino que conduce del pecado a la salvación.

3. Salvación (vrs. 16-21). Aunque no había hombre que intercediera, Dios mismo obró la salvación. La confe­sión del pueblo preparó el camino para que El lo hiciera. Esta promesa se da para los que confían en El: “Porque vendrá el enemigo como río, mas el espíritu de Jehová levantará bandera contra él” (v. 19).

C. LAS BENDICIONES DE LA REDENCION (capítulos 60—61)

1. Un Evangelio de Alcance Mundial (cap. 60). En este capítulo el énfasis característico de Isaías en la uni­versalidad de la redención se presenta más claramente. En el versículo tercero dice: “Y andarán las gentes (gen­tiles) a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimien­to.” Otra vez clama: “La fortaleza de las gentes (genti­les) haya venido a ti” (v. 5). El mismo pensamiento se repite en el versículo 11. En otras palabras, la salvación de Israel resultaría en la bendición espiritual para todo el mundo. Naturalmente, esta profecía ha tenido su cum­plimiento solamente en Cristo y en la salvación que El ha provisto para todo el mundo. Las bendiciones de­rramadas sobre los judíos en tal abundancia y medida en el día del Pentecostés, pronto alcanzaron a todo el Imperio Romano. Dios prometió que la luz de su pre­sencia nunca se apagaría (vrs. 19-22).

2. Las Bendiciones de la Salvación (cap. 61). El versículo primero y el principio del segundo fueron citados por Cristo en la sinagoga en Nazaret declarando que se cumplían en El (Lucas 4:16-21). Son otra des­cripción del Siervo del Señor. Cristo se detuvo en el “año de la buena voluntad de Jehová” porque eso des­cribía la salvación que El proveía en su primera veni­da. El “día de venganza de nuestro Dios” se refiere a la Segunda Venida.

El plan y propósito de Dios era que todos los hijos de Israel fueran “sacerdotes de Jehová” y “ministros del Dios nuestro” (v. 6), y trajeran las bendiciones del cielo a todos los habitantes de la tierra. Pero ellos fa­llaron en su misión, excepto en proveer el Antiguo Tes­tamento y el Mesías. Fue Cristo, el Siervo individual del Señor, quien vino a ser el medio de salvación para to­do el mundo.

D. LA SALVACION DE ISRAEL (62:1—63:6)

1. Jerusalén Restaurada (62:1-9). Dios promete que no descansará sino hasta que Jerusalén brille como una luz resplandeciente vista por todos los gentiles. Ella será “corona de gloria en la mano del Señor” (v. 3). Jerusalén había sido como una viuda “desamparada,” su tierra en “asolamiento.” Pero sería llamada Hephzibah—”mi deleite está en ella”— y su tierra, Beulah— “casada” (v. 4). Se exhorta al pueblo a orar para que Jerusalén sea hecha una “alabanza en la tierra” (v. 7).

2. La Gente Santa (62:10-12). Cuando un camino se haya construido (véase 40:3) Dios vendrá rápida­mente en salvación. Entonces su pueblo será llamado “Pueblo Santo, Redimidos de Jehová,” y Jerusalén se­rá llamada “Ciudad Buscada, y no desamparada” (v. 12).

3. El Día de Venganza (63:1-6). Los tres primeros versículos de este capítulo a menudo se usan como la base para sermones evangelísticos sobre la muerte de Cristo, cuyos vestidos están manchados con su propia sangre, derramada por la salvación de los pecadores. Pero aun la lectura superficial del pasaje, nos muestra que esta referencia es acerca de la destrucción de los enemigos de Dios. Es la sangre de ellos, no la de Cristo, la que se derrama. Este pasaje se aplica a la Segunda Venida de Cristo para juzgar, no a la primera en sacrificio.

E. LA ORACION DE ISRAEL (63:7—64:12)

1. Un Llamamiento al Pasado (63: 7-19). Los “sier­vos” de oración (v. 17) del Señor llaman la atención a su trato maravilloso con el pueblo de Israel bajo la di­rección de Moisés (vrs. 11-14). Así como El había re­dimido a su pueblo de la esclavitud egipcia, también los debía restaurar de la cautividad babilónica. El punto de vista aquí es definitivamente el del exilio. Las tribus necesitan ser retornadas (v. 17), pues “nuestros enemi­gos han hollado el santuario” (v. 18).

Los versículos diez y once son de especial interés puesto que son el único lugar en el Antiguo Testamento donde la expresión “Espíritu Santo” se usa como el Espíritu de Dios, excepto Salmos 51:11.

2. Una Petición Para el Presente (cap. 64). A me­nudo las palabras del primer versículo se han repe­tido por aquellos que han sentido carga por un aviva­miento: “¡Oh si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes...!” Y el versículo cuatro ha engendrado muchas veces fe para bendiciones superiores a cualquier cosa esperada.

La figura del alfarero y el barro (v. 8) siempre ha tenido su atractivo. Jeremías desarrolla más vívida­mente la figura, que sólo se menciona aquí.

El punto de vista de la cautividad babilónica pare­ce indicarse muy claramente en los versículos 10 y 11: “Sión es un desierto, Jerusalén una soledad. La casa de nuestro santuario y de nuestra gloria (el templo de Salomón), en la cual te alabaron nuestros padres, fue consumida al fuego.” La invasión asiria de los días de Isaías (siglo octavo A.C.) había causado mucha desola­ción a Judá. Pero el templo quemado—eso parece requerir la destrucción de Jerusalén por los babilonios en el año 586 A.C.

Para muchos eruditos del Antiguo Testamento, eso fija la fecha para el “Segundo Isaías” (capítulos 40—66). Pero aquellos que aceptan la inspiración sobrenatural no tienen dificultad en creer que el profeta pudo pro­yectarse a sí mismo en espíritu, a través de dos siglos hasta los tiempos de la cautividad. El asunto básico en esta cuestión es el creer o no creer en la inspiración di­vina. Sin embargo, debemos insistir en que suponiendo que pusiéramos los escritos del “Deutero-Isaías” en el siglo sexto, todavía quedan rasgos de visiones claras que penetran el futuro desconocido, y que no pueden ex­plicarse sobre una base meramente humana.

F. LA RESPUESTA DE DIOS (capítulos 65—66)

1. Un Pueblo Rebelde (65:1-16). “Extendí mis ma­nos todo el día a pueblo rebelde” (v. 2). En vez de oír a Jehová, se están hundiendo más profundamente en la idolatría (vrs. 3-4). Y todavía dicen “soy más santo que tú” (v. 5).

Pero hay un remanente fiel (vrs. 8-10). Son llama­dos “mis escogidos,” y “mis siervos” (v. 9). Dios dará su tierra “a mi pueblo que me buscó” (v. 10).

Los rebeldes, sin embargo, serán muertos. No sólo no buscaron a Dios, sino que rehusaron responder cuan­do El les buscó (v. 12). Sus “siervos” serán protegidos, pero ellos sufrirán castigo (vrs. 13-15).

2. Nuevos Cielos y Nueva Tierra (65: 17-25). La edad mesiánica se describe como un tiempo de regocijo y de longevidad de vida (vrs. 18-20), de prosperidad y paz (vrs. 21.25). Los humildes y los obedientes pueden reclamar la promesa: “Antes que clamen responderé yo; aun estando ellos hablando, yo habré oído (v. 24). El versículo 25 es un breve eco de la descripción más completa que hallamos en 11:6-9, cuando aun las bestias feroces no dañarán a ninguna otra criatura. Este len­guaje debe considerarse como un símbolo de la expe­riencia espiritual del cristiano santificado en nuestros días. Hasta qué grado será literal el cumplimiento de esta profecía durante el reino milenial sobre la tierra, tendremos que esperar para saberlo. Mientras tanto, lo principal es saber que el reino de Cristo se ha estable­cido completamente en nuestros corazones. Sólo median­te una completa consagración a su voluntad podremos nosotros gozar estas bendiciones ahora.

3. Mensaje Final de Consuelo (cap. 66). La clave de este capítulo final la encontramos en el versículo 13: “Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros.” El amor divino se expresa así en térmi­nos muy tiernos. Pero este consuelo se promete a aquel “que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (v. 2).

La pregunta “¿nacerá una nación de una vez?” (v. 8) recibió una respuesta pasmosa el 15 de mayo de 1948, cuando la nueva nación de Israel súbitamente y sin que nadie lo esperara volvió a surgir, después de casi exactamente dos mil años de una existencia no in­dependiente (desde el año 63 A.C.). De seguro que to­do está listo, como nunca antes en esta era, para la Se­gunda Venida de Cristo.

Pero la bendición futura para el pueblo de Dios en “los cielos nuevos y la nueva tierra” (v. 22), con “toda carne” adorándole a El (v. 23), debe ser inevitablemen­te acompañada por el castigo de los malos. Las terribles palabras del último versículo de Isaías—“su gusano nunca morirá, ni su fuego se apagará”—fueron repetidas por Cristo en su advertencia del fuego de la Gehenna (Marcos 9:48).

Para Estudio Adicional

1. ¿Qué cambio de tono toma lugar en Isaías 40?

2. Discuta la unidad de Isaías.

3. ¿Cuál es el énfasis principal de los capítulos 40—48?

4. ¿Quién es “el Siervo del Señor”?

5. Enumere todas las profecías específicas de Cris­to en Isaías 53.

6. ¿Qué dice Isaías acerca del Día de Reposo?

CAPITULO TRES

EL PROFETA LLORON

Jeremías 1—25

Nombre: Significa “a quien Jehová ha designado.”

Ciudad Natal: Anathoth, cerca de tres millas al noreste de Jerusalén.

Fecha de su Ministerio: 626-586 A.C.

Lugar de su Ministerio: El Reino del Sur o Judá.

División del Libro:

I. Profecías Concernientes a Judá (capítulos 1—25)

II. Vida Personal del Profeta (capítulos 26—45)

III. Profecías Concernientes a las Naciones Ex­tranjeras (capítulos 46—51)

IV. Apéndice Histórico (capítulo 52)

Versículos para memorizar: 6:16; 10:23; 17:7, 9; 29:13; 33:3

INTRODUCCION

El profeta Jeremías es uno de los personajes más peculiares del Antiguo Testamento. Sabemos más acer­ca de su personalidad que la de cualquier otro profeta. Tan pronunciada es que se le conoce universalmente como “el profeta llorón.”

Hay varios pasajes en el libro que sostienen esta descripción. Entre ellos sobresale 9: 1—“¡Oh si mi cabeza se tornase aguas, y mis ojos fuentes de aguas, pa­ra que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!” La costumbre tradicional de adjudicar a Je­remías el libro de Las Lamentaciones ha servido para confirmar esta característica.

Fue el triste destino de este profeta contemplar la caída de su pueblo. Tuvo que ver a su pueblo eclipsarse sin poder hacer nada para evitarlo. El tuvo la triste e indeseable tarea de anunciar la caída de la nación y la destrucción de su capital. En tres oportunidades se le ordenó: “No ores por este pueblo” (7: 16; 11: 14; 14: 11). ¿Qué misión más triste podría tener un profeta?

El ministerio profético de Jeremías coincidió con los postreros días del reino de Judá. Durante el reinado de sus últimos cinco reyes, el profeta suplicó en vano el arrepentimiento que solamente podía salvar a la na­ción y evitar su caída. Ante sus ojos llorosos Jerusalén fue destruida y Judá fue llevada al cautiverio.

Aunque Jeremías fue un profeta inspirado del Es­píritu, fue también intensamente humano. Las frecuen­tes notas autobiográficas en su libro, revelan una per­sonalidad muy sensitiva a las actitudes de aquellos que le rodeaban. Esta no fue señal de un carácter débil, por­que lo mismo notamos en las epístolas de Pablo. Por el contrario, indican que él estaba despierto y alerta.

Jeremías fue el profeta más perseguido. Vez tras vez leemos que era castigado o puesto en prisión. Sacer­dotes y profetas, los príncipes y el pueblo—todos se vol­vieron en su contra. Quizá en ocasiones le haya pareci­do a él que se trataba de Jeremías contra todo el mun­do. Sólo Dios estuvo con él.

I. EL LLAMADO DEL PROFETA (capítulo 1)

A. EL ENCABEZADO (versículos 1-3)

En cada uno de los doce Profetas Menores el pri­mer versículo compone el encabezado. (El versículo pri­mero de Abdías debiera ser dividido). Esto es verdad también en relación con Isaías. Pero en el caso de Je­remías y Ezequiel, el encabezado comprende los tres primeros versículos.

Jeremías es identificado como un profeta que vivía en Anathoth. Esta villa sacerdotal (Josué 21: 18) era un suburbio del norte de Jerusalén. Esta última, Jerusalén, originalmente estaba en “la tierra de Benjamín,” con las fronteras de su tribu alcanzando hasta el Valle de Hinnom, al sur de Jerusalén. Pero David la había es­cogido como su capital (II Samuel 5:6-9), y desde en­tonces se contó con Judá.

Tres reyes se mencionan aquí: Josías, Joacím y Sedequías. El primero reinó desde por el 638 hasta el 608 A.C. “El año décimotercio de su reino” sería entonces el 626 A.C. Joacím y Sedequías, reinaron durante once años cada uno. Entre Josías y Joacím, y entre Joacím y Sedequías, un rey reinó durante tres meses. Estos dos no se men­cionan aquí. El reinado de Sedequías terminó con “la cautividad de Jerusalén” (v. 3) en el año 586 A.C. Co­mo en el caso de Isaías, el ministerio activo de Jeremías duró cuarenta años.

B. EL LLAMAMIENTO (versículos 4-10)

A Jeremías se le notificó que había sido santi­ficado (apartado) antes de su nacimiento y ordenado “por profeta a las gentes” (v. 5). Su ministerio alcan­zaría más allá de Judá.

La reacción del joven profeta fue inmediata y enér­gica: “¡Ah! ¡ah! ¡Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño” (v. 6). Este versículo no apoya la idea de “niños predicadores” de seis u ocho años de edad. Jeremías tenía probablemente veinte años de edad. Los levitas no debían ministrar sino hasta que tuvieran treinta años de edad (Números 4:3), y Jeremías sabía que no había alcanzado la edad normal para su ministerio público. Todavía era un “niño.”

El ministerio de Jeremías era “para arrancar y pa­ra destruir, y para arruinar y para derribar, y para

edificar y para plantar” (v. 10). El terreno debe ser limpiado antes de que una nueva estructura se levante. Todavía es así en la predicación evangelística.

C. DOS VISIONES (versículos 11-16)

1. Una Vara de Almendro (vrs. 11-12). Esta sim­bolizaba el hecho de que Dios iba a castigar a su pue­blo pronto. “El árbol de almendro es el primero que despierta en la primavera; así Jehová es como uno que despierta, levantándose para juzgar.”

2. Una Olla Hirviendo (vrs. 13-16). Esta visión significaba que el juicio vendría desde el norte. Puesto que los invasores provenientes desde el área mesopo­támica venían por el Creciente Fértil, prácticamente arri­baban a Palestina por el norte. Así que esto podía apli­carse a Babilonia.

D. LA NECESIDAD DE TENER VALOR (versículo 17)

A Jeremías se le advirtió que su predicación se en­frentaría con ruda oposición. Pero Dios sería con él. El profeta debería tener valor para enfrentarse a la gente.

II. LA TRAICION DE JUDA (capítulos 2—6)

A. PECADOS GEMELOS (2:1—3:5)

1. Dejando a Dios (2:1-13). El versículo 13 une las dos partes del capítulo dos: “Porque dos males ha hecho mi pueblo: dejáronme a mí, fuente de agua viva, por cavar para sí cisternas, cisternas rotas que no detienen agua.” Ellos habían dejado a Dios para buscar alianzas extranjeras que no les podían ayudar.

En la primera parte del capítulo, se les acusa de ido­latría. Han cambiado al verdadero Dios, quien mila­grosamente les libertó de la esclavitud egipcia (v. 6), por los dioses falsos de los paganos (v. 11). Fue un mal negocio.

2. Buscando Alianzas Extranjeras (2: 14—3:5). En vez de confiar en Dios, el pueblo de Judá se volvía al sur, a Egipto, o al norte, a Asiria (2: 18). “El río” en el Antiguo Testamento generalmente se refiere al Eufrates, en la vecindad del cual Asiria estaba ubicada. Judá rechazaba “la fuente de agua viva,” para beber de estos ríos.

El hombre no puede lavar sus propios pecados, no importa qué tan fuertemente trate de hacerlo (2:22). La idolatría era el pecado dominante de Israel. Salomón había introducido la adoración de Baal (2:8), el prin­cipal Dios de los fenicios. El plural masculino “Baales” (2:23) se usa a menudo para referirse a los dioses mas­culinos en general, mientras que Astarot (plural fe­menino) se refiere a las diosas. Tan prevaleciente ha­bía llegado a ser la idolatría, que el profeta podía decir: “según el número de tus ciudades, oh Judá, fueron tus dioses” (2:28).

Asiria no les había ayudado (véase Isaías). Ahora se estaban volviendo a Egipto. Jeremías pregunta en medio de la desesperación: “¿Para qué discurres tan­to, mudando tus caminos? También serás avergonzada de Egipto, como fuiste avergonzada de Asiria” (2:36). La volubilidad de Judá era patética.

La idolatría se compara con la fornicación (3:1-5; véase 2:20). Oseas también había acusado a Israel de adulterio espiritual.

B. LA REBELDE JUDA (3:6—4:2)

1. Judá Peor que Israel (3:6-11). Esta sección re­gistra el segundo mensaje profético, dado “en días del rey Josías” (v. 6). Evidentemente, la reforma nacional instituida por Josías después del descubrimiento de la ley en el templo (II Reyes 22—23), había sido superfi­cial. Judá es acusada de no haberse vuelto al Señor “de todo su corazón, sino mentirosamente” (v. 10). Aunque tenía delante de ella la advertencia del fracaso que ha­bía venido al Reino del Norte, o Israel, cien años an­tes (en el año 722 A.C.), continuaba en su idolatría (for­nicación, v. 8). En relación a Israel, es llamada dos veces “la rebelde... Judá” (vrs. 7-8). El Señor decla­ra por medio de su profeta: “Justificado ha su alma la rebelde Israel en comparación de la desleal Judá” (v. 11).

2. Un Llamado al Rebelde Israel (3: 12—4: 2). Al profeta se le ordena ir y clamar “estas palabras hacia el aquilón” (Israel). La invitación es dada al remanente allí—los que no han ido a la cautividad—para que vuel­van al Señor (3: 12). Si reconocieran su pecado, El sería misericordioso con ellos (3: 13). La lección de esta sen­tencia es que la confesión trae perdón.

C. EL DIA DEL SEÑOR (4:3-31)

1. Un Llamado al Arrepentimiento (vrs. 3-4). Una vez más el profeta se vuelve a Jerusalén y Judá. Su clamor es: “Haced barbecho.” El suelo duro e incul­tivable de sus corazones necesitaba ser arado con ora­ción y rastrillado con arrepentimiento.

2. El Látigo del Norte (vrs. 5-18). La olla hir­viendo (1: 13) está a punto de derramar su furia desde el norte en “quebrantamiento grande” (v. 6). Sería una invasión espantosa: “He aquí que subirá como nu­be, y su carro como torbellino; más ligeros con sus ca­ballos que las águilas” (v. 13). La única esperanza de escapar es apartándose del pecado (v. 14). El castigo sobre Judá es justo: “Tu camino y tus obras te hicie­ron esto” (v. 18).

3. Destrucción Total (vrs. 19-31). Este pasaje con­tiene una de las descripciones más vívidas de gran des­trucción que se encuentren en la Biblia. La expresión “asolada y vacía” se encuentra sólo aquí (v. 23) y en Génesis 1:2, donde se describe el primer caos. El efecto de este cuadro terrible en Jeremías fue una profunda agonía de corazón (v. 19). El verdadero profeta siem­pre paga el precio del sufrimiento debido a los pecados del pueblo.

D. SE NECESITA UN HOMBRE (capítulo 5)

Este ha sido llamado a veces “El Capítulo de Dióge­nes.” Así como este filósofo griego caminaba por las calles de Atenas durante el día con una linterna en­cendida, buscando un hombre honesto, al profeta se le ordenó buscar por las calles de Jerusalén un hombre íntegro. Si él encontraba uno, Dios perdonaría a la ciudad.

Pero Israel y Judá “resueltamente se rebelaron” en contra del Señor (v. 11). Rechazaron sus adverten­cias, declarando que el mal no les alcanzaría (v. 12). Co­mo respuesta, Dios repitió la amenaza de la invasión (v. 15). Esta vendría a causa de la idolatría de ellos (v. 19). Luego viene este lamentoso clamor: “Vuestras iniqui­dades han estorbado estas cosas; y vuestros pecados apartaron de nosotros el bien” (v. 25). Cada pecador se engaña a sí mismo.

E. LA PROFUNDIDAD DEL PECADO DE JUDA (capítulo 6)

A los hijos de Benjamín que vivían en Jerusalén se les ordenó huir hacia el sur, a Tecoa, una villa de pastores, a doce millas al sureste de la capital, donde el profeta Amós había vivido. Un fuego se encendería co­mo señal sobre la sierra de Beth-haccherem, para guiar­les; “porque del aquilón se ha visto mal, y quebranta­miento grande” (v. 1).

La abundancia del pecado de Judá se describe así: “Como la fuente nunca cesa de manar sus aguas, así nunca cesa de manar su malicia” (v. 7). Toda la gente, aun los sacerdotes y los profetas, son malos (v. 13). Los profetas, como falsos doctores, “curan el quebranta­miento de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo, Paz, paz; y no hay paz” (v. 14). Mientras Jeremías clamaba “¡Guerra!” (vrs. 4-6), los profetas falsos cal­maban al pueblo diciendo, “Paz.”

“Ni aun saben tener vergüenza” (v. 15; véase 8: 12) expresa la actitud temeraria de la gente, tan a menudo reflejada hoy día. Jeremías les rogó que preguntaran “por las sendas antiguas” (v. 16), pero ellos rehusaron. Por tanto serían llamados “plata desechada,” porque Dios les había rechazado (v. 30).

III. CONFIANZA FALSA EN EL TEMPLO (capítulos 7—10)

A. EL SERMON DEL TEMPLO (7:1—8:3)

El primer versículo de esta sección indica que un mensaje nuevo e importante está a punto de presentarse. Al profeta se le ordena dar este sermón “a la puerta de la casa de Jehová.”

Se informa al pueblo que lo único que le salvará de la destrucción es un arrepentimiento genuino: “Me­jorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré mo­rar en este lugar” (v. 3). No es demasiado tarde para evitar la cautividad.

La gente de Jerusalén tenía un sentido falso de se­guridad por el hecho de que el templo estaba allí (v. 4). Puesto que éste era inviolable, la ciudad estaba a salvo. Pero Jeremías les advierte que el primer altar sagrado en Silo estaba ahora en ruinas (v. 12). La misma des­trucción llegaría al templo (v. 14). La gente de Judá iría al cautiverio como Israel había ido (v. 15). Dios ordena a Jeremías no orar por ellos porque El no le oiría (v. 16).

Los versículos 22 y 23 son un comentario excelen­te de las palabras de Samuel “El obedecer es mejor que los sacrificios (I Samuel 15: 22). Jeremías predicaba una religión espiritual en vez de una formal.

La gente en los días de Jeremías, era, en un sen­tido muy peculiar, “la nación de su ira” (v. 29). Eran ellos quienes serían echados de su tierra. Pero su cas­tigo iba de acuerdo con su maldad. Habían levantado ídolos en la casa misma de Dios (v. 30). Habían descen­dido a la profundidad de la idolatría, ofreciendo sus propios niños en el fuego de Moloch. El Valle de Hin­nom al sur de Jerusalén, donde esto sucedía, vendría a ser un “Valle de Matanza” (vrs. 31-33). “Su santuario se convertiría en su cementerio.”

B. DESOBEDIENCIA E IDOLATRIA (8:4—10:25)

1. Rebeldía Perpetua (8:4-9). La gente de Jerusa­lén estaba deslizándose constantemente hacia atrás, ha­cia el borde del abismo. A pesar de todo lo que el pro­feta pudiera hacer, ellos no querían “volverse” (v. 5).

2. Doctores Falsos (8:10-22). Una vez más el Se­ñor dice: “curaron el quebrantamiento de la hija de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz: y no hay paz” (v. 11). Y luego pregunta: “¿No hay bálsamo en Galaad? ¿no hay allí médico? ¿Por qué pues no hubo medicina para la hija de mi pueblo?” (v. 22).

3. El Profeta Llorón (9: 1-8). El profeta se siente embargado por el sufrimiento al ver que el pueblo se está acarreando a sí mismo tal sufrimiento por causa de su pecado. El pecado principal de ellos es el engaño (vrs. 3-8).

4. Un Dios Ofendido (9:9-26). Jerusalén y Judá serían puestas en asolamiento (v. 11). Sus habitantes serían esparcidos entre las naciones (v. 16). La verda­dera sabiduría consiste en conocer a Dios (v. 24).

5. La Insensatez de la Idolatría (cap. 10). Casi en cada capítulo el pueblo de Judá es acusado de adoración idólatra de los dioses paganos. Pero este es uno de los pasajes más largos sobre la impotencia de los ídolos en contraste con la omnipotencia de Jehová (vrs. 2-16).

La sección termina con otra predicción de la inva­sión del norte, la cual vendrá “para tornar en soledad todas las ciudades de Judá, en morada de culebras” (v. 22). Las nubes de la guerra se mueven muy bajas durante todo el ministerio de Jeremías.

IV. EL PACTO DE DIOS (capítulos 11—12)

Es probable que la mención que se hace aquí del pacto de Dios con Israel, se refiera al hallazgo del libro de la ley en el templo, que resultó en la reforma reli­giosa de Josías en el año 621 A.C. Así que esta profecía debe haberse pronunciado cerca del principio del mi­nisterio de Jeremías.

A. UN PACTO QUEBRANTADO (11: 1-10)

En el Monte Sinaí, Dios hizo con su pueblo el pacto de darles la Tierra Prometida (v. 5). Pero ellos habían quebrantado el pacto (v. 10) y por tanto habían perdido el derecho a vivir en Canaán.

B. DEMASIADO TARDE PARA ORAR (11: 11-17)

Por segunda vez Dios ordena a Jeremías no orar por el pueblo. Ellos habían rehusado oírle, así que El re­husaría oír sus oraciones en los momentos de dificul­tad (11:14).

C. LA CONSPIRACION EN CONTRA DE JEREMIAS (11: 18-23)

Los hombres de Anathoth, su pueblo natal, tramaron un complot secreto en contra de Jeremías. El pro­feta era como un cordero conducido al matadero hasta que Dios le reveló los planes de los conspiradores. No pasaría mucho tiempo sin que ellos fueran sorprendidos por la invasión de Jerusalén y fueran destruidos.

D. LA PROSPERIDAD DE LOS IMPIOS (12: 1-6)

El problema que afrontaba Jeremías es un problema antiguo: “¿Por qué es prosperado el camino de los im­píos?” El profeta ruega que se le dé permiso para dis­cutir el asunto con Dios (v. 1).

La respuesta de Dios se da en el lenguaje simbólico del versículo 5: “Si corriste con los de a pie, y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en la tierra de paz estabas quieto, ¿cómo harás en la hinchazón del Jor­dán?” El problema de Jeremías era cómo competir con otros corredores. ¿Cómo podría competir en contra de los caballos? esto es, ¿cómo podría afrontar verdaderas difi­cultades? Si en el campo raso y tranquilo se fatigaba, ¿qué haría él en la jungla enmarañada y sin caminos del Jordán—las dificultades más serias que le esperaban en el futuro? La conspiración de los hombres de Anathoth era nada en comparación con las que habrían de venir.

E. EL LAMENTO DIVINO (12:7-17)

Al par que Jehová contemplaba la triste caída de su pueblo, se expresa a sí mismo por medio de su profeta en estas dolientes palabras. Se había visto obligado a apar­tarse de su casa y de su heredad.

V. CINCO ADVERTENCIAS (capítulo 13)

A. EL CINTO PODRIDO (vrs. 1-11)

Una de las características sobresalientes del minis­terio de Jeremías fue la de las parábolas expresadas me­diante ciertas acciones. Dios ordenó al profeta comprarse un cinto de lino, usarlo, y luego esconderlo en el agu­jero de una roca en el “Eufrates.” (Difícilmente podría referirse al río Eufrates, el cual está a doscientas cin­cuenta millas de ese lugar; probablemente la referencia fuera a un pueblo pequeño a tres millas de distancia con el mismo nombre hebreo). Cuando Jeremías volvió a buscar el cinto, éste se había podrido y no servía para nada. El cinto era un símbolo de Israel y Judá, a quienes Jehová había tomado para sí, pero ahora “para ninguna cosa” eran “buenos” (v. 10).

B. LOS ODRES HENCHIDOS DE VINO (versículos 12-14)

Dios dijo que todos los odres serían henchidos de vino. La gente, interpretando esto como prosperidad, es­tuvo de acuerdo. Pero el significado divino era que la gente estaría tan borracha que no podría defenderse a sí misma. Serían lanzados unos contra otros como vasijas de barro hechas pedazos.

C. EL ORGULLO DEL PUEBLO (versículos 15-17)

El orgullo siempre precede a la destrucción (véase Proverbios 16: 18). Esta fue una de las causas principa­les de la caída de Judá.

D. EL ORGULLO REAL (versículos 18-20)

Al rey y la reina—quizá Joacím y su madre (597 A.C.) —se les ordenó que se humillaran. Su reino sería des­truido por la invasión que alcanzaría hasta las ciudades del Neguev.

E. EL PECADO INCAMBIABLE (versículos 21-27)

Judá no podía dejar su pecado más de lo que los etíopes podían cambiar su piel obscura o el leopardo sus manchas (v. 23). Sólo Dios podía limpiar a Jerusalén, y ella rehusó ser limpiada.

VI. LOS SIMBOLOS DE LA CAIDA (capítulos 14—21)

A. LA SEQUIA (capítulos 14—15)

La sequía es una de las calamidades más grandes en el Oriente, donde puede ser la causa de inanición entre las masas. En los Estados Unidos las sequías han cau­sado pobreza, pero el sufrimiento ha sido limitado. Sin embargo, la descripción en 14: 1-6 de que “no había hier­ba” para el alimento de los animales, puede ser familiar para algunos.

A pesar de la advertencia por medio de la sequía— la cual era sólo un símbolo de la destrucción que se apro­ximaba—los falsos profetas decían a la gente que no ha­bría espada ni hambre (14: 13). Una vez más captamos un vislumbre del profeta llorón: “Córranse mis ojos en lágrimas noche y día” (14: 17).

La seriedad del pecado de Judá se indica muy cla­ramente por la afirmación del Señor: “Si Moisés y Sa­muel se pusieran delante de mí, mi voluntad no será con este pueblo: échalos de delante de mí, y salgan” (15: 1). Estos dos—los intercesores más notables del An­tiguo Testamento—no hubieran podido evitar con sus intercesiones que el castigo de Dios descendiera sobre Judá y Jerusalén.

Una de las causas principales de la cautividad babi­lónica fue el reinado malvado del hijo de Ezequías, Ma­nasés (15:4), quien condujo a la nación a una idolatría espantosa (II Reyes 21: 1-18). Puesto que el pueblo se apartó de Dios, Dios se apartó de ellos.

Jeremías lamentaba el hecho de que él había na­cido un “¡... hombre de contienda y hombre de dis­cordia a toda la tierra!” A pesar de que no se había visto envuelto en préstamos de dinero—una de las causas pre­valentes de disensión—todos le maldecían (15: 10). Pero él encontró consuelo en la Palabra de Dios: “Halláron­se tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (15: 16).

Una vez más, como en su llamado inicial (1: 17-19), a Jeremías se le advierte que tendrá que afrontar fiera oposición (15:20). Pero también una vez más se le pro­mete protección y liberación.

B. EL CELIBATO DEL PROFETA (capítulo 16)

Dios ordenó a Jeremías que no tomara una esposa (v. 2). Su celibato sería una señal de los horrores que vendrían a las esposas y los niños en la destrucción que se aproximaba.

También le fue prohibido entrar a la casa de luto (v. 5) y a la casa de convite (v. 8). Lo primero era un símbolo de que los que perecieran no serían llorados. Lo segundo, por supuesto, significaba que el gozo y la alegría pronto cesarían en la cautividad.

Cuando la gente preguntara porqué serían castigados tan severamente (v. 10), el profeta debería decirles que era porque habían dejado a Jehová para adorar otros dioses (v. 11). La idolatría fue la causa principal de la cautividad babilónica. Allí ellos se hartarían de idola­tría (v. 13), hasta que fueran curados para siempre. Ese fue el resultado sobresaliente del exilio.

C. LO INDELEBLE DEL PECADO DE JUDA (17: 1-18)

“El pecado de Judá escrito está con cincel de hierro, y con punta de diamante” (v. 1) —Dios describe así lo indeleble del pecado de su pueblo. Por causa de esto la caída de Judá era inevitable.

“Maldito el varón que confía en el hombre” (v. 5), era otra advertencia en contra de alianzas con extranje­ros. “Bendito el varón que se fía en Jehová” (v. 7), era un llamado para depender sólo en El. El lenguaje del versículo 8 es muy semejante al de Salmos 1:3.

Jeremías tenía sobrada razón para llorar: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (v. 9). La única respuesta es: “Yo Jehová, que escudriño el corazón” (v. 10). Una persona no puede conocer ni aun su propio corazón sino hasta que el Es­píritu de Dios se lo revele.

D. LA VIOLACION DEL DIA DE REPOSO (17:19-27)

A Jeremías se le ordena actuar como centinela en todas las puertas de Jerusalén para advertir a la gente que no lleve cargas en día sábado. Si ellos escucharan su mensaje, la prosperidad y la paz de la ciudad estarían ga­rantizadas. Si ellos rehusaban obedecer, la ciudad sería destruida por fuego. Esto último tuvo lugar en el año 586 A.C.

E. EL VASO DE BARRO RAJADO (capítulo 18)

Obedeciendo al mandato de Dios, Jeremías descen­dió a la casa del alfarero. Mientras él observaba, un vaso de barro se quebró en las manos del alfarero, pero éste lo volvió a hacer de nuevo. Por medio de esta ilustración Jeremías recibió un mensaje para sus oyentes: aunque ellos habían sido quebrantados por causa de su desobe­diencia, por medio del arrepentimiento podían volver a ser modelados de acuerdo a los planes de Dios. Lo mis­mo, por supuesto, se aplica al individuo.

Una vez más el profeta se enfrenta a la oposición. La gente decía: “Venid, y tracemos maquinaciones con­tra Jeremías;... Venid e hirámoslo de lengua, y no mi­remos a todas sus palabras”(v. 18).

F. EL VASO DE BARRO QUEBRADO (capítulo 19)

Dios ordenó al profeta que tomara un vaso de barro, llevara algunos de los ancianos y de los sacerdotes al Valle de Hinnom, y allí quebrara el vaso delante de sus ojos (v. 10). Luego tenía que decirles que así Dios que­brantaría a Judá y a Jerusalén (v. 11). Una vez más él predice que el Valle de Hinnom se convertiría en el Valle de la Matanza (v. 6).

G. PASHUR, EL SACERDOTE (capítulo 20)

No era nada nuevo para el profeta ponerse en con­flicto con los sacerdotes. Pero Pashur, el gobernador principal de la casa del Señor, era perverso en extremo. Castigó a Jeremías y lo puso en el cepo que estaba cer­ca del templo (v. 2), donde todo el pueblo pudiera ver su desgracia.

Cuando Pashur puso al profeta en libertad el día siguiente, Jeremías tenía unas palabras muy significa­tivas que decirle. Hizo la predicción más definida que hubiera hecho hasta entonces: “A todo Judá entregaré en manos del rey de Babilonia, y los trasportará a Ba­bilonia” (v. 4). Dio por entendido que Pashur y su fa­milia serían llevados a Babilonia y morirían allá.

Luego viene uno de los frecuentes pasajes auto­biográficos del libro (vrs. 7-18). Jeremías se queja de ser escarnecido cada día, diciendo que todo el mundo se burla de él (v. 7). Decidió no hablar más en el nom­bre del Señor, “empero fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos, trabajé por su­frirlo y no pude” (v. 9).

Mientras tanto sus amigos estaban observándolo, esperando la oportunidad para atraparle y vengarse por causa de su predicación (v. 10). Pero él tenía la segu­ridad de que Dios estaba con él “como poderoso gigan­te” (v. 11). Alabó al Señor (v. 13), pero en su próxima frase maldijo el día de su nacimiento (v. 14). En esto nos recuerda a Job (3:1-10).

H. EL SITIO BABILONICO (capítulo 21)

Esta profecía nos conduce hacia el fin del ministerio de Jeremías. El sitio de Jerusalén había comenzado ya (v. 4).

Sedequías, el último rey de Judá, envió mensajeros para pedir a Jeremías que orara para que Nabucodono­sor se retirara de Jerusalén. Pero el profeta le contestó que Dios estaría peleando del lado de los babilonios (vrs. 4.6). Luego predice que tanto el rey como el pue­blo serían llevados cautivos por Nabucodonosor (v. 7).

Jeremías presenta entonces el asunto claramente: “He aquí pongo delante de vosotros camino de vida y

camino de muerte” (v. 8). Los que quedaran en la ciu­dad perecerían por medio de la espada, el hambre o las pestilencias. Los que se entregaran a los babilonios vi­virían (v. 9), porque el rey de Babilonia tomaría la ciu­dad y la quemaría (v. 10). Por supuesto, esto parecía una traición.

VII. LOS ULTIMOS REYES Y PROFETAS DE JUDA (capítulos 22—25)

A. LOS REYES (capítulo 22)

1. Introducción (vrs. 1-9). Dios ordenó a Jeremías que fuera a la casa del rey de Judá para dar un mensaje. Es una exhortación general a reinar justamente, con la seguridad de que el resultado será la continuación de la dinastía de David en el poder. El rehusar obedecer sig­nificaría la destrucción de Jerusalén (vrs. 8-9).

2. Joachaz (vrs. 10-12). La orden era: “No lloréis al muerto” o sea a Josías, quien había sido muerto por Faraón Necao en Megido en el año 608 A.C. Más bien debían llorar por Joachaz—llamado aquí Sallum—quien después de un reinado de sólo tres meses fue llevado a Egipto y murió allá en el exilio.

3. Joacím (vrs. 13-23). Este rey reinó por espacio de once años. Fue malo, ambicioso (v. 13), y orgulloso (v. 14). Su padre, Josías, había sido bueno (vrs. 15-16). Así que Dios no proclama luto para él (v. 18), sino sepultura de asno—sin funeral (v. 19).

4. Joachin (vrs. 24-30). Este rey—llamado aquí Conías—sucedió a Joacím pero reinó sólo tres meses. Luego fue llevado cautivo a Babilonia por Nabucodono­sor (597 A.C.). Treinta y siete años más tarde fue puesto en libertad.

B. LOS PROFETAS (capítulo 23)

1. Pastores del Rebaño (vrs. 1-8). Hay cierta duda aquí acerca del término “pastores,” si se refiere a reyes o a profetas. El título puede aplicarse a ambos. Quizá la razón principal para interpretarse como refiriéndose a reyes sea la promesa de que Dios levantará de la línea de David “renuevo justo,” el cual será llamado “Jehová, Justicia Nuestra.” El pasaje es claramente Mesiánico.

2. Profetas Falsos (vrs. 9-40). Jeremías expresa en un lenguaje bastante fuerte su profunda inquietud por los profetas falsos. Su corazón está quebrantado, sus huesos tiemblan, y se siente como un borracho (v. 9).

La vida religiosa de Judá estaba en un nivel muy bajo cuando “así el profeta como el sacerdote son fin­gidos” (v. 11). Los profetas de Samaria habían guiado al Reino del Norte, o Israel, a la adoración de Baal (v. 13). Los profetas de Jerusalén cometieron adulterio, dijeron mentiras, y animaron a los malhechores. Ante los ojos de Dios ellos eran como Sodoma y Gomorra (v. 14). Habían profanado toda la tierra (v. 15), y to­davía estaban prediciendo paz (v. 17). Dios no los ha­bía enviado (v. 21). El se oponía a que usaran la ex­presión “carga de Jehová” (vrs. 33-40), pues su uso pertenecía sólo a los mensajes divinos dados por medio de los profetas verdaderos.

C. HIGOS BUENOS E HIGOS MALOS (capítulo 24)

Después de que Nabucodonosor hubo llevado a Joa­quín—llamado aquí Jechonías—cautivo a Babilonia en el año 597 A.C., juntamente con los príncipes y los obre­ros especializados, Jeremías tuvo otra visión simbólica.

Vio dos canastas de higos, una con higos muy buenos y la otra con higos muy malos. Se le dijo que los higos buenos representaban aquellos que ya habían sido lle­vados al cautiverio, los cuales se volverían a Dios (vrs. 5-7). Los higos malos representaban a Sedequías y la gente de Jerusalén, juntamente con aquellos que ya habían ido a Egipto (v. 8). Acerca de estos últimos no sabemos nada definido, aunque parece que habían sido llevados por Faraón Necao, juntamente con Joachaz. Aquellos que estaban representados por los higos ma­los serían esparcidos y destruidos (vrs. 9-10).

D. LA VISION DEL FIN (capítulo 25)

“El año cuarto de Joacím,” y “el año primero de Nabucodonosor” sería el año 605 A.C. En ese año tuvo lugar la batalla decisiva de Carchemis, en la cual los babilonios derrotaron a los egipcios terminando así con el dominio de Faraón Necao sobre Palestina. Por tanto la amenaza de Judá era Babilonia.

El ministerio de Jeremías se había extendido desde “el año trece de Josías” (626 A.C.). Los “veintitrés años” (v. 3) serían entonces—de acuerdo a la costumbre he­brea de incluir el primero y el último años—el año 605 A.C. El profeta recuerda al pueblo su celo y fiel predicación.

Una vez más Jeremías predice definitivamente que Nabucodonosor, rey de Babilonia, destruirá a Judá. Sin embargo, su predicción más sorprendente es que la cau­tividad durará “setenta años” (v. 11).

Después de los setenta años, Dios castigará a los ba­bilonios (vrs. 12-13). La tierra de los caldeos se volverá “en desiertos para siempre” (v. 12). Esto se ha cum­plido al pie de la letra.

Jeremías se ve a sí mismo como tomando la copa del vino de la ira de Dios y haciendo que todas las na­ciones la beban (vrs. 15-28). Estas incluían a Judá (v. 18) y a todas las naciones circunvecinas enumeradas aquí en detalle. Después de que Dios termine de castigar a su propia ciudad, Jerusalén, también castigará a las otras naciones (v. 29).

La expresión “Jehová bramará desde lo alto” (v. 30) es casi idéntica a las palabras introductorias de la profecía de Amós (1:2), quien había profetizado un siglo y medio antes en el Reino del Norte, o Israel.

Esta sección termina con el lamento sobre la futura caída de Jerusalén. El fin estaba a la vista.

Para Estudio Adicional

1. ¿Dónde y cuándo profetizó Jeremías?

2. ¿Por qué se le llama “el profeta llorón”?

3. ¿Cuál fue la carga principal del ministerio de Jeremías?

4. ¿Por qué se le llama al capítulo 5 “El capítulo de Diógenes”?

5. ¿Cuál era el pecado dominante de Judá en los días de Jeremías?

6. Discuta las lecciones del cinto podrido, el vaso rajado, el vaso quebrado y los higos buenos y los higos malos.


CAPITULO CUATRO

EL PROFETA DEL CASTIGO

Jeremías 26—52

Lamentaciones 1—5

I. LA VIDA PERSONAL DEL PROFETA (capítulos 26—45)

Los primeros veinticinco capítulos—casi la primera mitad— del Libro de Jeremías consisten de profecías en contra de Judá. La segunda parte del libro se ocupa ma­yormente con narrativas históricas, siendo la principal excepción la sección que se dedica a profecías contra naciones extranjeras.

A. LOS SACERDOTES Y PROFETAS CONTRA LOS PRINCIPES Y EL PUEBLO (capítulo 26)

Esta profecía está fechada (v. 1) al principio del reinado de Joacím (608 A.C.). Se le ordenó a Jeremías pararse en la casa de Dios y advertir a los adoradores que si ellos no se volvían de sus malos caminos, el Tem­plo de Jerusalén sufriría la misma suerte que el Ta­bernáculo en Silo (v. 6). Este último había sido el cen­tro de adoración durante los días de los jueces. La ar­queología ha descubierto que Silo fue destruida por fuego en la mitad del siglo décimoprimero A.C., confir­mando así el cuadro presentado en Primero de Samuel, y también la referencia de Jeremías a su condición en ruinas en sus días.

La declaración del profeta de que Jerusalén sería destruida (v. 6), se consideró como un acto de trai­ción por el cual debía morir (v. 8). Esto provocó un levantamiento popular (v. 9).

La casa del rey (v. 10) estaba ubicada al sur del área del templo. Oyendo el clamor, los príncipes pron­to aparecieron en el Templo y se llamó a una sesión ex­traordinaria de la corte. Los sacerdotes y profetas ac­tuaron como abogados acusadores, pidiendo la pena de muerte (v. 11). Los príncipes y el pueblo constituían el juez y el jurado. La única defensa del acusado era que Dios le había ordenado dar la profecía (v. 12). En su defensa incluyó una súplica al arrepentimiento (v. 13).

En esta ocasión Jeremías fue más afortunado que en otras. Los príncipes y el pueblo rechazaron la acu­sación de los sacerdotes, y en su veredicto lo declara­ron inocente (v. 16).

B. LA SUPREMACIA DE BABILONIA (capítulos 27—29)

1. Sumisión a Babilonia (cap. 27). El primer ver­sículo de este capítulo lleva la misma fecha que el prin­cipio del capítulo anterior—”En el principio del reina­do de Joacím.” Pero los versículos 3 y 12, juntamente con 28: 1, demuestran que se refiere a Sedequías. Young, el erudito más distinguido del Antiguo Testamento, di­ce: “Evidentemente, la palabra ‘Joacím’ en el versículo 1 se usó erróneamente por los escribas en lugar de ‘Se­dequías.’” Cawley está de acuerdo con esto cuando di­ce: “Es casi de seguro un error de los escribas.”

Dios ordenó a Jeremías que se hiciera coyundas y yugos para usar en su cuello (v. 2), y luego que los en­viara a los reyes de Edom, Moab y Ammón—todos ellos al este de Palestina—y a los reyes de Tiro y Sidón—al norte. Con ellos debía ir el mensaje de que todos estos reyes se someterían al gobierno de Nabucodonosor. La nación que no estuviera bajo sujeción sufriría castigo (v. 8), mientras que a aquellos que se sometieran, les sería permitido permanecer en sus propias tierras. Ba­bilonia era el poder escogido por Dios para este período (v. 6), y la paz vendría sólo por la sumisión a su go­bierno.

El mismo mensaje se dio específicamente a Se­dequías, el rey de Judá (vrs. 12-15). Este mismo énfa­sis se repite varias veces en el libro.

Los profetas falsos estaban diciendo al pueblo que los vasos del templo que habían sido llevados a Babilonia serían pronto devueltos (v. 16). Jeremías lanzó este desafío: si los profetas falsos tenían razón, que impidie­ran que el resto de los muebles del templo fueran lleva­dos a Babilonia (v. 18). Pero el hecho era que éstos pronto serían llevados por Nabucodonosor (vrs. 19-22).

2. Jeremías Contra Hananías (cap. 28). “En el principio del reinado de Sedequías” (598 A.C.)—eviden­temente el mismo tiempo del capítulo 27—Hananías, un profeta falso, desafió la posición de Jeremías. Citó a Dios diciendo que había dicho: “Quebrantaré el yu­go del rey de Babilonia. Dentro de dos años de días to­maré a este lugar todos los vasos de la casa de Jehová” (vrs. 2-3). También predijo que Jechonías (Joaquín), quien había sido llevado cautivo después de un reinado de tres meses (597 A.C.), juntamente con los otros cau­tivos en Babilonia, sería devuelto a Judá (v. 4).

Hananías quebró entonces el yugo de madera que Jeremías tenía en su cuello (v. 10), declarando que Dios rompería así, dentro de dos años, el yugo de Nabu­codonosor en todas las naciones (v. 11). Jeremías res­pondió que Dios pondría un yugo de hierro en los cue­llos de todas estas naciones y les obligaría a servir a Nabucodonosor (v. 14). También predijo la muerte de Hananías en ese mismo año. Cuando esto sucedió, la gente debería haber reconocido que Jeremías estaba hablando verdaderamente en nombre de Dios.

3. Un Mensaje a los Cautivos (capítulo 29). El profeta envió una carta a los habitantes de Judá que habían sido llevados a Babilonia por Nabucodonosor en el año 597 A.C. Les dijo que edificaran casas, que plan­taran jardines, que se casaran y que se establecieran allá (vrs. Que los profetas que les habían dicho que pronto retornarían a Judá los habían engañado (vrs. 8-9). Una vez más (véase 25: 11) Jeremías pre­dijo que la cautividad babilónica duraría setenta años (v. 10). Luego vendrían la paz y la restauración (vrs. 11-14).

Dos de los profetas falsos en Babilonia se conocen por nombre—Achab (v. 21) y Semaías (v. 24). Este último había llegado al extremo de enviar cartas de Babilonia a Jerusalén, instando a los sacerdotes que callaran a Jeremías porque había aconsejado a los cau­tivos que aceptaran su condición, pues duraría por lar­gos años (vrs. 27-28).

C. ALBORADA A MEDIANOCHE (capítulos 30—33)

Esta es la única sección extensa de Jeremías que está llena con mensajes de esperanza, consuelo y gloria futura. Se levanta como el pico de una montaña sobre la niebla de lobreguez y castigo en los valles circunve­cinos.

El capítulo treinta y dos está fechado “el año dé­cimo de Sedequías, rey de Judá” (v. 1), y se cree que toda la sección pertenece a ese tiempo. Esto fue justa­mente un año antes de que Jerusalén cayera en el año 587 ó 586 A.C.

Así que estos capítulos fueron escritos en la media­noche de la historia de Judá. El profeta estaba en la prisión, el rey estaba sellando el castigo de la nación con su desobediencia, el hacha del verdugo estaba a punto de caer. Pero en esta hora tan obscura, la luz brilla con más intensidad en los escritos de Jeremías cuando él vislumbra un futuro glorioso.

1. Jacob Retornará (caps. 30-31). Aquí encontra­mos la primera referencia a la escritura en Jeremías. Dios ordena al profeta: “Escríbete en un libro todas las palabras que te he hablado” (30: 2). El propósito es que cuando el pueblo vuelva de la cautividad, tenga una prueba de que Dios había hablado verdaderamente por medio de su profeta (v. 3).

La clave de esta sección la encontramos en 30: 10— “Tú pues, siervo mío Jacob, no temas, dice Jehová, ni te atemorices, Israel: porque he aquí yo soy el que te salvo de lejos, y a tu simiente de la tierra de su cautividad; y Jacob tornará, y descansará y sosegará, y no habrá quien le espante.” Este pensamiento se repite vez tras vez en estos dos capítulos.

El pasaje más sobresaliente de esta sección es el que describe el “nuevo pasto” (31: 31-34). Este se cita completo en Hebreos 8: 8-12. Es una de las predicciones más significativas en el Antiguo Testamento de la natu­raleza espiritual del cristianismo en comparación con el judaísmo. En vez de que la ley de Dios fuera escrita en tablas de piedra, sería escrita en los corazones huma­nos. El versículo 33 es una descripción gráfica de la ex­periencia de la entera santificación.

2. La Fe es Costosa (caps. 32-33). El año antes de que Jerusalén fuera tomada, Jeremías recibió una or­den de parte de Dios la cual era un verdadero desafío. La ciudad estaba rodeada por el ejército babilónico. El profeta había sido silenciado en la prisión por el rey, por haber predicho que Jerusalén sería tomada y Sedequías llevado al cautiverio.

Faltaban apenas unos pocos minutos para la me­dianoche, y no había señales del amanecer. Sin embargo, en esta hora obscura Dios ordenó a Jeremías que hiciera algo aparentemente absurdo. Debería comprar a su pri­mo Hanameel un campo en Anathoth, que probable­mente estuviera en ese momento en posesión del ene­migo. Frente a la posibilidad de la victoria babilónica que ya era inminente, el valor comercial de la propie­dad era prácticamente nulo. Sin embargo, Jeremías pagó un buen precio por el campo (32: 9). Dos contratos se firmaron; uno “sellado” y el otro “abierto” (v. 11). Ambos deberían ser puestos por Baruch “en un vaso de barro,” donde quedarían bien guardados por muchos años (v. 14). Esta costumbre de guardar manuscritos valiosos en vasijas de barro ha recibido gran publicidad en los recientes descubrimientos de los Rollos del Mar Muerto.

¿Por qué Jeremías compró el campo? Esto sería una evidencia concreta de su fe en sus propias predic­ciones divinamente inspiradas sobre el retorno de la cautividad (v. 15). Si él realmente creía que la gente sería retornada a su tierra, lo probaría pagando al con­tado el precio de propiedades que ahora no valían nada.

En ninguna otra parte se demuestra tan claramente la humanidad característica de Jeremías, como en sus reacciones después de cerrar el contrato. Con fe desespe­rada ora: “ni hay nada que sea difícil para ti” (v. 17), pero al mismo tiempo recuerda al Señor del sitio que pronto terminaría en la destrucción de Jerusalén (v. 24).

La respuesta no tardó en venir. Jehová hizo eco a la pregunta de Jeremías: “¿Encubriráseme a mí alguna cosa?” (v. 27). Luego reitera la predicción de que Je­rusalén sería destruida (vrs. 28-29). La razón de ello era la idolatría del pueblo de Judá (vrs. 29-35).

Pero luego el Señor consuela el corazón del profeta asegurándole que los cautivos serían retornados a Judá y que los campos volverían a ser comprados por dinero (vrs. 36-44). La propiedad que Jeremías había com­prado volvería a tener su valor.

El capítulo 33 contiene un segundo mensaje para Jeremías mientras que él estaba todavía en la prisión (v. 1). Está lleno de nuevas seguridades del retorno de la cautividad, y hermosas descripciones de la gloria futura de la nación. Para fortificar la fe del profeta, el Señor le dice: “Clama a mí, y te responderé, y te en­señaré cosas grandes y dificultosas que tú no sabes” (v. 3).

Aquí tenemos una profecía mesiánica: “En aque­llos días y en aquel tiempo haré producir a David Pim­pollo de justicia, y hará juicio y justicia en la tierra” (v. 15). Sólo en un sentido limitado se cumplió esta profecía en el retorno de la cautividad. El cumplimien­to completo tuvo que esperar hasta la venida del Hijo de David, el Mesías. La verdad es que este pasaje se­ñala hacia la Segunda Venida de Cristo para su cum­plimiento final.

El capítulo treinta y tres se cierra con la reitera­ción de la seguridad de que el pacto de Dios con Israel no será quebrantado (vrs. 19-26). Una vez más ha de decirse que sólo en Cristo se ha confirmado el Pacto de David.

D. PACTOS QUEBRANTADOS (capítulo 34)

1. Un Mensaje Para Sedequías (vrs. 1-5). Mien­tras que el sitio continuaba, Dios ordenó a Jeremías que dijera al rey otra vez que Jerusalén sería destruida por fuego y que Sedequías sería llevado cautivo a Babi­lonia. Pero se le dio la seguridad de que él moriría allá en paz (v. 5).

2. Falta de Fe (vrs. 6-22). Durante el sitio, los te­merosos dueños de esclavos de Jerusalén habían hecho un pacto para libertar a todos los esclavos hebreos, a quienes ellos habían mantenido en contra de la ley de Moisés. En el Sinaí, Dios había hecho un convenio con su pueblo de que cada esclavo israelita debería ser puesto en libertad en el año sabático (v. 14). Pero ellos habían estado quebrantando ese convenio. Ahora, como añadiendo a su pecado, quebrantaron la promesa que habían hecho durante el sitio, y volvieron a subyugar a los esclavos que habían libertado (v. 16). Dios dijo que proclamaría para estos pecadores una “libertad… a cuchillo, y a pestilencia y a hambre” (v. 17).

E. LOS RECABITAS (capítulo 35)

Una de las características más extrañas del libro de Jeremías es la falta de orden cronológico. Muchas de las profecías están fechadas, pero no están coloca­das en orden de tiempo. Los capítulos 27—34 tienen su antecedente histórico durante el reinado de Sedequías, el último rey de Judá. En el capítulo 35 retornamos a los tiempos de Joacím (véase capítulo 26), el ante­penúltimo rey.

Jeremías llevó a los recabitas dentro del templo y les ofreció vino para beber. Ellos rehusaron, diciendo que nunca habían desobedecido la orden de sus ante­pasados de abstenerse de beber vino, tanto como de evitar vivir en casas y trabajar en la agricultura (vrs. 6-10). Ellos debían seguir permanentemente la vocación de pastores, habitando en tiendas.

El mensaje del Señor por medio de Jeremías fue éste: Si los recabitas habían sido fieles a los mandamien­tos de los antepasados, ¿por qué no podía Judá ser fiel a los convenios con Dios? Los recabitas habían dado un ejemplo que ponía en vergüenza a los israelitas.

F. LA PRIMERA Y LA SEGUNDA EDICION DE JEREMIAS (capítulo 36)

Este capítulo es único en el Antiguo Testamento al darnos una idea de la historia literaria de uno de sus libros. La evidencia es clara de que el Libro de Jeremías tuvo por lo menos cuatro ediciones, y quizá más. En este capítulo se nos dice de dos. La última frase del ca­pítulo 51 indica el final de las palabras de Jeremías. La edición final incluyó el apéndice histórico del capítulo 52. Este fenómeno ayudará a entender porqué el texto de Jeremías en la Septuaginta es solamente siete octavos del texto Hebreo Masorético.

En el año cuarto de Joacím (605 A.C.) el Señor or­denó al profeta que escribiera sus profecías en un rollo. Así que éste llamó a su escriba, Baruch, y le dictó el mensaje (v. 4). Puesto que Jeremías estaba confinado en la prisión, pidió a Baruch que leyera el rollo en un día de ayuno, cuando la multitud estaría congregada en el templo. Al año siguiente (v. 9) — ¡el tiempo avanza muy despacio en el Oriente!—Baruch leyó el contenido del rollo al pueblo. Siendo llevado ante los príncipes, lo leyó también en su presencia (v. 15). Finalmente, el rey se enteró y el rollo le fue leído (v. 21). (Estas tres lec­turas del rollo, probablemente en un mismo día, indi­can que no era muy extenso).

La actitud de Joacím hacia la Palabra de Dios se demuestra en forma sorprendente. Tan pronto como se leía una de las columnas del rollo la cortaba en pedazos con su navaja y desdeñosamente la arrojaba al fuego. (El hecho de que el rollo se quemara, indica que era pro­bablemente de papiro).

La conclusión de todo el asunto se presenta en el versículo 32: “Y tomó Jeremías otro rollo, y diólo a Ba­ruch hijo de Nerías escriba; y escribió en él de boca de Jeremías todas las palabras del libro que quemó en el fuego Joacím rey de Judá; y aun fueron añadidas sobre ellas muchas otras palabras semejantes.” Esta es la segunda edición ampliada de Jeremías. Cubrió la primera mitad del ministerio del profeta (626-604 A.C.).

G. UN PROFETA EN LA PRISION (capítulos 37—38)

1. Contestando al Rey (37: 1-10). Durante el si­tio de Jerusalén por los babilonios hubo una breve tre­gua que levantó indebidamente la esperanza de la gente dentro de la ciudad. El ejército egipcio entró a Palestina, y los caldeos (los babilonios) se retiraron de Jerusalén por un tiempo (37: 5). Pero Jeremías advirtió al rey que los babilonios volverían y quemarían la ciudad (37: 8).

2. Acusado de Traición (37: 11-15). Cuando el si­tio se interrumpió temporalmente, Jeremías salió por la puerta de Benjamín para inspeccionar su nueva propie­dad en Anathoth, como a tres millas de distancia, en “tierra de Benjamín” (v. 12). Pero fue arrestado, acu­sado de desertar a los caldeos, golpeado, y puesto nue­vamente en la prisión.

3. Apelando al Rey (37: 16-21). El rey Sedequías es un ejemplo patético de un carácter vacilante. Secre­tamente sacó a Jeremías de la prisión y le preguntó: “¿Hay palabra de Jehová?” (v. 17). Por respuesta el profeta repitió su predicción de que el rey sería lleva­do cautivo. Luego rogó al rey que no le enviara de vuelta al calabozo, donde corría peligro de morir. Así que el profeta fue dejado en el patio de la cárcel y se le daba una torta de pan cada día (una torta de pan entonces era como una galleta hoy día).

4. Amenazado de Muerte (38:1-6). Cuando algu­nos de los líderes oyeron a Jeremías aconsejando abier­tamente que se rindieran a los babilonios, rogaron al rey que se le ejecutase por traición. La respuesta de Sedequías fue muy típica de él: “Helo ahí, en vuestras manos está; que el rey no podrá contra vosotros nada” (v. 5). Una nación está en lamentable situación cuando es gobernada por un rey sin conciencia y con una vo­luntad débil.

5. Rescatado por un Etíope (38: 7-13). El profeta tenía un amigo en el palacio, “Ebed-melec, hombre etío­pe.” Este sirviente africano consiguió permiso del rey para sacar a Jeremías de la mazmorra. Cuidadosamente proveyó trapos como almohadas para poner debajo de sus brazos, para que el agotado profeta no se lastimara con las sogas mientras que ellos lentamente lo sacaban del cieno. Millones de lectores han alabado la bondad de este oscuro sirviente.

6. Aconsejando al Rey (38: 14-28). Una vez más el voluble Sedequías llamó a Jeremías a una conferencia secreta. Después de que el rey juró no herirle, el pro­feta le declaró el mensaje de Dios valientemente. Era lo mismo que había aconsejado antes: ríndanse a los ba­bilonios. Una terrible responsabilidad fue depositada so­bre el rey cuando Jeremías le informó que si él se rendía, la ciudad no sería destruida; de lo contrario, sería destruida. La suerte de Jerusalén dependía de la decisión de un hombre. ¡Qué tragedia que aquel hom­bre fuera Sedequías!

De acuerdo con su carácter, el rey dijo: “Témome” (v. 19). Jeremías le advirtió una vez más que si él no obedecía, el rey de Babilonia a “esta ciudad quemará a fuego” (v. 23). El rey fue cobarde y la ciudad fue des­truida. Sedequías siempre llevará la culpa de esto.

H. LA CAIDA DE JERUSALEN (capítulo 39)

1. El Fin del Sitio (vrs. 1-3). Nabucodonosor sitió a Jerusalén en el mes décimo del año noveno del reina­do de Sedequías. En el cuarto mes del año once (587 ó586 A.C.) los babilonios rompieron las murallas. El sitio había durado un año y medio.

2. La Captura del Rey (vrs. 4-10). Sedequías tra­tó de huir durante la noche, rumbo al valle del Jordán. Pero fue capturado en las llanuras de Jericó. Lo último que él vio fue la ejecución de sus dos hijos. Luego, con esa visión estampada vívidamente en su memoria, le fueron arrancados los ojos. ¡Qué precio tuvo que pagar por una voluntad débil y voluble!

3. El Cuidado de Jeremías (vrs. 11-14). Evidente­mente, Nabucodonosor había oído sobre la predicación de Jeremías. Sin duda que sus censores habían leído las cartas que Jeremías había enviado a los cautivos en Babilonia. Así que ordenó al capitán de la guardia que tratara a Jeremías con generosidad.

4. La Recompensa de Ebed-melec (vrs. 15-18). Nin­gún acto de bondad pasa sin su recompensa. Puesto que el etíope confió en Dios y rescató al profeta, se le pro­metió su libertad.

I. LAS CONSECUENCIAS (capítulos 40—43)

La secuela a la caída de Jerusalén es una historia de crímenes, intriga, decepción y desobediencia. Estos cuatro capítulos describen lo que ocurrió.

1. El Nuevo Gobernador (cap. 40). Una vez que a Jeremías se le devolvió su completa libertad y se le dio alimento y dinero en abundancia (v. 5), se dirigió al nuevo gobernador, Gedalías, en Mizpa (v. 6), pro­bablemente ocho millas al norte de Jerusalén. El go­bernador aconsejó a la gente que se sometiera pacífica­mente al gobierno babilonio (v. 9). Los judíos que ha­bían huido al este del Jordán volvieron a sus antiguos hogares (vrs. 11-12).

Al gobernador se le advirtió que Ismael estaba pla­neando matarle, por orden del rey de Ammón. Pero Ge­dalías rehusó creer tal cosa (vrs. 13-16).

2. El Asesino Malvado (cap. 41). El gobernador perdió su vida porque dio oídos sordos a las advertencias (vrs. 1-3). Ismael, el asesino, no quedó satisfecho sino hasta que hubo muerto a hombres de Siquem, de Silo y de Samaria, quienes habían venido a ofrecer ofrendas a la casa del Señor. La vileza de su engaño, se describe en los versículos 4-7. Finalmente fue atacado y huyó a Ammón (vrs. 11-15).

3. El Remanente Engañoso (caps. 42-43). Johanán, el nuevo líder de los judíos que habían sido dejados, vino con sus seguidores a Jeremías para pedir consejo. Ellos juraron solemnemente obedecer lo que el Señor les indicara que hicieran por medio de su profeta (42:5-6).

Las órdenes del cielo fueron muy definidas: Queden en esta tierra; no teman al rey de Babilonia; yo les protegeré (vrs. 10-12). Además, el profeta advirtió al pue­blo que si ellos desobedecían las órdenes de Dios y huían a Egipto, sufrirían por ello (vrs. 13-17). La espada que temían, les seguiría hasta allá.

El profeta rogó al pueblo: “Oh reliquias de Judá: No entréis en Egipto” (v. 19). Luego les acusó de en­gaño y falta de sinceridad cuando vinieron a pedir di­rección divina (vrs. 20-21).

Que el profeta tenía razón se comprobó por lo que sucedió después (43: 1-7). El pueblo acusó a Jeremías de hablar falsamente (v. 2) y de ser influido por Baruch para dar consejos que resultarían en el castigo de ellos por los caldeos (v. 3). Con una actitud desafiante, emi­graron a Egipto, llevando a Jeremías y a Baruch con ellos (vrs. 5-8).

En Egipto, Jeremías predijo que Nabucodonosor con­quistaría ese país y destruiría sus dioses (43: 8-13). Esto se cumplió en el año 568 A.C.

J. LOS JUDIOS EN EGIPTO (capítulo 44)

En vista de la destrucción de Jerusalén como cas­tigo por la idolatría de los israelitas, es difícil entender la actitud de los judíos en Egipto. Se hundieron aún más profundamente en la idolatría. Quemaban incienso a los dioses de Egipto (v. 8). Por tanto, Jeremías pre­dijo la destrucción del remanente (v. 12).

El desafío de los judíos hacia Dios y su profeta, se describe en el lenguaje duro del versículo 16. Alegaban que al quemar incienso a la reina del cielo (Ishtar) es­taban mejor materialmente (v. 17). Pero el profeta les recuerda que fue la idolatría de ellos lo que trajo la cautividad. Este parece ser el último mensaje de Jeremías.

K. BARUCH, EL BIOGRAFO (capítulo 45)

Baruch actuó como el escriba de Jeremías, según se indica en varios lugares del libro. Pero parece que también escribió algunas de las secciones históricas del libro, especialmente las descripciones biográficas de Je­remías en tercera persona. Así que probablemente no esté fuera de lugar llamar a Baruch el Boswell de Je­remías. Debemos mucho a este fiel siervo del profeta.

II. PROFECIAS CONCERNIENTES A NACIONES EXTRANJERAS (capítulos 46—51)

En Isaías la colección de profecías contra las nacio­nes extranjeras, viene en la primera parte (capítulos 13—23), pero en Jeremías viene al final. En Ezequiel se encuentra más o menos en la mitad del libro (capítulos 25—32), como sucede en la Versión Septuaginta de Jeremías.

A. EGIPTO (capítulo 46)

1. La Derrota de Faraón Necao (vrs. 1-12). La ba­talla de Carchemis (605 A.C.) fue uno de los momentos decisivos de la historia antigua. Aquí el orgulloso y ambicioso Faraón Necao fue completamente humilla­do, mientras que Nabucodonosor se convirtió en el po­der dominante del Asia Occidental. Aunque Egipto se levantó “como río” (vrs. 7-8) con orgullo abrumador, cayó “junto al río Eufrates” (vrs. 6, 10). La descrip­ción que Jeremías hace de la batalla, es digna de un elocuente Isaías.

2. La Conquista de Nabucodonosor (vrs. 13-26). El profeta siguió describiendo la futura conquista de Egipto por Nabucodonosor. Egipto se gloriaba en sus dioses, pero éstos habían sido humillados en una opor­tunidad por Jehová mediante Moisés, y lo serían una vez más por Nabucodonosor. El capítulo termina con palabras de consuelo para el pueblo de Dios (vrs. 27-28), que señalan más allá de la cautividad, a la restauración.

B. FILISTIA (capítulo 47)

La profecía está fechada “antes que Faraón hiriese a Gaza” (v. 1). Pero describe la conquista de los filis­teos por Nabucodonosor.

C. MOAB (capítulo 48)

Moab está situada al oriente del Mar Muerto. Este país se gloriaba porque había evitado ser conquistado y llevado al cautiverio (v. 11). Pero sufriría por sus pecados (v. 26).

D. AMMON (49:1-6)

Ammón estaba ubicada al noreste de Moab, tenien­do su capital en Rabba (v. 2) donde ahora es Ammán (la capital de Jordania). Sería castigada por oprimir a los israelitas.

E. EDOM (49:7-22)

Este país estaba al sur del Mar Muerto. Era muy notable por su sabiduría (v. 7), pero sería destruido.

F. DAMASCO (49:23-27)

Esta capital antigua de Siria, ahora la ciudad más antigua del mundo, sería igualmente tomada.

G. CEDAR (49:28-33)

Cedar era una tribu ismaelita de pastores nómadas, orgullosos e independientes. También sería conquistada por Nabucodonosor.

H. ELAM (49:34-39)

Este país estaba al este del valle Tigris-Eufrates. Su poder sería quebrantado, pero finalmente sería restaurada.

I. BABILONIA (capítulos 50—51)

Tanto en Isaías como en Jeremías, Babilonia reci­be el tratamiento más extenso. Su importancia en la historia y el orgullo de su poder se ven en el uso que se le da en Apocalipsis como nombre simbólico de las fuerzas en contra del cristianismo.

La destrucción de Babilonia (51: 54-58), ha sido bien comprobada por la arqueología. El profeta ordenó que su profecía en contra de Babilonia fuera arrojada en el Eufrates como símbolo de que la ciudad se hun­diría, para nunca levantarse otra vez (51: 59-64).

III. EL APENDICE HISTORICO (capítulo 52)

La frase final del capítulo 51, “Hasta aquí son las palabras de Jeremías,” parece indicar claramente que el capítulo 52 es un apéndice añadido por alguien. Es muy semejante a II Reyes 24: 18—25:21.

La rebelión de Sedequías en contra de Babilonia fue considerada como un acto de falta de fe. Su triste fin se describe más o menos en detalle (vrs. 4-11), como también la destrucción de la ciudad (vrs. 12-14). Los tesoros del templo que fueron llevados a Babilonia se enumeran (vrs. 17-23). Se da el número de los cautivos—4,600 (vrs. 28-30). El libro se cierra con una descripción de cómo Evil-merodach, el sucesor de Nabucodonosor, liberó a Joaquín, y le trató amablemente (vrs. 31-34).

IV. LAS LAMENTACIONES DE JEREMIAS (capítulos 1—5)

Este libro, el cual tradicionalmente se asigna a Je­remías, contiene cinco elegías, o himnos fúnebres. La forma de estos cinco poemas es de especial interés. Los primeros cinco están en orden alfabético, o como acrós­ticos. En los dos primeros capítulos cada versículo co­mienza con una nueva letra del alfabeto hebreo y tiene tres partes. En el tercer capítulo hay tres versículos para cada una de las veintidós letras del alfabeto hebreo. El capítulo cuatro tiene dos líneas en cada versículo, y cada versículo comienza con una nueva letra en el or­den alfabético. Mientras que el quinto capítulo contiene veintidós versículos, no están en orden alfabético. Una forma especial de metro para elegías, llamado qinah, se usa para expresar profundo dolor, dando un tono melancólico a la lectura. Aparentemente, estos himnos fúnebres se escribie­ron para lamentar la muerte del Reino de Judá. El ca­pítulo final es una oración por la restauración de la na­ción de la cautividad.

Para Estudio Adicional

1. ¿Cuáles dos grupos se opusieron a Jeremías y cuáles dos le defendieron?

2. ¿Qué política extranjera sostuvo Jeremías?

3. ¿Qué consejo dio a los cautivos?

4. ¿Qué pasó con la primera edición del libro de Jeremías?

5. Discuta las relaciones de Jeremías con Sedequías.

6. ¿Qué le pasó al profeta después de la caída de Jerusalén?

7. ¿Cuál es la naturaleza de Las Lamentaciones?


CAPITULO CINCO

EL PROFETA CAUTIVO

EZEQUIEL

Nombre: significa “Dios Fortalece.”

Ciudad Natal: Jerusalén

Fecha de su Ministerio: 593-571 A.C.

Lugar de su Ministerio: Babilonia

División del Libro:

I. Profecías Antes de la Caída de Jerusalén (capítulos 1—24)

II. Profecías en Contra de Naciones Extranje­ras (capítulos 25—32)

III. Profecías Después de la Caída de Jerusalén (capítulos 33—48)

Versículos para Memorizar: 11:9, 20; 33:11; 36: 25-27

INTRODUCCION

Lo mismo que Jeremías, Ezequiel era sacerdote (1:3) y profeta. A diferencia de Jeremías, él pasó los días de su ministerio en tierra extranjera.

Siendo llevado cautivo por Nabucodonosor en el año 597 A.C., vivió a orillas del río (o canal) Chebar, en Babilonia. Allí ministró a los cautivos de Judá. Hasta la caída de Jerusalén (586 A.C.), dirigió mensajes a la gente en Judá. Ese evento marca la línea divisoria de su ministerio.

Mientras que Isaías y Jeremías profetizaron por espacio de cuarenta años cada uno, el ministerio de Eze­quiel duró sólo veintidós años. La fecha inicial, 593 A.C. se indica en 1:2. La última profecía fechada (29:17) fue en el año 571 A.C.

Ezequiel es único entre los tres profetas en el uso de imágenes apocalípticas. También hace más uso de he­chos simbólicos para ilustrar sus mensajes que los otros dos, aunque hemos visto que Jeremías tiene varios ejem­plos de ello. En general, Ezequiel es más difícil de entender y es menos leído que Isaías y Jeremías. Esto es verdad especialmente de la última parte del libro.

I. EL LLAMADO DEL PROFETA (capítulos 1—3)

A. EL ENCABEZADO (1: 1-3)

Ezequiel comenzó su ministerio “a los treinta años.” Se acepta generalmente que esto se refiere a los treinta años de la vida de Ezequiel. Los levitas no podían co­menzar su ministerio público sino hasta que tuvieran treinta años de edad (Números 4:3). Así que este era un tiempo lógico para que Ezequiel comenzara su obra profética.

El “Río Chebar” se identifica generalmente con un canal de irrigación al sur de Babilonia. Aquí “los cielos se abrieron y vi visiones de Dios” (v. 1). Esto es ca­racterístico del Libro de Ezequiel que da un lugar pro­minente a las visiones apocalípticas.

El principio del ministerio de Ezequiel se fecha en forma definida “a los cinco del mes, que fue en el quinto año de la transmigración del rey Joachín” (v. 2). Pues­to que ese gobernante fue llevado a Babilonia en el año 597 A.C., el año quinto sería 593 A.C.

B. LA VISION DE LA GLORIA DE DIOS (1:4-28)

El llamado de Isaías estuvo relacionado con una visión de la santidad de Dios (Isaías 6). El de Ezequiel vino por medio de una visión de la gloria de Dios. Je­remías, por otro lado, parece haber sentido una con­vicción creciente del llamado divino.

El escenario del llamado de Ezequiel, parece haber sido un “viento tempestuoso.” El lenguaje del versículo 4 tiene una gran similitud con el siguiente relato de una tormenta en el Eufrates:

Densas masas de nubes negras, manchadas de color anaranjado, rojo y amarillo, aparecie­ron viniendo del suroeste, aproximándose con temible velocidad... Las nubes eran impre­sionantes. Debajo de la más obscura de ellas, había una gran colección de materia, de un color carmesí oscuro, que corría hacia nos­otros a una velocidad espantosa... Todo se volvió sereno y claro como antes, y apenas veinticinco minutos habían visto el princi­pio, el desarrollo y la culminación de este temible huracán.

Es notable que Ezequiel usa la palabra “parecer” vez tras vez (vrs. 5, 10, 13, 22, etc.). El profeta trata de describir lo indescriptible con figuras conocidas; así que lo único que puede hacer es decir que lo que él vio tenía el “parecer” de otra cosa. Se da por entendido que Ezequiel nunca tuvo la intención de que sus lec­tores interpretaran su lenguaje literalmente. Es lenguaje simbólico y debe tomarse como tal.

C. EL LLAMADO Y LA COMISION (capítulos 2—3)

1. El Llamado (2:1—3:33). Al profeta se le habla frecuentemente llamándolo “Hijo del hombre” (2:1, 3, 6, 8, etc.). Este título “recalca su condición como una mera criatura en contraste con la majestad del Creador.” El “espíritu” que entró en él durante su llamado, fue el Espíritu Santo.

A Ezequiel se le advirtió que estaba siendo envia­do a un pueblo rebelde (2:3), como lo fueron Isaías y Jeremías. No era tarea placentera ser un verdadero profeta en Israel. Pero ya fuera que el pueblo escuchara o rechazara su mensaje, el profeta debía darlo fielmente (2:5-7).

Luego al profeta se le ordenó tomar un rollo que se le daba (2:9). Parece que era un rollo de papiro, escrito en ambos lados (2:10). Siguiendo las instruc­ciones de comer el rollo, el profeta lo encontró dulce a su paladar. Esto simboliza que el ministro debe ali­mentar su propia alma con la Palabra de Dios antes de poder predicarla a otros.

2. La Comisión (3:4-27). La comisión del profeta era dar el mensaje de Dios “a la casa de Israel.” Una vez más se le advierte al profeta que la gente no le escu­chará, puesto que ha rehusado escuchar a Dios (v. 7). En una forma específica, fue comisionado para predicar a los cautivos en Babilonia (v. 11).

El Espíritu levantó al profeta y le transportó (vrs. 12, 14) hasta donde estaban los cautivos de Tel-abib (Tel Aviv, nombre de una gran ciudad en Israel hoy día), junto al canal de Chebar. Allí “asenté donde ellos estaban asentados, y allí permanecí siete días atónito entre ellos” (v. 15).

Luego vino una fase importante de su comisión. Dios dijo: “Hijo del hombre, yo te he puesto por ata­laya a la casa de Israel: oirás pues tú la palabra de mi boca, y amonestarlos has de mi parte” (v. 17). Si él no amonestaba a los malos, “su sangre demandaré de tu mano” (v. 18). Pero si él daba la amonestación y los malos no escuchaban, “tú habrás librado tu alma” (v. 19). Estas palabras son de gran calibre, y todo ministro debe meditar en ellas.

Dos veces más encontramos “la gloria de Jehová” (vrs. 12, 23). Esta puede considerarse como una frase clave del libro de Ezequiel, el cual comienza con varias visiones de la gloria de Jehová y termina con una vista telescópica de la gloria futura.

II. CUATRO ACTOS SIMBOLICOS (capítulos 4—5)

Si alguna vez hubo un predicador dramático, ese fue Ezequiel. En esta sección encontramos cuatro actos simbólicos con sus interpretaciones.

A. LA INVASION DE JERUSALEN (4:1-3)

Dios ordenó al profeta que tomara un adobe y for­mara con él un modelo de la ciudad de Jerusalén con armas de sitio puestas en contra de ella. Esto significa­ba la inminente invasión de Jerusalén (587-586 A.C.).

B. EL EXILIO (4:4-8)

El profeta debería acostarse sobre uno de sus lados durante un período de 390 días (190 en la Versión de los Setenta) cargando los pecados de Israel, y 40 días lle­vando los pecados de Judá. Esto simbolizaba las cau­tividades de los dos reinos (el de Israel ya había co­menzado en el año 722 A.C.).

C. EL HAMBRE (4:9-17)

Ezequiel debería medir cuidadosamente la pequeña cantidad de alimento y bebida que podría tomar du­rante este período. Por tanto, Jerusalén sería afligida con hambre durante el sitio (véase Jeremías 52:6).

D. LA DESTRUCCION DE LA VIDA (5:1-4)

El profeta debería afeitarse el cabello de su cabeza y su barba. Una tercera parte del mismo, por peso, de­bería quemarla, una tercera parte debería herirla con la espada, y una tercera parte debería desparramarla al viento.

E. EL SIGNIFICADO DE LOS SIMBOLOS (5:5-17)

Todos estos actos simbólicos se referían a Jerusa­lén (v. 5). El cabello quemado tipificaba aquellos que morirían de enfermedades y hambre durante el sitio, la segunda parte del cabello simbolizaba los que serían muertos a espada, y la tercera parte, aquellos que serían esparcidos al exilio (v. 12).

III. LA DESTRUCCION DE ISRAEL (capítulos 6—7)

A. LAS MONTAÑAS DE ISRAEL (capítulo 6)

A Ezequiel se le ordenó volver su cara hacia las montañas de Israel y profetizarles a ellas (v. 2). Su mensaje era de destrucción y juicio. Para dar énfasis a su predicación le fue dicho: “Hiere con tu mano, y huella con tu pie” (v. 11). Ezequiel era un predicador enérgico.

La arqueología ha arrojado luz sobre una palabra que se usa dos veces en este capítulo (vrs. 5-6). Los términos “ídolos” e “imágenes del sol,” en la Versión de Reina-Valera, fueron traducidos así casi adivinando su significado. El verdadero significado del término he­breo hammanin no se conoció sino hasta hace poco tiem­po, cuando se descubrió un pequeño altar en unas ex­cavaciones con esta palabra (en el singular) inscrita en él. El término, correctamente traducido, significa “al­tares de incienso.”

B. EL CASTIGO DE ISRAEL (capítulo 7)

El profeta clama: “El fin, el fin viene sobre los cua­tro cantones de la tierra” (v. 2). En un lenguaje más fuerte todavía, el profeta presenta una figura de la in­minente caída de la nación: “Así ha dicho el Señor Je­hová: Un mal, he aquí que viene un mal. Viene el fin, el fin viene: háse despertado contra ti; he aquí que viene.” Una vez más clama: “He aquí el día, he aquí que viene” (v. 10). Es el día del Señor, el día del juicio, el día de la caída y la destrucción. ¡Y está cerca!

IV. EL PECADO Y EL FIN DE JERUSALEN (capítulos 8—11)

A. IDOLATRIA EN EL TEMPLO (capítulo 8)

Esta profecía se dio “en el año sexto” de la cautivi­dad (592 A.C.), “en el mes sexto” (agosto-septiembre). Mientras Ezequiel estaba sentado en su casa y los an­cianos de Judá con él, tuvo otra visión. Vio “una se­mejanza que parecía de fuego” (v. 2). Esta parece ser la visión más cercana que tuvo de Dios. Una mano le tomó por el cabello y el espíritu le transportó en visión a Je­rusalén (v. 3). Allí—en una visión espiritual, no física— vio lo que estaba pasando en el templo.

Al norte del altar vio “la imagen del celo” (v. 5); eso es, una representación idólatra que provocó el ce­lo de Dios. En un cuarto secreto, al cual se llegaba por una entrada oculta, descubrió setenta ancianos de Is­rael ofreciendo incienso delante de unas figuras idóla­tras dibujadas sobre la pared. Luego, en la puerta del norte de la casa del Señor, vio mujeres llorando por Tammuz, el dios babilónico de la vegetación. Y lo que es peor todavía, entre el atrio y el altar vio veinticinco hombres, con “sus espaldas vueltas al templo de Jehová y sus rostros al oriente, y encorvábanse al nacimiento del sol” (v. 16). En el mismo lugar donde los sacerdo­tes tenían que ofrecer sus oraciones (Joel 2: 17), de cara hacia el altar, estos hombres, con sus espaldas ha­cia la casa de Dios, estaban adorando el sol.

B. EL CASTIGO DE JERUSALEN (capítulo 9)

El profeta vio entrar en la ciudad a seis verdugos. En medio de ellos había uno vestido de lienzos, con escri­turas alrededor de su cintura. El debía marcar a todos aquellos que lloraban por los pecados del pueblo. El resto de los habitantes de la ciudad deberían ser muer­tos (v. 5). Luego viene esta adición significativa: “Y habéis de comenzar desde mi santuario.”

C. LA GLORIA DEL SEÑOR SE LEVANTA (capítulo 10)

Una vez más Ezequiel tiene una visión simbólica muy elevada de la gloria de Dios, hasta que todo el atrio estaba lleno de ella (v. 4). Pero finalmente vio la gloria de Dios juntamente con los querubines que salían del templo por la puerta del este (vrs. 18-19). Esta visión mostraba el hecho de que el Shekinah—la presencia de Dios—estaba apartándose de su casa a cau­sa del pecado de la gente.

D. CASTIGO SOBRE LOS PRINCIPES (11: 1-13)

En la puerta oriental del templo, el profeta vio veinticinco hombres que habían conspirado juntos pa­ra desafiar la ley de Dios. Cuando Ezequiel profetizó su destrucción, Petalías, un príncipe, cayó muerto.

E. RESTAURACION FUTURA (11: 14-25)

Aun en la cautividad Dios promete ser “un peque­ño santuario en las tierras a donde llegaren” (v. 16). La naturaleza espiritual de la religión del futuro se sugiere así: “Y darles he un corazón, y espíritu nuevo daré en sus entrañas; y quitaré el corazón de piedra de su carne, y daréles corazón de carne” (v. 19).

En el capítulo anterior la gloria de Dios había de­jado el templo. Pero ahora (v. 23), abandonó del todo la ciudad. Ezequiel, en el espíritu, volvió a Babilonia e informó a los cautivos todo lo que había visto en la visión (vrs. 24-25).

V. LA NECESIDAD DE LA CAUTIVIDAD (capítulos 12—19)

A. SU INMINENCIA (capítulo 12)

1. La Mudanza Simbólica del Profeta (vrs. 1-16). Dios ordenó a Ezequiel que hiciera otro acto simbólico. Debía mover todas las cosas de su casa delante de los ojos de la gente. Esto era una señal de que la cautividad final de Judá pronto se llevaría a cabo. Su príncipe se­ría llevado a Babilonia; “mas no la verá, y allá morirá” (v. 13). Esta extraña profecía se cumplió en el caso de Sedequías, a quien se le sacaron los ojos antes de ser llevado cautivo a Babilonia.

2. El Hambre (vrs. 17-20). El profeta tenía que comer el pan con temblor y beber su agua con estreme­cimiento (v. 18), como señal de las terribles calamidades del sitio de Jerusalén. Esto es similar a lo que se dice en 4:16-17.

3. No Más Tardanza (vrs. 21-28). La gente decía que el tiempo estaba pasando y que cada visión había fallado (v. 22). Pero Dios declaró que las profecías de la destrucción de Jerusalén se cumplirían durante esa generación; no serían detenidas ya por más tiempo (vrs. 25, 28).

B. PROFETAS FALSOS (capítulos 13—14)

1. Esperanzas Falsas (13: 1-7). Los profetas falsos, como en el caso de Jeremías, se distinguían por un op­timismo sin fundamento. Levantaban la esperanza del pueblo diciendo que las profecías divinas de castigo no se cumplirían (v. 6).

2. Blanquear (13: 8-16). El Señor acusa a los pro­fetas falsos de tratar de blanquear (revocar con tiza, v. 10, V.M.) las paredes. Ciertamente, mucha de la predi­cación moderna sólo “blanquea” el pecado. Pero Dios dice que El derribará las paredes blanqueadas, para que su verdadero color se vea (v. 14).

3. Mujeres Profetas (13: 17-23). Estas tendrán un castigo especial. Se suponía que las “almohadillas” que ellas cosían en los brazos de la gente (v. 18) tenían po­deres mágicos. Estas mujeres son acusadas de cazadoras de almas (vrs. 18, 20).

4. Inquiridores no Sinceros (14:1-11). Algunos de los ancianos de Israel visitaron a Ezequiel. Pero el Señor les dijo que ellos practicaban la idolatría (vrs. 3, 6). Dios pronunció un juicio especial sobre aquellos que continuaron practicando la idolatría.

5. Juicio Inevitable (14: 12-23). La presencia de algunos justos no salvaría a los muchos impíos de la des­trucción. Si “Noé, Daniel y Job” (v. 14), estuvieran vi­viendo en Judá, ellos hubieran salvado solamente sus propias almas. Probablemente el Daniel que aquí se menciona, sea un anciano patriarca, y no el profeta con­temporáneo de Ezequiel.

C. LA PARABOLA DE LA VID (capítulo 15)

Así como una vid que no sirve es cortada y echada al fuego para ser quemada, la gente de Jerusalén debe ser castigada por sus pecados. El hecho de que ellos se consideraran a sí mismos la vid escogida de Dios (véase Isaías 5), no les salvaría.

D. UNA ESPOSA INFIEL (capítulo 16)

En una alegoría bastante extensa, Ezequiel pinta una figura de la historia de Israel. El lenguaje franco y pintoresco es típico de un narrador de historias del Oriente.

1. La Hija Desamparada (vrs. 1-5). El profeta pri­mero presenta a Israel como a una niña pequeña, des­preciada, y por tanto expuesta a morir—una costum­bre muy común en el Oriente.

2. La Doncella Casada (vrs. 6-14). Dios descubrió a la indefensa infante y la cuidó. Luego la tomó como su esposa, adornándola con todo el lujo de una boda típica Oriental.

3. La Esposa Infiel (vrs. 15-34). A pesar de todo lo que Dios había hecho por ella, Israel fue infiel a su esposo. Vez tras vez cometió adulterio con los dioses pa­ganos y las naciones extranjeras—los egipcios al sur (v. 26), los asirios al norte (v. 28), y finalmente los babilonios (v. 29). Es condenada “como una mujer adúltera, porque en lugar de su marido recibe a aje­nos” (v. 32).

4. El Rechazo (vrs. 35-52). Puesto que Israel se había apartado del Señor, El le rechazaría como su es­posa y le enviaría con sus amantes, a quienes ella había escogido (v. 37). Ellos le tratarían con desprecio y cruel­dad (vrs. 39-41). Esto se cumplió con la destrucción de Jerusalén en el año 586 A.C.

Dios va hasta el punto de afirmar que Judá es peor que su hermana mayor Samaria (vrs. 46, 51) y que su hermana menor, Sodoma (vrs. 46, 48). Esto era porque Israel había tenido privilegios más grandes. Mientras más grande sea la luz que uno tiene, más grande es el castigo.

5. El Perdón Futuro (vrs. 53-63). A pesar de la testarudez de su infiel esposa, Jehová le promete per­donarle y restaurarla otra vez. Era el mismo mensaje que Oseas había proclamado cerca de dos siglos antes.

E. LOS BUITRES Y LA VID (capítulo 17)

1. La Parábola (vrs. 1-10). Ezequiel era aficionado a las alegorías, como lo indican este capítulo y el anterior. La “grande águila” (v. 3), o buitre, es Nabucodonosor. “El orgullo del cedro” (v. 3), se refiere a Joacím, y “el principal de sus renuevos” (v. 4), a sus príncipes. Estos fueron llevados cautivos a Babilonia en el año 597 A.C. “La simiente” plantada (v. 5) era Sedequías, a quien Nabucodonosor puso sobre el trono de Judá. La otra águila grande (v. 7) es Faraón Hofra, cuya ayuda Sedequías buscó en su rebelión contra Nabucodonosor (Jeremías 44:30).

2. La Interpretación (vrs. 11-21). Sedequías ha­bía jurado alianza a Nabucodonosor (v. 13). Pero ahora se estaba rebelando en su contra y buscaba la ayuda de Egipto (v. 15). El resultado sería la cautividad de Se­dequías en Babilonia (v. 20), porque había quebrantado su convenio (v. 16).

3. Otra Alegoría (vrs. 22-24). El capítulo se cierra con una breve profecía mesiánica. El renuevo (v. 22) es el rey del linaje de David que al fin reinará.

F. RETRIBUCION Y RESPONSABILIDAD (capítulo 18)

Este es uno de los capítulos más significativos de Ezequiel por su enseñanza sobre la responsabilidad in­dividual. Esta se necesitaba para equilibrar la idea de culpabilidad nacional.

Había entonces un proverbio popular muy conoci­do: “Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos tienen la dentera” (v. 2). La generación que había sido llevada cautiva se quejaba de que estaba sufriendo injustamente por causa de los pecados de generaciones anteriores. La respuesta del Señor fue: “El alma que pecare, esa morirá” (v. 20). Esta expresión resume la enseñanza de todo el capítulo. Cuando el hijo de un hombre justo (vrs. 5-9) se vuelve impío (vrs. 10-13), sufrirá por sus propios pecados (v. 13). Por otro lado, si el hijo de un hombre impío es justo (vrs. 14-17), vi­virá. Así Dios se defiende a sí mismo de la acusación: “No es derecho el camino del Señor” (vrs. 25, 29).

G. LAS LAMENTACIONES DE EZEQUIEL (capítulo 19)

Dios ordenó al profeta que entonara una endecha, un himno fúnebre, por los príncipes de Israel (v. 1). Este se da en forma de dos poemas alegóricos.

1. La Alegoría de los Leones (vrs. 2-9). Los prín­cipes se presentan primero como leones. La madre leo­na es Judá. El primer cachorro de león (v. 3) es Joachaz, quien fue llevado cautivo a Egipto por Faraón Necao en el año 608 A.C. El segundo cachorro de león (v. 5) es Joaquín—algunos dicen que fue Sedequías—quien fue llevado a Babilonia en el año 597 A.C. Estos dos reyes reinaron sólo tres meses cada uno.

2. La Alegoría de la Vid (vrs. 10-14). Una vez más, la vid es Judá. Su vara, de la cual el fuego salió para destruir la vid, es Sedequías. Fue su desobedien­cia lo que causó la destrucción de Jerusalén en el año 586 A.C.

VI. LA CAIDA DE JERUSALEN (capítulos 20—24)

A. LA JUSTICIA DE JEHOVA (20: 1-44)

Esta profecía está fechada “en el año séptimo” de la cautividad de Joaquín (véase 1:2); eso es, el año 591 A.C. Fue en el mes décimoprimero después de la úl­tima fecha mencionada en 8:1.

Algunos “ancianos de Israel” vinieron a Ezequiel para hacer preguntas al Señor (véase 14:1-11). Como respuesta, el profeta trazó brevemente la historia del apóstata Israel (vrs. 5-32), con su idolatría crónica. Luego pronunció el juicio justo de Jehová al permitir la cautividad (vrs. 33-44).

B. LA ESPADA DEL SEÑOR (20: 45—21:32)

En el original hebreo, el capítulo 21 incluye el úl­timo párrafo del capítulo 20 de la Biblia en castellano. Al parecer, esta es la división correcta.

1. Fuego y Espada (20: 45—21: 7). Al profeta se le pidió decir una parábola “contra el bosque del cam­po del mediodía” (Judá), anunciando su destrucción por fuego. Luego viene esta oración interesante: “¡Ah, Señor Jehová! ellos dicen de mí: ¿No profiere éste pa­rábolas?” (20:49) ¡La misma queja se escucha de los lectores modernos de Ezequiel!

Otra vez se ordena al profeta gemir amargamente (v. 6). Y cuando se le preguntara la razón, debería ex­plicar que era por la destrucción que se aproximaba.

2. El Cántico de la Espada (21: 8-17). Una impre­sionante descripción (vrs. 9-10) se da de la invasión babilónica:

La espada, la espada está afilada,

y aun acicalada;

para degollar víctimas está,

acicalada está para que relumbre.

3. El Camino de la Espada (21: 18-27). Al profeta se le ordenó poner un poste de señal y marcar dos ca­minos que salían de él, uno hacia Ammón y el otro hacia Judá. Esto simbolizaba que Nabucodonosor estaba in­deciso entre atacar primero a Ammón o a Judá. Ambos se habían rebelado en contra suya. Después de con­sultar a tres formas de adivinación (v. 21), sintió que debía atacar primero a Jerusalén. La ruina resultante duraría hasta que el Mesías viniera (v. 27; véase Gé­nesis 49: 10).

4. La Espada de Ammón (21:28-32). Después de la conquista de Jerusalén por Nabucodonosor, los am­monitas saquearon a Judá (II Reyes 24:2). Pero la es­pada de ellos debía retornarse a su vaina y ellos serían castigados por su crueldad (vrs. 30-32).

C. TRES SENTENCIAS EN CONTRA DE JERUSALEN (capítulo 22)

1. Los Pecados de la Ciudad (vrs. 1-16). A Jeru­salén se le llama “la ciudad derramadora de sangre” (v. 2). Se le acusa de crímenes e idolatría (vrs. 3-6), desobediencia a los padres y opresión de los pobres (v. 7); de profanar el templo y el día de reposo (v. 8), de inmoralidad (vrs. 9-11), de usura y fraude (v. 12). La lista es larga y sórdida.

2. El Horno de la Furia (vrs. 17-22). La casa de Israel era escoria que debía ser derretida en el horno. En el fuego de la cautividad babilónica fue purificada de su idolatría.

3. Condenación de las Clases (vrs. 23-31). Los pro­fetas (v. 25), los sacerdotes (v. 26), los príncipes (v. 27), y la gente en general (v. 29), habían todos pecado gra­vemente en contra de Dios y sus semejantes. Desgra­ciadamente, no había ningún intercesor: “Y busqué de ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese al portillo delante de mí por la tierra, para que no la des­truyese; y no lo hallé” (v. 30).

D. AHOLAH Y AHOLIBAH (capítulo 23)

Una vez más Ezequiel da su profecía en forma de alegoría, la de dos hermanas, Aholah y Aholibah. La primera representa a Samaria, y la segunda a Jerusa­lén. Igual que en el capítulo 16, dice que Judá ha sido más culpable que Israel, porque no prestó atención a las advertencias dadas por la caída de Samaria en el año 722 A.C. Por el contrario, adulteró con Asiria (v. 12) y Babilonia (v. 14). El lenguaje usado aquí es típica­mente Oriental, pero la lección trágica no se debe pasar por alto.

E. SIMBOLOS DEL SITIO (capítulo 24)

Esta profecía está fechada “en el noveno año, en el mes décimo, a los diez del mes” (v. 1). Esto fue enero del año 588 A.C. Se le dijo al profeta que este sería el día en que Nabucodonosor comenzaría el sitio de Jerusalén.

1. La Olla (vrs. 3-14). Quizá el profeta estuviera destazando un cordero y poniéndolo en una olla para hervirlo cuando el Señor le dio esta parábola. La olla era Jerusalén. Los pedazos escogidos (v. 4) representaban a los principales líderes de la ciudad. El fuego era el sitio. La “espuma” es la sangre derramada en la ciudad. El derramamiento de la olla significa la cautividad, y su fundición en el fuego la destrucción de Jerusalén.

2. La Muerte de la Esposa de Ezequiel (vrs. 15-24). El profeta pagó un precio muy elevado por su minis­terio. Se le dijo que su esposa moriría, pero que él no debería llorarla públicamente según la costumbre de aquellos días (v. 17). Esto sería un símbolo de los ho­rrores trágicos de la invasión. Ezequiel era una señal para Judá (v. 24).

3. El Habla Restaurada (vrs. 25-27). Estos ver­sículos parecen conducirnos atrás a 3: 25-27, donde se le dijo a Ezequiel que sería restringido de aparecer en pú­blico y que no podría hablar sino hasta que Dios sol­tara su lengua. No parece probable que él haya perma­necido en silencio hasta este momento, ni siquiera que su ministerio fuera privado. De cualquier manera, ahora se le dice que cuando los mensajeros lleguen con la no­ticia de la caída de Jerusalén, el profeta podrá hablar otra vez.

VII. EL PROFETA DE RESTAURACION (capítulos 25—48)

La última sección del libro de Ezequiel consiste de dos partes: profecías en contra de naciones extranje­ras (caps. 25—32) y profecías después de la caída de Jerusalén (caps. 33—48). Esta última parte tiene que ver con la restauración de la cautividad (caps. 33—39), y la gloria del reino futuro (caps. 40—48).

A. PROFECIAS EN CONTRA DE NACIONES EXTRANJERAS (capítulos 25—32)

Es un fenómeno notable que los tres profetas de­diquen una gran porción de sus sentencias a profecías en contra de naciones extranjeras. Esta era una parte de su comisión (véase Jeremías 1: 5—“te di por profeta a las gentes [naciones]”). Siete naciones se consideran aquí, siendo Egipto la que recibe el tratamiento más extenso (caps. 29—32) y Tiro en segundo lugar (caps. 26-28). Lo sorprendente es la omisión de Babilonia, la cual re­cibe mayor atención que cualquier otra nación en Isaías (caps. 13—14) y Jeremías (caps. 50—51).

1. NACIONES CIRCUNVECINAS (capítulo 25)

Las cuatro naciones consideradas aquí—Ammón, Moab, Edom y Filistia—habían hostigado las fronteras de Israel por muchos siglos. Ahora que Israel y Judá habían sido llevados a la cautividad, dieron rienda suelta a su gozo por medio de actos rencorosos.

a. Ammón (vrs. 1-7). Los ammonitas eran descen­dientes de un hijo de Lot, el sobrino de Abraham (Géne­sis 9: 38). Pero ellos habían tratado a sus parientes con insaciable crueldad. Ahora se gozaban por la destrucción de Jerusalén y su templo (v. 3). El profeta les advierte que ellos también serán invadidos del oriente (v. 4). Su gozo fue exuberante por causa de la caída de Judá, como se describe en el versículo 6.

b. Moab (vrs. 8-11). Los habitantes de este país eran también descendientes de Lot (Génesis 10: 37). Puesto que ellos también se habían gozado con la caída de Judá serían igualmente invadidos por tribus del desierto.

e. Edom (vrs. 12-14). Los edomitas eran descen­dientes de Esaú, el hermano de Jacob. Pero la rencilla que hubo entre estos dos hermanos había continuado a través de los siglos. Los edomitas habían tomado ven­taja de la caída de Jerusalén para vengarse rencorosa­mente de Judá (véase Abdías). Mas ellos no escapa­rían sin ser castigados.

d. Filistia (vrs. 15-17). Los filisteos no estaban relacionados con los israelitas, sino que arribaron de Creta en el siglo doce A.C. Desde los días de los jueces habían sido una espina en el costado de Israel. También se habían vengado cuando Judá cayó (v. 15). Dios dice que talará los “Ceretheos” eso es, los cretenses.

2. TIRO (capítulos 26—28)

a. La Caída de Tiro (cap. 26). La profecía está fe­chada “en el undécimo año” (26: 1), esto es, el año 586 A.C., cuando Jerusalén fue destruida. La gente de Tiro se había gozado por este evento, pensando que la pérdida de Judá sería la ganancia de ellos (v. 2).

A causa de su posición en una isla, que la hacía casi inconquistable, Tiro era orgullosa y arrogante. Se dice que Nabucodonosor la sitió por un período de doce años (585-573 A.C.) antes de que se sometiera. Le dio a Alejandro el Grande más trabajo que cualquiera otra ciudad. Al fin éste resolvió el problema construyendo un camino de media milla de ancho desde tierra firme hasta la isla. Ahora se puede transitar en auto sobre ese terraplén y ver las ruinas antiguas. La profecía de que “tendedero de redes será en medio de la mar” (v. 5) se cumplió literalmente.

Fenicia, de la cual Tiro era la ciudad principal, fue la nación más sobresaliente en el comercio marítimo en los tiempos antiguos (véase v. 17). Había desarrollado colonias por todo el norte de África, hasta el Océano Atlántico. Pero se hundió en el olvido, de acuerdo a lo que Dios predijo por medio de su profeta. Hoy día, el puerto y capital de El Líbano (la antigua Fenicia) es Beirut, al norte de Tiro y Sidón.

b. Endechas Sobre Tiro (cap. 27). A Ezequiel se le ordena lamentarse por Tiro. El alcance tremendo de su comercio marítimo se describe vívidamente en los versículos 3-25. Las ciudades y las naciones anotadas aquí, componían casi todo el mundo conocido de aque­llos días.

Pero su destrucción también se describe (vrs. 26-36). La caída de Tiro causaría una amargura y conster­nación exageradas alrededor del mundo Mediterráneo.

e. Sentencia del Rey de Tiro (28: 1-19). Esta sec­ción se compone de dos poemas dirigidos en contra del gobernante de Tiro. El primero (vrs. 1-10) es dirigido al príncipe de Tiro; el segundo (vrs. 11-19), al rey de Tiro—probablemente el mismo individuo.

El orgullo de la ciudad estaba personificado en su príncipe. Este príncipe arrogante pretendía ser divino (v. 2) y omnisciente (v. 3). El Daniel al cual se hace re­ferencia aquí es una representación antigua de la sa­biduría (véase 14:14, 20), no el Daniel del período de la cautividad.

Generalmente se ha admitido que el lenguaje de los versículos 12-15 abarca más allá del rey de Tiro. Mu­chos lo interpretan como refiriéndose a Lucifer antes de su caída para convertirse en Satanás. Admitiendo toda la extravagancia típica del lenguaje oriental—reflejada, por ejemplo, en las tablas de los reyes de Asiria y Ba­bilonia—la terminología usada aquí es verdaderamente admirable. Note las expresiones: “Tú echas el sello a la proporción, lleno de sabiduría, y acabado de hermosu­ra. En Edén, en el huerto de Dios estuviste... Tú, que­rubín grande, cubridor... en el santo monte de Dios estuviste; en medio de piedras de fuego has andado.” El versículo 15 es especialmente significativo: “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste criado, hasta que se halló en ti maldad.” El príncipe de Tiro era un símbolo de Satanás.

d. La Destrucción de Sidón (vrs. 20-24). Esta ciu­dad, situada entre la antigua Tiro y la moderna Beirut, fue en cierta ocasión la ciudad madre de Fenicia. Pero Tiro pronto la sobrepasó en grandeza. Quizá el rema­nente de Judá temiera que Sidón sucediera a Tiro como una amenaza para su paz. Pero la promesa se dio de que “nunca más será a la casa de Israel espino que la pun­ce” (v. 24).

El capítulo termina con una promesa de la restau­ración de Israel (vrs. 25-26). Las otras naciones serán destruidas, pero Israel volverá a ser reunida otra vez en su propia tierra.

3. EGIPTO (capítulos 29—32)

Excepto por el párrafo de 29: 17-21, el cual tiene la fecha del año 571 A.C., todas las otras profecías en contra de Egipto se pronunciaron precisamente antes de la caída de Jerusalén o inmediatamente después, eso es, en los años 587-585 A.C. Egipto era responsable de haber introducido la idolatría entre el pueblo de Dios (16:26), y había animado a Judá para rebelarse en contra de Asiria y Babilonia.

a. La Caída de Egipto (29: 1-16). “En el año dé­cimo, en el mes décimo” (v. 1), (enero de 587 A.C.), se le ordenó a Ezequiel que pronunciara la profecía en contra del Faraón Hofra, “el gran dragón.” Este rey or­gulloso pretendía ser creador del Nilo (v. 3). Pero Dios dijo que El pondría anzuelos en sus quijadas y lo arro­jaría al desierto (vrs. 4-5). Egipto había sido a Israel sólo un “bordón de caña,” que se rompió fácilmente (véase Isaías 36:6).

Después de cuarenta años, Egipto sería restaurado (v. 13). Pero sería el más humilde de los reinos (v. 15), y ya no una amenaza para Israel.

b. El Salario de Nabucodonosor (29:17-21). Esta es la profecía fechada más tarde en todo el libro, en abril del año 571 A.C. Nabucodonosor acababa de subyu­gar a Tiro después de un sitio de doce años (585-573 A.C.). Pero los tirios tuvieron suficiente tiempo para despachar por barco todas sus mercaderías de valor, de manera que los babilonios recibieron muy poco botín a cambio de su arduo trabajo (“gran servicio”) en contra de Tiro (v. 18). Por tanto, Dios prometió dar el acaudalado Egipto a Nabucodonosor como su pago. Este monarca marchó hacia el sur en el año 586 A.C. y colectó su re­compensa. El punto de vista es que Dios había usado a Nabucodonosor como instrumento para castigar a las otras naciones, y por tanto se le pagaría por sus servicios.

c. El Día de Juicio de Egipto (cap. 30). “El día del Señor” (v. 3) —el día del juicio—vendría sobre Egipto. Nabucodonosor sería el mensajero que visitaría a Egip­to con destrucción (v. 10). Los ídolos de Egipto serían destruidos (v. 13).

Los versículos 20-26 están fechados en el año 587 A.C. (v. 20), poco antes de la caída de Jerusalén. Algunos quizá todavía se preguntaban quién ganaría al fin, si Egipto o Babilonia. Ezequiel categóricamente dijo que Jehová estaba del lado de Nabucodonosor, quien, a su vez, conquistaría a Egipto. Sólo mediante la inspira­ción divina pudo el profeta saber el fin de la lucha por el poder.

d. La Caída de Faraón (cap. 31). El término “Asi­rio” en el versículo 3 es sin duda un error, debido quizá a una confusión de t’asshur (cedro) con ‘asshur (Asiria). La última frase del capítulo claramente dice: “Este es Faraón y todo su pueblo, dice el Señor Jehová.” Así que el capítulo comienza (v. 2) y termina con Faraón. Se le presenta como un cedro alto, orgulloso y vanidoso (vrs. 3-10). Pero por causa de su orgullo será talado (vrs. 11-18).

e. El Derrocamiento Final de Egipto (cap. 32). Este capítulo está claramente dividido en dos himnos fúne­bres. Uno para Faraón (vrs. 1-16) y el otro para Egipto (vrs. 17-32). El primero está fechado en el primer día del mes décimosegundo (febrero del año 585 A.C.), seis meses después de la caída de Jerusalén. El segundo es­tá fechado dos semanas después, en el día quince. En el primer himno se compara a Faraón con un dragón de los mares (v. 2) a quien Dios echaría en tierra. Na­bucodonosor pondría fin al reinado orgulloso de Fa­raón (v. 32).

B. EL RETORNO DE LA CAUTIVIDAD (capítulos 33—39)

Las profecías de Ezequiel acerca de Judá, pronun­ciadas antes de la caída de Jerusalén en el año 586 A.C. (caps. 4—24), sobresalen mayormente por la condena­ción de la gente por sus pecados y las advertencias de castigo. El mismo tono caracteriza a las sentencias en con­tra de las naciones extranjeras (caps. 25-32). Pero en la última sección del libro (caps. 33-48) él mira más allá de la cautividad, a la restauración y la gloria fu­tura de Israel.

1. LA RESPONSABILIDAD PERSONAL (capítulo 33)

a. Del Profeta (vrs. 1-9). Esta sección es muy si­milar a la comisión original del profeta (3:17-21). En ambos se pone énfasis sobre la responsabilidad de un atalaya.

b. Del Pueblo (vrs. 10-20). Cada individuo deter­mina su propio destino. Esta es la verdad que ya se ha expresado más ampliamente en el capítulo 18. De acuer­do a lo que se dice allí, la gente decía: “No es recta la vía del Señor” (v. 20).

c. De los Sobrevivientes (vrs. 21-29). El “año duo­décimo” (v. 21) parece que es el equivalente “del un­décimo año” en Jeremías 39:2. Si es así, las nuevas de la caída de Jerusalén en el año 586 A.C. llegaron hasta Ezequiel después de seis meses del evento. Fue enton­ces cuando dejó de “estar callado” (v. 22). Parece que poco antes de ese tiempo, él había escrito algunas pro­fecías en contra de las naciones extranjeras, pero no le fue posible profetizar a los judíos.

Este fue el mensaje para los sobrevivientes de Ju­dá: “Los que habitan aquellos desiertos en la tierra de Israel” (v. 24). Fue una advertencia de castigo por su idolatría (v. 25) y adulterio (v. 26).

d. De los Cautivos (vrs. 30-33). Dios informó a Ezequiel que los judíos en Babilonia que vinieron a él no estaban acatando su mensaje. “Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de amores, gracioso de voz y que canta bien: y oirán tus palabras, mas no las pondrán por obra” (v. 32).

2. PASTORES Y OVEJAS (capítulo 34)

a. Pastores Egoístas (vrs. 1-10). Los gobernantes de la nación se comparan con pastores que se alimentan a sí mismos en vez de alimentar a las ovejas (v. 2). Es­quilaban las ovejas en vez de alimentarlas (v. 3). Pero Dios requerirá las ovejas de sus manos (v. 10).

b. El Buen Pastor (vrs. 11-16). El Buen Pastor buscará sus ovejas, y las traerá a su redil y las volverá a alimentar. El lenguaje usado aquí nos recuerda el de Salmos 23 y Juan 10.

c. Ovejas Contra Carneros (vrs. 17-31). El Buen Pastor actuará como juez, separando las ovejas de los carneros. La promesa del versículo 23 es Mesiánica. Cristo, el Hijo de David, será el Buen Pastor.

3. EL JUICIO DE EDOM (capítulo 35)

Edom será castigada por causa de sus “enemistades perpetuas” con Israel (v. 5). Será puesta “en asolamien­tos perpetuos” (v. 9).

4. RESTAURACION Y REGENERACION (capítulo 36)

Aquí se promete que Dios juntará a todos los israe­litas de todos los países y los traerá a su propia tierra (v. 24). Luego viene uno de los pasajes más sobresalien­tes sobre la regeneración en el Antiguo Testamento: “Y esparciré sobre vosotros agua limpia; y seréis limpia­dos de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi espíritu, y haré que an­déis en mis mandamientos, y guardéis mis derechos, y los pongáis por obra” (vrs. 25-27).

5. AVIVAMIENTO Y REUNION (capítulo 37)

a. El Valle de los Huesos Secos (vrs. 1-14). Eze­quiel vio un valle lleno de huesos secos. Luego se le pre­guntó: “¿Vivirán estos huesos?” (v. 3). En otras pala­bras, ¿podría la nación muerta de Judá volver a vivir? Cuando él profetizó, los huesos esparcidos se juntaron y formaron esqueletos, y los esqueletos se convirtieron en cuerpos, y finalmente los cuerpos se pararon con vida. Por medio de esta visión Dios prometió el avivamiento de Israel (vrs. 11-14).

b. Dos Palos (vrs. 15-28). El profeta tenía que to­mar dos palos, escribir en uno, “Judá,” y en el otro “Efraín.” Luego tenía que juntarlos el uno con el otro para que se volvieran uno en su mano (v. 17). Es­to simbolizaba la reunión de las doce tribus.

6. GOG Y MAGOG (capítulos 38—39)

Gog, el príncipe de la tierra de Magog, vendrá con­tra el pueblo de Dios (38:14-16). Pero el Señor peleará en contra de él. Llevará a Israel siete meses para ente­rrar a los muertos (39:12).

A menudo se ha identificado a Magog—correcta o incorrectamente—con Rusia. Ciertamente, los eventos de los últimos años añaden significado a esta interpretación.

C. LA GLORIA FUTURA DE ISRAEL (capítulos 40—48)

1. EL NUEVO TEMPLO (capítulos 40—43)

En el año veinticinco de la cautividad (40: 1) — el año 573 A.C. —Ezequiel recibió una visión del templo futuro. Las medidas y el mobiliario se dan en detalle. Algunos sostienen que estas son las medidas de un tem­plo literal que ha de ser edificado antes o después de que Cristo venga. Parece mejor interpretarlo como un sím­bolo del nuevo reino espiritual. La cosa importante es que la gloria del Señor llenó la casa de Dios (43:2-5).

2. REGLAS PARA EL TEMPLO (capítulos 44—46)

Se dan instrucciones detalladas para el príncipe (44:1-3), los sacerdotes (44:9-31), las porciones para los sacerdotes (45: 1-6) y el príncipe (45: 7-25), la ado­ración del príncipe y el pueblo (cap. 46). Las reglas son tan específicas como las que encontramos en Levítico.

3. EL RIO DE LA VIDA (47:1-12)

Esta descripción es paralela a Apocalipsis 22: 1-2. El profeta ve un río de la vida corriendo desde el san­tuario que trae bendición cerca y lejos.

4. LA TIERRA SANTA (47:13—48:35)

Al profeta se le dicen las fronteras de la tierra (47:13-23) y las asignaciones de las tribus, sacerdotes y prín­cipes (48:1-29). El libro se cierra con la descripción de la Ciudad Santa (48:30-35).

Para Estudio Adicional

1. ¿Dónde y cuándo profetizó Ezequiel?

2. Compare los llamados de Isaías, Jeremías y Eze­quiel.

3. ¿Cuál fue la principal característica del minis­terio de Ezequiel?

4. ¿Qué se estaba llevando a cabo en Jerusalén entre los años 597-586 A.C., de

acuerdo a lo que se re­veló a Ezequiel?

5 ¿En qué difiere la segunda mitad del libro de Ezequiel con la primera?

6 ¿Cómo se describe la gloria futura de Israel?

CAPITULO SEIS

EL PROFETA APOCALIPTICO

DANIEL

Nombre: “Dios ha juzgado”

Fecha de los Eventos: cerca de los años 606-536 A.C.

Lugar de su Ministerio: Babilonia

División de su Libro:

La Historia de Daniel (capítulos 1—6)

Visiones de Daniel (capítulos 7—12)

Versículos Para Memorizar: 1:8; 12:3, 10

INTRODUCCION

El Libro de Daniel ha sido objeto de más contro­versia que casi cualquier otro libro en la Biblia. La ma­yoría de los eruditos liberales lo sitúan en el segundo siglo antes de Cristo, alrededor del año 165. Esto se debe a que describe en detalle los cambios de escena de ese período. Los conservadores sostienen el punto de vista judío y cristiano, de que el libro se escribió por Daniel en el sexto siglo A.C., quien por inspiración di­vina, pudo ver el futuro por varios siglos. Uno tiene que creer en lo sobrenatural a fin de aceptar a Daniel co­mo el autor de este libro.

Edward Young— ampliamente reconocido como el erudito conservador de mayor calibre en asuntos del An­tiguo Testamento—ha dado las razones que tenemos pa­ra sostener que Daniel escribió el libro que lleva su nombre. El ha dado en sus obras una respuesta adecua­da a los argumentos de los que niegan que Daniel es­cribió el Libro de Daniel.

I. HISTORIA DE DANIEL (capítulos 1—6)

A. LA CAUTIVIDAD DE DANIEL (capítulo 1)

El principio de la cautividad de Daniel está fecha­do “En el año tercero del reinado de Joacím” (v. 1). Esto sería el año 606 ó 605 A.C. Aquí se afirma que Nabu­codonosor, el rey de Babilonia, invadió a Judá y sitió a Jerusalén. Habiendo tomado la ciudad—no la destruyó sino hasta veinte años más tarde—tomó “parte de los vasos de la casa de Dios” (v. 2) y los llevó a la tierra de Sinar (Babilonia), donde los puso en la casa de sus dioses.

Nabucodonosor también ordenó que algunos de los jóvenes de la familia real fueran llevados a Babilonia, donde serían instruidos en la sabiduría del palacio im­perial. Entre ellos estaban Daniel y sus tres amigos. Así que Daniel era un príncipe de Judá. A los cuatro jó­venes se les dio nombres babilónicos (v. 7). Algo cu­rioso, mientras Daniel se conoce siempre por su nom­bre hebreo, los otros tres se conocen por sus nombres babilónicos—Sadrach, Mesach, y Abed-nego (véase 3:12-20).

Una de las lecciones espirituales sobresalientes del libro se encuentra en el versículo ocho del capítulo pri­mero: “Y Daniel propuso en su corazón de no conta­minarse en la ración de la comida del rey, ni en el vino de su beber.” Fue una gran decisión para un joven—cau­tivo en una tierra extraña, y lejos de la influencia pia­dosa de sus familiares y amigos. Fue una decisión va­liente, que muy bien le podría haber costado la vida. Rodeado por religiones y normas morales paganas, este joven permanece como un ejemplo inspirador para los jóvenes de todas las generaciones. Daniel vivió de acuer­do a convicciones que Dios le había dado, y ése ha sido siempre el precio que hay que pagar para obtener la bendición divina.

Puesto que Daniel permaneció fiel, descubrió que Dios estaba de su lado y le puso en favor con el prínci­pe de los eunucos (v. 9). El encargado de los cuatro jó­venes hebreos, al fin consintió en que tuvieran una dieta de agua y vegetales por espacio de diez días. Al fin de este período los cuatro jóvenes se veían mejores que los que habían sido alimentados con el alimento ordenado por el rey (v. 15). Así que se les permitió continuar con la dieta que ellos habían escogido.

Los cuatro jóvenes hebreos no sólo prosperaron fí­sicamente, sino que “dióles Dios conocimiento e inteli­gencia en todas letras y ciencia” (v. 17). Daniel fue hon­rado con un don especial: “entendimiento de toda visión y sueño.”

Al fin del período de tres años de prueba (véase v. 5), el príncipe de los eunucos trajo a todos los prín­cipes hebreos delante del rey. Nabucodonosor descu­brió que Daniel y sus tres amigos eran más sabios que todos los otros. Así que fueron retenidos en la presen­cia real. El rey se dio cuenta de que en sabiduría e in­teligencia eran “diez veces mejores que todos los magos y astrólogos que había en todo su reino” (v. 20).

El último versículo de este capítulo introductorio dice que “fue Daniel hasta el año primero del rey Ciro.” Pero una visión está fechada en “el tercer año de Ciro rey de Persia” (10: 1). Eso sería alrededor del año 536 A.C.

B. EL SUEÑO DE NABUCODONOSOR DE UNA IMAGEN (capítulo 2)

Muchas interpretaciones se han dado de este y los capítulos siguientes de Daniel. A fin de no confundir al lector con una variedad de interpretaciones, nos pareció mejor, para simplificar el asunto, adoptar la interpre­tación más ampliamente aceptada por los premilenia­listas hoy día.

1. El Dilema del Rey (vrs. 1-11). En el segundo año de su reino, Nabucodonosor tuvo un sueño que le turbó mucho. Desgraciadamente, no podía recordarlo. Sin embargo, demandó de sus sabios que le dijeran su significado.

Los caldeos (los sabios) contestaron al rey “en arameo.” Una de las características sobresalientes del libro de Daniel es que una gran parte del mismo (2:4— 7: 28) está escrito en arameo—un lenguaje semita rela­cionado con el hebreo, pero diferente. Los judíos apren­dieron el arameo en Babilonia y lo llevaron a Palestina, donde se convirtió en el idioma principal durante el tiempo de Cristo. Hoy día, el idioma común de Israel es otra vez el hebreo.

2. La liberación de Daniel (vrs. 12-24). Enojado porque los caldeos no podían decirle su sueño y su in­terpretación, Nabucodonosor ordenó que todos los hom­bres sabios fueran ejecutados. Pero antes de que la es­pada cortara su cabeza, Daniel escapó de una muerte segura. Pidiendo que se le diera tiempo (v. 16), llamó a sus tres amigos para orar.

Aquella misma noche, mediante una visión, Dios re­veló a Daniel el sueño y su interpretación. Después de dar gracias a Dios (vrs. 20-23), Daniel pidió que se le trajera ante la presencia del rey.

3. El Revelador de Misterios (vrs. 25-30). El rey preguntó al joven hebreo si él podría interpretar el sue­ño. Daniel se despojó de toda pretensión de sabiduría humana (v. 30), pero declaró que “hay un Dios en los cielos, el cual revela los misterios” (v. 28). Este Dios estaba mostrando a Nabucodonosor lo que pasaría en el futuro. La ocasión del sueño era la preocupación del rey acerca de lo que pasaría con su imperio (v. 29).

4. El Sueño (vrs. 31-35). Nabucodonosor había so­ñado una gran imagen, con forma de hombre. La cabeza era de oro, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de metal (bronce), sus piernas de hierro, y sus pies de una mezcla de hierro y barro cocido. Una piedra “cortada, no con mano,” golpeó y destruyó la imagen. Luego se convirtió en una gran montaña que llenaba la tierra.

5. La Interpretación (vrs. 36-45). La imagen re­presentaba cuatro imperios: (1) babilónico—”tú eres aquella cabeza de oro;” (2) el medo persa; (3) el grie­go; (Greco) —de Alejandro el Grande y sus sucesores; (4) el romano. La mezcla de hierro y barro cocido (dic­tadura y democracia) recibe la mayor atención (vrs. 41-43). Pero todos estos imperios serán derrocados y destruidos por el reino de Dios, el cual “permanecerá para siempre” (v. 44).

6. La Recompensa de Daniel (vrs. 46-49). Con una extravagancia típica del oriente antiguo, el rey adoró a Daniel. Luego lo puso por “gobernador de toda la pro­vincia de Babilonia, y por príncipe de los gobernadores sobre todos los sabios de Babilonia” (v. 48). A los ami­gos de Daniel también se les dio una posición elevada.

C. EL HORNO DE FUEGO (capítulo 3)

1. La Imagen de Oro (vrs. 1-7). Lleno de orgullo como estaba, el rey mandó hacer una gran imagen de oro de veinte metros de altura. Luego llamó a todos los oficiales de su reino para un gran servicio de dedicación. Un heraldo proclamó la orden del rey de que cuando la música comenzara, todos los presentes deberían incli­narse y adorar la imagen.

2. La Gran Negación (vrs. 8-18). Los tres amigos de Daniel arriesgando sus vidas (véase v. 6), se negaron a adorar la imagen. También se negaron en una segunda oportunidad. No hay fe y fidelidad más grandes que las que se describen en los versículos 17 y 18: “Nuestro Dios... puede librarnos... y nos librará... Y si no, sepas, oh rey, que tu dios no adoraremos, ni tampoco honraremos la estatua que has levantado.” Esa clase de valor y fe son absolutamente inconquistables.

3. El Horno de Fuego (vrs. 19-23). El rey estaba tan airado que ordenó que el horno se calentara siete veces más de lo normal. Los hombres más fuertes del ejército fueron nombrados para atar a los tres rebeldes y arrojarlos al fuego. Tal era el calor del horno, que es­tos tres oficiales militares murieron quemados con sólo acercarse a él (v. 22).

4. La Gran Liberación (vrs. 24-30). De repente, el rey se puso de pie y clamó sobresaltado, al ver a cuatro hombres caminando tranquilamente dentro del horno de fuego. Con gran temor y respeto, ordenó que los jóvenes hebreos fueran sacados del horno. Cuando los examinaron, no tenían ni siquiera el olor del fuego.

La lección de este incidente es demasiado clara como para pasarse por alto. Como hijos fieles de Dios, nunca nos encontramos en el horno de fuego de la aflicción de cualquier clase—físico, financiero, social o de cual­quier otra clase—sin la seguridad de que el Hijo de Dios, Amor Eterno, camina a nuestro lado. Y todo lo que el fuego puede hacernos es quemar las ligaduras que nos limitan, y así liberarnos para un servicio y un compañerismo más grande. Esta historia ha sido una inspiración para incontables generaciones de cristianos.

D. EL SUEÑO DEL ARBOL (capítulo 4)

1. El Sueño (vrs. 4-18). La segunda visión, o sue­ño, de Nabucodonosor concernía más al futuro cercano que el anterior. Esta vez, el rey recordaba el sueño, pero aun así los sabios no podían interpretarlo. Así que llamó a Daniel para que le diera su interpretación.

El rey había visto un gran árbol que llegaba hasta el cielo. Pero un vigilante, un santo, descendió del cie­lo para decretar que el árbol sería cortado. Por espacio de siete años (v. 16) la persona representada por las cepas de las raíces que habían sido dejadas; moraría con las bestias del campo “para que conozcan los vivientes que el Altísimo se enseñorea del reino de los hombres” (v. 17).

2. La Interpretación (vrs. 19-27). El árbol era Na­bucodonosor quien se había exaltado a sí mismo con or­gullo. Pero sería humillado a un estado de anormalidad mental por siete años (v. 25), después de lo cual sería restaurado (v. 26). Daniel luego rogó al rey que se arrepintiera y evitara así la calamidad.

3. El Cumplimiento (vrs. 28-37). Un año más tar­de, el rey estaba proclamando jactanciosamente que él había edificado la magnífica ciudad de Babilonia—los esplendores de la cual la arqueología ha revelado sin medida—cuando el decreto de la condena se cumplió. Por espacio de siete años, el rey vivió una vida demente en medio de las bestias del campo. Cuando se le res­tauró a su mente normal, adoró al Dios verdadero.

E. LA FIESTA DE BELSASAR (capítulo 5)

1. El Sacrilegio (vrs. 1-4). En una gran fiesta da­da en honor de mil de sus príncipes, Belsasar ordenó que se trajeran los vasos del templo de Jerusalén. Mien­tras que la orgía continuaba, los invitados tomaban vino con los vasos sagrados y alababan a los dioses paganos.

2. La Escritura en la Pared (vrs. 5-16). De repente, las rodillas del rey comenzaron a temblar debido al miedo. En la pared del lado opuesto, los dedos de la mano de un hombre estaban escribiendo unas palabras. En medio de su terror, el rey llamó a los sabios, pero ellos no pudieron interpretar su significado. Al fin, la reina mencionó a Daniel. Inmediatamente fue traído al palacio y se le ofreció una gran recompensa si leía e in­terpretaba la escritura.

3. La Interpretación (vrs. 17-31). Daniel predicó al rey acerca de sus pecados. Luego le declaró que su reino sería conquistado y sería dado a los medos y a los persas (v. 28). Belsasar honró a Daniel con una re­compensa adecuada. Pero esa misma noche Babilonia fue tomada por el enemigo y el rey fue muerto.

Hace una generación, la veracidad del libro de Daniel se puso en tela de duda porque parecía afirmar que Belsasar había sido el último rey del imperio ba­bilónico. Los registros seculares nombran a Nabonido como el último rey, y ni siquiera mencionan a Belsasar.

Pero al fin la verdad salió a luz. Algunas tablas de Nabonido fueron descubiertas en las cuales cuenta de su amor por los viajes y la cacería. En ella dice que él había dejado a su hijo Belsasar encargado de Babilonia como gobernador. Así que de un solo golpe se dio con­firmación a la veracidad de este relato, y también una explicación de porqué Belsasar hizo a Daniel “el ter­cer señor en el reino” (v. 29). Belsasar era el segundo gobernante.

F. DANIEL EN EL FOSO DE LOS LEONES (capítulo 6)

1. El Decreto de Darío (vrs. 1-9). El rey había nombrado a Daniel como el principal de tres presidentes sobre todo el reino, y estaba pensando hacerlo algo así como primer ministro (v. 3). Esto provocó celos en los otros oficiales. Daniel era tan fiel que no podían encon­trar ninguna falta en su conducta. Lo único que podían atacar en él era su religión. Así que manipularon al rey para que proclamara un decreto de que nadie podía orar a ningún dios u hombre por espacio de treinta días, excepto al rey.

2. La Fidelidad de Daniel (vrs. 10-15). Cuando Da­niel supo del decreto continuó con sus oraciones tres veces al día, con su ventana abierta hacia Jerusalén. El temía a Dios, así que no tenía temor del rey, de sus enemigos o los leones.

3. La Liberación de Daniel (vrs. 16-28). Dios cerró la boca de los leones y los enemigos de Daniel fueron al fin lanzados al foso. El rey proclamó un nuevo decreto ordenando adorar a Jehová. Mientras tanto, Daniel con­tinuó prosperando.

II. VISIONES DE DANIEL (capítulos 7—12)

A. LAS CUATRO BESTIAS (capítulo 7)

Esta visión está fechada “En el primer año de Bel­sasar rey de Babilonia.” Como dijimos anteriormente, Belsasar reinó juntamente con su padre durante el úl­timo año del imperio babilónico, el cual llegó a su fin en el año 538 A.C. Esta visión es muy semejante a la imagen del sueño de Nabucodonosor (cap. 2).

1. La Visión (vrs. 1-14). Daniel vio cuatro bestias grandes que salían del mar. La primera era “como león” (v. 4), con alas de águila. Esta representaba el Imperio Babilónico establecido por Nabucodonosor.

La segunda bestia era “semejante a un oso” (v. 5), y representaba al Imperio Medo-Persa.

La tercera bestia era “semejante a un tigre” (v. 6), y simbolizaba el Imperio Griego de Alejandro el Gran­de. Las cuatro alas y las cuatro cabezas simbolizaban las cuatro divisiones que resultaron después de la muerte de Alejandro.

La cuarta bestia era “espantosa y terrible, y en grande manera fuerte” (v. 7), con grandes dientes de hierro que devoraban. Esta bestia indescriptible repre­sentaba al Imperio Romano.

Daniel estaba perplejo por el hecho de que un pe­queño cuerno sobresalía de entre los diez cuernos y arrancó tres de ellos. Pero luego vio “un Anciano de grande edad” sentado en el trono (v. 9) juzgando (v. 10). La terrible bestia fue muerta (v. 11). La visión se cierra con uno “como un hijo de hombre” recibiendo del “Anciano de grande edad” un reino universal y eter­no (vrs. 13-14).

2. La Interpretación (vrs. 15-28). Las cuatro bes­tias eran cuatro reyes (v. 17). “Después tomarán el rei­no los santos del Altísimo, y poseerán el reino hasta el siglo, y hasta el siglo de los siglos” (v. 18).

Daniel estaba especialmente interesado en la cuar­ta bestia y sus cuernos. Se le dijo que los diez cuernos representaban diez reyes. El pequeño cuerno que se le­vantó entre ellos desafiaría a Dios “y a los santos del Altísimo quebrará” por tres años y medio (v. 25). Pero el reino sería quitado de él y dado a los “santos del Al­tísimo” (vrs. 26-27).

El cuerno pequeño de Daniel 7:8 se interpreta ge­neralmente por los pre-milenialistas como refiriéndose al Anticristo, al fin de esta edad. El perseguirá al pue­blo de Dios, pero será derrotado.

B. EL CARNERO Y EL MACHO CABRIO (capítulo 8)

La segunda visión de Daniel está fechada “en el año tercero de Belsasar.” Tuvo lugar en “Susán,” eso es, Susa, la antigua capital de Persia. Fue en “la pro­vincia de Elam” (V.M.), al este del valle del Tigris y el Eufrates.

1. La Visión (vrs. 1-14). Daniel vio primero un carnero con dos cuernos (v. 3). Este representaba el Im­perio Medo-Persa. El cuerno más alto, que apareció al último, representaba al segundo y más fuerte elemento, Persia. El Imperio Persa se extendía hacia el oeste hasta el Asia Occidental, hacia el norte hasta Grecia, y hacia el sur hasta Egipto (v. 4). No iba muy lejos hacia el este.

Luego Daniel vio un macho cabrío que venía del oeste. Se movía tan rápidamente que “no tocaba la tie­rra” (v. 5). Este describía vívidamente la asombrosa y rápida conquista de Alejandro el Grande, quien arrasó Asia Menor, Mesopotamia, Siria, Palestina, Egipto y aun la India—todo eso en unos pocos años.

Por tanto, el macho cabrío representaba el Im­perio Griego. El “cuerno notable” (v. 5) era Alejandro el Grande, quien quebró el poder (“cuernos”) del Im­perio Medo-Persa. Pero cuando “engrandecióse en gran manera el macho de cabrío” (v. 8) el cuerno se quebró—Alejandro el Grande murió repentinamente (en el año 323 A.C., a la edad de treinta y dos años). Cuatro cuernos—cuatro divisiones del imperio—le sucedieron.

De uno de ellos surgió el “cuerno pequeño.” El pe­queño cuerno de Daniel 8: 9 se interpreta refiriéndo­se a Antioco Epífanes, el gobernador de Seleucia, “el cual creció mucho al mediodía, (Egipto) y al oriente (Mesopotamia) y hacia la tierra deseable (Palestina).” “Por él fue quitado el continuo sacrificio, y el lugar de su santuario fue echado por tierra” (v. 11); eso significa que Antioco Epífanes detuvo los sacrificios diarios en el templo de Jerusalén y profanó el lugar santo al ofren­dar un puerco en el altar. Esto tuvo lugar en el año 168 A.C.

Pero más tarde el altar sería limpiado (v. 14). Esto sucedió en diciembre del 165 A.C., y se conmemoraba en días de Cristo mediante la Fiesta de la Dedicación (Juan 10: 22). Todavía se celebra por los judíos con el nombre de Hanukkah o el Festival de las Luces, una de las épocas más brillantes del año judío.

2. La Interpretación (vrs. 15-27). El carnero se identifica claramente con el Imperio Medo-Persa (v. 20). El macho cabrío es Grecia (v. 21). El cuerno grande es el primer rey, Alejandro el Grande, quien fue sucedido por cuatro reyes, ninguno de los cuales tuvo su poder (v. 22). El “rey altivo de rostro” (v. 23) es Antioco Epífanes, el rey de Seleucia, de Siria. El destruiría a los “fuertes y al pueblo de los santos” (v. 24) —los judíos.

C. LAS SETENTA SEMANAS (capítulo 9)

Esta visión tuvo lugar “En el año primero de Darío” (v. 1). Daniel leyó en el libro de Jeremías que la cau­tividad duraría sólo setenta años.

1. La Oración de Confesión de Daniel (vrs. 3-19). Cuando a uno se le da la seguridad de que Dios enviará un avivamiento, no debe dejar de orar. Todo lo contrario, ese debe ser el momento de oración, petición insistente y confesión, preparando así el camino para el avivamiento.

Este fue el curso que siguió Daniel. Aunque él era justo, confesó los pecados de la nación. Todo intercesor debe, en cierta medida, identificarse con aquellos por quienes ora, confesando sus pecados casi como si fue­ran suyos.

2. Las Setenta Semanas (vrs. 20-27). La mayoría de los eruditos están de acuerdo en que en este caso las “semanas” representan siete años. Las setenta semanas entonces serían 490 años.

Se afirma que “desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén” hasta que al Mesías se le quite “la vida,” serán 69 semanas (vrs. 25-26) — 483 años. Si uno identifica el primer evento con el de­creto de Artajerjes para edificar los muros de Jerusa­lén en el año 445 A.C. (Nehemías 2:4-8), la cronología es casi perfecta. Notemos que no es el nacimiento del Mesías, sino su muerte, que se menciona. Substrayendo 30—Cristo murió probablemente en el año 30 D.C. —de los 483 años, nos da 453, que es muy cerca de 445.

Pero ¿qué de la septuagésima semana? Los premi­lenialistas generalmente la colocan al fin de esta era, sosteniendo que este período de la iglesia gentil—de una extensión indeterminada—está insertado entre las semanas 69 y 70 de la historia de Israel. Sin duda que hay muchas dificultades con esta y cualquier otra inter­pretación de este capítulo.

El versículo 27 se interpreta generalmente como referencia a un convenio entre el Anticristo y los ju­díos. “A la mitad de la semana” él quebranta el con­venio, y tres años y medio de “La Gran Tribulación” siguen. Otra interpretación relaciona la primera mitad de la semana setenta a los tres años y medio del minis­terio de Cristo, seguido por su muerte, la cual puso fin a la necesidad de sacrificios de animales.

D. LA ULTIMA VISION DE DANIEL (capítulos 10—12)

Esta visión tuvo lugar “En el tercer año de Ciro rey de Persia” (10:1), después de un período de tres sema­nas de lamento y ayuno. Daniel estaba a orillas del río Hiddekel (v. 4) —el río Tigris. Quizá él estuviera acon­gojado por falta de una respuesta entusiasta de parte de los judíos cautivos hacia el decreto de Ciro permitién­doles volver a su propia tierra. Sin duda estaría pre­ocupado con el resultado final de todo eso.

1. El Mensaje del Cielo (cap. 10). Un visitante an­gelical apareció a Daniel y le informó que él había co­menzado a ayudarle desde el primer día de su oración (v. 12). Pero que había sido estorbado por “el prínci­pe del reino de Persia” hasta que Miguel vino en su ayuda (v. 13). El propósito de la visión era hacer saber a Daniel “lo que ha de venir a tu pueblo en los postre­ros días” (v. 14).

2. Los Períodos Persa y Griego (11: 1-35). El men­sajero declaró que tres reyes seguirían en Persia. Estos eran Cambises, Pseudo-Smerdis, y Darío Hystaspes. El cuarto, más rico que todos (v. 2), era Jerjes, quien in­tentó la invasión de Grecia pero fue derrotado en Sala­mina en el año 480 A.C.

El “rey valiente” que se enseñorearía “sobre gran dominio” (v. 3) era Alejandro el Grande. A su muerte el reino se dividió en cuatro partes (v. 4).

Luego sigue un resumen (vrs. 5-20) de las activi­dades rivales del “rey del mediodía”—los Ptolomeos de Egipto—y del “rey del norte”—los Seleucios de Si­ria. — El hecho de que este material se dé en minucioso detalle ha guiado a muchos eruditos a sostener que el libro de Daniel fue escrito durante este período.

El gobernante de mayor importancia para los ju­díos fue Antioco Epífanes. Así que sus hechos se re­gistran más ampliamente (vrs. 21-35). El es llamado “una persona vil” por su agrado en profanar las cosas sagra­das. El quitaría “el continuo sacrificio,” y pondría “la abominación espantosa” (v. 31). Esta última frase la encontramos en el discurso de Cristo en el Monte de las Olivas (Mateo 24:15; Marcos 13:14). La referencia de Daniel es probablemente a la profanación del templo de Jerusalén por Antioco en el año 168 A.C., cuando éste ofreció un puerco en el altar. “Mas el pueblo que co­noce a su Dios, se esforzará, y hará” (v. 32), es una alusión a la rebelión de los Macabeos.

3. El Tiempo del Fin (11: 36—12:13). La escena parece cambiar súbitamente al Anticristo, al fin de esta era, de quien Antioco Epífanes fue un tipo muy vívido. Se sostiene, al menos por los premilenialistas, que la parte final de este capítulo (11: 36-45) es una descrip­ción del Anticristo levantándose de la figura de Antioco.

Lo que generalmente se conoce como “La Gran Tribulación” se describe en el primer versículo del ca­pítulo 12 como un “tiempo de angustia, cual nunca fue después que hubo gente hasta entonces.” Esta afirma­ción tan fuerte fue repetida por Cristo (Mateo 24:21; Marcos 13:19).

Luego el mensajero reveló a Daniel que habría dos clases de resurrecciones—”unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión perpetua” (v. 2). El ver­sículo tres es una hermosa promesa para los “entendi­dos” quienes “enseñan a justicia la multitud.”

El libro concluye con una admonición a Daniel pa­ra que selle el contenido del libro “hasta el tiempo del fin” (vrs. 4, 9). Evidentemente, el significado de esto no se entenderá hasta más tarde. Se le dice que “muchos serán limpios, y emblanquecidos, y purificados,” mien­tras que los impíos continuarán en sus pecados. Esa ha sido la historia de la humanidad desde los días de Da­niel hasta el presente.

Para Estudio Adicional

1. ¿Cuándo y dónde profetizó Daniel?

2. ¿Cuáles son las dos principales divisiones del libro?

3. ¿En qué sentido es Daniel un ejemplo para los jóvenes de hoy día?

4. Compare las divisiones de los capítulos 2 y 7.

5. Discuta la interpretación de las setenta semanas.

6. ¿Qué dice Daniel acerca del tiempo del fin?

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